LOGINEl silencio que siguió a la llamada fue más aterrador que cualquier grito. Adrian me arrebató el teléfono, pero la llamada ya se había cortado. Me miró con una mezcla de furia y miedo.
"Tu madre está muerta", dijo, con la voz tensa. "Murió en el mismo accidente que tu padre. Lo vi en el informe." "El informe que tú mismo podrías haber falsificado." La desconfianza volvía a arder en mi pecho. "¿Cómo sé que no estás mintiendo? ¿Cómo sé que todo esto no es otra trampa?" "Isabella, te juro por lo que más quiero que no sé nada de tu madre. Si está viva, es una sorpresa para mí también." "¿Y por qué debería creerte?" "Porque tu padre me hizo prometer que te protegería. Y protegerte significa decirte la verdad, incluso cuando duele." Me senté en el sofá, con las piernas temblorosas. Mi madre. La mujer que había llorado en el funeral de mi padre, la mujer que había desaparecido de mi vida poco después, supuestamente de un ataque al corazón. ¿Estaba viva? ¿Había estado escondida todo este tiempo? "Necesito ir", dije, levantándome. "¿Estás loca? Es una trampa. Obviamente es una trampa." "Es mi madre. Si hay la más mínima posibilidad de que esté viva, tengo que ir." "Entonces voy contigo." "No. Dijo que fuera sola. Si te ve, podría matarla." Adrian maldijo en voz baja. "Está bien. Pero no vas a ir sin protección. Tengo un rastreador. Lo llevarás contigo. Y si algo sale mal, irrumpiré en ese lugar con todo lo que tengo." "¿Y si es una trampa para atraparnos a los dos?" "Entonces moriremos juntos." Me miró a los ojos, y vi en ellos una sinceridad que me desarmó. "Pero no pienso dejar que enfrentes esto sola. No después de todo lo que hemos pasado." Una hora más tarde, estaba en un coche, conduciendo hacia el lugar que la voz de mi madre me había indicado: un almacén abandonado en las afueras de la ciudad. El rastreador que Adrian me había dado era pequeño, casi invisible, escondido en mi collar. El almacén estaba oscuro y silencioso cuando entré. El olor a humedad y a óxido me llenó los pulmones. Cada paso que daba resonaba en el vacío, y mi corazón latía tan fuerte que temía que me delatara. "Isabella." La voz vino de las sombras. Una figura emergió, delgada y frágil, con el cabello canoso y los ojos hundidos. Era ella. Era mi madre. "Mamá." La palabra salió como un suspiro, y antes de que pudiera pensarlo, corrí hacia ella y la abracé. Olía a flores marchitas y a algo más, algo metálico. Sangre. "Isabella, tienes que escucharme." Su voz era urgente, sus manos temblaban mientras me agarraba los brazos. "No hay mucho tiempo. El libro no está en el roble. Está en la caja de seguridad de tu padre. En el banco. La llave... la llave está escondida en el dobladillo de su chaqueta favorita. La que está en el armario de tu apartamento." "¿Cómo sabes todo esto?" "Porque tu padre me lo dijo antes de morir. Me escondí para protegerte. Pero ahora..." Se detuvo, y sus ojos se llenaron de lágrimas. "Ahora me han encontrado. Y si no les doy el libro, me matarán." "¿Quiénes? ¿Quién te tiene?" "Los mismos que mataron a tu padre. Pero hay algo más, Isabella. Algo que tu padre descubrió. El libro no solo contiene pruebas de lavado de dinero. Contiene algo mucho más peligroso. Algo que podría derribar al gobierno. Y hay personas que matarían por mantenerlo en secreto." Antes de que pudiera responder, un ruido nos sobresaltó. Pasos. Muchos pasos. Y luego, una voz que reconocí con horror. "Qué conmovedor. La reunión familiar." El hombre de las cicatrices emergió de las sombras, con una sonrisa triunfal y un arma en la mano. Detrás de él, al menos diez hombres armados. "La señorita Ríos y su madre. El jefe estará muy contento. Y en cuanto al libro..." Se encogió de hombros. "Bueno, encontraremos el libro. Con o sin su ayuda." "No llegarás muy lejos", dije, con una valentía que no sentía. "Adrian Sterling sabe dónde estoy. Ya debe estar en camino." El hombre se rio. "Oh, Isabella. ¿Todavía no lo entiendes? Adrian Sterling no viene a salvarte. Adrian Sterling es el que nos contrató para atrapar a tu madre. Todo este tiempo, te ha estado usando para llegar al libro. Y cuando lo tenga, tú y tu madre serán eliminadas. Como tu padre." El mundo se detuvo. Las palabras me golpearon como una bofetada. ¿Adrian? ¿Todo había sido una mentira? ¿La carta, la confesión, el beso que casi fue... todo había sido una actuación? "No puede ser", susurré. "Puede y es." El hombre levantó el arma. "Ahora, dime dónde está el libro, o tu madre muere primero." Y entonces, en el silencio que siguió, escuché algo que heló la sangre de todos los presentes. El sonido de un helicóptero. Y luego, la voz de Adrian Sterling, amplificada por un megáfono, retumbando en el almacén. "Suéltalos. O todos morirán."El nombre de su hermano flotó en el aire como una maldición. Adrian no había mencionado a ningún hermano en todo el tiempo que lo conocía. Ni una sola vez. Era como si esa parte de su vida hubiera sido borrada deliberadamente."¿Tienes un hermano?", pregunté, con la voz teñida de incredulidad. "¿Y me lo dices ahora?""Es un tema complicado", dijo Adrian, sin mirarme. Seguía de pie junto a la ventana, su silueta recortada contra la luz de la luna. "Y no es algo de lo que me guste hablar.""Estamos huyendo de una organización criminal, mi madre acaba de confesar que estuvo involucrada en la muerte de mi padre, y tú me dices que tienes un hermano del que nunca me hablaste. Creo que es el momento perfecto para hablar de ello."Adrian se giró, y su rostro era una máscara de dolor contenido. "Su nombre es Damián. Es tres años mayor que yo. Cuando nuestro padre murió, él heredó el control de la empresa. Pero en lugar de limpiarla, se hundió más profundo en la organización. Cuando intenté det
Bajamos las escaleras de diez en diez, con el sonido de los disparos y los gritos de los hombres de la organización resonando en el hueco de la escalera. Adrian iba al frente, abriéndonos camino con su arma, mientras yo arrastraba a mi madre, que tropezaba con sus propios pies, sus sollozos silenciosos apenas audibles sobre el caos."¡Por aquí!", gritó Adrian, empujándonos hacia una puerta lateral que daba al aparcamiento subterráneo. El aire olía a gasolina y a humedad, un contraste enfermizo con el olor a sangre y pólvora que impregnaba el aire.Llegamos al aparcamiento justo cuando un grupo de hombres armados irrumpía en el nivel inferior. Adrian se giró, disparando dos veces en rápida sucesión. Dos hombres cayeron, pero los demás no se detuvieron."¡El coche!", señaló Adrian hacia un todoterreno negro estacionado a pocos metros. "¡Corran!"Corrimos. Las balas silbaban a nuestro alrededor, rebotando en el hormigón y haciendo saltar chispas. Adrian abrió la puerta del conductor y se
El estruendo del disparo me dejó sorda por un instante. Cerré los ojos con fuerza, esperando el impacto, el dolor, la oscuridad. Pero el dolor no llegó. En su lugar, sentí una lluvia tibia y espesa salpicarme el rostro. Abrí los ojos y vi al hombre de las cicatrices tambalearse. Su arma cayó al suelo con un golpe metálico, y él se desplomó de rodillas, con un agujero humeante en el hombro.Detrás de él, en el marco de la puerta que habíamos usado para entrar, estaba Adrian. Tenía el arma aún levantada, con el cañón humeante y una expresión de furia asesina en el rostro. Sus hombres entraron en tromba, rodeando a los guardias restantes y desarmándolos en cuestión de segundos."¿Estás bien?", gruñó Adrian, cruzando la habitación en tres zancadas y agarrándome de la cara para examinarme. Sus manos temblaban ligeramente."Sí", jadeé, mi voz apenas un hilo. "Sí, estoy bien. Mamá...""Estoy aquí, cariño", dijo mi madre, su voz temblando mientras uno de los hombres de Adrian la ayudaba a lev
Adrian Sterling emergió de las sombras con las manos en alto, su silueta recortada por la luz de los reflectores. Caminó lentamente hacia el centro del almacén, con los ojos fijos en el hombre de las cicatrices, pero su mirada se desvió hacia mí por un segundo. Solo un segundo, pero fue suficiente para que yo entendiera el mensaje: *Confía en mí*."El chico de oro se rinde", se burló el hombre de las cicatrices, dando una palmada lenta y sarcástica. "Nunca pensé que vería el día.""Suelta a las mujeres y llévame a mí", dijo Adrian, con una voz gélida. "Soy el que tiene el libro. Ellas no son más que lastre.""Adrian, no", susurré, pero mi voz se perdió en el rugido de la sangre en mis oídos.El hombre de las cicatrices se rio, un sonido desagradable que rebotó en las paredes metálicas. "Eres un mentiroso, Sterling. Siempre lo has sido. El libro está en la chica. Lo sé. Mi jefe lo sabe. Y si no nos lo das ahora, empezaremos a cortar dedos."Hizo un gesto a uno de sus hombres, que se ac
La hora siguiente fue un torbellino de movimientos frenéticos y decisiones imposibles. Adrian me llevó a una de sus casas de seguridad, un ático de lujo en el centro de la ciudad que parecía más un búnker militar que una vivienda. Hombres armados patrullaban los pasillos, y las ventanas estaban equipadas con cristales blindados.Me senté en un sofá de cuero negro, con una manta sobre los hombros y un vaso de whisky en la mano que no dejaba de temblar. Adrian estaba de pie frente a una mesa de mapas, rodeado de sus hombres de confianza, trazando un plan."La dirección es un almacén en el puerto", dijo uno de los hombres, un tipo corpulento con cicatrices de guerra. "Es una zona abierta, sin muchos escondites. Si entramos, nos verán venir.""Entonces no vamos a entrar", dijo Adrian, con una calma que me erizó la piel. "Vamos a hacer que ellos salgan.""¿Cómo?"Adrian se giró hacia mí, y en sus ojos había una determinación fría y letal. "El libro. Necesitamos el libro.""¿Qué?", me levan
El sonido del gas venenoso entrando por las rejillas de ventilación era un silbido fino y letal, el tipo de ruido que te dice que te quedan segundos de vida. El aire ya empezaba a picarme en la garganta, un olor dulzón y metálico que anunciaba la muerte."Isabella, al suelo", ordenó Adrian, su voz cortando la oscuridad absoluta de la bóveda. "El gas es más pesado que el aire. Tápate la boca y la nariz con la ropa. Respira lo más superficialmente que puedas."Me dejé caer de rodillas, arrastrando a mi madre conmigo. El suelo de la bóveda estaba frío, y el terror hacía que mis manos temblaran mientras me cubría la cara con el cuello de mi camisa. A mi lado, escuché a Adrian moverse con una eficiencia aterradora. No estaba entrando en pánico. Estaba trabajando."¿Qué estás haciendo?", logré jadear, mientras mis pulmones empezaban a arder."La puerta tiene un sistema de bloqueo de emergencia", respondió, su voz amortiguada por la tela. "Pero ese bastardo debe haberlo anulado desde el exte







