LOGINEl ruido de las aspas del helicóptero era ensordecedor. Los haces de luz blanca atravesaban las ventanas polvorientas del almacén, cegando al hombre de las cicatrices. Su arma temblaba contra la sien de mi madre.
"¡No te muevas, Sterling!", gritó el secuestrador, con la voz rota por el pánico. "¡El jefe quiere el libro! ¡No te atreverás a disparar!" "No estés tan seguro", susurré, con el corazón martilleando en mi pecho. La puerta principal del almacén estalló hacia adentro. No fue un disparo, sino una carga explosiva. El humo y el polvo llenaron el aire, y entre la bruma, vi a Adrian. Entró como un fantasma vengativo, con un chaleco antibalas y un rifle en las manos. Detrás de él, una docena de hombres armados hasta los dientes. "Suelta a la mujer", ordenó Adrian, su voz amplificada por un comunicador. "Tienes cinco segundos antes de que ordene abrir fuego." El hombre de las cicatrices dudó. En ese instante de distracción, me lancé hacia un lado, arrastrando a mi madre conmigo detrás de unas cajas de madera. Las balas comenzaron a silbar. El ruido era ensordecedor, un caos de gritos y disparos. "¡Isabella!", la voz de Adrian cortó el estruendo. Lo vi abrirse camino, derribando a dos hombres con disparos precisos en las piernas. Llegó hasta nosotras, agarrándome del brazo con una fuerza brutal. "¿Estás herida?" "No", jadeé, ayudando a mi madre a ponerse de pie. "Estoy bien." "Síganme. Ahora." Nos arrastró por un pasillo lateral, lejos del fuego cruzado. El aire frío de la noche de la ciudad nunca se sintió tan bien. Nos empujó hacia un vehículo blindado negro que esperaba con el motor rugiendo. Una vez a salvo dentro, con las puertas selladas, el silencio me pareció ensordecedor. Adrian se sentó frente a nosotras, quitándose el chaleco. Tenía un corte superficial en la mejilla y sudor en la frente. "Señora Ríos", dijo, asintiendo hacia mi madre. "Me alegro de que esté viva." "No es un milagro", espeté, la adrenalina aún bombeando en mis venas. "Fue una trampa. El hombre de las cicatrices dijo que tú me usaste. Que tú los contrataste." Adrian me miró fijamente, sus ojos grises eran una tormenta. "¿Y tú le creíste?" "Vi la carta de mi padre", dije, mi voz temblando de rabia. "Pero también sé cómo operas. Manipulas a la gente. ¿Cómo sé que todo esto no es parte de tu plan para quedarte con el libro?" "Porque si quisiera el libro", dijo, inclinándose hacia adelante, "te habría entregado a ellos hace días. Habría dejado que te mataran y habría buscado el libro por mi cuenta. No habría arriesgado a mis hombres ni mi propia vida para sacarte de aquí." "Es verdad, Isabella", intervino mi madre, tomándome la mano. "Cuando me tenían cautiva, escuché a los guardias hablar. Sterling ha estado saboteando sus operaciones durante meses. Él no está con ellos. Los está cazando." Lo miré, buscando desesperadamente una mentira en su rostro. Solo encontré un cansancio profundo y una sinceridad que me desarmó. "Está bien", cedí, respirando hondo. "Pero tenemos que ir a mi apartamento. La llave está en el dobladillo de una chaqueta vieja en mi armario. Mi padre siempre decía que era su escondite secreto." "Vamos", ordenó Adrian al conductor. El apartamento estaba al otro lado de la ciudad. Cuando llegamos, la puerta principal estaba entreabierta. Adrian desenfundó su arma, haciéndonos un gesto para que nos quedáramos atrás. Entró, revisó cada habitación y luego nos llamó. El lugar era un desastre. Los cajones estaban volcados, los cojines rajados y los cuadros arrancados de las paredes. "Alguien llegó antes", dijo Adrian, con la mandíbula apretada. Corrí hacia mi habitación, tropezando con los escombros. Abrí el armario y rebusqué entre la ropa. La chaqueta de tweed marrón de mi padre estaba tirada en el suelo. La levanté, mis dedos buscando el dobladillo. Estaba rasgado. La llave había desaparecido. "No", susurré, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies. "No, no, no." "¿Se la llevaron?", preguntó Adrian, su voz tensa. "Espera", dije, un recuerdo iluminando mi mente. Mi padre siempre decía que nunca se debía poner todos los huevos en la misma cesta. Corrí hacia la estantería, buscando entre los libros caóticos. Encontré un viejo tomo de poesía. Lo abrí por la mitad. Las páginas estaban huecas. Y allí, brillando bajo la luz tenue, estaba la pequeña llave de latón. "La tengo", dije, aliviada. "El banco. La caja de seguridad de mi padre." Veinte minutos después, estábamos en el banco. Adrian usó su influencia para que nos abrieran la bóveda. La caja número 314 nos esperaba. Metí la llave, mi corazón latiendo tan fuerte que me dolía el pecho. Giré la cerradura. La puerta se abrió. Estaba vacía. No había ningún libro. "¿Qué?", susurré, mirando el interior de metal desnudo. "¿Dónde está?" "Alguien se nos adelantó", dijo Adrian, su rostro pálido. "No", negué, con lágrimas de frustración ardiendo en mis ojos. "No puede ser. Él dijo..." "Isabella", mi madre señaló el fondo de la caja. "Mira." Pegado al fondo metálico había un pequeño sobre manila. Lo arranqué y lo abrí con manos temblorosas. No era el libro. Era una sola fotografía y una nota escrita a mano. La foto mostraba a mi padre, sonriente, junto a un hombre que reconocí de inmediato. El padre de Adrian. Estaban en un barco, con cervezas en la mano, como dos viejos amigos. La nota decía: "Isabella. Si estás leyendo esto, significa que he fallado. Adrian Sterling no es tu enemigo. Él es el hijo de mi mejor amigo, el hombre que murió para salvar mi vida. El escándalo fue un montaje para alejarte de la organización. El libro no es de contabilidad, es un registro de sus crímenes. Y tú no eres solo mi hija. Eres la única que puede demostrar la inocencia de Adrian. Él te protegerá. Confía en él. Te quiero. Papá." Me quedé mirando la nota, el mundo dando vueltas a mi alrededor. Me giré lentamente hacia Adrian. "Tú... tú sabías esto. Sabías que mi padre no era un criminal." "Lo supe el día que murió", dijo Adrian, su voz apenas un susurro. "Y he pasado cada día desde entonces intentando limpiar su nombre. Y protegerte." Antes de que pudiera procesar la revelación, el sonido metálico de una cerradura pesada resonó. La puerta de la bóveda blindada se cerró de golpe, sellándonos dentro. Las luces parpadearon y se apagaron, dejándonos en una oscuridad absoluta. Una voz surgió de un altavoz oculto, distorsionada y cruel. "Qué conmovedor. El hijo del traidor y la hija del ladrón, juntos al fin." El hombre de las cicatrices estaba al otro lado del cristal de seguridad, con una sonrisa triunfal y el dedo en el botón de bloqueo. "Ahora", dijo, "vamos a abrir esa caja fuerte... o vamos a llenar esta bóveda de gas venenoso."Adrian Sterling emergió de las sombras con las manos en alto, su silueta recortada por la luz de los reflectores. Caminó lentamente hacia el centro del almacén, con los ojos fijos en el hombre de las cicatrices, pero su mirada se desvió hacia mí por un segundo. Solo un segundo, pero fue suficiente para que yo entendiera el mensaje: *Confía en mí*."El chico de oro se rinde", se burló el hombre de las cicatrices, dando una palmada lenta y sarcástica. "Nunca pensé que vería el día.""Suelta a las mujeres y llévame a mí", dijo Adrian, con una voz gélida. "Soy el que tiene el libro. Ellas no son más que lastre.""Adrian, no", susurré, pero mi voz se perdió en el rugido de la sangre en mis oídos.El hombre de las cicatrices se rio, un sonido desagradable que rebotó en las paredes metálicas. "Eres un mentiroso, Sterling. Siempre lo has sido. El libro está en la chica. Lo sé. Mi jefe lo sabe. Y si no nos lo das ahora, empezaremos a cortar dedos."Hizo un gesto a uno de sus hombres, que se ac
La hora siguiente fue un torbellino de movimientos frenéticos y decisiones imposibles. Adrian me llevó a una de sus casas de seguridad, un ático de lujo en el centro de la ciudad que parecía más un búnker militar que una vivienda. Hombres armados patrullaban los pasillos, y las ventanas estaban equipadas con cristales blindados.Me senté en un sofá de cuero negro, con una manta sobre los hombros y un vaso de whisky en la mano que no dejaba de temblar. Adrian estaba de pie frente a una mesa de mapas, rodeado de sus hombres de confianza, trazando un plan."La dirección es un almacén en el puerto", dijo uno de los hombres, un tipo corpulento con cicatrices de guerra. "Es una zona abierta, sin muchos escondites. Si entramos, nos verán venir.""Entonces no vamos a entrar", dijo Adrian, con una calma que me erizó la piel. "Vamos a hacer que ellos salgan.""¿Cómo?"Adrian se giró hacia mí, y en sus ojos había una determinación fría y letal. "El libro. Necesitamos el libro.""¿Qué?", me levan
El sonido del gas venenoso entrando por las rejillas de ventilación era un silbido fino y letal, el tipo de ruido que te dice que te quedan segundos de vida. El aire ya empezaba a picarme en la garganta, un olor dulzón y metálico que anunciaba la muerte."Isabella, al suelo", ordenó Adrian, su voz cortando la oscuridad absoluta de la bóveda. "El gas es más pesado que el aire. Tápate la boca y la nariz con la ropa. Respira lo más superficialmente que puedas."Me dejé caer de rodillas, arrastrando a mi madre conmigo. El suelo de la bóveda estaba frío, y el terror hacía que mis manos temblaran mientras me cubría la cara con el cuello de mi camisa. A mi lado, escuché a Adrian moverse con una eficiencia aterradora. No estaba entrando en pánico. Estaba trabajando."¿Qué estás haciendo?", logré jadear, mientras mis pulmones empezaban a arder."La puerta tiene un sistema de bloqueo de emergencia", respondió, su voz amortiguada por la tela. "Pero ese bastardo debe haberlo anulado desde el exte
El ruido de las aspas del helicóptero era ensordecedor. Los haces de luz blanca atravesaban las ventanas polvorientas del almacén, cegando al hombre de las cicatrices. Su arma temblaba contra la sien de mi madre."¡No te muevas, Sterling!", gritó el secuestrador, con la voz rota por el pánico. "¡El jefe quiere el libro! ¡No te atreverás a disparar!""No estés tan seguro", susurré, con el corazón martilleando en mi pecho.La puerta principal del almacén estalló hacia adentro. No fue un disparo, sino una carga explosiva. El humo y el polvo llenaron el aire, y entre la bruma, vi a Adrian. Entró como un fantasma vengativo, con un chaleco antibalas y un rifle en las manos. Detrás de él, una docena de hombres armados hasta los dientes."Suelta a la mujer", ordenó Adrian, su voz amplificada por un comunicador. "Tienes cinco segundos antes de que ordene abrir fuego."El hombre de las cicatrices dudó. En ese instante de distracción, me lancé hacia un lado, arrastrando a mi madre conmigo detrás
El silencio que siguió a la llamada fue más aterrador que cualquier grito. Adrian me arrebató el teléfono, pero la llamada ya se había cortado. Me miró con una mezcla de furia y miedo."Tu madre está muerta", dijo, con la voz tensa. "Murió en el mismo accidente que tu padre. Lo vi en el informe.""El informe que tú mismo podrías haber falsificado." La desconfianza volvía a arder en mi pecho. "¿Cómo sé que no estás mintiendo? ¿Cómo sé que todo esto no es otra trampa?""Isabella, te juro por lo que más quiero que no sé nada de tu madre. Si está viva, es una sorpresa para mí también.""¿Y por qué debería creerte?""Porque tu padre me hizo prometer que te protegería. Y protegerte significa decirte la verdad, incluso cuando duele."Me senté en el sofá, con las piernas temblorosas. Mi madre. La mujer que había llorado en el funeral de mi padre, la mujer que había desaparecido de mi vida poco después, supuestamente de un ataque al corazón. ¿Estaba viva? ¿Había estado escondida todo este tiem
Me llevó tres días procesar la carta de mi padre. Tres días en los que Adrian me mantuvo escondida en una casa de seguridad en las afueras de la ciudad, con guardias armados en cada puerta y ventana. No hablamos mucho. Yo estaba demasiado furiosa, demasiado confundida, demasiado... todo.Pero la furia se estaba agotando, reemplazada por algo más peligroso: la necesidad de respuestas. Y la única persona que las tenía era el hombre al que había jurado destruir.Lo encontré en el estudio de la casa, sentado frente a una chimenea encendida, con un vaso de whisky en la mano y la mirada perdida en las llamas. Tenía el brazo vendado, pero por lo demás, parecía el mismo de siempre: impecable, controlado, peligroso."Necesito saberlo todo", dije, sentándome frente a él. "Desde el principio. Sin mentiras."Adrian me miró, y por un momento, vi una grieta en su armadura. "¿Estás segura? Una vez que lo sepas, no hay vuelta atrás.""Ya no hay vuelta atrás. Firmé tu contrato. Me secuestraron. Vi la







