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مؤلف: Locus
last update تاريخ النشر: 2026-10-21 10:43:53

Ana

Cuando desperté, ya era de mañana.

La claridad entraba por los enormes ventanales del dormitorio, envolviéndolo todo en una luz suave, casi demasiado bonita para combinar con la confusión que existía dentro de mí. Durante algunos segundos permanecí inmóvil, intentando comprender dónde estaba, hasta que sentí el peso del brazo de David alrededor de mi cintura.

Dormía profundamente a mi lado, con el rostro tranquilo, el cabello ligeramente desordenado y el cuerpo caliente pegado al mío. Me sujetaba con tanta firmeza que parecía que, en algún momento de la madrugada, hubiera decidido que no me permitiría salir de aquella cama con facilidad.

Mi corazón se apretó de una manera extraña.

Giré el rostro lentamente para observarlo mejor. David parecía todavía más atractivo dormido, lo cual era injusto. Muy injusto. La boca relajada, la barba incipiente marcando su mandíbula, las pestañas oscuras y la expresión serena de alguien que no cargaba el peso del mundo sobre los hombros al despertar.

O quizá sí lo cargaba y simplemente sabía ocultarlo mejor que yo.

—Eres un pecado incluso dormido —susurré tan bajo que no estaba segura de haber pronunciado la frase completa.

No se movió. Continuó respirando profundamente, manteniendo la mano firme sobre mi cintura.

Casi sonreí.

—Nunca imaginé que dormiría con un hombre tan hermoso —añadí, mirándolo como si todavía no pudiera creer que aquello me hubiera sucedido.

Entonces regresó la realidad.

No llegó de golpe, como una bofetada. Fue apareciendo poco a poco, infiltrándose por las grietas de aquella mañana perfecta.

Lucas.

Alexandra.

Mi proyecto.

Mi casa, que ya no parecía pertenecerme.

Mi vida completamente destruida en menos de veinticuatro horas.

La noche con David había sido buena. Mucho más que buena. Había sido intensa, inesperada y peligrosa de una forma que todavía hacía que todo mi cuerpo lo recordara. Él había sido cuidadoso al descubrir que yo era virgen, pero también me había mirado como si entregarle mi primera vez hubiera creado algo entre nosotros que ninguno de los dos pudiera ignorar.

Antes de dormirse, me había pedido que no prometiera que solo sería una noche.

Y aquello me asustaba.

David no me había tratado como una aventura. Me había abrazado durante toda la madrugada, me había despertado varias veces solo para comprobar que seguía junto a él y, cada vez que yo me movía, sus brazos volvían a cerrarse alrededor de mi cuerpo.

Como si temiera que desapareciera.

Como si ya se negara a perderme.

Pero yo no podía permitir que una sola noche se convirtiera en algo más.

No podía quedarme hasta que despertara, mirarlo a los ojos y escuchar preguntas sobre mi vida. No quería contarle a un desconocido que mi propia hermana me había traicionado, que mis planes habían sido robados y que ni siquiera sabía adónde ir. David había sido increíble cuando lo necesité, pero no podía convertir aquella cama en un escondite.

Si permanecía un poco más, quizá desearía quedarme.

Y eso sería demasiado peligroso.

Con cuidado, intenté levantar su brazo de mi cintura.

Los dedos de David se cerraron instintivamente sobre mí.

Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración, mientras él fruncía ligeramente el ceño sin despertar. Incluso dormido se resistía a soltarme. Tuve que esperar algunos segundos antes de intentar nuevamente, moviéndome con tanta lentitud que el corazón comenzó a latirme con fuerza.

Finalmente conseguí deslizarme fuera de la cama.

En cuanto me puse de pie, las piernas me temblaron un poco. Me sujeté del borde del colchón, reprimiendo una risa antes de que escapara. Mi cuerpo seguía sensible y cansado de una manera agradable. El recuerdo de la noche regresó con intensidad, haciendo que mis mejillas ardieran.

—Maldición, Ana —murmuré para mí misma, sonriendo sin querer.

David se movió en la cama.

Me quedé quieta.

Durante un segundo pensé que abriría los ojos. Su mano recorrió el espacio vacío donde yo había estado y volvió a fruncir el ceño, como si incluso dormido notara mi ausencia. Después se acomodó otra vez, respirando profundamente.

No tenía mucho tiempo.

Recogí las prendas dispersas por el dormitorio y fui al baño. El lugar parecía más grande que la habitación que tenía en el apartamento con Alexandra: mármol claro, espejo enorme, toallas suaves y olor a jabón caro.

Me lavé el rostro con agua fría, intentando despertar por completo y borrar la expresión de mujer que había pasado la noche entre los brazos de un desconocido y había disfrutado mucho más de lo que debería.

Cuando regresé, David seguía dormido.

Durante un instante permanecí junto a la puerta del baño, observándolo. Una parte de mí quiso volver a la cama, acostarse en aquel espacio caliente junto a él y fingir que todavía era de madrugada.

Pero la parte de mí que ya había sufrido demasiado durante aquella noche me obligó a avanzar.

No pertenecía a aquel mundo.

Y un hombre como David probablemente estaba acostumbrado a obtener todo lo que deseaba. La intensidad con la que me había mirado, la forma en que me había sujetado y el tono de su voz cuando dijo que no quería verme desaparecer me hicieron comprender que, si despertaba y me pedía que me quedara, quizá no tendría fuerzas para negarme.

Vi una hoja de papel y un bolígrafo sobre una cómoda cercana a la ventana. Caminé hasta allí sin hacer ruido, aparté la silla y me senté. Permanecí mirando el papel en blanco, sin saber cómo despedirme de alguien que había sido refugio, deseo, consuelo y peligro en apenas unas horas.

Finalmente, comencé a escribir.

David:

Gracias por la noche. De verdad.

Fuiste increíble conmigo cuando necesitaba olvidar el peor día de mi vida, incluso sin saber casi nada sobre mí. Fue una noche intensa, deliciosa y más importante de lo que debería admitir. Perdóname por marcharme sin despertarte, pero creo que es mejor así.

Ana.

Leí la nota dos veces.

Casi taché la palabra «deliciosa», pero decidí dejarla. Era verdad. Después de todo lo que me habían quitado, no quería mentir ni siquiera en una despedida.

Doblé el papel una sola vez y lo dejé junto a la almohada donde había dormido. Me acerqué a la cama y observé a David una última vez.

Sentí una punzada en el pecho que no tenía ningún sentido.

Era un extraño.

Un extraño hermoso, rico, cálido e inquietantemente posesivo, pero todavía un extraño.

—Adiós, David —susurré.

Me incliné y dejé un beso suave en su mejilla. Él volvió el rostro hacia mí y, por un instante, sus labios casi rozaron los míos.

Retrocedí antes de arrepentirme.

Salí del dormitorio.

Mi bolso estaba sobre el sofá de la sala. Guardé todo rápidamente, comprobé que mi teléfono y mi cartera continuaran allí y caminé hasta el elevador. Antes de que las puertas se cerraran, miré una última vez hacia el interior del apartamento.

Tuve la extraña sensación de que no estaba abandonando únicamente una noche.

Estaba huyendo de algo que todavía no comprendía.

Cuando las puertas se cerraron, apoyé la espalda contra la pared y solté el aire lentamente.

La noche había terminado.

Ahora debía enfrentar todo lo demás.

En el exterior, la mañana estaba fría. Rodeé mi cuerpo con los brazos, sintiendo el viento golpearme el rostro, y llamé a otro taxi. Entré sin pensarlo demasiado, saludé al conductor y pasé algunos segundos mirando la pantalla del teléfono, intentando decidir qué debía hacer primero.

Necesitaba un lugar donde vivir.

No podía regresar al apartamento. No podía compartir el mismo techo con Alexandra después de lo que había hecho. Tampoco quería pedir ayuda a mis padres, porque hacerlo significaba contarlo todo. Significaba admitir que la hija a la que enviaban dinero cada mes para compartir gastos con su hermana había sido traicionada dentro de su propia casa.

Significaba abrir una herida que aún no sabía cómo explicar.

Comencé a buscar apartamentos baratos con los dedos temblorosos. Los lugares buenos eran demasiado caros. Los medianos también. El poco dinero que tenía en la cuenta no duraría demasiado.

Después de casi veinte minutos, encontré un anuncio de un apartamento pequeño, disponible para ocupar de inmediato, en un barrio que no conocía bien y que, por las fotografías de los alrededores, parecía poco seguro.

Pero el precio estaba dentro de mis posibilidades.

—Señorita, ¿está segura de que es esta dirección? —preguntó el conductor cuando se la mostré.

Miré por la ventana mientras las calles cambiaban gradualmente, volviéndose más estrechas, sencillas y ruidosas.

—Sí.

Me lanzó una mirada por el espejo retrovisor, como si quisiera preguntarme si estaba segura. Aparté el rostro. No necesitaba que me juzgaran en aquel momento.

Necesitaba un techo.

Cuando llegamos, una mujer de unos cuarenta años me esperaba en la entrada del edificio. Se presentó como Celia y me condujo al interior. El edificio era antiguo, con las paredes descascaradas en algunas zonas y olor a producto de limpieza barato mezclado con humedad.

Subimos dos tramos de escaleras porque el elevador estaba averiado.

El apartamento era pequeño y sencillo. Tenía una sala estrecha, una cocina prácticamente unida a ella, un baño antiguo y un dormitorio donde solo cabría una cama y poco más.

No era bonito.

No parecía seguro.

No era lo que yo quería.

Pero estaba vacío.

Y, en aquel momento, un lugar vacío parecía mejor que regresar junto a Alexandra.

—Me lo quedo —dije antes de perder el valor.

Celia comenzó a explicarme las condiciones, el valor del depósito y los documentos necesarios, pero mi teléfono sonó en medio de la conversación.

Cuando vi el nombre de mi padre en la pantalla, sentí que el estómago se me revolvía.

—Disculpe, tengo que contestar.

Entré en el dormitorio vacío y cerré la puerta.

—Hola, papá.

—Hija, ¿cómo estás? Tu madre dijo que saliste de casa ayer y no regresaste. ¿Está todo bien?

Su voz casi consiguió romperme. Cerré los ojos, respiré profundamente y traté de contener el llanto.

—Estoy bien.

—¿Estás segura?

Antes de que pudiera responder, escuché la voz de mi madre al fondo.

—Pregúntale por qué armó ese escándalo con su hermana.

Mi cuerpo se enfrió.

—¿Qué escándalo? —pregunté en voz baja.

Mi padre guardó silencio durante un segundo y mi madre le quitó el teléfono.

—Ana, ya me enteré de todo.

Sentí que la garganta se me cerraba.

—¿Entonces sabes que encontré a Alexandra en la cama con Lucas? ¿Sabes que robaron mi proyecto?

—Sé que estás exagerando, como siempre —respondió con frialdad—. Alexandra me lo explicó. Lucas necesitaba ese ascenso más que tú. Él tiene planes, tiene futuro, y tú siempre has sido demasiado sensible, demasiado dramática. No tenías derecho a golpear a tu hermana.

Durante un instante fui incapaz de hablar. El pequeño dormitorio pareció girar a mi alrededor.

—¿La estás defendiendo?

—Estoy diciendo que una familia no se destruye por culpa de un hombre y de un trabajo.

Una risa amarga escapó de mi boca, mezclada con una lágrima.

—Qué curioso, porque ella destruyó a su propia hermana por culpa de un hombre y de un trabajo.

—Ana, no empieces.

—No. La que no va a empezar eres tú.

Corté la llamada antes de que mi voz terminara de quebrarse.

El teléfono cayó al suelo.

Yo caí con él.

Me senté sobre el piso frío del dormitorio vacío, rodeé mis rodillas con los brazos e intenté respirar, pero el dolor llegó de golpe.

Ya no era solamente Lucas.

Ya no era únicamente Alexandra.

Era mi madre conociendo la verdad y eligiendo ponerse de su lado. Era comprender que estaba sola de una manera mucho más profunda de lo que había imaginado.

Entonces lloré.

Lloré sobre el suelo de un apartamento barato, en un barrio desconocido, con el cuerpo todavía marcado por la mejor noche de mi vida y el corazón destruido por la peor mañana que había vivido.

Sin saber que, en aquel mismo momento, el hombre del que había huido estaba a punto de despertar.

Y David Beckman no era un hombre acostumbrado a permitir que algo que deseaba desapareciera de su vida.

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