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Ceren Yeniden Doğdu

Ceren Yeniden Doğdu

By:  Tam kararındaCompleted
Language: Turkish
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Yeniden doğduktan sonra, çocukluk arkadaşım Caner Şen'in peşinde sürünmemeye karar verdim. Doğum günü partisinde, köpekler ve benim giremeyeceğimi gösteren bir tabela astı; ben de Hawaii'ye gittim, ondan olabildiğince uzağa. Evde kokumdan midesinin bulandığını söyledi; uslu uslu taşındım. Mezuniyetten sonra benimle aynı şehrin havasını solumak istemediğini söyledi; hiç oyalanmadan çekip gittim, bir daha da dönmedim. En sonunda, varlığımın gönlündeki o kızı yanlış anlamalara sürüklediğini söyledi. Başımı salladım, çok geçmeden birini bulup herkese duyurdum. Önceki hayatımda ne yaptıysam, bu sefer tam tersi seçimler yapıyordum. Çünkü önceki hayatımda Caner Şen'le istediğim gibi evlendikten sonra, onun o hiç unutamadığı kız kendini uçurumdan attı. Katilin ben olduğumu söyledi. Bana işkence etti, eziyet etti, en sonunda da beni balıklara yem etti. Bu kez tek isteğim, düzgünce yaşayabilmekti. Daha sonra yeni erkek arkadaşımın elini tuttum. Caner Şen yolumuzu kesti, gözleri kan çanağına dönmüştü. "Ceren Yılmaz, şimdi benimle gelirsen bu şakanı affederim."

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Chapter 1

Birinci Bölüm

Capítulo Uno:

"¡Has sido desterrada de nuestro clan!"

La voz del anciano tronó sobre la multitud, cada palabra un martillazo contra los muros de piedra del gran salón. Las antorchas parpadeaban, proyectando sombras largas y temblorosas sobre los rostros del Consejo Lunar, antiguo, inmortal y totalmente despiadado.

"Has engendrado una abominación para todo lo sobrenatural. Estás despojada de tus deberes como Rey Alfa de Elyndor."

Miré los rostros de la gente que una vez se había inclinado ante mí.

Hace cinco años, me llamaban su rey.

Ahora querían verme muerto.

Estaba de pie en el centro del círculo de juicio, cadenas de plata mordiendo mis muñecas, el metal frío cantando contra la furia desesperada de mi lobo. Mi manada, mi antigua manada, alineaba las paredes de la cámara. Algunos miraban al suelo. Otros observaban con odio ardiendo en sus ojos. Unos pocos, los que una vez habían sido amigos, apartaban la mirada con vergüenza.

"Bien", pensé con amargura. "Que aparten la mirada. Que recuerden este día como el día en que traicionaron a su Alfa."

"Elias Veyron", entonó el miembro más anciano del consejo, su voz como piedra al molerse, "has sido hallado culpable de confraternizar con una abominación, de romper tu sagrado vínculo predestinado con Lady Seraphine Vaellis. Las leyes del Dominio Lunar son absolutas. Ya no eres Alfa. Ya no eres un lobo. No eres nada."

Levanté la cabeza, los ojos plateados ardiendo. "Soy su padre."

Una ola de jadeos recorrió la sala.

"Soy su padre", repetí, más fuerte esta vez, mi voz rasgando el silencio como un látigo. "La llamáis abominación. Yo la llamo lo único que ha sido puro en este mundo."

El rostro del anciano se retorció. "Tus palabras son veneno, Veyron. Tu hija es una amenaza para todo ser sobrenatural que camina sobre esta tierra. La sangre híbrida es inestable. Peligrosa. Los viejos registros de Nythara nos dicen lo que sucede cuando..."

"¡Los viejos registros son mentiras!", rugí, forcejeando contra las cadenas. "¡Destruisteis a los últimos híbridos porque teníais miedo! ¡Miedo de lo que podían llegar a ser! ¡Miedo de que el amor pudiera ser más fuerte que vuestras preciosas tradiciones!"

Un guardia me golpeó en la cara. Saboreé la sangre.

"Silencio", dijo el anciano con frialdad. "El juicio es definitivo. El destierro es absoluto. Serás despojado de tu nombre, de tus tierras, de tu fortuna. Caminarás por el mundo humano como un fantasma, sin volver a poner un pie en ningún territorio nunca más. Y tu engendro híbrido..."

"Tócala, y quemaré este mundo hasta convertirlo en cenizas."

Lo decía en serio. Cada sílaba goteaba una locura que hizo que incluso los miembros del consejo se movieran incómodos.

Pero ellos ya habían ganado.

Me habían quitado todo, mi título, mi hogar, mi manada. Y yo lo había entregado todo voluntariamente, pieza por pieza, porque había creído que el amor podía conquistar la tradición.

Había sido un tonto.

Ahora, mientras me arrastraban fuera del gran salón, mientras las puertas de Elyndor se cerraban tras de mí por última vez, cerré los ojos y dejé que los recuerdos me inundaran. No de la gloria. No del poder.

De ella...

(CINCO AÑOS ANTES)

"¡Aria! ¡Ahí estás!"

Levanté la vista. Manor estaba en la puerta de mi oficina, con su amplia y tranquila sonrisa. Era el tipo de guapo que hacía que los demás se sintieran cómodos, con sus cálidos ojos marrones, una sonrisa perezosa, una confianza casual que no se sentía como una amenaza.

"¿Leyendo otra vez?", bromeó, apoyándose en el marco de la puerta. "Juro que eres la única persona en toda esta firma que realmente usa su hora de almuerzo para, ya sabes, leer."

"Se llama autocuidado", dije sin emoción. "Deberías probarlo."

Se rió, entrando más en la habitación. "¿Autocuidado? ¿O escondiéndote de tu persona favorita?"

No necesitaba preguntar a quién se refería.

"El jefe ha estado preguntando por ti", continuó Manor, su sonrisa ampliándose. "Algo sobre el caso Anderson. Ya sabes, ese en el que has estado trabajando durante tres semanas."

"Tres semanas de mi vida que nunca recuperaré", murmuré, poniéndome de pie y alisando mi falda lápiz. "Probablemente va a decirme que lo hice mal. O que perdí el tiempo. O que debería haberle leído la mente y..."

"Es el jefe", interrumpió Manor, con tono ligero pero entendido. "Con ese tipo de dinero, tiene derecho a ser tan despectivo como quiera."

Le lancé una mirada. "Así no es como funciona la decencia humana básica."

"Pero él no es exactamente básico, ¿verdad?" Los ojos de Manor brillaban con picardía. "O enteramente humano, si los rumores son ciertos."

Puse los ojos en blanco. "Lees demasiados de esos libros."

"Tú eres la que los esconde en tu escritorio."

Agarré mi tableta y pasé junto a él, ignorando su risa. "Te odio."

"No me odias. Me amas."

No dignifiqué eso con una respuesta.

---

La caminata a su oficina fue un desfile de paredes de vidrio y susurros apagados. Los asociados se dispersaban como pájaros asustados cuando me veían venir, sus ojos desviándose como si pudiera contagiarles el chisme. Mantenía la barbilla alta, los hombros atrás, mi expresión tallada en hielo.

Había aprendido temprano que la única forma de sobrevivir en un lugar como Whitmore & Associates era volverse intocable.

Las puertas de su oficina se alzaban ante mí, enormes losas de caoba que costaban más que todo mi apartamento. No toqué. Nunca tocaba. Él había dejado abundantemente claro que no debía hacerlo durante mi primera semana, cuando me quedé afuera durante diez minutos como una idiota, esperando un permiso que nunca llegaría.

"El caso Anderson", anuncié, empujando las puertas. "He compilado las finanzas completas, he cruzado todas las declaraciones de los testigos y he identificado tres discrepancias clave que..."

Él ya se estaba alejando de mí.

Elias Veyron se movía por su oficina como un depredador por territorio desconocido, cada paso medido, cada músculo tenso con poder apenas contenido. Un metro noventa y cinco de masculinidad cruda y devastadora vertida en un traje a medida que probablemente costaba más que mi salario anual. Su cabello oscuro peinado hacia atrás desde un rostro que pertenecía a portadas de revistas, y esos ojos, esos imposibles ojos plateados.

"...así que si podemos revisar la deposición de..."

"Camina conmigo", dijo, sin siquiera molestarse en mirar atrás.

Contuve una réplica. "Estoy en medio de explicar el..."

"Dije que camines conmigo."

Su voz era terciopelo envuelto en acero.

Lo seguí hasta el elevador privado, mis tacones resonando contra el suelo de mármol como disparos en el silencio. Las puertas se cerraron tras nosotros, sellándonos en un espacio que de repente se sintió demasiado pequeño para dos personas que no podían soportarse.

Él todavía me ignoraba, presionando el botón del estacionamiento ejecutivo sin una sola mirada en mi dirección.

"Sr. Veyron, realmente necesito repasar estos documentos con usted. La deposición de Anderson tiene algunas inconsistencias que..."

El elevador se sacudió.

Una sacudida violenta y desgarradora que me envió tropezando hacia adelante, mi tableta volando de mis manos, mi cuerpo inclinándose hacia el suelo.

Sus brazos me rodearon, jalándome contra su pecho con una velocidad que no debería haber sido humana. Nos estrellamos contra la pared del elevador, su cuerpo protegiendo al mío del impacto. Su rostro estaba enterrado en mi cabello mientras el elevador gemía y se detenía con un estremecimiento.

Por un momento suspendido, ninguno de los dos se movió.

Sentí los planos duros de su pecho presionados contra mi espalda. El agarre de hierro de sus brazos alrededor de mi cintura. El aliento caliente y agitado contra mi cuello que hizo que mi piel se erizara.

Y entonces lo sentí.

Dios, no.

¿Su erección presionada contra mi espalda baja? Mi rostro se ruborizó carmesí, cada terminación nerviosa de mi cuerpo de repente hiperconsciente de exactamente dónde estaba y exactamente quién me sostenía.

No reacciones, me dije con ferocidad. No te atrevas a reaccionar.

Pero mi cuerpo no escuchó.

Mis pechos estaban aplastados contra la pared del elevador, la tela suave de mi blusa sin hacer nada para ocultar cómo mis pezones se habían endurecido en puntos dolorosos. Podía sentir cada relieve de su pecho a través de su chaqueta.

"¿Estás bien?" Su voz era rasposa, completamente distinta a su tono frío y controlado habitual.

No podía hablar. Apenas podía respirar.

Se apartó ligeramente, sus manos aún agarrando mi cintura, y sentí su mirada recorrer mi cuerpo con una intensidad que hizo que mis rodillas se debilitaran. Sus ojos plateados estaban más oscuros de lo que jamás los había visto.

"Respóndeme."

"Estoy bien", logré decir, con la voz vergonzosamente entrecortada. "Suéltame."

No me soltó.

Durante tres agonizantes segundos, me sostuvo allí, sus pulgares trazando círculos lentos contra mis caderas a través de la tela delgada de mi falda. El gesto era casi inconsciente, como si no pudiera evitarlo, como si tocarme fuera tan instintivo como respirar.

Entonces, abruptamente, me soltó.

"Revisa la puerta", ordenó, con su voz de vuelta a su eficiencia cortante habitual. "El elevador ha fallado."

Me apresuré a obedecer, mis dedos temblando mientras forzaba la liberación de emergencia. Las puertas se deslizaron abriéndose con un chirrido rechinante, revelando las paredes de concreto del estacionamiento.

No lo miré hacia atrás.

No podía.

Porque si lo miraba, En cambio, me incliné y recuperé mi tableta de donde se había deslizado por el suelo. Mis manos temblaban tanto que apenas podía sostenerla.

"Sr. Veyron", dije, con la voz más firme de lo que tenía derecho a esperar, "le enviaré por correo los archivos de Anderson. Podemos discutirlos mañana."

Y entonces me alejé.

---

Tres horas después, todavía no podía dejar de pensar en ello.

Estaba sentada en mi escritorio, mirando fijamente la pantalla de mi computadora, los archivos del caso Anderson abiertos e intactos. Todo lo que podía pensar era en el recuerdo de su cuerpo presionado contra el mío.

Su erección. Dios. Su erección había estado presionada contra mí, dura e insistente, y yo había fingido no notarlo. Había fingido no sentir cómo hacía que mi estómago se contrajera, cómo hacía que quisiera...

Detente.

Me obligué a respirar profundo. A concentrarme. A empujar el recuerdo al rincón más profundo y oscuro de mi mente donde no pudiera tentarme.

Tenía trabajo que hacer. Trabajo importante. El tipo de trabajo que me haría socia algún día, si tan solo pudiera mantener la cabeza baja y los ojos en el objetivo.

"No podía permitirme distraerme con..."

"¿Sigues aquí?"

Levanté la vista. Manor estaba apoyado contra el marco de mi puerta otra vez, con su expresión cómplice.

"Tengo trabajo que hacer", dije sin emoción.

"Es casi medianoche."

"Sé qué hora es."

Suspiró, sacudiendo la cabeza. "Vas a agotarte, Aria. Los archivos seguirán aquí mañana."

"Algunos de nosotros realmente queremos ser socios", dije, incapaz de contener el mordisco en mi voz.

"Como quieras, chica."

Desapareció por el pasillo, sus pasos desvaneciéndose en silencio.

Volví a mi computadora.

---

La 1:00 AM.

La oficina finalmente estaba tranquila. El zumbido del aire acondicionado era el único sonido, asentándose a mi alrededor. Las luces de mi piso habían sido atenuadas, apenas podía ver el resto, todos ya se habían ido.

Empaqué mi bolso lentamente, mis dedos moviéndose a través de los movimientos familiares. Bolígrafo. Cuaderno. El libro que había estado leyendo en el almuerzo. Mi teléfono.

"Mañana, terminaré los archivos de Anderson", dije.

Mañana...

*¡Thump!*

Me congelé.

El sonido vino de algún lugar del pasillo. Pesado, húmedo, como algo grande siendo arrastrado por la alfombra.

Es solo el edificio asentándose, me dije. Tuberías viejas. Cualquier cosa.

Pero mi corazón ya latía acelerado, mi piel erizándose con una conciencia primitiva de que algo andaba mal.

Me deslicé hacia la puerta de mi oficina, mis tacones en mi mano, mis pies descalzos silenciosos contra el suelo frío. El pasillo estaba ante mí, vacío y quieto.

Entonces lo vi.

El guardia de seguridad yacía desplomado contra la pared, su uniforme oscuro de sangre, sus ojos mirando sin ver al techo. Un charco carmesí se extendía bajo él, lento y viscoso, filtrándose en la alfombra como vino derramado.

Me tapé la boca con la mano para ahogar el grito.

Dios mío. Dios mío, Dios mío, Dios mío...

Me presioné contra la pared, mi cuerpo temblando, apenas podía mantenerme de pie. Mi mente era un caos de pensamientos aterradores. ¿Quién hizo esto? ¿Siguen aquí? ¿Voy a morir?

Un sonido resonó desde el final del pasillo.

Respiración pesada. Equivocada. Era demasiado profunda para ser humana, demasiado rasgada para ser algo natural. Y debajo de ella, otro sonido, el sonido húmedo y desgarrador de algo siendo destrozado.

Levanté la vista.

Una sombra se movió por la pared del fondo, enorme y una forma que no podía existir. Era masiva, encorvada, con extremidades que se doblaban en ángulos que me revolvían el estómago. Y mientras se movía, vi algo salpicar contra la pared.

¡Sangre! ¡Sangre fresca!

Mi corazón latía tan fuerte que podía oírlo en mis oídos, podía sentirlo en mi garganta.

Corre, una voz gritó en mi cabeza. "Corre, corre, corre..."

Pero mis piernas no se movían. La sombra se acercaba.

Podía verlo ahora, emergiendo de la oscuridad al final del pasillo. Una criatura. Un monstruo. Algo que se sostenía en dos piernas pero se movía como un animal, su cuerpo cubierto de pelaje oscuro, sus ojos brillando con una luz plateada profana.

No. No plateada.

¿Esos ojos?

Había visto esos ojos antes. Todos los días durante tres meses. En reuniones de junta y viajes en elevador y momentos que hacían que mi piel ardiera.

No podía ser.

No podía ser.

Pero la criatura seguía acercándose y yo estaba demasiado aterrada para moverme, demasiado aterrada para respirar, demasiado aterrada para hacer nada excepto mirar cómo se acercaba cada vez más.

Mi mano se cerró alrededor de algo afilado, un abrecartas de un escritorio cercano. El metal estaba frío contra mi palma. Lo sostuve como un talismán, como una oración, como una última esperanza desesperada.

La criatura dobló la esquina.

Y vi su rostro.

¿Elias?

¿Elias Veyron?

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