MasukEn ese preciso instante, una agente abrió la puerta y entró.—Señorita Morales, ya puede retirarse.Lía permaneció unos segundos desconcertada.—¿No requieren alguna declaración adicional? ¿Ya terminó todo?—Así es, el trámite finalizó. Ya puede irse. Hay alguien esperándola afuera.Lía se puso de pie. Al cruzar el umbral, se detuvo un instante para dirigirle una sonrisa a la oficial.—Le agradezco infinitamente, oficial. Lamento las molestias ocasionadas.Abandonó la comisaría a paso ligero. Al alcanzar la escalinata principal, divisó un auto estacionado justo enfrente. Descendió a toda prisa los peldaños, pero al aproximarse y notar cómo descendía la ventanilla, la amplia sonrisa se le congeló de golpe en la cara. Al reconocer a Nicolás al volante, se detuvo en seco, dio media vuelta y apretó el paso para irse del lugar. Él descendió del automóvil con parsimonia y la llamó:—Lía, César me pidió que te llevara a casa.Ella se detuvo, tomó aire profundamente, giró sobre sus talones y,
Lía desvió la mirada de inmediato y, llevándose la mano a la cara para cubrirse, le susurró al oficial que la custodiaba:—Vámonos de aquí, rápido, por favor.El agente estuvo a punto de soltar una carcajada. Era la primera ocasión en que una detenida le imploraba acelerar el paso. Nicolás la acompañó con la mirada por un breve instante y luego se dirigió al oficial a cargo del operativo:—Le agradecería enormemente que le den un trato adecuado.—No se preocupe. Solo dará su declaración y eso será todo.Nicolás le respondió con una breve sonrisa. Una vez que se llevaron a Lía, giró sobre sus talones hacia la sala de juntas, donde todavía reinaba el desconcierto. Entrecerró los ojos y cruzó el umbral.Manuel, al notar su presencia, se mostró sorprendido y se puso de pie al instante para saludarlo:—¿Señor Gómez? ¿A qué debemos el honor de su visita?—El señor Herrera me ha encomendado acudir en su representación.Al escuchar el nombre de César, el murmullo general se extinguió de golpe.
Alguien incluso sacó a relucir las ostentosas maniobras de Lía a su llegada a la compañía, y no tardaron en llover las burlas.—Ella solo vino a hacerse la interesante, no le importa en lo más mínimo lo que termine sucediendo con nosotros.Incluso los empleados más veteranos, quienes al principio habían mostrado cierta amabilidad hacia Lía, arrugaron la frente con abierta desaprobación.—Aún si fuera cierto que actuó desde el desconocimiento, ¿cómo se atreve a solicitar la firma de un trámite de semejante trascendencia sin dominar los protocolos? Esto representa una falta de respeto gravísima hacia las normas institucionales.Lía, relegada a una esquina de la sala de juntas, escuchaba en silencio el peso de cada acusación. Sus uñas se clavaban en las palmas de las manos para aguantar la hostilidad. No estaba en posición de ofrecer explicaciones ni de defenderse. Sin embargo, la opresión que sentía en el pecho resultaba muchísimo más intensa y dolorosa de lo que había alcanzado a prever
Al oírlo, todos los presentes se miraron entre sí y comenzaron a cuchichear. Los directivos, que antes solo se cruzaban acusaciones, empezaron a comprender la verdadera dimensión del asunto.—¡Exactamente! Si alguien recurrió a esos canales y luego archivó los registros en el sistema, el área de control de calidad jamás habría podido detectarlo —declaró un vicepresidente de investigación y desarrollo poniéndose de pie de golpe—. Sin embargo, esa clase de autorizaciones requiere indispensablemente la firma de la Dirección Ejecutiva o del Comité de Ética Médica.Antes de que terminara de hablar, Manuel levantó la cabeza y preguntó:—¿Quién puso su firma en el acta de la última sesión del Comité de Ética?La estancia entera se sumió en un silencio sepulcral, al punto de escucharse únicamente el zumbido del aire acondicionado.En ese preciso instante, Elio cruzó el umbral de la sala. Al alcanzar a escuchar la interrogante, sintió un fuerte vuelco en el estómago. Recorrió la mesa con la mir
Luna parpadeó ligeramente, pero prefirió no desenmascarar su mentira. Se limitó a preguntar:—¿Se trata de un amigo cercano?Lía permaneció unos segundos con la mente en blanco y luego asintió con evidente rigidez.—Podría decirse que sí.—En caso de tratarse de una persona de tu entera confianza y si su petición no resulta descabellada, no encuentro razón para negarle tu ayuda —expresó Luna, encogiéndose de hombros con naturalidad.—Tienes razón —respondió Lía, dejando escapar una risita nerviosa—. En fin, debo volver a mis labores. En otra oportunidad te invito a almorzar.Luna aceptó con un gesto de asentimiento. Mientras observaba a Lía descender por los peldaños de la escalera, su mirada se tornó profundamente reflexiva, atando cabos en su mente.***La publicación sobre los medicamentos había alcanzado tal magnitud de impacto y los reclamos de los cibernautas resultaban tan incisivos que la directiva de El Valle se vio en la obligación de emitir un comunicado oficial, desmintiend
A los pocos días de haberse liberado el cargamento de fármacos, un internauta que se identificó como familiar de un paciente oncológico publicó un hilo de opinión alabando un supuesto "medicamento milagroso". La publicación estaba llena de elogios desmedidos y recomendaciones sobre su uso.En cuestión de un par de horas, la sección de comentarios se transformó en un campo de batalla entre los usuarios. Mientras unos ponían en duda la autenticidad del producto, otros salían a defenderlo con vehemencia. En medio del encendido debate, hicieron su aparición supuestos "expertos" que señalaron directamente a la línea de medicamentos producida por El Valle.En el lapso de un solo día, El Valle se convirtió en la principal tendencia de las redes sociales. Cientos de cibernautas inundaron los canales oficiales de la compañía exigiendo explicaciones. La polvareda mediática no tardó en llegar a oídos de Elio, a quien le costó un mundo conservar la templanza.—¡Muéstrame esa publicación de inmedia







