Ana
No sé en qué momento acepté subir a su auto. Tal vez fue cuando David sostuvo mi mano al salir del bar, sin apretarla demasiado, como si todavía me estuviera dando la oportunidad de cambiar de opinión. O quizá cuando abrió la puerta para mí y esperó en silencio, sin aquella sonrisa arrogante que Lucas mostraba cuando creía haber conseguido lo que quería. También era posible que simplemente estuviera demasiado cansada de sentir dolor y quisiera fingir, durante unas horas, que no era la chica traicionada por su novio y por su propia hermana.
El auto era tan lujoso que casi sentí vergüenza al entrar. Todo olía a cuero, perfume caro y limpieza. Me senté en el asiento del acompañante y contemplé la ciudad por la ventana, intentando no pensar en el apartamento que había dejado atrás, en los documentos robados, en la risa burlona de Alexandra y en la voz de Lucas diciendo que había tenido que soportarme. Todavía dolía como si alguien hubiera introducido una mano en mi pecho y apretara mi corazón con fuerza.
David no me hizo preguntas. Se limitó a conducir y, de vez en cuando, me miraba como si necesitara comprobar que seguía allí. En uno de los semáforos, deslizó la mano sobre la mía y entrelazó nuestros dedos. El gesto debería haberme parecido demasiado íntimo para dos desconocidos, pero no retiré la mano.
Él tampoco volvió a soltarla.
—Si quieres regresar, te llevaré —dijo después de algunos minutos.
Volví el rostro hacia él. La iluminación de la calle golpeaba un lado de su cara, haciendo que sus ojos grises parecieran aún más claros.
—No quiero regresar.
Mi voz sonó baja, pero firme. Por primera vez aquella noche estaba segura de algo.
David asintió despacio y continuó conduciendo, aunque sus dedos apretaron los míos un poco más.
—Bien —murmuró—. Porque no me gusta la idea de dejarte sola después de encontrarte así.
Había algo posesivo en su forma de decirlo, una seguridad extraña, como si ya se sintiera responsable de mí. Debería haberme molestado, pero después de que Lucas me tratara como algo desechable, resultaba reconfortante que alguien pareciera incapaz de apartar la atención de mí.
Me gustó que David no intentara convencerme de nada, que no transformara mi dolor en una broma y que no fingiera saber exactamente lo que yo sentía. Simplemente permaneció allí, presente. Lucas nunca había sido así. Lucas hablaba mucho, prometía demasiado y decía que me amaba, pero ahora comprendía que solo repetía frases que mi hermana le había entregado como respuestas de un examen.
Cuando el auto entró en un enorme estacionamiento lleno de vehículos caros y luces intensas, ya sabía que David no era simplemente un hombre atractivo que había conocido por casualidad en un bar. Sin embargo, solo cuando entramos en un elevador privado y presionó el botón del último piso sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Vives aquí? —pregunté, intentando parecer tranquila.
Me miró de lado, con una leve sonrisa.
—Sí.
—¿En el último piso?
—También.
Solté una risa nerviosa porque no sabía qué hacer con aquella información. El elevador subió en silencio, demasiado rápido, y contemplé mi reflejo en el espejo: cabello desordenado, ojos enrojecidos, labios marcados por sus besos y el abrigo arrugado. Parecía una versión rota de mí misma.
A mi lado, David parecía demasiado entero. Camisa blanca impecable, postura tranquila, perfume discreto y mirada atenta.
Cuando las puertas se abrieron directamente dentro del apartamento, me detuve en la entrada.
Era absurdo.
La sala era enorme, con ventanales desde el suelo hasta el techo que mostraban toda Nueva York iluminada. El piso brillaba, los muebles eran elegantes, oscuros y modernos. Había una escalera lateral, una cocina abierta más grande que el apartamento que compartía con Alexandra, obras de arte en las paredes y una vista tan hermosa que durante un instante olvidé respirar.
—Dios mío —murmuré.
David se detuvo a mi lado. Su mano seguía sujetando la mía.
—¿La sorpresa fue buena o mala?
—Todavía estoy decidiéndolo.
Soltó una risa baja, pero no dejó de observarme. Era como si mi reacción le interesara más que el apartamento, la vista o cualquier otra cosa que pudiera existir allí.
Di algunos pasos hacia el interior, mirando alrededor como si hubiera entrado en un lugar prohibido. Todo parecía demasiado caro y distante de mi realidad. Pensé en Lucas robando mi proyecto para conseguir un ascenso, sintiéndose inteligente y superior, y después miré a David.
La diferencia entre ambos era absurda.
Lucas se esforzaba por parecer poderoso.
David simplemente lo era.
—¿Quieres beber algo? —preguntó—. Agua, café, cualquier cosa sin alcohol.
—Agua está bien.
Fue hasta la cocina, pero incluso mientras se alejaba volvió el rostro una vez, como si temiera que yo pudiera desaparecer. Regresó con un vaso y me observó beber lentamente. Mi cabeza todavía estaba un poco ligera por las copas, pero sabía lo que estaba haciendo. Quizá al día siguiente despertaría avergonzada. Tal vez todo aquello fuera una locura. Sin embargo, después de ser humillada, utilizada y descartada, quería elegir algo por mí misma.
David tomó el vaso de mi mano y lo dejó sobre una mesa. Después se acercó despacio, concediéndome tiempo para retroceder.
—Estás muy callada.
—Intento entender cómo terminé aquí.
—¿Quieres que te responda?
—Sí.
Se detuvo frente a mí, lo bastante cerca para que sintiera su perfume y el calor de su cuerpo.
—Viniste porque quisiste.
La respuesta sencilla me atravesó porque era verdad. Por primera vez aquella noche, nadie me había empujado hacia una situación. Nadie había decidido por mí. Nadie había utilizado una mentira para mantenerme atrapada. Estaba allí porque había aceptado entrar en su auto y porque había elegido no regresar inmediatamente al dolor.
—Vine porque quise —repetí, casi para mí misma.
David levantó una mano y acarició mi rostro. Sus dedos recorrieron mi mejilla y apartaron un mechón de cabello. La delicadeza del gesto me desarmó más que cualquier palabra. Cerré los ojos por un instante y, cuando volví a abrirlos, continuaba mirándome como si yo fuera lo único importante dentro de aquel apartamento enorme.
—Quiero que recuerdes eso mañana —dijo—. No voy a permitir que pienses que me aproveché de ti.
—No lo estoy pensando.
—Aun así, necesito escucharlo.
Había deseo en su mirada, pero también algo más inquietante. Algo intenso, hambriento, casi territorial. La manera en que me contemplaba hacía parecer que no estaba llevándome a su cama por una noche, sino reclamando una parte de mí que acababa de descubrir.
—¿Puedo besarte otra vez, Ana?
Respondí acercándome.
El beso comenzó lento, nuestros labios encontrándose con cautela, pero se volvió más profundo en cuanto abrí la boca para él. La lengua de David rozó la mía con una calma que me hizo temblar. Sujetó mi cintura con ambas manos y me atrajo hasta pegar mi cuerpo al suyo.
Lo abracé por el cuello, necesitando aquel contacto como si fuera la única cosa real de toda la noche.
—No tienes idea de lo que me estás haciendo —murmuró contra mis labios.
—Acabamos de conocernos.
—Lo sé. Ese es el problema.
Volvió a besarme antes de que pudiera preguntar qué quería decir.
Me condujo hasta el sofá sin dejar de tocarme. Besó mi mandíbula, mi cuello y la piel sensible debajo de mi oreja. Cuando mis piernas chocaron contra el sofá, perdí el equilibrio, pero David me sujetó antes de que cayera.
—Con cuidado —susurró.
—Lo intento.
—¿Qué intentas hacer?
—No perder la cabeza.
Sonrió contra mi boca.
—Creo que llegamos tarde para eso.
Lo sujeté por la nuca y volví a besarlo, esta vez con más hambre. Dejé que mis manos recorrieran sus hombros y su pecho firme por debajo de la camisa. Abrí los primeros botones y deslicé las uñas suavemente sobre su piel caliente.
David cerró los ojos durante un segundo, como si aquel simple contacto hubiera destruido una parte de su control.
Sus manos recorrieron mi cintura y subieron lentamente por mi espalda. Cuando llegó al cierre de mi sostén, se detuvo y me miró.
—Dímelo, Ana.
Asentí, respirando con dificultad.
—Puedes.
Lo abrió y deslizó los tirantes por mis brazos. Su boca descendió por mi cuello, y cada caricia hizo que mi cuerpo reaccionara de una forma que nunca había experimentado. Me aferré a él, sorprendida por el deseo y por el modo en que David prestaba atención a cada respiración, cada estremecimiento y cada movimiento mío.
No parecía tener prisa.
Parecía estar memorizándome.
Cuando me recostó sobre el sofá, apoyó su cuerpo sobre el mío sin aplastarme. Sus dedos bajaron por mi abdomen y se detuvieron en el botón de mi pantalón.
—Mírame —ordenó con suavidad.
Lo hice.
—Si quieres que pare, lo haré.
—No quiero que pares.
Me acarició por encima de la ropa, lentamente, hasta que un gemido escapó de mis labios. David cerró los ojos, respiró profundamente y apoyó la frente contra mi cuello.
—Quiero volver a escuchar ese sonido —murmuró—. Y no quiero que ningún otro hombre lo escuche.
La frase debería haberme alarmado. Apenas nos conocíamos. Sin embargo, en aquel momento, con su cuerpo cubriendo el mío y sus manos tratándome como si fuera algo precioso, solo consiguió aumentar el fuego que recorría mi piel.
David volvió a besarme y continuó tocándome, sin apartar los ojos de mi rostro. El placer creció lentamente, intenso y desconocido. Me aferré a sus hombros, buscando más, pero antes de avanzar se detuvo.
—Ana.
—¿Qué?
—Necesito que me respondas con sinceridad. ¿Estás segura de que quieres esto conmigo? No por rabia contra él. No porque estás herida. No por lo que bebiste. Tú. ¿Lo quieres?
La pregunta me golpeó de una forma inesperada. Lucas habría insistido. Habría utilizado mis dudas para hacerme sentir culpable. David, en cambio, había detenido todo para preguntarme si estaba segura.
Y quizá fue exactamente eso lo que me dio valor para contarle.
—Nunca lo he hecho.
David se quedó inmóvil.
—¿Eres virgen?
Asentí, sintiendo que el rostro me ardía.
Su expresión cambió. El deseo no desapareció, pero se mezcló con una intensidad todavía mayor.
—¿Y quieres que sea conmigo?
—Sí.
Me estudió durante varios segundos, como si buscara cualquier señal de duda.
—Ana, mañana no aceptaré que digas que esto no significó nada.
Mi corazón se aceleró.
—¿Por qué?
—Porque ya significa demasiado para mí.
No sabía si se refería al hecho de ser mi primera vez o a algo más. No tuve oportunidad de preguntarlo. David sostuvo mi rostro entre sus manos y volvió a besarme, esta vez con una mezcla de deseo y cuidado que me hizo olvidar todo lo demás.
—Estoy segura —susurré—. Te quiero a ti. Ahora.
Algo oscuro y satisfecho atravesó su mirada.
—Entonces seré yo.
Sus palabras sonaron más como una promesa que como una respuesta.
David me llevó en brazos hasta el dormitorio. Me depositó sobre la cama enorme y se inclinó sobre mí, acariciándome con paciencia. No dejó de observarme, preguntando si estaba bien cada vez que avanzaba. Mi nerviosismo se mezcló con el deseo hasta que ya no supe distinguir uno del otro.
Cuando nuestros cuerpos finalmente se unieron, sentí una molestia aguda y me aferré a él. David se detuvo inmediatamente.
—Mírame, Ana.
Abrí los ojos.
—¿Estás bien?
—Sí. Solo... dame un momento.
Permaneció inmóvil, acariciándome el cabello y besando mi frente hasta que mi cuerpo se relajó. Después comenzó a moverse despacio, atento a cada reacción. La incomodidad desapareció poco a poco, sustituida por algo caliente y profundo.
—Eres mía esta noche —murmuró contra mi boca—. Y sé que debería conformarme con eso, pero ya odio pensar que mañana puedas marcharte.
No respondí. Envolví su cintura con las piernas y lo acerqué más.
Aquello pareció romper el último resto de su control.
David me besó con desesperación y aumentó el ritmo, aunque siguió cuidándome. El placer creció hasta atravesarme por completo. Pronuncié su nombre sin reconocer mi propia voz, y la forma en que él reaccionó hizo parecer que escucharme había sido suficiente para volverlo loco.
—Otra vez —ordenó, con la voz ronca—. Di mi nombre.
—David...
Me abrazó con más fuerza, como si quisiera impedir que incluso el aire encontrara espacio entre nosotros.
La noche continuó entre besos, caricias y una intimidad que nunca había vivido. David podía ser delicado cuando lo necesitaba e intenso cuando mi cuerpo pedía más. Cada vez que intentaba apartarme por timidez, me atraía nuevamente.
—No te escondas de mí —decía—. Quiero verte.
No sabía que podía sentirme tan deseada sin sentirme presionada, tan entregada sin sentirme pequeña. En algún momento dejé de intentar controlarlo todo y permití que mi cuerpo respondiera al suyo.
Más tarde, quedé acostada de lado sobre la cama, cubierta por una sábana suave y contemplando los ventanales. Nueva York seguía iluminada, indiferente a que mi vida hubiera dado un vuelco en pocas horas.
David permanecía detrás de mí, caliente y silencioso, con un brazo alrededor de mi cintura. Su mano descansaba sobre mi abdomen, manteniéndome pegada a su pecho incluso mientras recuperábamos el aliento.
Pensé que me sentiría vacía. Que llegaría la culpa, que la vergüenza me aplastaría o que me arrepentiría de inmediato.
Pero lo que sentí fue cansancio.
Un cansancio profundo, mezclado con una calma extraña.
—Ana —me llamó en voz baja.
—¿Sí?
—Quédate esta noche.
Volví un poco el rostro para mirarlo.
—¿Aquí?
—Aquí. No tienes que regresar a ese apartamento. Puedes dormir, bañarte y descansar. Mañana haré que alguien te lleve adonde quieras.
Guardé silencio. Pensé en el apartamento, en la cama de Alexandra, en el rostro de Lucas, en mis padres, en el proyecto robado y en mi vida, que terminaría de derrumbarse cuando amaneciera.
Regresar en aquel momento parecía imposible.
—¿Sueles llevar mujeres a tu casa y pedirles que se queden?
Los dedos de David se cerraron ligeramente sobre mi cintura.
—No.
—¿Por qué yo?
Me observó durante varios segundos antes de responder.
—Porque desde que te vi en ese bar no conseguí apartar los ojos de ti. Porque parecías estar a punto de romperte y, aun así, intentabas fingir que estabas bien. Porque cuando sonreíste por primera vez, supe que quería volver a provocarte esa sonrisa. —Su mirada descendió hasta mi boca—. Y porque la idea de que salgas por esa puerta y desaparezcas me molesta mucho más de lo que debería.
Mi pecho se apretó. No dolió como antes. Era otra clase de presión, quizá más peligrosa.
—Apenas me conoces.
—Entonces quédate y déjame conocerte.
—No estoy bien —confesé.
—Lo sé.
—Mañana probablemente seré un desastre.
—Entonces mañana resolverás el desastre. Esta noche duermes conmigo.
Había una autoridad natural en su voz. No era una pregunta, aunque sabía que me permitiría marcharme si realmente lo pidiera. El problema era que no quería irme.
Me volví hacia él y acepté el abrazo que me ofreció sin decir nada. Apoyé el rostro contra su pecho, escuchando los latidos fuertes y constantes de su corazón.
—Me quedo —murmuré.
David me rodeó con ambos brazos y besó mi cabello.
—Bien.
—Pareces demasiado satisfecho.
—Lo estoy.
—Solo será esta noche.
Su cuerpo quedó tenso durante un instante.
Después levantó mi rostro para obligarme a mirarlo.
—No hagas promesas que quizá no puedas cumplir, Ana.
Antes de que preguntara qué significaba aquello, volvió a besarme. Fue un beso lento y profundo, como si tuviera todo el tiempo del mundo y pretendiera dejar su marca en mi memoria.
Cuando nos separamos, mantuvo una mano en mi nuca.
—Duerme.
Cerré los ojos con el oído apoyado sobre su pecho. Por primera vez desde que abrí aquella puerta y encontré a Lucas con mi hermana, mi mente quedó en silencio.
Yo todavía tendría que enfrentar todo cuando amaneciera.
Lo que no sabía era que, mientras me quedaba dormida entre sus brazos, David permanecía despierto, sujetándome como si temiera que pudiera desaparecer antes de la mañana.