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Capítulo 6

Author: Emma
last update publish date: 2026-10-02 04:19:06

​La puerta de su oficina se abrió bruscamente y un guardia entró.

​—Alfa Rhett —dijo el guardia, haciendo una leve reverencia.

​Los ojos de Rhett se oscurecieron.

​—¿Qué pasa?

​El guardia dudó por un breve instante.

​—Nora, Alfa. La atraparon intentando escapar.

​La sonrisa burlona de Rhett desapareció al instante; se le heló la sangre ante la sola idea de que ella intentara irse. La imagen de su rostro horrorizado le vino de repente a la mente.

​—¿Dónde está?

​—La tienen retenida en el ala este, Alfa —respondió el guardia.

​—Tráiganla —ordenó.

​Talia se volvió hacia él con una risita.

​—¿Debería disciplinarla yo, Alfa? Esto podría ser...

​—No, ahora no. Vete —la interrumpió Rhett bruscamente.

​El rostro de Talia decayó, pero se apresuró a disimularlo.

​—Por supuesto, con su permiso, Alfa —dijo, y salió de la estancia.

​Los dedos de Rhett se contrajeron cuando la puerta se cerró tras Talia. Las palabras del guardia resonaban en su mente como un eco burlón. Intentó escapar.

​Apretó la mandíbula, haciendo rechinando los dientes. ¿Cómo se atrevía? Intentó dejarlo. Rechazarlo. Pensar en ello hizo que se le oprimiera el pecho con dolor, aunque jamás lo admitiría. Nadie huía de él. Nadie. Cuando él terminaba con alguien, tomaba la decisión de desecharlo. Que ella intentara huir de él era un concepto que carcomía su orgullo.

​Caminó de un lado a otro por la habitación, abriendo y cerrando los puños a los costados. Cada vez que cerraba los ojos, veía su rostro en aquel salón: conmocionado, asqueado y aterrorizado. Lo había mirado como si fuera un monstruo.

​¿Por qué me molesta tanto?

​Rhett odiaba el espacio que ella ya estaba ocupando en su mente. Era el Alfa de Ironclaw, una fuerza temible. No debería importarle cómo lo miró en ese momento. No debería importarle que estuviera intentando huir de él. Sencillamente, no debería importarle.

​Pero esto era diferente.

​«Es nuestra», gruñó su lobo desde lo más profundo de su ser, con la posesividad impregnada en cada palabra. «Nadie huye de nosotros».

​Rhett se quedó inmóvil, sujetando el borde de su mesa con tanta fuerza que se le pusieron los nudillos blancos. No la quería. Nunca había querido una compañera, y menos una que lo mirara como si fuera un monstruo. Pero la idea de que se fuera, cuando él no la había desechado, lo enfurecía.

​Nora acababa de cometer el único error que nunca debió cometer. Nadie huye de Rhett.

​Los guardias me levantaron como a una criminal y me arrastraron a la habitación, sujetándome con más fuerza que nunca, como si pudiera liberarme. Mis pies raspaban el suelo duro y el corazón me latía tan fuerte en el pecho que temí que pudiera explotar. No tenía idea de adónde me llevaban.

​La puerta gimió al abrirse y me empujaron hacia adentro. Tropecé hacia adelante, logrando sostenerme a duras penas antes de dar contra el suelo. Solté un gemido cuando mi rodilla rozó el piso dolorosamente. Mi corazón latía más desbocado que nunca. No hizo falta que me dijeran adónde me habían llevado; su solo aroma me envió un escalofrío por la columna vertebral.

​Levanté la vista lentamente y entonces lo vi.

​Rhett.

​Estaba sentado en su silla, como si tuviera el mundo al alcance de la mano, y sus ojos verdes me atravesaron en cuanto se encontraron con los míos. Me quedé helada, mi cuerpo traicionándome, mientras un frío helado me recorría la espalda.

​—Déjennos —ordenó.

​Los guardias obedecieron sin dudarlo; salieron y cerraron la puerta tras de sí.

​Y de ese modo, me quedé a solas con él. Otra vez.

​No dijo nada durante varios minutos; su mirada pesada e intensa permanecía fija en mí como la de un depredador estudiando a su presa, tanto que empecé a temblar. No tenía idea de qué quería hacer conmigo. De nuevo, las imágenes de la cabeza de aquel hombre siendo arrancada me vinieron a la mente. Me tragué el sollozo que amenazaba con escaparse de mis labios.

​Él se levantó y su silla chirrió contra el suelo. Caminó hacia mí y podría jurar que tenía el corazón en la garganta. Se detuvo justo frente a mí.

​—Mírame —ordenó, y eso hice, levantando la cabeza despacio para mirarlo.

​El hombre era etéreo, había que reconocérselo. Se inclinó un poco, llevó la mano a mi rostro y me limpió una lágrima. Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba llorando.

​—P-por favor, déjame ir —tartamudeé, y antes de darme cuenta, empecé a suplicar torrencialmente mientras lloraba—: No volveré. Nunca más me verás. Sé que no me quieres como compañera. Me odias, así que por favor déjame ir —clamé.

​La mandíbula de Rhett se tensó con cada palabra que salía de mis labios, y el ojo izquierdo le dio un espasmo, pero yo estaba demasiado perdida en mis súplicas para darme cuenta. Sus dedos se curvaron bajo mi barbilla, obligándome a mirarlo hacia arriba.

​—¿Qué te hizo pensar que tienes el poder de elegir lo que quieres? —su voz era baja—. Tú no decides qué, cómo ni cuándo te vas. Solo yo decido eso. ¡No puedes dejarme, no puedes huir! Solo te irás cuando yo lo decida.

​Dio un paso más, y su presencia resultó abrumadora. El calor de su cuerpo parecía abrasarme la piel. Podía sentir el lazo entre nosotros tirando de lo más profundo de mi ser.

​—No puedes dejarme, Nora. No vas a huir. Te irás cuando yo diga que te vas.

​Me estremecí ante sus palabras, pero su agarre se suavizó ligeramente y podría jurar que vi un destello en sus ojos.

​—Yo no pedí esto —susurré, temblando—. Yo no pedí ser tu compañera.

​Rhett dio un paso atrás.

​—Yo tampoco —murmuró entre dientes—. Pero el lazo no nos da opción, ¿verdad?

​—Te quedarás, Nora, hasta que yo decida que no —espetó, y luego volvió a llamar a los guardias, quienes a su vez sacaron a Nora a rastras.

​Rhett permaneció inmóvil un momento después de que se llevaron a Nora, con los ojos clavados en la puerta por la que ella acababa de salir. Su mente iba a mil por hora, pero nada parecía tener sentido. Se pasó la mano por el cabello con frustración.

​Esto no debería estar pasando. Ahora no. Finalmente tenía a Dorian justo donde quería. Debería estar celebrando la muerte de ese imbécil, pero en lugar de eso, estaba perdiendo el juicio. Agarró la botella de whisky otra vez y se sirvió un trago. ¡Esto! Esta era la razón por la que despreciaba el lazo, los compañeros, todo lo relacionado con ello. El lazo no era más que una atadura maldita, una de la que no podía librarse.

​Podía verla de nuevo: su miedo, sus palabras, la forma en que temblaba en su presencia. Lo carcomía, lo hacía sentir... mal. Se suponía que ella debía tenerle miedo. No se suponía que lo hiciera cuestionarse a sí mismo, y sin embargo aquí estaba, haciendo lo único que juró nunca hacer.

​—Maldita sea —murmuró Rhett entre dientes, caminando de un lado a otro en la oficina. La silla raspó el suelo cuando volvió a sentarse tras el escritorio, apretando los puños—. ¡Ezra! —gruñó, y en cuestión de momentos, Ezra estuvo en la puerta, entrando a buen paso y tan calmado como de costumbre, aunque ni siquiera él podía ocultar la cautela en sus ojos.

​—Me llamó, Alfa.

​Rhett miró al hombre.

​—Consigue todo, y me refiero a todo lo que puedas sobre Nora Hale. Quién es, de dónde viene, a qué manada pertenece. Cuál es su conexión con mi manada. Si hay algo que se me haya pasado. Lo quiero todo.

​—Sí, Alfa —asintió Ezra antes de salir, dejando a Rhett a solas con sus pensamientos otra vez. Una vez que lo averiguara todo, volvería a tomar el control. Cortaría de raíz la parte de sí mismo que lo había traicionado. La parte que quería protegerla. La parte que quería preocuparse por ella. La parte que lo hacía sentir... débil.

​—¡Toma, ese es tu trabajo de hoy! Asegúrate de que quede impecable o no comerás hoy —advirtió la ama de llaves principal, arrojándome una cubeta, un tazón y un trapeador. Logré atraparlo todo, aunque sin ninguna gracia.

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