LOGINEl juez desestimó la objeción de Manuel con un gesto de fastidio, evidentemente estaba comprado permitiendo que la fiscalía continuara con su ofensiva. El fiscal sonrió, sabiendo que tenía un comodín mucho más peligroso guardado bajo la manga, uno que no dependía de desertores comprados, sino de la propia mujer que se desangraba por defender al acusado.—La fiscalía llama al estrado a la señorita Clara Soria —anunció el fiscal con voz altisonante, clavando los ojos en la primera fila.El silencio en la sala se tornó espeso. Clara sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Miró de reojo a Manuel, quien le apretó levemente el antebrazo en un gesto de advertencia silenciosa, y luego miró a Leonardo. Desde el banquillo, Vega la fusilaba con la mirada, negando imperceptiblemente con la cabeza, suplicándole con los ojos oscuros que se negara, que saliera corriendo de ahí.Pero Clara se puso de pie. Caminó por el pasillo central con paso firme, ignorando el dolor punzante que le latí
Las bancas del tribunal ya estaban ocupadas por fiscales de trajes oscuros y agentes federales cuando Clara y Manuel tomaron asiento en la primera fila. Clara se aferraba al borde de la madera con los nudillos blancos, conteniendo el dolor y con los ojos clavados en la puerta lateral por donde debían ingresarlo.Un segundo después, los cerrojos sonaron y los guardias abrieron la puerta.Entró Leonardo Vega.Llevaba el overol naranja reclamentario y las muñecas encadenadas a una barra metálica. Su rostro era un mapa brutal de la violencia del penal: la ceja abierta, los pómulos amoratados, los labios partidos y los nudillos completamente destrozados por la paliza en el aislamiento. Venía encorvado por el peso de las cadenas, con la mirada dura, pero al levantar la vista y buscar el frente, sus ojos oscuros chocaron de inmediato con los de Clara.Al verlo en ese estado, a Clara se le rompió el alma y la furia estalló sin filtro. Se levantó de un salto de la banca, rompiendo todo protoco
El monitor emitía un zumbido rítmico y constante mientras el aparato de la ecografía se deslizaba con frialdad sobre el vientre de Clara. La doctora, con el ceño fruncido tras las gafas de montura fina, miraba fijamente la pantalla en blanco y negro donde las sombras parpadeaban con una precisión implacable.Clara contuvo la respiración, con los dedos aferrados a los bordes de la camilla hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Recordaba la pistola, la sangre, el impacto de la bala en el costado; todo aquello había ocurrido a centímetros de la vida que ahora latía dentro de ella.—El ritmo cardíaco está fuerte y estable —anunció la doctora de repente, con una nota de genuina sorpresa en la voz, señalando un punto parpadeante en el monitor—. Contra todo pronóstico médico, considerando el trauma de todo lo que vivieron, el feto está perfecto. No presenta daños secundarios. Está creciendo sin problemas.El aire salió de los pulmones de Clara en un suspiro tembloroso, un alivio tan
El patio del bloque C era un rectángulo de concreto gris rodeado de muros altos y alambre de púas, donde el aire siempre estaba cargado de una tensión a punto de estallar. Leonardo Vega salió obligado por los guardias pero con paso firme, el overol naranja ajustado al cuerpo y la mandíbula tensa, con la intención de cruzar directo hasta los bancos del fondo.No llegó muy lejos. A mitad de camino, justo en el centro exacto de la cancha, los presos que merodeaban comenzaron a moverse desde las esquinas. En cuestión de segundos, una muralla de hombres formó un cerco cerrado a su alrededor, bloqueándole el paso y cortando cualquier vía de escape.De entre la multitud dio un paso al frente el preso más pesado del pabellón, un tipo de espaldas anchas, con el cuello tatuado de serpientes y una cicatriz profunda que le cortaba la ceja derecha. Se le plantó enfrente, a escasos centímetros de distancia, mirándolo con una suficiencia repulsiva.—A ver, nuevo... Todo el que entra aquí debe pasar
Al día siguiente, en el locutorio de la penitenciaría central, Manuel, el abogado que llevaba años operando en las sombras para el imperio de Leonardo Vega, revisaba unos expedientes al otro lado del grueso vidrio blindado.Del otro lado del cristal, con el uniforme naranja y las manos encadenadas sobre la plancha metálica, Leonardo mantenía la mirada fría, imperturbable ante el peso de los cargos que se cernían sobre su cabeza.—La fiscalía ha apilado pruebas y testimonios para asegurarse de que no vuelvas a pisar la calle, Leonardo —comenzó Manuel con voz contenida, ajustándose los lentes—. Te acusan de la muerte de varios funcionarios, conspiración al más alto nivel y una lista interminable de delitos federales. Si no preparamos una defensa agresiva desde este mismo momento, van a pedir la pena máxima.Vega esbozó una sonrisa seca, sin rastro de temor, apoyando los antebrazos en la mesa.—Guárdese las estrategias para salvar a otro, ya lo mío es un caso perdido —respondió Vega con
La patrulla se detuvo frente a las puertas blindadas de la penitenciaría central. Dos guardias bajaron a Leonardo Vega con rudeza, pero en lugar de enviarlo al área común de admisión, lo desviaron directo hacia el ala administrativa. Todos en el sistema sabían muy bien quién era: más allá de las acusaciones, Vega era un hombre con un imperio de negocios y tentáculos de poder que aún pesaban demasiado fuera y dentro de esos muros.Lo condujeron por pasillos restringidos hasta la oficina del director. Al entrar, el director lo esperaba sentado tras un escritorio de caoba, observándolo con una mezcla de cautela y fría curiosidad, evaluando al pez gordo que acababan de arrojarle a su tanque.—Leonardo Vega... —dijo el director, cruzando los dedos sobre la superficie de la mesa sin apartar la vista de él.—El mismo que viste y calza —contestó este levantando la mirada con altanería.— Espero que vengas en son de paz , porque aquí adentro los reclusas no soportan a los ricachones que se cre







