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Capítulo 2

Mangonel
La noche fue cayendo y los pasajeros del autobús bajaron uno tras otro. La obra era la última parada, así que en el autobús solo quedábamos los cuatro compañeros de obra y yo. Agotados también por el largo viaje, se recostaron en los asientos y empezaron a roncar.

También cerré los ojos para descansar. Cuando llegara al dormitorio de mi esposo, pensaba sacarle hasta la última gota que hubiera acumulado durante esos días.

No sé cuánto tiempo pasó. Entre sueños, escuché hablar a uno de los compañeros.

—Shh, ¿ya se durmió? —preguntó en voz muy baja.

—No sé. Beto, ¿por qué no vas a ver? —dijo otro compañero mientras le daba un empujón.

Sentí una mano acercarse poco a poco a mi pecho.

—Imbécil, si no está dormida y te descubre, estás acabado —advirtió un tercer compañero mientras lo detenía.

—¡Carajo, cómo quiero tirarme a esa zorra caliente! La última vez que fui a casa de Said le robé unas medias. Su olor me excita muchísimo. —Beto chasqueó la lengua varias veces.

Con razón la última vez noté que me faltaba un par de medias. Él se las había robado.

—¡Qué carajos! Christian, Matías y Adán, miren qué tiene en el muslo —exclamó Beto.

—¿No es su calzón? ¡Qué caliente! ¿Se lo quitó para dormir?

—Ahora que lo dices, cuando nos quitamos las camisetas, esta mujer no dejaba de mirarnos. Seguro que nos desea.

Mientras hablaban, se acercaron entre mis piernas y, con cuidado, engancharon las bragas para bajármelas.

—Miren, el calzón ya está empapado. Seguro no pudo contenerse y por eso fue a buscar a su esposo.

Para mi sorpresa, escucharlos a los cuatro hablar de mí me excitó muchísimo. Fingí seguir dormida porque quería ver qué pretendían hacer. El juguete todavía vibraba ahí abajo; si lo descubrían, estaría en problemas.

—No reacciona; seguro está dormida. Primero voy a tocarla, a ver qué pasa —dijo Beto.

Extendió una mano y me acarició. En cuanto sentí su mano ancha, se me erizó todo el cuerpo. Hasta entonces, solo mi esposo me había tocado ahí. No imaginaba que el contacto de otro hombre pudiera sentirse tan bien.

—Sí está dormida. No reacciona. Da gusto tocarla; es suave y tersa —dijo Beto, emocionado.

Cuando Beto terminó de hablar, los otros tres sintieron curiosidad y también extendieron las manos hacia mí... Sentir las manos de los cuatro sobre mí al mismo tiempo era demasiado excitante. Me contuve para no soltar un gemido; hasta sentía un cosquilleo en la garganta.

—Esta mujer es un bombón. Da gusto tocarla. Ya no puedo más, no logro contenerme.

Los cuatro me observaron con detenimiento.

—¿Cómo pudo Said tener tanta suerte como para casarse con una esposa tan hermosa? Seguro usa talla 36D. Además, tiene la piel tersa y suave.

—Con el cuerpo que tiene Said, seguro no aguanta a este manjar. Cuando lleguen al dormitorio, ella lo va a dejar seco. ¿Y si lo ayudamos?

¿Se atreverían a hacer esas cosas en el autobús? Después de todo, vivimos en una sociedad civilizada.

La verdad era que Said sí tenía problemas para aguantar mi ritmo. Durante nuestros años de matrimonio, pocas veces lograba satisfacerme.

Incluso sospechaba que se había ido a la obra para esconderse de mí.

—Esta se quitó el calzón para dormir, pero aún lleva falda. Tal vez no tenga nada debajo —dijo Beto.

Entonces me levantó con cuidado la falda corta.

—¡No jodas! —exclamó, pasmado ante lo que veía.

—¡Shh! Habla más bajo, carajo. ¿Y si la despiertas? —le advirtió el compañero de al lado.

—Esta sí que es una golfa. Hasta tiene un juguetito ahí metido —dijo Beto, incapaz de contener la emoción.

Al escucharlo, los demás no pudieron contener la curiosidad y se asomaron uno tras otro bajo mi falda.

—Sí es cierto. Vaya que tiene ganas; parece que tendremos que ayudarla nosotros cuatro .

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