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Capítulo 18: No quiero perderla

Author: Saddy
last update publish date: 2026-11-03 08:42:09

Isaías parpadeó varias veces, por si la llovizna le estaba jugando una mala pasada. Pero no. Catalina estaba ahí, caminando hacia él con las llaves en la mano y una expresión que no alcanzaba a descifrar desde esa distancia.

Vino a buscarlo.

Lo llamó, él no atendió, y aun así ella vino.

Algo se le acaloró en el pecho, un calor ridículo que le subió por el cuello y le aflojó las rodillas. Quería caminar hacia ella, olvidarse del bar, de la cerveza, de todo lo que lo trajo hasta ese estacionamien
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    Isaías parpadeó varias veces, por si la llovizna le estaba jugando una mala pasada. Pero no. Catalina estaba ahí, caminando hacia él con las llaves en la mano y una expresión que no alcanzaba a descifrar desde esa distancia.Vino a buscarlo.Lo llamó, él no atendió, y aun así ella vino.Algo se le acaloró en el pecho, un calor ridículo que le subió por el cuello y le aflojó las rodillas. Quería caminar hacia ella, olvidarse del bar, de la cerveza, de todo lo que lo trajo hasta ese estacionamiento de mierda; tomarle la carita, murmurarle algo, lo que fuera, cualquier cosa que sonara a «perdoname por ser un pelotudo».Catalina llegó hasta él, pero la mirada no se le quedó en la cara: se desvió hacia María, y toda esa tibieza se le fue al carajo.—¿Quién es? —preguntó su esposa.Isaías abrió la boca, pero María se adelantó.—Mirá quién llegó —soltó, arrastrando cada sílaba, y dio un paso hacia Catalina—. La que se lleva los hombres de las otras.—Por favor —la frenó Isaías—. Cortala.—¿M

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    Isaías tenía la espalda contra el respaldo de una silla de madera, los codos sobre la mesa y un vaso de cerveza a medio terminar. De la rockola sonaba un rock nacional que no reconocía; el ruido de las bolas de pool chocando contra el fieltro se mezclaba con las risas de la mesa de al lado.Claudio le dio un empujón con el hombro.—Te toca.El taco descansaba contra la pata de la silla; ni siquiera se había dado cuenta de que era su turno. Se levantó con lentitud y Tadeo se lo alcanzó.—¿Todo bien?—Sí.Se inclinó sobre la mesa, apuntó y la blanca golpeó la siete, que entró en la tronera del rincón. Claudio soltó un silbido.—¿Viste? Hasta en pedo juega.Isaías dejó el taco sobre el borde de la mesa y volvió a sentarse.—¿Otra? —preguntó Tadeo, señalando la botella vacía.—Dale.Tadeo hizo una seña al de la barra y pidió otra.El bar estaba lleno; Isaías bebió un trago y se pasó la mano por la boca.—Che, ¿y la patrona? —preguntó Claudio—. ¿No te dice nada? Sabés lo que me costó que l

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    Catalina lo miró acercarse, con el pelo pegado a la frente por la humedad, la campera de jean oscurecida en los hombros y las botas embarradas hasta el tobillo. Él se detuvo a su lado. Sus ojos bajaron, volvieron a ella y regresaron al estuche. Guardó silencio.Ella se acomodó el cuello de la blusa, que no lo necesitaba, y luego colocó las manos sobre las piernas, para no tenerlas quietas.Él tomó el estuche y lo levantó despacio. Sacó uno de los anillos, el más chico, el de ella, y lo sostuvo entre el pulgar y el índice, girándolo una vez, otra vez, una tercera, y movió la boca."Le gustó".Era exactamente lo que había imaginado: la ceja subiendo, la media sonrisa. Estaba segura de que iba a largar alguna pavada para desviar la atención.—Buen gusto —murmuró él—. Igual que vos, con clase.Catalina se apoyó contra el respaldo de la silla y la risa involuntaria le aligeró la expresión.—Los otros eran demasiado sencillos. Estos son más lindos, ¿no?—¿Y desde cuándo te importa tanto que

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    Sentada en la cama con la computadora apoyada sobre las rodillas, Catalina revisaba mails que no necesitaban ser revisados. El agua de la ducha se cortó y, unos segundos después, la puerta del baño se abrió e Isaías apareció con el pelo mojado y una toalla colgada del cuello. Catalina lo miró de reojo por encima de la pantalla. Solo llevaba puestos unos pantalones de jogging grises. —Ya deberías descansar —dijo él, mientras se pasaba la toalla por la nuca. —Estoy terminando algo. —Eso dijiste hace una hora. —Mmm —murmuró, sin ganas de seguirle la corriente. Isaías se acercó a la cama y se detuvo junto a ella. —Nos levantamos a las cuatro, ya fue mucho por hoy. Mañana seguís. Catalina tecleó una última línea, cerró el mail y después la laptop. Claro que no lo hizo porque él tuviera razón, sino porque era más fácil dársela que seguir discutiendo. —Bueno. —Bueno —repitió él, y le sonrió. Se dio vuelta para dejar la toalla sobre la mesa de noche. —Isaías. —¿Qué? —La toalla

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