تسجيل الدخولA la mañana siguiente, Chicago por fin amaneció despejado. La racha de frío que mantuvo atrapada la ciudad durante un mes pareció terminar ese día. La luz del sol atravesó las nubes y bañó los escalones de piedra del edificio donde estaba la oficina de Rosalind.A las ocho cincuenta, estaba al pie de los escalones y vi cómo un Bentley negro se detenía junto a la acera. Lucian bajó del vehículo. Había perdido peso.Sus pómulos estaban más marcados y el traje que antes se ajustaba a la perfección ahora le quedaba un poco holgado. No llevaba conductor ni guardaespaldas. Al verme, se detuvo.Durante varios segundos, permanecimos a unos metros de distancia, mirándonos en silencio. El número sobre su cabeza seguía ahí.“3648 días”.Sonreí apenas. Aquella cifra ya no significaba nada para mí.—Vamos.Entré primero en la oficina de Rosalind. Lucian me siguió con pasos pesados. No había mucha gente en el pasillo. Mi abogada nos esperaba en una pequeña sala de conferencias.Lucian se quedó de pi
Lucian desarrolló una arritmia después de pasar tanto tiempo expuesto al frío. Permaneció inconsciente en la clínica privada de los Bellandi durante un día y una noche. Marco, su segundo al mando, me llamó con la ira apenas contenida en la voz.—Elena, ¿acaso no tienes corazón? El señor Bellandi casi murió por ti, ¿y ni siquiera vas a venir a verlo? No paraba de repetir tu nombre mientras estaba inconsciente. ¿No vas a quedar satisfecha hasta matarlo?Aparté el celular del oído hasta que terminó de gritar.—Marco —dije sin perder la calma—. Es un adulto. Decidió quedarse a la intemperie. Si le pasa algo, es responsabilidad suya. No mía.Marco respiró hondo antes de decir:—Qué fría eres.—Sí, lo soy.Luego colgué.Al final, fui a la clínica de todos modos. No porque empezara a ceder, sino porque sabía que, si no rompía de una vez ese último vínculo, Lucian seguiría montando ese inútil espectáculo de mártir. En la habitación privada, él estaba tendido en la cama con una vía intravenosa
Lucian se tensó.—Elena...Su voz tembló de incredulidad y miedo.—Te estaba protegiendo.—¿Protegiéndome?Me reí y salí de debajo de su paraguas.—No me protegías, solo intentabas ocultar tu propia estupidez. Tú la trajiste. Alimentaste fantasías que ella nunca debió tener. Ahora quieres reivindicarte ante mí aplastándola contra la nieve. Lucian, la crueldad con que la trataste a ella y la que me mostraste a mí tienen el mismo origen. Solo te importa lo que sientes en el momento.No volví a mirarlo. Me di la vuelta y me interné en la nevada.Cinco días antes de mi partida prevista de Chicago, Lucian pareció entender por fin que las canastas de comida, los autos que me seguían y las pequeñas atenciones no bastaban para recuperar a una mujer que ya había cerrado las puertas de su corazón.Así que optó por algo más extremo. Esa noche, Ava bajó a recoger un paquete. Al rato volvió corriendo, pálida e inquieta.—Elena, tienes que bajar. Ese lunático está afuera, plantado en medio de la nev
Tres días después, Rosalind confirmó que habían retirado mi nombre de las cuentas, los permisos de acceso a las propiedades y los acuerdos privados vinculados con la familia Bellandi.Lucian se negó a aceptar que me había marchado y, durante las semanas siguientes, se convirtió en un hombre distinto.Cada mañana, al abrir la puerta de la casa de Ava, encontraba una canasta térmica con comida colgada del picaporte. Lucian había preparado todo él mismo. Bagels de salmón ahumado que antes me encantaban, sopa espesa de tomate y carne de res, rollos de canela con los bordes un poco más tostados de la cuenta, como me gustaban.Hasta sabía que Ava odiaba la cebolla y preparaba dos porciones distintas todos los días. Yo no probaba nada. Arrojaba cada canasta al contenedor de basura de la planta baja.Ava me observó vaciar sin piedad los relucientes recipientes y chasqueó la lengua.—Carajo. Un Don haciendo el numerito del prometido arrepentido. No sabía que también venían en versión hogareña.
El altercado en el vestíbulo de la galería terminó cuando intervino el personal de seguridad. Escoltaron a Lucian fuera del edificio, pero permaneció allí durante mucho tiempo, hasta que me perdió de vista.Me enviaba decenas de mensajes todos los días, como si estuviera perdiendo la razón.“Hoy pasé por esa vieja librería que tanto te gusta. Compré el libro de arte descontinuado que siempre quisiste”.“Mandé reparar el invernadero. La rosa blanca estará ahí cuando vuelvas a casa”.“¿En serio ya no me quieres?”No respondí a ninguno. La preocupación que antes valoraba tanto ahora me parecía ridícula.El viernes por la tarde, salí temprano del trabajo para comprar algunas cosas en el mercado cercano a la casa de Ava. En cuanto salí del edificio de oficinas, vi estacionado junto a la acera un Bentley negro que reconocí. La ventanilla bajó. Lucian estaba al volante, demacrado y con los ojos hundidos.—Elena, sube. Tenemos que hablar.Su voz mostraba agotamiento y algo parecido a una súpli
Lucian giró en seco hacia la recámara principal. La puerta estaba entreabierta. Entró con apuro y abrió el guardarropa de un tirón.Una parte estaba vacía. Mis camisones, mis trajes de trabajo, la maleta verde oscuro y la vieja fotografía de mi madre ya no estaban. Los perfumes que él me había comprado seguían sobre el tocador. No me llevé nada suyo. Solo mis cosas.Se quedó de pie en medio de la habitación, con el pecho subiendo y bajando con fuerza. Luego sacó el celular y me llamó. Una vez. No contesté. Volvió a intentarlo. La llamada se desvió al buzón de voz. Entonces por fin se dio cuenta de que lo había bloqueado.A las tres de la madrugada, el timbre de la casa de Ava sonó como si alguien quisiera derribar la puerta. Yo estaba sentada en el sofá con una taza de té caliente, tan agotada que me sentía entumecida.Ava miró por la mirilla y rio sin humor.—El dignísimo Don de Chicago está en mi puerta.No me moví. Solo tomé otro sorbo.—No le abras.Ava me hizo una seña rápida para







