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VENENO Y SEDA (Primera parte)

Author: Rocio Sofia
last update publish date: 2026-10-12 00:41:42

El vidrio roto crujió bajo los taconazos de Tina Rosello mientras caminaba de un lado a otro por el inmenso salón del penthouse de Renzo. Llevaba un vestido ajustado de color rojo carmesí que resaltaba sus curvas operadas y el maquillaje pesado cargado en sus pómulos. Sus ojos marrones, encendidos por una furia histérica, estaban fijos en Marco, el segundo al mando de la organización Bellini.

—¡Es una broma! —gritó Tina con la voz aguda y desgarrada. —¡Dime que es una maldita broma de Renzo! ¡Llevo siete años a su lado! ¡Le di mi juventud desde que me sacó de la basura en aquel callejón! ¡Nadie va a ocupar mi lugar en esta casa!

Marco permaneció erguido, con los brazos cruzados tras la espalda y el rostro inexpresivo. No sentía el menor respeto por Tina; sabía que era una mujer vacía, ambiciosa y falsa, pero conocía la debilidad o la extraña consideración que Renzo le tenía por el pasado.

—No es una broma, Tina —respondió Marco con voz plana. —El Don cerró el trato con Salvatore Rinaldi anoche. Se casará con la hija de Rinaldi en un mes. La boda será por la iglesia y habrá prensa de por medio. Es una alianza de negocios y un asunto de honor.

Tina apretó los puños tanto que sus uñas acrílicas se clavaron dolorosamente en las palmas de sus manos. Respiraba agitada, sintiendo que el lujo, las joyas, los carros deportivos y el estatus que tanto le había costado manipular a Renzo estaban a punto de escabullirse de sus manos.

—¿Y quién es esa perra? —siseó Tina, acercándose a Marco con una mirada maligna. —¿Quién es la infeliz que cree que puede venirse a meter en mi territorio?

Marco esbozó una media sonrisa sardónica.

—Gemma Rinaldi. Veintiún años. No es una amenaza para ti en cuanto a belleza, si eso es lo que te preocupa. Es una niña apocada, gorda, sin gracia, que se viste con trapos de vagabundo y lleva la boca llena de alambres. Ni siquiera sale de su habitación.

Un silencio tenso flotó en la habitación antes de que los labios pintados de carmín de Tina se curvaran en una sonrisa lenta, llena de sadismo. La furia en sus ojos se transformó de inmediato en una diversión perversa.

—¿Una rata fea e insignificante? —murmuró Tina para sí misma, acariciando su propia barbilla. —Perfecto. Si esa estúpida cree que por llevar un anillo de oro va a ser la señora de esta mansión, está muy equivocada. Renzo es mío. Esta casa es mía. Y voy a hacer que esa infeliz desee estar muerta antes de que cumpla un mes de casada. Se convertirá en mi sirvienta personal... y Renzo no moverá ni un solo dedo para salvarla.

Tres días después, en la residencia Rinaldi, la atmósfera estaba enrarecida.

Gemma intentaba maquillar con torpeza el moretón morado que aún marcaba su mejilla izquierda, secuela del golpe de su padre. Llevaba puesto un vestido azul marino, holgado y sencillo, el único medio formal que encontró en su armario. Su cabello rubio estaba recogido en una trenza floja que dejaba ver su piel pálida. Ajustó sus anteojos de marco negro sobre la nariz y contuvo el aliento cuando escuchó el rugido de los motores de varios vehículos de lujo estacionándose en la entrada.

Renzo Bellini había llegado para la "presentación oficial".

Gemma bajó los escalones de la gran escalera central con el corazón latiéndole desbocado en el pecho. Sentía náuseas por la ansiedad. Al llegar al vestíbulo, vio a su padre rindiéndose en reverencias serviles ante el hombre que acababa de cruzar la puerta.

Renzo era imponente. Su mera presencia llenaba la habitación con una autoridad sofocante. Vestía un traje gris oscuro de tres piezas y llevaba el cabello negro peinado hacia atrás de forma impecable. Sus ojos de un azul helado recorrieron el lugar antes de posarse directamente en Gemma.

A diferencia del odio implacable que guardaba en su pecho, la expresión de Renzo cambió al instante. Sus facciones duras se suavizaron en una máscara perfecta de calidez y galantería caballeresca.

—Señorita Gemma... —dijo Renzo con una voz grave, profunda y aterciopelada que provocó un escalofrío en la columna de la joven.

Caminó hacia ella con pasos firmes y elegantes. Salvatore la empujó levemente por la espalda para obligarla a avanzar.

—E-buenas tardes, Don Bellini... —alcanzó a articular Gemma, bajando la vista, intimidada por la estatura y la masculinidad arrolladora del capo.

Renzo se detuvo a solo unos centímetros de ella. Extendió su mano derecha, grande y tibia, tomando los dedos temblorosos de Gemma con una delicadeza abrumadora. Se inclinó despacio y depositó un beso suave sobre los nudillos de la joven, sin quitarle la mirada de encima.

—Por favor, llámame Renzo —susurró él, ofreciéndole una sonrisa deslumbrante pero totalmente falsa—. Es un absoluto privilegio contemplar por fin a la mujer que se convertirá en mi esposa y en la dama de mi hogar.

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