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Capítulo 2

Author: Renata Palacios
Marcolo, un heredero imprudente y mujeriego de una de las familias mafiosas, notó que me había quedado sola y se acercó de inmediato. Se pegó a mi costado e inhaló profundamente, invadiendo mi espacio.

—Hueles delicioso, señorita Lena. ¿Lo ves? Te dije que Víctor no te daría el broche. Llevo mucho tiempo diciéndote que dejes de rogarle y me complazcas a mí, pero nunca escuchas. ¿Qué se siente ahora? Humillante, ¿verdad? Víctor me pidió que te hiciera compañía para que nadie te molestara. Anda, tómate un trago conmigo.

Giré la cabeza bruscamente hacia él, contemplando al hombre bajo y robusto que tenía enfrente. El pánico se apoderó de mi pecho. Víctor sabía perfectamente qué clase de intenciones lascivas tenía este tipo conmigo y, aun así, lo había enviado a mi lado.

Mis dedos se clavaron con fuerza en la tela de mi vestido. La poca esperanza que me quedaba en Víctor se transformó en una profunda náusea.

Al ver que me negaba siquiera a mirarlo, Marcolo puso su mano áspera y velluda sobre mi hombro.

—Lena, si no fuera por esa cara tan hermosa que tienes, ya habría hecho lo que me diera la gana contigo. Al final, solo eres una bastarda. ¿De verdad crees que Víctor te va a proteger para siempre?

Antes de que su mano pudiera deslizarse más abajo, Víctor regresó y le dio un manotazo para apartarlo.

—Marcolo, ¿acaso no te lo advertí? No toques a mi mujer.

Marcolo se burló con descaro.

—¿Qué no elegiste ya a la niñita de allá? ¿Qué pasa? ¿Ahora también quieres quedarte con Lena?

—Eso no es asunto tuyo.

Marcolo escupió al suelo y masculló una maldición antes de alejarse a pisotones.

Víctor me tomó de los hombros y me giró con brusquedad para obligarme a mirarlo.

—Dejaste que te tocara. ¿Por qué no te quitaste?

Sentí un escalofrío recorrer mi columna antes de confrontarlo:

—¿Acaso no fuiste tú quien permitió que esto pasara?

Su mirada se ensombreció.

—Escúchame bien. En una noche como esta, puedo protegerte, pero eso no significa que deba estar pegado a ti cada segundo.

—Pero tú sabías perfectamente lo que significaba ese broche de lirio...

Emily interrumpió de nuevo, interponiéndose con una sonrisa brillante e impecable.

—Víctor, quiero algo de tomar. ¿Me acompañas?

Mientras una de nosotras hervía de indignación, la otra irradiaba felicidad. La respuesta a quién elegiría Víctor era más que evidente.

—Por supuesto —respondió Víctor—. Esta es tu noche. Puedes hacer lo que quieras. Lena, si surge algo, te veré en tu departamento mañana.

¿Mañana?

Dejé escapar una risa fría y silenciosa. Mañana, el único lugar donde podría buscarme sería en Chicago.

En cuanto Víctor se marchó para atender a otros invitados, Emily regresó con una copa de vino en la mano. La mirada tímida y asustadiza que traía antes había desaparecido por completo; ahora lucía serena, altiva, adoptando ya los aires de la futura señora de la familia Colonetti.

—Tú ya lo tienes todo, Lena. ¿De verdad necesitabas robarme este pequeño momento de protagonismo? Es mi cumpleaños. Solo quería que Víctor estuviera conmigo por una noche. ¿Tanto te cuesta concederme eso?

Negué con la cabeza.

—Mi situación no es mucho mejor que la tuya, Emily.

Mi madre murió cuando yo era muy joven, así que me llevaron a la mansión de la familia Moretti cuando aún era una niña. La señora Moretti me miraba como si deseara que jamás hubiera pisado esa casa. Por su parte, mi padre, el Señor de la familia Moretti, tenía innumerables amantes; como era de esperarse, nunca le importó si la hija ilegítima que había llevado a su hogar vivía o moría.

Desde pequeña aprendí a leer las intenciones de la gente y a sobrevivir por mi cuenta. De no haber sido por este rostro, no habría llegado tan lejos. Logré sobrevivir en las grietas de esa familia podrida, hasta que finalmente acudí a mi tío, suplicándole que me entrenara y me diera su protección.

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