Isaías estaba tirado sobre el colchón de la habitación de Catalina Montiel. No. En la habitación de huéspedes de Catalina Montiel de Ferrer. —Carajo. Veinte minutos mirando el techo y todavía no se le pasaba el enojo: acababa de bañarse, tenía el pelo mojado y cenó solo en una cocina que no conocía. La empleada lo miró con lástima mientras le servía la cena, porque sí, la gran Catalina Montiel, su esposa desde hacía exactamente nueve horas, lo dejó en la puerta como si fuera un mueble más. —Isaías, la señora Carmen te va a mostrar tu habitación —dijo ella mientras sacaba el teléfono de su bolso—. Tengo que atender una urgencia en la bodega, llego tarde. Y se fue sin una sola palabra de explicación. Se pasó la mano por la cara y soltó un resoplido. La habitación no estaba mal: cama de dos plazas, placard grande, ventana al jardín, pero era de huésped, y él era el maldito esposo. —Esposo mueble —murmuró, y se sintió ridículo. Se levantó de golpe. Agarró el short que dejó sobre la
Zuletzt aktualisiert : 2026-10-24 Mehr lesen