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Capo, tu amor ya no significa nada
Capo, tu amor ya no significa nada
Penulis: Bagel

Capítulo 1

Penulis: Bagel
Julian esperó hasta que estuvimos dentro del auto para intentar explicarse. Habló en voz baja, como si con eso fuera suficiente para quitarle importancia a todo.

—No escuches a esos bastardos que hablan de más —murmuró mientras arrancaba—. Mia es bailarina en uno de mis clubes. Se metió en problemas y, como Capo, me tocó resolverlos. Solo son negocios.

Solté un «ajá» y apoyé la cabeza contra la ventanilla. No tenía ganas de discutir ni de hacerle las preguntas que, seis meses atrás, no habría podido evitar.

Mi silencio terminó por hacerle perder la paciencia.

—¿No me crees? ¡Sigues tratándome con esa actitud de mierda!

Apenas volteé para mirar su rostro. Julian apretó la mandíbula antes de continuar:

—Serafina, llevo seis meses regresando a casa contigo todas las noches —reclamó—. ¿Qué más quieres de mí?

Las luces de la calle se desdibujaban detrás del cristal mientras avanzábamos. Las seguí con la mirada, más interesada en ellas que en la conversación.

—Te creo —respondí al fin—. Solo pensé que la herida no era tan importante y no quise distraerte. Volvamos a la finca.

Era justo lo que él quería escuchar: nada de reclamos, nada de preguntas y mucho menos un berrinche. Una respuesta tranquila, razonable y tan vacía que parecía aprendida de memoria.

Julian no aguantó más y golpeó con furia el volante.

La bocina resonó en mitad de la noche y varias bailarinas que acababan de salir por la puerta trasera del club dieron un respingo. Una de ellas levantó la cabeza hacia nosotros y, cuando la luz de un farol cayó sobre su rostro, Julian se quedó paralizado.

Era Mia.

—Mia… ¿qué hace aquí? —soltó y enseguida me miró de reojo.

Claro. Estaba esperando mi reacción.

Antes, era suficiente con que esa mujer apareciera para que yo perdiera la cabeza. Me habría puesto a preguntar qué hacía allí, por qué estaba vestida así o cuánto tiempo llevaba Julian sin verla. Esa vez apenas le eché un vistazo antes de volver a mirar por la ventanilla.

Los dedos de Julian se cerraron con más fuerza sobre el volante, pero sus ojos ya habían regresado a Mia.

Afuera hacía un frío terrible y ella llevaba un vestido barato de tirantes cubierto de lentejuelas. Tenía los brazos pegados al cuerpo para protegerse del viento y la punta de la nariz roja.

Julian puso la mano sobre la manija de la puerta. Ni siquiera intentó disimular que estaba preocupado por ella.

Yo conocía mi lugar. Abrí la puerta antes de que tuviera que decidir qué hacer conmigo.

—Si tienes algo que resolver aquí, hazlo. Puedo pedir un taxi y regresar sola.

No esperé su respuesta. Bajé del auto, cerré la puerta y avancé hacia el cruce peatonal.

—¡Serafina!

Escuché sus pasos detrás de mí. Julian me alcanzó antes de que llegara a la otra acera y me agarró de la muñeca.

—Hace mucho que no tengo nada con ella —aseguró, molesto—. Tampoco sabía que iba a encontrarla aquí afuera con este frío. ¿Puedes dejar de darle tantas vueltas a todo?

Lo miré durante un instante y asentí.

—Te creo. No debe ser fácil para una chica sobrevivir trabajando en este ambiente. Aunque solo sea una de tus empleadas, entiendo que quieras ayudarla. No me molesta.

Julian me estudió como si estuviera buscando algo en mi cara. Celos, rabia, una acusación… cualquier cosa.

No encontró nada. Y eso pareció incomodarlo más de lo que habría hecho una discusión.

Antes, mi mundo empezaba y terminaba en él. Si encontraba un solo cabello rizado pegado al puño de su traje, podía pasarme toda la noche interrogándolo hasta descubrir de quién era, cómo había llegado ahí y por qué carajos seguía pegado a su ropa.

Ahora me había convertido en la mujer que tantas veces me había pedido que fuera: callada, digna y razonable.

¡Qué locura!

Había tardado años en convertirme en ella, y ahora que lo había conseguido ya no me importaba si eso lo hacía feliz.

Aun así, sentía una presión incómoda en el pecho. No era suficiente para hacerme llorar ni para montarle un drama por todo aquello, pero seguía ahí, haciendo que cada respiración me pesara un poco más.

Aparté la muñeca de su mano y seguí caminando. Llegué a la esquina y, antes de doblar, miré hacia atrás.

Julian estaba junto al auto con Mia. Se había quitado la chaqueta y acababa de ponérsela sobre los hombros. La chica dijo algo que no alcancé a escuchar.

Entonces él le tomó el rostro entre las manos, se inclinó y la besó.

Me quedé observándolos un par de segundos. No me sorprendió, la verdad. Tal vez porque, en el fondo, ya sabía cómo iba a terminar aquello desde el momento en que vi su mano sobre la manija.

La primera vez había sido muy diferente.

Cuando descubrí que Julian me engañaba, corrí hacia él hecha una furia. No me importó quién estuviera mirando ni qué clase de espectáculo estuviera montando.

—¡Julian Marchetti! ¿Acaso eres consciente de lo que haces? ¡Estoy contigo desde los diecisiete años! ¡Pasamos de dormir en talleres mecánicos a vivir en una mansión y ahora me dices que te enamoraste de otra!

Hasta le había golpeado la cara.

Julian se limpió con el dorso de la mano la sangre que le corría de la nariz y soltó una risa cargada de desprecio.

—¿Ser consciente? ¡Si tú lo fueras, no te habrías metido en mi cama a los diecisiete años! Ni siquiera tus padres te querían. Yo fui quien te sacó de aquel orfanato de mierda y te dio de comer durante más de diez años. ¡Deberías estar de rodillas dándome las gracias!

Todavía podía recordar cómo me quedé después de escucharlo.

Julian había agarrado más de diez años de nuestra vida y, con unas cuantas frases, los había convertido en una deuda.

Las noches durmiendo donde podíamos. El hambre. Los trabajos miserables. Todo lo que habíamos hecho para sobrevivir juntos… Para él, al parecer, nunca habíamos sido dos personas intentando salir adelante.

Él me había salvado. Y yo debía estar agradecida.

Mi teléfono vibró dentro del bolso y me arrancó de aquel recuerdo.

Contesté.

—Señorita Serafina, ya terminamos de procesar el fondo fiduciario y los documentos de las propiedades que dejaron sus padres —me informó el administrador—. ¿Cuándo podría acudir a la finca San Celano para completar la entrega?

Bajé la mirada hacia mi muñeca. La cicatriz pálida seguía ahí, imposible de ignorar, así que me bajé la manga hasta taparla.

—En diez días —respondí—. Para entonces el divorcio ya será oficial.

El administrador no respondió enseguida. Cuando volvió a hablar, su tono ya no sonaba tan profesional.

—Sé que usted y el señor Julian han pasado por muchas cosas durante estos años. Pero recibir lo que sus padres le dejaron no significa que tenga que romper todos sus lazos con Porthaven.

Miré hacia la calle. Los neones de los clubes clandestinos llenaban de luz las fachadas y los autos seguían pasando como cualquier otra noche.

Porthaven continuaría ahí cuando yo me fuera.

Julian también. Y por primera vez esa idea no me daba miedo.

—Ya no lo amo —murmuré—. Solo quiero largarme de esta ciudad y no volver a mirar atrás.

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