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Author: Rossa_Linnda
last update publish date: 2025-10-25 18:53:59

Dos semanas después.

Carmen había terminado todas las pruebas médicas que Verella le había pedido. Verella quería pruebas de que Carmen, que llevaría a su bebé, estaba sana y libre de enfermedades.

Por esas mismas fechas, Verella y Bastian también se sometieron a pruebas de fertilidad. Los resultados estaban listos y ahora los tres se dirigían al hospital para recoger el informe del médico.

Carmen se sentó en silencio en el asiento trasero, mientras que Bastian y Verella se sentaron delante.

—Hoy he firmado un contrato con Hersaice —dijo Verella—. A partir de esta temporada, me utilizarán para todos sus productos exclusivos.

—Eso es estupendo, cariño. Enhorabuena. —Bastian no parecía muy emocionado. Parecía distraído, con la mandíbula apretada.

—¿Por qué no pareces contento?

—Yo debería preguntarte eso a ti. ¿Por qué pareces tan tranquila después de lo que ha dicho mi madre?

—¿De qué tengo que preocuparme, Bastian?

—El doctor Morales dice que la tasa de éxito es del 99 % —dijo Verella.

Bastian miró a su esposa y suspiró profundamente. Estaba tenso. Aterrorizado por la posibilidad de que fracasaran. ¿Y si algo salía mal? ¿Y si Carmen, esa chica de aspecto inocente, tenía algún problema oculto en su sistema reproductivo? ¿Dónde encontrarían otra madre sustituta?

Mientras tanto, Emmagia, la madre de Bastian, solo les había dado una oportunidad. Si fallaban, no podrían volver a intentarlo. Verella tendría que quedarse embarazada ella misma.

—Sí, lo sé, pero ¿y si ocurre algo inesperado? ¿Qué haremos entonces? —insistió Bastian.

—Bastian, estoy segura de que tú y yo estamos sanos...

—¡¿Pero y ella?! —la voz de Bastian se elevó bruscamente.

Carmen se estremeció. No esperaba que él hubiera estado dudando de ella todo este tiempo.

—Señor, no tiene por qué preocuparse. Estoy muy sana. Rara vez me enfermo y mi ciclo menstrual es regular y normal —tartamudeó Carmen, tratando de explicar que realmente estaba cualificada para ser madre sustituta.

—¿Puedes callarte, por favor?

«¡No interrumpas nuestra conversación a menos que te pidamos que hables! ¿Lo entiendes?».

Carmen cerró la boca de inmediato. Bajó la mirada hacia sus tenis blancos.

«¿Por qué le gritas?», preguntó Verella, molesta.

«¡Porque está siendo grosera!», respondió Bastian con los músculos del cuello tensos.

Verella se dio la vuelta y miró a Carmen. Le tendió la mano.

«¿Estás bien?», le preguntó Verella con delicadeza.

«Siento lo de mi esposo. Últimamente está muy estresado. Pero es una buena persona. No tengas miedo. Todo irá bien. Solo tienes que prepararte para el proceso de fecundación in vitro».

Carmen asintió con la cabeza.

«Lo siento», dijo Carmen con una sonrisa forzada.

***

Pronto, el coche se detuvo frente al hospital donde todos se habían hecho las revisiones. Verella salió rápidamente y acompañó a Carmen al vestíbulo. Bastian se quedó en el coche, perdido en sus pensamientos.

Había estado en contra de esta idea desde el principio. Pero no podía decirle que no a Verella. Amaba a su esposa. No quería perderla.

Si no estaba de acuerdo, tendría que aceptar el divorcio. Porque Verella se negaba a tener hijos de la forma habitual.

Las cosas se complicaron aún más cuando Verella le contó a Emmagia el plan de la madre sustituta. Emmagia se negó al principio. Pero finalmente aceptó, con una condición. Solo podrían intentar la fecundación una vez. Si fallaba, tendrían que tener un hijo de forma natural. Lo que significaba que Verella tendría que quedarse embarazada ella misma. Lo que significaba renunciar a su carrera.

Una enfermera los recibió en recepción.

—Tengo una cita con el doctor Morales —dijo Verella con los ojos brillantes.

—¿Su nombre, por favor?

—Verella Mendoza.

—Ah, señora Mendoza, sígame, por favor. La enfermera condujo a Verella y Carmen por un largo pasillo hasta el consultorio del doctor Morales.

Bastian las siguió a unos pasos de distancia.

Toc, toc.

—Adelante —dijo el doctor Morales desde dentro.

Carmen sintió un escalofrío repentino. Le sudaban las manos. Estaba nerviosa. Temía que los resultados no fueran los que esperaba. Eso significaría perder doscientos mil dólares. Significaría no poder escapar de Lizza.

—Buenas tardes, señora Mendoza. Por favor, siéntese —dijo la doctora Morales señalando las sillas.

—Ya tenemos los resultados de los exámenes de usted, su esposo y la señorita Álvarez.

«Estamos muy emocionados. ¿Cómo han salido?», preguntó Verella con entusiasmo.

Pero la expresión de la doctora Morales cambió. Parecía nerviosa. Apretó los labios, abrió la boca y luego la volvió a cerrar, como si le costara hablar.

«El análisis de esperma del señor Mendoza es excelente. No hay ningún problema».

«¿Y qué hay de la condición de la señorita Álvarez?», preguntó Verella.

«Está bien. Necesita suplementos de hierro, pero por lo demás todo es normal».

Verella sonrió feliz. Miró a Carmen con emoción.

«Entonces, doctora, ¿qué hay de mí?».

La doctora Morales respiró hondo.

«Antes de continuar, ¿está el señor Mendoza aquí con usted?».

«Está fuera. Espere, lo llamaré».

Antes de que Verella pudiera levantarse, Bastian llamó a la puerta y entró.

—Ha llegado en el momento justo, señor Mendoza. Por favor, siéntese.

—Señorita Álvarez, ¿le importaría esperar fuera? Necesito hablar con el señor y la señora Mendoza en privado.

***

Ahora solo quedaban en la habitación el doctor Morales, Bastian y Verella.

—Tengo algo importante que decirles —comenzó el doctor Morales.

«Se trata de la salud reproductiva de la señora Mendoza». Miró a ambos. Su rostro estaba tenso.

«¿Qué pasa?», preguntó Bastian.

«La señora Mendoza padece una enfermedad llamada SOP, síndrome de ovario poliquístico. Sus óvulos no pueden desarrollarse correctamente debido a un desequilibrio hormonal. Se puede tratar con terapia hormonal, pero suele tardar entre uno y dos meses, dependiendo de cómo responda su cuerpo».

La pareja se miró.

—¿Eso significa que soy infértil, doctora? —Verella palideció.

—Si no recibe tratamiento pronto, sí, podría empeorar.

—Pero no puedo prometer nada. Con esta afección, la tasa de éxito se reduce al 40 %.

—Discúlpenos un momento, doctora —Verella tomó a Bastian de la mano. Él se quedó allí como si estuviera en estado de shock. No podía procesar lo que acababa de oír.

Salieron de la consulta.

«Bastian, tenemos que hacer algo», dijo Verella con seriedad. Sus ojos se posaban de vez en cuando en Carmen, que estaba sentada en un banco a unos metros de distancia.

«Verella, necesitas un tratamiento adecuado. Se lo contaré a mi madre para que lo entienda. No tenemos que precipitarnos. Podemos esperar hasta que estés lista». Bastian intentó calmarla.

«¡Bastian, ese no es el problema!».

«Entonces, ¿cuál es el problema, Verella?».

«El problema es que no quiero que tu madre sepa que tengo esta afección. No quiero que me insulte de nuevo. Así que tenemos que usar otro método. Lo más importante es que tengamos un hijo lo antes posible».

«¿Qué quieres decir? No lo entiendo». Bastian frunció el ceño.

«Acuéstate con esa chica. Déjala embarazada. Y nuestros problemas se acabarán. Nuestro matrimonio estará a salvo y tendremos un hijo rápidamente».

«¿Qué has dicho? ¿Estás loca?». La voz de Bastian estalló de frustración.

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