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Capítulo 3

Author: Mangonel
Tras decirlo, Beto extendió la mano y sacó el juguetito.

—Miren, sigue mojado; está medio pegajoso.

No pude evitar apretar las piernas. En cuanto lo sacó, una descarga me recorrió el cuerpo y por poco se me escapó un grito.

Pero Beto lo notó. Me señaló y dijo:

—Mierda. Está fingiendo. ¡Acaba de mover las piernas!

—¿En serio? No asustes. —Los otros tres compañeros de obra se mostraron aterrados; temían que se descubriera lo que estaban haciendo.

—Claro que sí. Cuando la tocamos, no reaccionó. Seguro estaba fingiendo; a lo mejor hasta lo estaba disfrutando.

***

Mientras todos hablaban a la vez, la tensión se volvió insoportable. Eran compañeros de mi esposo. Si pasaba algo, ¿qué le iba a decir? Al final, Beto apretó la mandíbula y azuzó a los demás:

—Ya da igual si finge o no. Si finge, entonces quiere; y si en serio está dormida, ni siquiera sabrá que nos la cogimos.

Después de escucharlo, los otros tres dieron rienda suelta a sus peores fantasías. Me levantaron la minifalda y mi intimidad quedó al descubierto. Me estremecí y abrí los ojos.

—¿Q-qué van a hacer? —Los miré, indefensa.

Al verme despierta, se quedaron pasmados un instante. Después reaccionaron y dijeron con una sonrisa perversa:

—Así que todo este tiempo fingías estar dormida. Bien que disfrutaste cuando te tocamos.

La sensación sí fue excitante, pero no podía permitir que lo supieran. Fingí no entender:

—¿Q-qué? Me quedé dormida. No sé de qué hablan.

—Ya deja de fingir. Nadie se duerme con un juguete metido.

—Cuando te tocamos, estabas temblando. ¿Creíste que no lo veíamos?

—Quieres hacerlo. Mira, ya tienes el calzón empapado. Los cuatro vamos a dejarte bien satisfecha.

Entonces los cuatro se abalanzaron sobre mí. Dos de ellos, uno a cada lado, me levantaron las piernas bien alto y dejaron mi intimidad expuesta. ¡Jamás imaginé que se atreverían a hacer esas cosas en pleno autobús!

—¡Esto es un delito! ¿Y si el chofer los ve? —grité, angustiada.

El chofer siguió concentrado en el camino e hizo la vista gorda ante lo que ocurría atrás. Beto me acariciaba el muslo, encantado.

—Grita cuanto quieras. Él es compa. Aunque grites, nadie vendrá a salvarte.

Perdí toda esperanza y los miré con lágrimas en los ojos. Los compañeros que tenía a ambos lados contemplaban mi intimidad. Cuatro manos me recorrieron por todos lados. Hasta me separaron los pliegues a la fuerza para mirar mejor.

—¡Qué bonita, rosadita y tierna! Dan ganas de metérsela hasta el fondo.

—Quiero saber cómo se siente. Seguro está bien apretada y resbalosa.

Mientras me manoseaban con tanta brusquedad, sentía dolor y cosquilleo. Para mi sorpresa, un hilo de humedad tibia empezó a deslizarse desde mi intimidad.

Todos lo vieron. Me moría de vergüenza.

—Si se moja así, nosotros tampoco tenemos por qué aguantarnos. ¡Vamos todos a la vez! —les dijo Beto a sus compañeros de obra.

—¡Sí!

Entonces hicieron pedazos mis bragas y me abrieron las piernas a la fuerza hasta donde pudieron. Estaba a punto de llorar y no dejaba de suplicar:

—¡N-no! ¡Cuatro son demasiados! ¡No voy a aguantar!

Beto sacó el cinturón y me azotó con fuerza las nalgas que tenía levantadas. El ardor me estremeció y, para mi sorpresa, me excitó a pesar del dolor.

—Eres una perra en celo, ¿a qué le tienes miedo? Nos conformamos con que no nos dejes secos.

—¡Levanta más las nalgas! ¡Te voy a satisfacer como es debido! —Volvió a azotarme.

Sin entender por qué, reaccioné por instinto. Levanté las nalgas y abrí las piernas con fuerza hasta exponer mi intimidad. Beto se bajó el pantalón, excitado, y dejó al descubierto un miembro enorme. ¡Ese tamaño iba a dejarme destrozada!

—Resiste. Al principio te dolerá un poco.

Me agarró un pie para tomar impulso, alineó su miembro con mi entrada y empujó la cadera con fuerza hacia adelante...

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