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Como un Disparo Borré el Contador del Don
Como un Disparo Borré el Contador del Don
ผู้แต่ง: Eternity

Capítulo 1

ผู้เขียน: Eternity
—Señor Bellandi, señorita Vale, lo siento mucho. El Muelle Sur está bloqueado y no conseguí un auto por ningún lado.

Mia subió al asiento trasero empapada por la nieve. Los hombros de su blusa de satén estaban mojados y tenía mechones pegados a la cara, pero aun así le dedicó a Lucian una sonrisa radiante.

Él sacó un pañuelo de seda negro del bolsillo de su traje y se lo tendió por encima de mi hombro.

—Sécate los ojos. No dejes que el hielo te queme la piel.

Mia tomó el pañuelo. Sus dedos rozaron el dorso de la mano de Lucian con la ligereza de un susurro, y sonrió con la mirada fija en él a través de sus pestañas húmedas.

—Gracias, señor Bellandi. Sabía que no dejaría a uno de los suyos bajo la nieve.

Él retiró la mano y frotó el volante con el pulgar.

—Una chica que hace recados para la fundación en los muelles ya la tiene bastante difícil.

En el segundo en que esas palabras salieron de su boca, los números rojos sobre su cabeza se distorsionaron. Un destello de luz carmesí parpadeó y la cifra cambió.

“289 días, 10 horas, 12 minutos”.

Una frase de lástima pronunciada sin pensar le restó más de un mes al tiempo que permanecería conmigo. Cerré los ojos. Sentí una punzada en el estómago.

—¿Hace demasiado frío aquí? —preguntó Lucian.

Pensé que me hablaba a mí y estuve a punto de decirle que estaba bien, pero Mia aspiró con fuerza desde el asiento trasero.

—Un poco. Tengo la ropa empapada. Es como tener hielo contra la piel.

Subió la calefacción y se fijó en la estola de visón gris plateado que descansaba sobre mis rodillas. La compró para mí en una subasta en Milán el año anterior. Esta noche celebrábamos el séptimo aniversario de nuestro noviazgo. Me la había puesto para la cena privada en el teatro de ópera subterráneo que reservó meses atrás.

—Elena, préstale la estola a Mia. Se va a congelar si sigue así.

Volteé a mirarlo. Las luces de la calle le cruzaban la cara en franjas irregulares. Se veía atractivo, tranquilo y franco, casi como si actuara por principios.

No dije nada. Quité la estola de mis rodillas y la pasé hacia atrás.

—Gracias, señorita Vale —dijo Mia mientras se envolvía en la prenda con una sonrisa cada vez más dulce—. El señor Bellandi tiene suerte de tenerla.

Alcé la mirada hacia la cuenta regresiva de Lucian.

“260 días, 5 horas, 8 minutos”.

Otros veintinueve días se esfumaron. El silencio se apoderó del auto, roto únicamente por la nieve que golpeaba los cristales blindados en ráfagas sordas y constantes.

Más adelante, la intersección dividía el camino en dos. Si doblábamos a la derecha, llegaríamos al teatro de ópera subterráneo, donde nos esperaban nuestros asientos. Si seguíamos de frente, iríamos hacia el antiguo edificio de apartamentos de Mia, cerca del Muelle Sur.

Lucian encendió la direccional para seguir de frente.

—¿No vamos a ir a cenar? —pregunté en voz baja. La nieve casi ahogó mi voz.

Frenó y me miró como para disculparse.

—Hay problemas en el Muelle Sur esta noche. No me parece bien dejarla allí sola. Primero la llevaremos a su casa; no nos va a pasar nada por llegar un poco tarde.

—Nos van a guardar los asientos hasta las ocho —le recordé—. Ya son las siete y media.

Lucian apretó la mandíbula y el gesto de disculpa dio paso a la impaciencia.

—Elena, Mia trabaja para mi fundación. Ahora es una Bellandi. No dejo abandonada a mi propia gente. Es solo una cena. Si nos la perdemos, mañana te lo compensaré.

—Señor Bellandi, puedo bajarme cerca de ese bar que se ve más adelante. Por favor, no arruine su cena por mi culpa.

Lo dijo con sinceridad. Pero ese tramo estaba en la zona gris entre el territorio Bellandi y el de nuestros rivales. Ninguna mujer en su sano juicio lo recorrería sola después del anochecer.

Como era de esperar, Lucian la miró con dureza.

—No seas ridícula. Esta calle no es segura esta noche.

Cuando el semáforo cambió a verde, quitó el pie del freno y siguió de frente por la intersección. A cada segundo nos alejábamos más del teatro de ópera.

Sobre su cabeza, los números volvieron a cambiar.

“201 días, 2 horas, 30 minutos”.

Desde el asiento trasero, Mia susurró:

—Muchas gracias, señor Bellandi.

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