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Capítulo 6

last update publish date: 2026-09-04 11:29:17

Kim Yeonhwa

Entro a mi habitación apresurada y veo mi celular encima de la cama, sonando. Al agarrarlo, deslizo el dedo hacia arriba y me lo llevo a la oreja.

—¿Por qué no has llegado? Aquí estamos todos, solo faltas tú —habla Yuna, molesta.

—Lo siento, estaba comiendo y se me fue el tiempo, pero ya voy para allá —le respondo.

Yuna no vuelve a hablar, solo cuelga.

Agarro mi cartera, que se encuentra encima de la mesita de noche, y al abrirla, entro mi celular. Me la cuelgo del hombro. Cojo el pote de pastillas y, al destaparlo, me vienen a la mente las palabras de advertencia de Tae-yang: «No te aconsejo que tomes esa pastilla. Yo conocí hace tiempo a una chica en mi otra escuela que la tomaba y murió».

Vuelvo a taparlo y, en vez de ponerlo en el sitio donde estaba, lo tiro en el cesto de basura.

Camino hacia la puerta de mi habitación y, al abrirla, la cierro a mis espaldas. Bajo las escaleras apresurada y me detengo en la entrada de la cocina, donde se encuentran mis padres juntos, lavando los platos.

—Papá, llévame a la casa de Yuna —le pido.

—¿Qué vas a hacer en esa casa tan temprano? —mi padre coge un poco de papel de cocina y se seca las manos.

—Están terminando una maqueta, cariño, no te preocupes —responde mi madre.

Mi padre asiente y tira el papel a la basura. Pasa por mi lado y, de inmediato, lo sigo. Los dos salimos de la casa y entramos en el auto. Yo ocupo el asiento del copiloto, mientras que mi padre se sienta en el del conductor.

Al llegar, me despido de mi padre y salgo del auto. Introduzco la contraseña en el portón y entro. Me acerco a mis amigos, que se encuentran en el patio, sentados en los muebles, con la maqueta encima de la mesa y los materiales.

—¡Hola!

Todos me responden el saludo, excepto Tae-yang, que se queda mirándome fijamente con una ligera sonrisa en sus labios.

—¿Y a mí no me vas a saludar? —pregunta Tae-yang.

Frunzo el ceño, confundida.

—Pero acabo de saludarlos a todos —le respondo.

—Pero yo no soy como ellos. A mí me toca un saludo especial.

—No sé por qué, pero me huele a amor —Hana me mira a mí y luego a Tae-yang, a la vez que mantiene una sonrisa traviesa.

Abro los ojos de par en par por lo que Hana acaba de decir. Miro a Yuna, quien se encuentra mirándome con los ojos entrecerrados y los labios apretados, como si quiere decir algo, pero se está conteniendo.

Suelto una risa falsa.

—Buena broma. Tae-yang nunca se fijaría en mí —más que una aclaración, también es la pura verdad. Un chico tan guapo nunca se interesaría en una chica como yo.

—¿Estás segura? —pregunta Tae-yang, mirándome fijamente a los ojos.

Trago saliva con incomodidad, a la vez que siento cómo mis mejillas se inyectan de sangre.

—Yeonhwa, vamos a buscar el pegamento en mi habitación —murmura Yuna entre dientes y me coge de la muñeca.

Me lleva al interior de la casa, donde los muebles elegantes y las lujosas decoraciones dejan claro lo costosa que es. Subimos las escaleras hasta el segundo piso y recorremos un corto pasillo antes de entrar en su habitación. Al estar dentro, empezamos a buscar en las cajones de su cajoneras.

—Estoy segurísima de que Tae-yang te está utilizando para poder acercarse a mí —afirma Yuna con mucha seguridad.

—Cierto. ¿Quién no se enamoraría de ti con un cuerpo delgado y una belleza natural que le encantaría a cualquiera? —Cierro el cajón al no encontrar nada.

—No hace falta que me lo recuerdes. Yo sé lo espectacular que soy.

—Además, Tae-yang es una buena persona y es muy sincero con sus palabras. Creo que sería un buen novio —opino.

—¿Lo dices por lo que te dijo ayer que te veías bien estando gordita? —Yuna me mira de arriba abajo con una media sonrisa ladeada.

—No… —no me deja terminar de hablar.

—Tae-yang solo te dijo eso para no hacerte sentir mal. Y, si te soy sincera, pareces un saco de papa amarrado por la mitad. Sabes que yo nunca te diría mentiras porque eres mi mejor amiga y quiero lo mejor para ti.

Me miro al espejo que tengo al frente y siento una gran repugnancia al verme. Mis ojos se van humedeciendo poco a poco hasta que las lágrimas empiezan a salir como una cascada. Me tapo el rostro con mis dos manos y empiezo a sollozar fuertemente.

—Lo siento, no fue mi intención hacerte sentir mal, pero es la verdad y lo tienes que aceptar —Yuna invade el poco espacio que no separa y me rodea con sus brazos.

—Estoy horrible —murmuro con la voz quebrada—. Soy demasiado gorda. Odio mi cuerpo. Si fuera una chica delgada, todo fuera diferente.

Yuna no dice nada, solo me escucha decir todas las quejas que tengo sobre mi cuerpo mientras me consuela. Duramos como quince minutos dentro de la habitación hasta que me calmo, aunque por dentro me siento completamente destrozada.

Bajamos por las escaleras y atravesamos toda la sala.

Al llegar al patio, todos se me quedan mirando fijamente, con una expresión de precaución y, a la vez, llena de curiosidad por saber qué me ha pasado tan de repente.

—Lo siento, no puedo ayudarles con la maqueta hoy —les digo con un tono de voz apenas audible.

—¿Qué pasó? —pregunta Tae-yang—. Estabas bien hace un momento.

—Me duele el estómago.

Tae-yang frunce el ceño y levanta una ceja. Algo en su expresión me transmite que no se cree ese cuento de que me duele el estómago.

—Yeonhwa, puedes confiar en nosotros, no es necesario que mientas —habla Hana con un tono de voz preocupado.

—No estoy mintiendo, hablo en serio.

—Cierto, Yeonhwa. Antes de venir me contó que acababa de comer. Tal vez el dolor de estómago le provocó devolver tan rápido, sin tomarse un tiempo de descanso para hacer la digestión —dice Yuna.

Hana asiente, ya convencida.

Cojo mi celular de mi cartera y llamo a mi padre para que venga a buscarme. Al llegar, no indaga mucho porque le cuento el mismo cuento: «Me duele el estómago».

Al llegar a casa, sin hablar con nadie, solo me dirijo directamente hacia mi habitación.

Me siento en la cama, recordando las palabras que me dijo Yuna, y eso provoca en mí un huracán de emociones negativas que cada vez se vuelve más fuerte.

Me levanto de la cama y me acerco al zafacón. Meto la mano y saco el pote de pastillas.

«No te aconsejo que tomes esa pastilla. Yo conocí hace tiempo a una chica en mi otra escuela que la tomaba y murió por eso», recuerdo las palabras de Tae-yang y siento una rabia que me carcome por dentro.

—Para ellos es muy fácil hablar porque ya son delgados y bonitos —abro el pote de pastillas, agarro una y me la meto en la boca, sin pensarlo dos veces, y trago.

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