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CAPÍTULO 3: DULZURA SOBRE EL HIELO

Autor: Cachetona
last update Fecha de publicación: 2026-09-09 09:14:51

El sol de la mañana comenzaba a filtrarse por los pesados visillos de la recámara, proyectando largas franjas doradas sobre la alfombra. Dariana se despertó muy temprano, antes de que el resto de la casa diera señales de vida. A su lado, el lado de la cama matrimonial estaba intacto, con las sábanas tensas y frías. Duvan no había subido a dormir en toda la noche; se había quedado encerrado en su despacho hasta altas horas y probablemente se había marchado temprano a la oficina o descansado en el sofá.

Pese a la amargura que la noche anterior le había dejado en el pecho, Dariana decidió no rendirse. Se levantó con una renovada determinación, se vistió con un sencillo traje en tonos pastel y bajó a la cocina. Estaba convencida de que los pequeños detalles, el cuidado constante y la paciencia terminarían por ablandar la armadura de Duvan y demostrarle a su familia que ella solo traía intenciones nobles.

En la cocina, el olor a café recién colado llenaba el ambiente. Genoveva y Graciela preparaban el desayuno con movimientos coordinados. Al ver entrar a Dariana con una sonrisa serena y dispuesta a ayudar, Genoveva detuvo su labor con sorpresa.

—Señora Dariana, ¿qué hace despierta tan temprano? —preguntó Genoveva con tono afable—. No es necesario que baje a la cocina, nosotros podemos llevarle el desayuno a su recámara.

—No te preocupes, Genoveva —respondió Dariana acomodándose el cabello detrás de las orejas—. Me gustaría preparar yo misma el desayuno para Duvan. Sé exactamente cómo le gusta el café y quiero preparar unas tostadas especiales con las frutas que a él le agradan. Por favor, déjenme encargarme de su bandeja hoy.

Graciela intercambió una mirada rápida con Genoveva. En los ojos de la joven empleada había una mezcla de admiración por la nobleza de Dariana y de pesar por el escenario al que la joven esposa estaba a punto de enfrentarse. Sin embargo, no dijeron nada para desanimarla y le facilitaron los utensilios necesarios.

Dariana dedicó casi una hora a preparar el desayuno con un esmero minucioso. Sirvió el café en la porcelana más fina de la casa, cortó trozos de fruta fresca colocándolos de forma delicada y escribió una pequeña nota en un papel elegante que decía: *"Que tengas un excelente día de trabajo. Aquí estaré esperándote. Con todo mi amor, Dariana"*. Colocó la nota junto a la taza, tomó la bandeja de plata con firmeza y caminó hacia el comedor principal, donde sabía que Duvan solía revisar sus documentos antes de salir.

Al entrar al comedor, Duvan ya estaba de pie cerca de la mesa, ajustándose el reloj de pulsera y revisando unas carpetas de la empresa. Al escuchar los pasos de Dariana, levantó la mirada por un segundo. Su rostro lucía cansado, pero sus ojos guardaban la misma distancia helada de la noche anterior.

—Buenos días, Duvan —saludó Dariana con voz suave, acercándose con la bandeja entre las manos y colocando el desayuno cuidadosamente frente al asiento principal—.

Te preparé el desayuno como te gusta. Pensé que sería un buen detalle para empezar el día juntos antes de que te vayas a la compañía.

Duvan observó la bandeja con una mueca de evidente desdén. Miró las tostadas decoradas, el café humeante y la pequeña nota escrita a mano. Sin siquiera tomarse el tiempo de leer lo que decía el papel, extendió la mano, tomó la nota y la arrugó entre sus dedos sin el menor miramiento, dejándola caer a un lado sobre la mesa.

—No perdiste el tiempo para empezar a actuar como la esposa abnegada, ¿verdad? —dijo Duvan con un tono amargo y cargado de sarcasmo—. Te sugeriría que no gastes tu energía en rodeos ni en tonterías infantiles. No vine a esta casa a jugar al matrimonio feliz contigo, Dariana.

El impacto de las palabras de Duvan hizo que Dariana diera un pequeño paso hacia atrás. Sentía cómo el rubor del desprecio le quemaba las mejillas, pero se esforzó por mantener la compostura y no dejar caer las lágrimas frente a él.

—Solo quería tener un gesto bonito contigo... —murmuró ella, intentando defender su intención—. Sé que las cosas han sido difíciles, pero soy tu esposa, Duvan. Si no nos damos una oportunidad para entendernos, ¿cómo vamos a salir adelante?

—No tenemos nada que entender —la interrumpió él con frialdad, tomando su maletín de cuero de sobre una silla—. Tu presencia aquí cumple un propósito muy claro para mí, pero no incluye pretender que me importan tus atenciones. No necesito tu café ni tus notas. Mantén tu distancia y ahórrate estos espectáculos.

En ese preciso momento, la voz de Antonia resonó desde el pasillo del Comedor. La madre de Duvan entraba a la habitación vistiendo un elegante traje de mañana, acompañada por su esposo Joaquín, quien caminaba apoyándose lentamente en su bastón.

—Tiene toda la razón mi hijo —sentenció Antonia, mirando a Dariana de arriba abajo con una expresión de rechazo absoluto—. No intentes comprar el afecto en esta casa con un par de tostadas, jovencita. En este hogar no estamos para rodeos teatrales. El vacío que dejó Jesús no se cubre con hipocresías, y tus intentos de hacerte la víctima solo demuestran lo poco que entiendes el dolor de esta familia.

Joaquín se detuvo junto a su esposa, clavando su mirada severa en la joven.

—El respeto no se exige ni se manipula con desayunos en la mesa, Dariana —añadió Joaquín con voz pesada—. Si tienes dignidad, aprenderás a guardar silencio y a ocupar el lugar secundario que te corresponde bajo este techo.

Dariana sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Estaba acorralada entre la frialdad de su esposo y la crueldad frontal de sus suegros. Miró a Duvan en busca de un límite, esperando que al menos detuviera el ataque verbal de sus padres hacia ella, pero Duvan se limitó a tomar sus llaves del mueble, ignorando por completo la humillación que estaba sufriendo su esposa.

—Me voy a la oficina —anunció Duvan secamente, dirigiéndose a la salida sin despedirse de nadie—. No me esperen para almorzar.

Duvan cruzó el comedor a paso firme y salió hacia el garaje. Segundos después, el rugido del motor de su auto resonó en el patio, alejándose a toda velocidad de la propiedad.

Antonia y Joaquín caminaron hacia la mesa sin dirigirle una sola palabra más a Dariana, sentándose para servirse ellos mismos. La joven esposa se quedó de pie durante unos segundos en medio del comedor, sosteniendo el borde de la bandeja de plata que había preparado con tanto cariño y que ahora yacía ignorada sobre la mesa.

Tragándose el nudo sofocante que le oprimía la garganta, Dariana dio media vuelta y caminó a paso apresurado hacia la cocina. Al cruzar la puerta, Genoveva y Graciela la miraron con el corazón encogido. Dariana colocó la bandeja sobre la barra de granito, apretó las manos contra el borde del mueble y dejó que por fin las lágrimas, contenidas con tanto esfuerzo, rodaran libremente por su rostro. No entendía por qué el amor que guardaba en su pecho estaba siendo pisoteado con tanto rencor, sin sospechar que cada uno de sus intentos por acercarse solo alimentaba la oscura sed de venganza que Duvan guardaba en su interior.

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