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Construyendo Un Quinteto
Construyendo Un Quinteto
Author: Mangonel

Capítulo 1

Author: Mangonel
Me llamo Alondra Cuéllar y soy una mujer casada muy sensual. Desde que tengo memoria, he tenido un apetito sexual enorme; se me hace agua la boca cada vez que veo a un hombre. Pero, por la educación que recibí, nunca me acosté con cualquiera.

Le entregué mi virginidad a mi esposo, Said Prieto. Cuando probé el sabor de un hombre, ya no hubo vuelta atrás. Todos los días le rogaba a mi esposo que fuera rudo conmigo en la cama. Pero él llevaba meses trabajando en la obra y no regresaba a casa.

Sin un hombre que me satisficiera, sentía que iba a explotar de tanto contenerme. Probé de todo en casa, pero nada funcionó. La emoción ya era insoportable.

Un día llamé a mi esposo para avisarle que pasaría unos días con él en el dormitorio de la obra. Así también podría aliviarle un poco la soledad.

Para darle una sorpresa, me puse un vestido sexy y escotado. El escote dejaba al descubierto la piel blanca y las curvas de mis pechos; unas seductoras medias negras hasta el muslo envolvían mis piernas. Subí al autobús rumbo a la obra.

El autobús iba lleno y los hombres no podían evitar echar miradas furtivas a mi escote y por debajo de la falda.

Sus miradas lujuriosas no tardaron en excitarme y sentí que me mojaba.

No paraba de repetirme: “Que el autobús llegue ya a la obra. Mi esposo va a satisfacerme”.

Entonces reparé en cuatro tipos sentados en diagonal frente a mí. Parecían compañeros de obra de mi esposo; los había visto antes en casa.

Olían igual que mi esposo. Todos tenían la piel curtida por el sol y músculos firmes de tanto trabajar. Se veían muy rudos.

Si me pusieran contra el suelo…

También me vieron y me saludaron.

—¿Eres la esposa de Said? ¿Vas a buscarlo?

Los cuatro me recorrieron de arriba a abajo con la mirada y me hicieron arder de deseo.

—Sí, qué casualidad encontrarlos aquí —respondí mientras asentía.

—El trayecto es largo y, cuando bajemos, todavía habrá que caminar un trecho. Ven con nosotros.

—Está bien, gracias.

Después de responder, me removí en el asiento. La emoción era insoportable y, con el calor sofocante del autobús, empecé a mojarme entre las piernas.

—Qué calor hace aquí. Ya no lo soporto —se quejó uno de los compañeros.

Se quitó la camiseta y dejó al descubierto un abdomen firme y marcado. Ya no pude contenerme. Sentía un hormigueo insoportable entre las piernas.

—Hace un calor sofocante en este autobús —comentó mientras me miraba con una sonrisa—. No te molesta que me quite la camiseta, ¿o sí?

—No, está bien. Son compañeros de Said, así que no hay problema. —Sonreí y agité una mano.

—Perfecto.

Luego los demás compañeros se quitaron las camisetas; cada uno era más musculoso que el anterior. No dejaba de tragar saliva y me esforzaba por contener el deseo. El autobús se balanceaba de un lado a otro; cada bache me hacía estremecer.

A ese ritmo, sentía que iba a morirme. Saqué un juguetito morado del bolso. Aproveché que nadie miraba para deslizarlo bajo la falda.

—Uff... —Me recosté aliviada contra el respaldo y separé un poco las piernas.

Lo encendí y por fin logré calmar un poco el deseo. No podía salir de casa sin un juguete. Entorné los ojos, pero el deseo era demasiado intenso y el juguetito solo podía aliviarme por un rato.

Solo me quedaba rogar que el autobús acelerara.

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