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Capítulo 4

Penulis: Mónica Herrera
Llevaba un traje oscuro de corte impecable y, debajo, un suéter negro de cuello alto que se ajustaba al cuerpo.

La ropa delineaba con discreción una silueta firme y contenida, lo justo para volverlo peligrosamente atractivo.

Era imposible no fijarse en él.

Tomó la taza de café con una mano de dedos largos y bien proporcionados, y bebió apenas un sorbo.

Su presencia era tan imponente que me hizo sentir un poco intimidada. Tragué saliva casi por reflejo.

A instancias de Ramón, empecé a exponerle la propuesta a Adrián con soltura.

En cuanto entraba en terreno profesional, recuperaba toda mi seguridad.

Cuando terminé, Ramón fue el primero en aplaudir.

—Lo explicaste de maravilla. Adrián, ¿qué te parece?

Los dos lo miramos al mismo tiempo, pero Adrián mantenía los ojos fijos en mi cuello.

De pronto soltó, sin venir a cuento:

—Señorita Gálvez, ese collar es bastante particular.

Bajé la vista. La blusa de escote amplio que llevaba ese día dejaba ver justo el colgante de cristal.

Se me apretó el pecho. Cuando compré ese collar, le había enviado a mi novio una foto en primer plano.

"Amor, mira. Me compré un collar nuevo. ¿Es bonito?"

En ese momento, él había respondido:

"Cariño, cualquier cosa se ve preciosa si la llevas tú."

Ahora que el collar había quedado expuesto, ¿Ramón no habría reconocido el colgante?

Lo miré de reojo, pero, por suerte, no mostró ninguna reacción. Estaba pendiente de la evaluación de Adrián.

Claro. Había estado demasiado ocupado siendo cariñoso con su novia oficial como para recordar los detalles de su novia virtual.

Me apresuré a ocultar el colgante bajo la blusa y disimulé:

—Es una baratija que compré por ahí. Solo me la puse porque sí.

Ramón se sentó junto a Adrián y retomó el tema:

—Adrián, vayamos a lo importante. ¿Crees que este proyecto vale la pena?

Adrián miró de pasada a Ramón, aunque sus ojos volvieron enseguida hacia mí. Después dijo, con calma:

—Es excelente.

Ramón se puso tan contento que le dio una palmada en el hombro.

—¡Eso sí es apoyar a un amigo!

Yo también solté al fin el aire que había estado conteniendo. No había trasnochado tantos días en vano. Por fin veía resultados.

Adrián apartó con desagrado la mano de Ramón. La comisura de sus labios se elevó apenas mientras me miraba.

—Sobre todo porque la señorita Gálvez es extraordinariamente capaz.

Aunque era la primera vez que nos veíamos, algo en él me resultaba extraño. Su mirada era tan intensa que sentí que las mejillas se me calentaban.

Ramón también se quedó sorprendido.

—Vaya, vaya. ¿Ahora hasta sabes elogiar a alguien? Aunque también es cierto que nuestra Teresa es excelente. Cualquiera que la vea trabajar termina impresionado. Pero que elogies así a una mujer sí que es raro. Ah… no. A tu novia sí la elogiabas. Aunque, claro, tu novia acaba de dejarte. Uy, ya hablé de más.

Agucé el oído al instante, movida por puro instinto chismoso. ¿Qué? ¿Un partidazo como él había sido abandonado? ¿Qué mujer tan ciega había sido capaz de dejar a un hombre así?

Acto seguido, la mirada cargada de reproche de Adrián cayó de lleno sobre mí. Bajé la cabeza con culpa, aunque ni siquiera sabía por qué me sentía así.

Adrián retiró la mirada y dejó caer una frase con frialdad:

—Si sigues hablando de más, retiro la inversión.

Ramón levantó las manos en rendición.

—Está bien, está bien. Mi culpa. Solo bromeaba.

Me llevé una mano al pecho, intentando calmar el corazón, que parecía querer saltárseme de la garganta.

Luego dije a toda prisa:

—Si no necesitan nada más, me retiro.

Y escapé de allí casi corriendo. Apenas llevaba un rato de regreso en mi puesto cuando Ramón volvió a escribirme por privado.

"Teresa, ¿tienes tiempo esta noche? El señor Ramos dice que todavía hay algunos detalles que le gustaría revisar y quiere invitarte a cenar para hablarlos en persona."

Respondí con frialdad:

"No puedo."

"Si cerramos esto, te daré un bono especial."

Con cualquiera podía llevarme mal, menos con el dinero. Me rendí al instante:

"Trato hecho. Mándame la dirección."

Guardé el celular. Al pensar que Ramón esa noche iría a conocer a los padres de su novia, todavía sentí una punzada amarga en el pecho y no pude evitar burlarme de mí misma: de maravilla en el trabajo, pero hundida en el amor.

Llegué puntual al elegante restaurante donde habían hecho la reserva.

Adrián ya estaba esperándome en un salón privado.

—Perdón por hacerlo esperar.

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