LOGINGemma sintió una punzada de desconcierto. Había esperado ver a un monstruo desalmado, tal como su padre lo había descrito, pero el hombre que tenía enfrente la trataba con una devoción y un respeto que jamás en su vida había experimentado.
—Es... es usted muy amable, Renzo —murmuró ella, sonrojándose levemente a pesar de la ortodoncia que la acomplejaba. —Yo... no estoy acostumbrada a este tipo de atención.
—Pues tendrás que acostumbrarte, querida Gemma —repuso Renzo, tomándole la mano con suavidad para conducirla hacia el salón principal, actuando como el prometido más atento del mundo. —Una dama de tu inteligencia y virtud merece ser tratada como una reina. He dado órdenes para que mis mejores diseñadores preparen tu ajuar nupcial, y me aseguraré personalmente de que no te falte absolutamente nada.
Salvatore observaba la escena desde atrás con una sonrisa llena de codicia. Gemma, ingenuamente, sintió que un pequeño destello de esperanza se encendía en su lastimado corazón. ¿Acaso este hombre tan poderoso y refinado sería su salvación para escapar del infierno en el que vivía con su padre?
Lo que la inocente Gemma no sabía era que, mientras Renzo le acariciaba el dorso de la mano con fingida ternura, por dentro el Don saboreaba el veneno de su engaño. Cada palabra dulce era solo un anzuelo para hacer más dolorosa la caída. Él la elevaría a los cielos con falsas ilusiones para luego arrojarla al abismo más oscuro una vez que el contrato estuviera firmado.
—Tendremos una vida maravillosa juntos, Gemma —dijo Renzo mirándola fijamente a los ojos azules, con una sonrisa que no llegaba a su mirada helada. —Te lo prometo.
Dos semanas después, la boda del año se celebraba en la catedral más imponente de Nueva York. Ante cientos de invitados, cámaras y escoltas armados hasta los dientes, Gemma firmó el acta de matrimonio, quedando unida legalmente al Don de la mafia.
Esa misma noche, el automóvil blindado de Renzo se detuvo frente a la entrada de la majestuosa mansión Bellini.
Gemma, vistiendo un recargado vestido de novia de encaje que su padre la había obligado a usar, respiró hondo. Renzo le abrió la puerta del auto con la misma cortesía refinada de siempre, le ofreció su brazo y la guió hacia el interior del enorme vestíbulo iluminado.
—Bienvenida a tu nuevo hogar, Gemma —dijo Renzo con voz pausada mientras los sirvientes hacían una reverencia.
Pero tan pronto como las pesadas puertas de roble de la mansión se cerraron con un golpe seco a sus espaldas, la máscara se rompió.
El tono cálido de Renzo desapareció por completo. Soltó el brazo de Gemma de manera brusca, como si el contacto con ella le produjera asco, y se limpió la mano con un pañuelo de seda que sacó del bolsillo de su saco.
Gemma se quedó helada, mirando el cambio drástico en su rostro. La calidez había muerto; solo quedaba un témpano de hielo lleno de desprecio.
En ese preciso momento, unos taconazos resonaron en el segundo piso. Tina descendió por las escaleras luciendo un negligé de seda roja extremadamente provocativo, con una copa de champán en la mano y una sonrisa maquiavélica grabada en los labios.
—Vaya, vaya... por fin llegó la servidumbre nueva —se burló Tina con voz estridente, bajando el último escalón y caminando directo hacia Renzo.
Gemma dio un paso atrás, confundida y asustada.
—Renzo... ¿quién es ella? ¿Qué está pasando aquí? —preguntó Gemma con la voz temblorosa.
Renzo ni siquiera se molestó en mirarla. Ignoró la pregunta de su esposa y rodeó con el brazo la cintura de Tina, atrayéndola hacia su cuerpo con brusquedad carnal. Tina soltó una carcajada burlona, enroscó sus brazos alrededor del cuello del capo y le plantó un beso apasionado y sucio en los labios, justo enfrente de los ojos desorbitados de Gemma.
Gemma sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. El dolor y la humillación la atravesaron como una espada.
Cuando se separaron, Tina miró a Gemma con los ojos encendidos de pura malicia.
—Te presento las reglas de esta casa, ratita fea —siseó Tina, señalando el oscuro pasillo que conducía al fondo de la propiedad. —La habitación principal es de Renzo y mía. Tú te vas a dormir abajo, al cuarto de la servidumbre. Y más te vale madrugar mañana para lavar mis vestidos, si es que no quieres quedarte sin comer.
Gemma miró a Renzo, esperando desesperadamente una palabra de defensa, un gesto, una señal de que todo era una pesadilla.
—Renzo... por favor... —suplicó ella con lágrimas corriendo por sus mejillas.
El Don de la mafia se acomodó el cuello de la camisa, mirando a Gemma desde arriba con un desprecio absoluto y frío.
—No me des órdenes, Gemma —dictaminó Renzo con una voz mortalmente helada—. Haz lo que Tina te dice. En esta casa, tú no eres nada.
El trayecto en la camioneta blindada hasta la clínica privada de la organización transcurrió en un silencio asfixiante. A la izquierda de Gemma, la Nonna Beatrice permanecía erguida, con las manos enguantadas sobre la empuñadura de plata de su bastón. Sus ojos de águila no se apartaban ni un segundo de la joven.—Espero que tu cuerpo no me defraude, muchacha —habló la matriarca con una voz que helaba la sangre. —La dinastía Bellini no tiene paciencia para la esterilidad. Hoy confirmaremos si la ciencia hizo su trabajo.Gemma apretó las manos sobre su regazo, sintiendo un sudor frío en las palmas. Sabía que hacía semanas se había llevado a cabo la inseminación bajo la amenaza directa de matar a su amiga Florencia. Sentía los mareos, los cambios en su cuerpo y la certeza instintiva de que algo crecía en su interior, pero el terror de que la Nonna o Renzo lo confirmaran la carcomía por dentro. Si supieran la verdad, la encerrarían bajo una custodia impenetrable hasta el parto.Llegaron a
La pequeña pantalla de la laptop parpadeaba en la oscuridad del sótano. Tras la breve pero reveladora conexión con Gianluca, Gemma sintió un rayo de esperanza que no experimentaba desde hacía meses. Su hermano estaba vivo; su madre Anna también lo estaba y ambas mentes se encontraban orquestando un plan para arrancarla de las garras de los Bellini.Sin embargo, debía actuar con una cautela milimétrica. La red de la mansión estaba constantemente monitoreada por los hombres de ciberseguridad de Renzo, y cualquier movimiento en falso podría exponer el canal encriptado que su hermano había abierto.Gemma cerró la laptop de golpe, ocultándola en el compartimento secreto bajo las maderas flojas de su cama, cuando el crujido de la puerta de madera resonó en el pasillo.—Veo que sigues despierta, basura —siseó Tina, entrando con un vestido de satén negro y un vaso de whisky en la mano. Su aliento apestaba a alcohol y su mirada reflejaba una mezcla de resentimiento y veneno.Gemma permaneció s
A las tres de la madrugada, cuando el silencio reinaba de nuevo en la propiedad y los invitados se habían marchado, Gemma permanecía despierta en la penumbra del sótano. Se había cambiado el vestido manchado por unos pantalones cómodos y su suéter tejido holgado.Frente a ella, la pantalla de su laptop iluminaba la habitación con un tono azulado. Sus dedos volaban sobre el teclado a una velocidad asombrosa.Tras la humillación en la cena, Gemma decidió dejar a un lado la rabia y concentrarse en su única arma: la información. Había pasado las últimas cuatro horas cruzando los registros de las transferencias financieras de Tina con las bitácoras de seguridad de la mansión de los últimos seis meses.Y lo que descubrió en la pantalla la dejó paralizada.—Dios mío... —susurró Gemma, llevándose las manos a la boca mientras leía las líneas de código desencriptadas.No se trataba solo de pequeñas filtraciones de contrabando o de robos de dinero para joyas. El patrón era escalofriante: cada vez
Tres días después, la mansión Bellini vestía sus galas más opulentas. Renzo había convocado a una cena de alta cúpula con los capos más poderosos de la costa este y varios inversores de los casinos de Las Vegas.En el sótano, Gemma intentaba peinar su cabello rubio frente al pequeño espejo desgastado. Unos minutos antes, Marco, el segundo al mando, le había entregado un vestido de noche sencillo de color crema por órdenes directas del Don. El mandato era claro: debía bajar a cenar y sonreír ante los invitados para demostrar que la alianza entre los Rinaldi y los Bellini seguía tan firme como el primer día.Cuando Gemma ingresó al comedor principal, los murmullos de los hombres poderosos cesaron por un instante. A pesar de sus ropas sencillas y su falta de maquillaje costoso, la delicadeza de sus facciones y su postura erguida le daban un aire de dignidad imposible de pisotear.Renzo la recibió con la misma parodia de caballerosidad ensayada. Se levantó de la cabecera, le ofreció la ma
El ardor en las palmas de las manos de Gemma ya no cedía ni con el agua helada del sótano. La noche anterior, la imagen de la traición en la biblioteca le había quitado el sueño, pero el amanecer no trajo tregua. Faltaban pocos minutos para las seis de la mañana cuando Tina irrumpió en su cuarto, estrellando una cubeta de metal llena de agua con detergente industrial contra el piso.—¡Arriba, holgazana! —chilló Tina con una sonrisa sazonada en veneno. —Como ayer tuviste tiempo para andar de fisgona por el pasillo, hoy vas a limpiar todo el piso de mármol del vestíbulo y los tres salones de la planta baja. A mano y de rodillas.Gemma se incorporó despacio, alisando su jersey holgado.—El servicio de limpieza de la empresa viene a las nueve, Tina —respondió Gemma con serenidad.—El servicio no va a tocar un solo trapero hoy —siseó la amante, dando un paso al frente con la mirada encendida de rabia reprimida. —Lo vas a hacer tú. Sin guantes. Y no vas a probar un solo bocado de comida has
La mañana siguiente al ataque, la mansión Bellini amaneció envuelta en un silencio denso y sofocante. Los hombres de seguridad patrullaban los jardines con armas largas, y el aire olía a pólvora quemada y a productos de limpieza industrial.En el sótano, Gemma intentaba curar las quemaduras de su hombro vendado con torpeza. Tenía los ojos hinchados por la falta de sueño, pero la mente completamente lúcida.Unos pasos apresurados resonaron en el pasillo del servicio. La puerta se abrió de golpe y apareció una de las mucamas jóvenes de la casa, mirando a Gemma con lástima contenida.—Señora Gemma... —murmuró la mucama en voz baja. —La señorita Tina exige que suba de inmediato a la biblioteca del primer piso. Dice que hay unos documentos de la contabilidad de la casa que debe revisar urgentemente.Gemma frunció el ceño. Sabía que Tina jamás la llamaba para asuntos de trabajo real; cada interacción era una trampa para humillarla. Sin embargo, no podía negarse sin desatar una escena con lo







