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Capítulo 4

Author: Emma
last update publish date: 2026-09-26 22:31:17

El hombre no esperó una respuesta. Dio media vuelta sobre sus talones y comenzó a caminar hacia la puerta, claramente desinteresado en mi reacción.

​Finalmente nos detuvimos frente a una puerta gruesa; podía escuchar el murmullo bajo de voces al otro lado. El hombre no llamó, simplemente abrió la puerta y me hizo una seña para que entrara.

​Dentro de la habitación, el olor a cuero y cedro era denso en el aire. Al fondo, sentado en un escritorio masivo de madera oscura, estaba él. Mi compañero.

​Su presencia era tan poderosa e intensa que casi parecía que el aire a su alrededor estaba cargado de energía. Levantó la mirada cuando entré y se me cortó la respiración en la garganta. Era el hombre más hermoso que jamás había visto.

​No habló, solo me observó con esos ojos fríos e indescifrables. El hombre que me había guiado hasta allí dio un paso atrás, dejándome sola ante Rhett. Me sentí como una presa frente a un depredador. Me encogí sobre mí misma, con el corazón batiéndome más fuerte que nunca.

​—Siéntate —dijo Rhett, con voz áspera y autoritaria.

​No me moví, paralizada en el sitio. Él se reclinó en su silla, sin apartar sus ojos de los míos.

​—¿Eres sorda? —su voz era baja.

​Me estremecí y me moví lentamente hacia la silla frente a él, sentándome con rigidez, con las manos apretadas sobre los muslos.

​Los ojos del Alfa Rhett se oscurecieron y pude ver la ira centelleando detrás de su mirada. Me miró fijamente durante un largo momento, con los labios apretados firmemente. Entonces, de repente, su voz bajó de tono de forma peligrosa.

​—¿Cuántos años tienes? —preguntó, con palabras aún más frías que antes.

​Tragué saliva con dificultad, sosteniéndole apenas la mirada.

​—Diecinueve —respondí.

​Sus ojos destellaron y, por un segundo, juraría que los vi brillar con un tono oscuro y escalofriante.

​Se levantó bruscamente. Gruñó entre dientes y una risa amarga brotó de su garganta.

​—Ni siquiera tienes la edad suficiente para ser rechazada como corresponde.

​Sentí que se me hacía un nudo en el estómago. Sus palabras me golpearon como un impacto y mi corazón se hundió más de lo que jamás creí posible. En dos meses cumpliría veinte años. La edad idónea para ser rechazada.

​Se pasó las manos por el cabello de forma maniática.

​—Tú no eres mi compañera —soltó con frialdad—. No quiero una. Ni ahora, ni nunca.

​Apretó los puños a los costados, sin apartar sus ojos de los míos.

​—Hasta que tengas la edad suficiente para ser rechazada, mantente carajo lejos de mi vista.

​El sonido de un cristal haciéndose añicos resonó por la habitación cuando Rhett estampó otro vaso contra la pared. Caminaba de un lado a otro con rabia, con las manos apretadas en puños cerrados.

​Esto no podía estar pasándole a él.

​¿Una compañera?

​Se pasó una mano por el cabello, tirándose de las raíces. No tenía sentido. Había pasado años sin una, construyendo su imperio y evitando esto solo para que se desmoronara en un segundo. ¿Y ahora, una chica de diecinueve años? ¡Esto era una maldita broma bárbara!

​—¡Maldita sea! —gruñó Rhett, golpeando la palma de la mano contra el escritorio.

​La puerta se abrió con un crujido. Rhett ni se molestó en levantar la vista.

​—Lárgate —escupió.

​—Te vas a matar si sigues así —respondió una voz tranquila.

​Se giró bruscamente y su mirada furiosa se posó en Marissa, su beta. Ella estaba allí de pie con los brazos cruzados.

​—¿Tienes deseos de morir? ¡Lárgate de una puta vez!

​—No, no los tengo, pero ver que las sirvientas tienen miedo de pasar por el pasillo me lo dice todo. ¿Qué estás haciendo, Rhett? ¿Estás intentando derribar este lugar? —respondió ella, entrando del todo en la habitación, mientras su mirada pasaba por el desastre del suelo.

​—¿Qué demonios quieres, Marissa? —dijo Rhett entre dientes.

​—Para empezar, evitar que destruyas este lugar. Y tal vez hacerte entrar en razón —respondió ella con calma.

​—No necesito tus consejos —escupió Rhett.

​Marissa arqueó una ceja.

​—Ah, claro. Lo estás manejando de maravilla —hizo un gesto hacia el cristal roto y la silla volcada—. Hacer berrinches como un niño no cambia el hecho de que ella es tu compañera.

​La mandíbula de Rhett se tensó y apretó el puño.

​—Tiene diecinueve años, Marissa. Diecinueve. ¿Sabes lo que eso significa?

​Marissa inclinó la cabeza.

​—Significa que aún no puedes rechazarla. No hasta que cumpla los veinte y despierte a su lobo.

​—¡¿Crees que no lo sé, carajo?! —rugió Rhett, volviendo a golpear el escritorio con el puño—. Conozco las malditas reglas. No necesito que me las recuerdes.

​Marissa suspiró.

​—¿Entonces cuál es el problema? Es solo una niña. Déjala en paz hasta que llegue el momento.

​La risa de Rhett fue amarga y vacía.

​—No es tan simple. Ella está... en mi cabeza. Ya puedo sentir el lazo, tirando de mí como una maldita correa —dirigió su mirada furiosa hacia ella—. No quiero una compañera. Ni ahora, ni nunca.

​—Entonces ignóralo —dijo Marissa.

​La mirada de Rhett se endureció.

​—No te burles de mí, Marissa. Si no tienes nada sensato que decir, lárgate y ve a ocuparte de los asuntos que sí requieren atención. Fuera —le gruñó.

​Marissa suspiró para sus adentros.

​—Alfa, tal vez deberías intentar...

​—Fuera —soltó Rhett, y su voz bajó a un tono mortal. Sus ojos brillaron de color rojo.

​Marissa se puso rígida.

​—Estás siendo irrazonable, Rhett. Esta terquedad tuya solo va a causar...

​El sonido de un florero estrellándose contra la puerta, justo detrás de ella, cortó sus palabras. Rhett ni siquiera le había apuntado, pero el mensaje era claro.

​—Fuera —gruñó.

​La mandíbula de Marissa se apretó.

​—Como desees, Alfa Rhett —dijo alargando las palabras antes de salir.

​Rhett gruñó entre dientes, caminando de un lado a otro. El lazo era una maldición: una correa que se negaba a llevar. No estaría atado a una chica frágil y enfermiza. Nunca le había interesado tener una compañera. Odiaba la idea de estar atado a alguien, especialmente después de lo que había pasado. Se negaba a seguir las reglas de la diosa. Le había pedido, dicho y advertido que mantuviera esa tontería de la compañera lejos de él, y aun así le dio una.

​—¡Ezra! —gruñó, y el hombre que había traído a Nora entró corriendo a la oficina.

​—Sí, Alfa.

​—Esa chica. Mándala con Talia.

​El hombre, Ezra, miró fijamente a Rhett con los ojos abiertos por el pánico y el asombro.

​—Talia, Alfa... ¿estás seguro...?

​—No pedí tu opinión... Hazlo. Veamos cuánto dura.

​Ezra asintió e hizo una reverencia antes de salir corriendo a cumplir la orden.

​Rhett se sirvió un vaso de whisky y se lo tomó de un trago. Que la diosa viera lo que su pequeño «regalo» soportaba bajo la supervisión de Grant. Tal vez eso le enseñaría a no jugar con él.

​Un toque en la puerta lo sacó de sus pensamientos; se giró para ver a un guardia entrar con cautela.

​—Alfa, hemos capturado al Alfa Dorian.

​Rhett se erguyó y sus ojos se oscurecieron en el instante en que oyó el nombre del hombre. Dorian. Ese maldito cobarde.

​—Bien —agarró su abrigo—. Preparen el salón. Quiero que toda la manada presencie lo que les ocurre a los traidores.

​En el salón principal, los miembros de la manada ya se estaban reuniendo. Todos sabían de la traición de Dorian a Ironclaw, y esperaban con ansias el juicio del Alfa sobre el traidor, que estaba arrodillado en medio de la sala, atado con cadenas y brutalmente golpeado hasta quedar hecho pulpa. Nora estaba de pie en medio de la multitud, sujetada por dos mujeres que la habían sacado de la habitación donde se hospedaba.

​Rhett entró al salón y todo se quedó en silencio; los ojos de Nora se quedaron fijos en el hombre, su compañero. Él emanaba un poder que ella jamás había percibido.

​Rhett fijó su mirada en el hombre y Dorian empezó a temblar, con el rostro pálido.

​—A-Alfa —balbuceó mientras Rhett caminaba hacia él con una sonrisa repugnante—. P-puedo explicarlo —tartamudeó Dorian.

​—Me traicionaste, Dorian —dijo Rhett, con voz baja y los ojos tan oscuros como el demonio—. ¿Sabes qué les pasa a los traidores, Dorian?

​Dorian traguó saliva con dificultad, mientras su cuerpo temblaba descontroladamente.

​—A-Alfa Rhett, por favor... puedo explicarlo...

​—¿Explicarlo? Tsk, tsk, tsk —interrumpió Rhett, con tono burlón—. ¿Explicar cómo vendiste a Ironclaw? ¿Por qué pensaste que podrías traicionarme y vivir para contarlo?

​—N-no quise...

​La mano de Rhett salió disparada, agarrando a Dorian por la garganta y levantándolo del suelo sin esfuerzo. La manada ahogó un grito de asombro, viendo cómo Dorian luchaba por respirar, asfixiándose y clavando sus uñas en la mano de Rhett.

​—¿No quisiste? —gruñó Rhett, con sus ojos brillando en rojo—. ¿Crees que me importa tu excusa, Dorian? Las acciones tienen consecuencias y hoy pagarás la totalidad de la deuda.

​Rhett arrojó a Dorian al suelo; su cuerpo impactó duramente contra el piso de baldosas de mármol. Dorian gimió, encogiéndose mientras la sangre le goteaba del labio partido.

​Rhett se acercó más, observando cómo el hombre le suplicaba, apenas capaz de mover el cuerpo. Rhett levantó la pierna y presionó sus botas sobre las costillas del hombre, triturándolo contra el duro suelo.

​—Vas a ser un ejemplo, Dorian. Ironclaw nunca olvidará lo que les pasa a quienes me traicionan.

​Los ojos inyectados en sangre de Dorian se encontraron con los de Rhett y, en ese instante, supo que todo había terminado.

​Rhett sacó sus garras y envolvió ambas manos alrededor del cuello de Dorian; volvió a levantarlo como si no pesara nada. Dorian ahogó un gemido y escupió, mientras las lágrimas le caían de los ojos y sus piernas pataleaban débilmente en el aire.

​Rhett torció la cabeza de Dorian bruscamente; el sonido de los huesos rompiéndose llenó la sala mientras los jadeos de asombro se multiplicaban por el salón. Rhett le arrancó la cabeza del cuerpo a Dorian y la sangre salió disparada por todas partes, empapando el rostro y el pecho de Rhett. El cuerpo sin vida de Dorian cayó al suelo con un golpe seco y Rhett arrojó su cabeza cercenada a un lado con un sonido repugnante.

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