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Author: Locus
last update publish date: 2026-10-21 10:40:49

Ana

Todavía estaba temblando cuando vi un taxi. El conductor permaneció detenido durante algunos minutos, esperando que dijera algo, pero yo seguí en silencio, dejando que las lágrimas me resbalaran por el rostro.

—Señorita, no puedo quedarme estacionado aquí. ¿Vamos a algún lugar?

Me pasé una mano por la cara, intentando detener las lágrimas, pero fue inútil.

—Todavía no sé adónde voy, pero puede comenzar a conducir. Cuando lo decida, le pediré que se detenga. No se preocupe, pagaré el viaje.

El conductor me observó por el espejo retrovisor durante unos segundos antes de comenzar a conducir. Apoyé la cabeza contra la ventana y empecé a preguntarme cómo no había notado nada. Alexandra y Lucas siempre habían sido demasiado cercanos. Lucas percibía los cambios de humor de mi hermana, solía llevarle comida y, en algunas ocasiones, confundía lo que me gustaba con lo que le gustaba a ella. Yo pensaba que solo intentaba agradarle a su cuñada. Nunca imaginé que se debía a que se acostaba con ella.

Y lo peor era que, si no hubiera terminado antes el trabajo de la universidad, probablemente ambos habrían desaparecido de mi vida y dejado una nota anunciando que estaban juntos. El desgraciado de Lucas no habría tenido el valor de decírmelo a la cara.

Había sido una completa idiota.

Apoyé con más fuerza la cabeza contra el cristal, dejando escapar otras lágrimas. Hacía frío. Las calles pasaban ante mis ojos como un borrón. Me dolía la cabeza y también el pecho.

La voz de mi hermana no dejaba de repetirse en mi mente, confesando que le había entregado mi proyecto. Y, por encima de todo, recordaba a Lucas burlándose de nuestra relación y calificándola como un noviazgo adolescente solo porque yo no había querido acostarme con él.

Había crecido en una ciudad pequeña de Pensilvania, dentro de una familia tradicional, y para mí era importante esperar hasta estar segura. Lucas lo sabía. Decía que lo respetaba, aunque ahora comprendía que jamás había respetado nada relacionado conmigo. La verdad era que nunca había confiado lo suficiente en él para entregarme por completo.

Y había tenido razón.

—Desgraciados —murmuré, secándome otra lágrima.

Me habían engañado durante meses. Lucas había fingido que le gustaban las mismas películas, comidas y lugares que a mí. Saber que Alexandra le había contado cada detalle hacía que el dolor aumentara. Pensé que mi hermana era mi amiga. Que me amaba.

Maldita zorra.

Le pedí al conductor que se detuviera cerca de un bar porque no tenía suficiente dinero para continuar dando vueltas por la ciudad. Pagué y bajé del vehículo.

Entré lentamente. Era un lugar bonito, iluminado por pequeñas lámparas y decorado con muebles antiguos, pero bastaba mirar alrededor para comprender que era elegante y caro. Todo lo que necesitaba en ese momento era beber algo y olvidar a aquellos desgraciados. Me limpié el rostro con la manga del abrigo y caminé hacia la barra, respirando profundamente. El bartender sonrió al verme.

—Hola, preciosa. ¿Qué vas a beber?

—Lo más fuerte que tengas —respondí, intentando no volver a llorar.

Comenzó a preparar la bebida. Dijo su nombre, pero no presté atención. Probablemente nunca había probado algo tan fuerte. Bebí un sorbo y sentí que la garganta me ardía. Cerré los ojos, bebí otro y después vacié el vaso de una sola vez antes de pedir otro.

Cuando me di cuenta, estaba llorando nuevamente.

—No deberías beber eso tan rápido. No sé si estás enfadada con el mundo, pero terminarás completamente borracha —dijo una voz detrás de mí.

Volví el rostro despacio y vi a un hombre alto, de piel clara, ojos grises y cabello oscuro, que aparentaba tener poco más de treinta años. Vestía una camisa blanca y pantalones negros. Era demasiado atractivo para estar solo en aquel lugar.

Pero no fue únicamente su belleza lo que me inquietó.

Fue la manera en que me miraba.

Sus ojos recorrieron mi rostro, se detuvieron en mis lágrimas y después bajaron lentamente por mi cuerpo. No fue una mirada vulgar. Era más intensa que eso. Parecía estudiarme, como si intentara memorizar cada detalle o descubrir qué hacía una mujer como yo llorando sola en un bar.

—Creo que lo que necesita una mujer que pasó por lo que yo pasé es emborracharse —dije en voz baja.

Él sonrió de lado, se sentó a mi lado y extendió la mano.

—David.

—Ana.

Sus dedos se cerraron alrededor de los míos. El apretón duró un instante más de lo necesario, y tuve la extraña impresión de que no quería soltarme.

—Ana —repitió, lentamente, como si probara mi nombre—. Me gusta.

Retiré la mano y tomé el vaso.

—¿Siempre vigilas cómo beben las mujeres o fue mi manera tan atractiva de llorar como una loca lo que llamó tu atención?

Volvió a sonreír, pero sus ojos permanecieron fijos en mí.

—Solo cuando son extremadamente hermosas y están bebiendo algo más fuerte de lo que deberían. —Su expresión cambió ligeramente cuando el bartender dejó otra bebida delante de mí—. No le sirvas otra de esas.

El bartender lo miró y asintió de inmediato.

Fruncí el ceño.

—Puedo decidir lo que quiero beber.

—No he dicho que no puedas. —David acercó el vaso a mí, pero mantuvo una mano apoyada sobre él—. He dicho que no deberías beber otra tan fuerte. Quiero que mañana recuerdes todo lo que decidas hacer esta noche.

La firmeza de su voz debería haberme irritado. Sin embargo, después de pasar meses junto a un hombre que fingía respetarme mientras planeaba robarme, aquella sinceridad autoritaria resultó extrañamente tranquilizadora.

—¿Y qué sucedió para que estés bebiendo así, Ana? —preguntó—. ¿Por qué estás sola?

Respiré profundamente y cerré los ojos. Una lágrima escapó antes de que consiguiera contenerla.

—Acabo de descubrir que mi novio me engañaba. Estaba con mi hermana en el apartamento que yo compartía con ella.

La expresión de David se endureció. Sus dedos se cerraron alrededor del vaso de whisky y su mandíbula se tensó de una forma que me sorprendió, como si la noticia lo hubiera ofendido personalmente.

—¿Tu hermana?

—Sí.

—¿Y él permitió que te marcharas sola en este estado?

Solté una risa amarga.

—No creo que le importe cómo estoy.

David respiró profundamente, permaneció en silencio unos segundos y después bebió un sorbo de whisky. Cuando volvió a mirarme, había algo oscuro en sus ojos.

—Algunos hombres son demasiado estúpidos —dijo—. Y ese, además de estúpido, debía de ser ciego.

Su mirada descendió por mi cuerpo antes de regresar a mis ojos.

—Pero yo no soy estúpido ni ciego, Ana.

Me sentí avergonzada y bajé la mirada. David lo notó y cambió de tema, aunque no se alejó. Al contrario, acercó su banco al mío, dejando apenas un pequeño espacio entre nuestros cuerpos.

Comenzamos a hablar de otras cosas. Yo fui desahogándome poco a poco mientras él me escuchaba con una atención que Lucas nunca había tenido. Cambié mi bebida por algo más suave que David eligió para mí, pero él observó al bartender durante la preparación, como si quisiera asegurarse de que nadie colocara nada extraño en mi vaso.

Para mi sorpresa, era un hombre muy divertido a pesar de su apariencia seria. Hacía comentarios secos que me arrancaban risas incluso cuando yo creía que ya no podría volver a sonreír aquella noche. Y cada vez que alguien se aproximaba demasiado a mí, David cambiaba discretamente de posición, colocando su cuerpo entre el desconocido y yo.

Era absurdo. Acabábamos de conocernos.

Aun así, actuaba como si ya tuviera que protegerme.

Durante algunos minutos, conseguí olvidar que había sufrido la peor traición de mi vida. David me miraba como si no existiera ninguna otra mujer en el bar. Incluso cuando alguien se acercó para saludarlo, respondió rápidamente y volvió toda su atención hacia mí.

—¿Por qué me miras así? —pregunté después de notar que llevaba varios segundos en silencio.

—Porque entré aquí pensando que bebería solo y me marcharía temprano.

—¿Y ahora?

Su mirada se detuvo en mi boca.

—Ahora no consigo pensar en irme sin ti.

El corazón me dio un vuelco.

—Ni siquiera me conoces.

—Lo sé.

—Entonces eso no tiene sentido.

—Desde que te vi llorando en esta barra, nada de esto tiene sentido.

Antes de que pudiera responder, David levantó una mano y me acarició el rostro con lentitud. Su pulgar secó el rastro de una lágrima. El gesto fue delicado, pero la forma en que me observaba no lo era. Había deseo, curiosidad y una intensidad que me hizo contener la respiración.

—No deberías llorar por un hombre que fue lo bastante idiota como para perderte —murmuró.

Entonces me besó.

Al principio, el beso fue tranquilo, como si esperara que yo decidiera si quería continuar. Cuando correspondí, su mano se cerró alrededor de mi nuca y el beso se volvió más intenso. Su otra mano rodeó mi cintura, acercándome hasta que mi cuerpo quedó pegado al suyo.

David me besaba como si llevara mucho tiempo deseándolo, no como si me hubiera conocido hacía menos de una hora.

Cuando se apartó, sus labios descendieron por mi mandíbula hasta mi cuello. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.

—Dime que pare y pararé —susurró contra mi piel.

No dije nada.

Hundí los dedos en su camisa y lo acerqué de nuevo.

David soltó un sonido bajo antes de besarme otra vez. Cuando finalmente se separó, mantuvo la frente apoyada contra la mía y respiró profundamente, como si también estuviera intentando recuperar el control.

—¿Qué te parece si te llevo a otro lugar?

Debería haber pensado mejor. Debería haber recordado que era un desconocido. Debería haber tenido miedo de la intensidad con la que me miraba, como si ya hubiera decidido que aquella noche yo le pertenecía.

Pero estaba cansada de sentir dolor. Cansada de ser la mujer engañada, utilizada y abandonada.

Por unas horas, quería ser otra persona.

—Sí —respondí sin pensarlo más—. Vamos.

La mano de David se cerró inmediatamente alrededor de la mía.

Y no volvió a soltarla mientras salíamos del bar.

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