Home / Romance / Atada a tu venganza / CAPÍTULO 4: LA SOMBRA DE MELISSA

Share

CAPÍTULO 4: LA SOMBRA DE MELISSA

Author: Cachetona
last update Petsa ng paglalathala: 2026-09-09 09:14:54

Los días posteriores a la boda se convirtieron para Dariana en una rutina monótona y sofocante. La enorme mansión resultaba ser un laberinto de paredes frías donde cada espacio parecía vigilarla. Joaquín y Antonia apenas le dirigían la palabra durante las cenas, y cuando lo hacían, sus comentarios estaban impregnados de un sarcasmo punzante que buscaba recordarle, a cada instante, que ella era una intrusa no deseada. Duvan, por su parte, elegía el trabajo como pretexto para mantenerse alejado de la casa la mayor parte del tiempo, regresando únicamente cuando la noche ya estaba avanzada para encerrarse en su despacho o dormirse en el sillón de la biblioteca.

Aquella tarde, Dariana intentaba distraer la mente arreglando algunos floreros en el salón principal. Genoveva la observaba desde el pasillo con la mirada llena de preocupación, ofreciéndole de vez en cuando una palabra amable que sirviera de bálsamo para la soledad de la joven.

Dariana agradecía profundamente la presencia de las dos empleadas; sin la calidez de Genoveva y la lealtad silenciosa de Graciela, el peso de la casa habría sido insoportable.

De pronto, el timbre de la entrada principal resonó en el vestíbulo. Graciela acudió de inmediato a abrir la pesada puerta de roble. Al franquear el paso, una mujer de figura estilizada, vestida con un conjunto de diseñador en tonos vibrantes y calzando tacones altos que resonaban con firmeza sobre el mármol, caminó hacia el centro de la recepción con una actitud de absoluta confianza. Era Melissa.

Melissa cruzó el espacio sin pedir permiso, sosteniendo una bolso de marca en el antebrazo y paseando la mirada por el lugar como si estuviera inspeccionando su propio dominio. Al ver a Dariana con unas tijeras de podar y un par de rosas en la mano, esbozó una sonrisa ladina, cargada de una condescendencia helada.

—Vaya, qué escena tan pintoresca —dijo Melissa con voz melodiosa pero venenosa, haciendo una pausa deliberada para recorrer a Dariana de arriba abajo—. Veo que te has tomado muy en serio tu papel de ama de casa, Dariana. Aunque, sinceramente, las flores no logran quitarle a este lugar la frialdad que tiene desde que te mudaste.

Dariana dejó las tijeras sobre la mesa auxiliar y se irguió con dignidad. Conocía perfectamente quién era Melissa; sabía que había sido la pareja de Duvan antes de que él tomara la apresurada decisión de casarse, y sabía también el lugar de privilegio que la mujer aún intentaba mantener en la vida de su esposo.

—Buenas tardes, Melissa —respondió Dariana intentando mantener un tono sereno y educado—. Si vienes a buscar a mi esposo, Duvan no se encuentra en la casa. Está en la compañía atendiendo sus asuntos.

Melissa dejó escapar una pequeña risa burlona, llevando una mano a su pecho de forma dramatizada mientras caminaba unos pasos más hacia ella.

—¿Tu esposo? —repitió Melissa saboreando la palabra con evidente burla—. Qué tierno suena cuando lo dices. Pero no te confundas, querida. Sé perfectamente que Duvan no está aquí; de hecho, acabo de estar con él en su oficina almorzando juntos, como lo hacemos casi todos los días. Si vine hasta la residencia es porque dejé unas carpetas importantes en su despacho la semana pasada y él mismo me pidió que pasara a recogerlas.

Las palabras cayeron sobre Dariana como una jarra de agua helada. Sabía que Duvan no almorzaba en casa, pero escuchar directamente de los labios de Melissa que pasaba sus tardes en compañía de su ex pareja hizo que un nudo de opresión le atenazara la garganta.

En ese momento, Antonia bajó por la gran escalera de mármol. Al ver a Melissa en el vestíbulo, el rostro de la madre de Duvan se transformó por completo, iluminándose con una calidez y una sonrisa que jamás le había mostrado a Dariana desde que cruzó la puerta de la residencia.

—¡Melissa, mi vida! Qué alegría verte —exclamó Antonia apresurando el paso para envolver a la mujer en un abrazo afectuoso—. No sabía que vendrías hoy a la casa. Si lo hubiera sabido, le habría dicho a Genoveva que preparara el té que tanto te gusta.

—Hola, doña Antonia —respondió Melissa con dulzura calculada, correspondiendo al abrazo con soltura—. Solo vine por unos documentos al despacho de Duvan. Me dio las llaves para que entrara sin molestar a nadie.

—Tú nunca molestas en esta casa, querida. Sabes muy bien que esta siempre ha sido y seguirá siendo tu casa —afirmó Antonia con la intención clara de que Dariana escuchara cada palabra—. Pasa al despacho con toda confianza.

Melissa le dedicó una última mirada triunfante a Dariana antes de encaminarse hacia el pasillo lateral que conducía al despacho de Duvan. Dariana permaneció de pie, con los puños apretados al costado del cuerpo, sintiendo cómo el desprecio y la humillación se volvían una constante bajo ese techo. Antonia ni siquiera se molestó en dirigirle la mirada al pasar a su lado, siguiendo a Melissa hacia la oficina para conversar con ella amablemente.

Minutos después, Melissa salió del despacho sosteniendo un sobre de manila. Se despidió de Antonia con un beso en la mejilla y caminó hacia la salida. Al pasar junto a Dariana, se detuvo un segundo y se inclinó levemente hacia ella, bajando la voz para que solo la joven pudiera escucharla.

—Un consejo de mujer a mujer, Dariana —murmuró Melissa con maligna sutileza—. No te esfuerces tanto en fingir que este matrimonio es real. Los anillos y los papeles no cambian el corazón de un hombre. Duvan está contigo por razones que ni te imaginas, pero sus pensamientos y sus noches siguen perteneciéndome a mí.

Sin esperar respuesta, Melissa se dio la vuelta y salió de la residencia con paso firme y elegante, haciendo resonar sus tacones sobre el camino de piedra.

Dariana se quedó inmóvil en el vestíbulo mientras la puerta se cerraba tras la visitante. Sintió un mareo leve debido a la mezcla de rabia y dolor que le recorría el cuerpo. Genoveva se acercó rápidamente a su lado, colocándole una mano suave en el hombro en un intento por ofrecerle consuelo.

—No le haga caso a esa mujer, señora Dariana —susurró Genoveva con la voz llena de indignación—. Solo viene a sembrar cizaña porque sabe lo noble que es usted.

—No es solo ella, Genoveva... —respondió Dariana con la voz quebrada, mirando hacia la puerta cerrada—. Es el silencio de Duvan. Es la forma en que permite que todos me pisen sin que a él le importe un solo segundo.

Esa tarde, la duda y la inseguridad comenzaron a echar raíces profundas en la mente de Dariana. Ya no se trataba solo del dolor por la huida de Jesús o de la frialdad de sus suegros; ahora había una sombra tangible amenazando su dignidad. Apretó la alianza de matrimonio entre sus dedos, sintiendo por primera vez que la ilusión del amor puro con la que había entrado a esa casa comenzaba a resquebrajarse sin remedio.

Patuloy na basahin ang aklat na ito nang libre
I-scan ang code upang i-download ang App

Pinakabagong kabanata

  • Atada a tu venganza    CAPÍTULO 96: El Decreto de la Tierra firme

    En la capital, la actividad en el ala central del Ministerio de Educación y Cultura alcanzaba su punto culminante. En el Gran Salón de Honor, iluminado por inmensas lámparas de araña y ornamentado con los estandartes oficiales, se daban cita rectores universitarios, embajadores, legisladores y miembros de la prensa nacional. En la primera fila del patio de honor, Bracksy conversaba con los asesores jurídicos de la Presidencia de la República, revisando por última vez las copias notariales del decreto. Lucía un impecable traje ejecutivo azul marino, sosteniendo su maletín de cuero con la satisfacción de quien ha conducido una batalla legal impecable hasta su victoria definitiva. A su lado, Jesús Robleto ajustaba su corbata mientras observaba el movimiento de los fotógrafos y las cámaras de televisión. —Es un día histórico para el país y para nuestra familia, Bracksy —comentó Jesús en un susurro cargado de orgullo—. Ver a mi hermano ingresar a este recinto no como el magnate impla

  • Atada a tu venganza    CAPÍTULO 95: EL DECRETO DE LA TIERRA FIRME

    El amanecer sobre el valle del norte se desplegó como un tapiz de luz dorada y cristalina que disipó los últimos vestigios de la niebla acumulada en los barrancos de la cordillera. El viento matutino, fresco y saturado de pino y resina, soplaba con una constancia pacífica sobre los techos de teja de la biblioteca comunitaria. En el porche de la casona central de la Fundación Robleto, el ambiente no reflejaba la agitación del trabajo apresurado, sino la solidez de una institución que había alcanzado su plena madurez organizativa. Dariana caminaba lentamente a lo largo del corredor de piedra, observando los picos lejanos de la cordillera con una mirada cargada de serena plenitud. Llevaba puesto un conjunto de paño ligero en tono marfil que acentuaba su elegancia ejecutiva y su sobria distinción académica. Sostenía entre sus manos el borrador final del decreto ejecutivo que el presidente de la República firmaría esa misma tarde en la capital, consagrando el modelo de coedición rural y

  • Atada a tu venganza    Capitulo 94: El manifiesto de la cordura

    —Ese pasado está muerto, Dariana —sentenció Duvan, poniéndose de pie con parsimonia y entrelazando las manos a la espalda—. Melissa y Rider buscaron envenenar mi mente porque sabían que la inseguridad era mi mayor debilidad. Pero la sombra solo puede crecer donde hay oscuridad. Cuando un hombre aprende a amar desde la verdad y la admiración, los chismes y las manipulaciones se disuelven como el humo. Mientras tanto, en la capital, la rutina de la Firma Filológica Hurtado & Asociados discurría bajo el estándar de excelencia que la caracterizaba. En el ala jurídica de la casona republicana, Bracksy ultimaba los detalles de la memoria institucional que se remitiría al Ministerio de Educación y a los organismos internacionales de cooperación. Frente a ella, en una cómoda poltrona de cuero, Jesús Robleto revisaba las solicitudes de transferencia de fondos para la contratación de los nuevos docentes itinerantes. —El dictamen final del Tribunal de Ética Universitaria ya es de conocimie

  • Atada a tu venganza    CAPÍTULO 93: EL MANIFIESTO DE LA CORDURA

    La bruma matutina descendía desde las elevaciones de la cordillera como un velo translúcido que se desintegraba al contacto con los primeros rayos del sol. El canto diáfano de los zorzales y el rumor del agua sobre las piedras de la cañada marcaban el ritmo de un amanecer excepcionalmente claro en las montañas del norte. En el porche principal de la casona de la Fundación Robleto, el silencio respiraba una solemnidad luminosa, propia de las grandes etapas que se inauguran sin estridencias, sobre los cimientos de la verdad y el esfuerzo compartido. Dariana permanecía de pie junto a las columnas de pino pulido de la galería, sosteniendo un cuaderno de notas de tapa dura. Portaba un sencillo vestido de lana fina color avellana, sobre el cual caía un mantón tejido a mano por las artesanas de la comarca. Sus ojos oscuros, cargados de una lucidez penetrante y serena, escudriñaban el valle. En su mente ya no vibraba la urgencia de las defensas legales ni la tensión de las sospechas que en

  • Atada a tu venganza    CAPÍTULO 92: CIMA DE LA DIGNIDAD

    En ese momento, los acordes de la marcha institucional resonaron en el órgano del paraninfo, y el auditorio entero se puso de pie en una ovación cerrada y prolongada. Dariana hizo su entrada por el pasillo central, flanqueada por el Decano de la Facultad de Filología y el Ministro de Cultura. Vestía un diseño exclusivo en seda marfil que combinaba la distinción de la alta ejecución profesional con la delicadeza de su elegancia natural. Su andar era firme, pausado, con la cabeza erguida y una sonrisa luminosa que transmitía la paz de quien ha vencido todas las batallas morales sin perder un solo gramo de su dignidad. Al pasar junto a la fila donde se encontraba Duvan, sus miradas se cruzaron por una fracción de segundo. No hicieron falta gestos exagerados; un ligero destello en los ojos de Dariana y una inclinación imperceptible de la cabeza de Duvan bastaron para sellar una complicidad indestructible que fue advertida por los observadores más atentos de la sala. Dariana ocupó el

  • Atada a tu venganza    CAPÍTULO 91: LA CIMA DE LA DIGNIDAD

    El crepúsculo sobre la meseta del norte se prolongaba en una gradación de tonos púrpuras, celajes dorados y azures profundos que parecían suspender el tiempo sobre la cordillera. La brisa nocturna bajaba desde las cumbres cargada con el frescor aromático del pino silvestre, la resina de roble y el aliento húmedo del río que serpenteaba al fondo del valle. En la plataforma del mirador de madera, el silencio entre Dariana y Duvan no era un vacío cargado de cautela o sospecha; era una pausa habitada por la plenitud, por la certidumbre de quienes han superado las pruebas más abrasadoras de la existencia y han emergido con el espíritu purificado. Dariana mantenía la mirada fija en las primeras luces que comenzaban a titilar en las casitas campesinas dispersas por la falda de la montaña. Sentía el calor de la mano de Duvan envolviendo la suya con una firmeza delicada, respetuosa, desprovista de cualquier ademán de posesión. Para una mujer que había defendido su independencia intelectual c

Higit pang Kabanata
Galugarin at basahin ang magagandang nobela
Libreng basahin ang magagandang nobela sa GoodNovel app. I-download ang mga librong gusto mo at basahin kahit saan at anumang oras.
Libreng basahin ang mga aklat sa app
I-scan ang code para mabasa sa App
DMCA.com Protection Status