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Capítulo 3.

ผู้เขียน: Summer
Dos veces en el mismo día había intentado acabar con mi vida, y dos veces un hombre al que debía conquistar me lo había impedido. La Diosa Luna debía de estar riéndose de mí.

—¿No deberías estar en la ceremonia de emparejamiento de Celeste? —Mi voz salió plana, sin vida. Todavía sentía punzadas en la muñeca, donde la plata me había quemado, a pesar de que Marcus la había cubierto con vendas y hierbas curativas. Podía sentir a Snow acurrucada en mi interior, hecha un ovillo, demasiado débil para emitir un solo sonido.

Marcus frunció el ceño y desvió la mirada, con la mandíbula tensa.

—No podía soportar verla elegir a otro. Tenía que alejarme de allí.

Claro. Él también la amaba. Por ella había renunciado a la oportunidad de entrenar con los antiguos sanadores del Templo de la Montaña. Ver a Celeste elegir a Sebastián como su pareja predestinada debía de haberlo destrozado por dentro. Recordé cómo la miraba durante las reuniones de la manada: como si ella fuera la luna y él, un simple lobo aullándole desde la oscuridad.

—¿Y tú? —Señaló mi muñeca vendada—. ¿Por qué intentabas desangrarte? No me digas que sabías que estaría cerca y querías darme lástima. —Soltó una risa fría y distante—. Ese cuento de la enfermedad de las sombras ya está muy gastado.

No dije nada. Ya había escuchado esas palabras antes. Siempre insistía en que todo era una farsa.

Pero yo realmente estaba enferma. Mi loba se apagaba lentamente desde hacía años. La enfermedad de las sombras era real.

Lo comprobaba cada mañana al despertar, cuando Snow ya no me saludaba. Lo sentía en aquel vacío que me oprimía detrás de las costillas, justo donde antes habitaba su presencia. Marcus, siendo sanador, debería haber reconocido las señales: el cansancio extremo, la desconexión, la forma en que me quedaba mirando al vacío durante horas. Me había visto consumirme día tras día y, aun así, prefirió creerle a Celeste.

Cuando alguien no te ama, todo lo que haces está mal.

Me puse de pie para marcharme, planeando mi siguiente intento: encontrar un rincón aún más profundo del bosque donde nadie pudiera encontrarme. Quizá mi mirada vacía lo inquietó, porque me sujetó del brazo y me arrastró hasta su cabaña de sanación. Después, envió un ave mensajera a Kael.

Kael llegó acompañado de Sebastián y Celeste.

Celeste se ocultaba tras Sebastián, con los ojos llorosos y un temblor apenas perceptible en el labio inferior. Sabía muy bien cómo interpretar el papel de víctima.

La voz de Sebastián sonó helada.

—Freya, ¿de verdad crees que esta actuación va a hacernos sentir lástima por ti? ¿Precisamente el día de mi unión? ¿Después de todo lo que hiciste?

Todos me miraban con repulsión. Kael evitaba cruzarse con mi mirada y Marcus, con los brazos cruzados, parecía haber perdido toda la preocupación que había mostrado momentos antes.

Dejé escapar una risa amarga.

—¿Y si les digo que, en realidad, fue Celeste quien contrató a esos lobos salvajes? ¿Y si les cuento que fue ella quien les ordenó arrastrarme hasta los Bosques Oscuros? Fui yo a quien le desgarraron la ropa, a quien arrojaron al suelo y sometieron mientras suplicaba ayuda. Fui yo quien quedó allí, tendida y sangrando.

Celeste palideció de golpe. Los cuatro Alfas intercambiaron una mirada de desconcierto.

—Eso es mentira —sollozó, aferrándose al brazo de Sebastián, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas con una facilidad casi perfecta—. Sabes en qué estado quedé esa noche, Freya. Conoces mi dolor, mis pesadillas, el terror que siento cada vez que la luna desaparece. ¿Cómo puedes mentir de esa manera? ¿Cómo puedes ser tan cruel?

—Basta —rugió Kael, extendiendo las garras—. Pide disculpas. Ahora.

Marcus dio un paso al frente. Su voz fue tan cortante como el hielo.

—Discúlpate. Ya has causado suficiente daño.

Sebastián no dijo una sola palabra. Se limitó a estrechar a Celeste entre sus brazos, sin dignarse siquiera a mirarme. Tenía la mandíbula tensa mientras le acariciaba el cabello. Para él, no había duda: yo era la villana de esta historia.

Celeste tenía esa aureola de heroína: sus palabras se aceptaban como una verdad absoluta, mientras que las mías siempre eran tomadas por mentiras. Ella era la inocente; yo, la malvada. Dieciocho años llevaba viendo cómo todos se rendían ante Celeste mientras yo me hundía cada vez más. Estaba agotada de luchar por una vida sin sentido. Snow apenas se agitaba dentro de mí; la enfermedad de las sombras nos había consumido durante demasiado tiempo.

Intenté marcharme. Me dirigí hacia la puerta de la cabaña, pero Kael me bloqueó el paso con sus anchos hombros. Marcus se colocó junto a la ventana, observando en silencio. Sebastián permanecía al lado de Celeste, pero no apartaba los ojos de mí. Me vigilaba como un depredador que acecha a una presa herida.

—No vas a ir a ningún lado —sentenció Kael con firmeza—. No podemos confiar en ti si te dejamos sola. Te quedarás aquí, donde podamos verte. Marcus y yo nos turnaremos para vigilarte. Se acabaron tus escapadas para hacerte daño o lastimar a alguien más.

Querían mantenerme prisionera. Doblegarme bajo el peso de sus miradas hasta quebrarme. Pero ya no me quedaban fuerzas para enfrentarme a ellos.

Y así fue. Durante toda la noche se turnaron para vigilarme. Kael permaneció sentado junto a la puerta, con los brazos cruzados, sin apartar la vista de mí. Marcus iba y venía frente a la ventana. Me llevaron comida y agua, pero no probé ninguna de las dos. Solo contemplaba la pared, dejando que el hambre me consumiera poco a poco, hasta desaparecer por completo junto con Snow.

Entonces, algo dentro de mí se apagó de repente.

Snow llevaba meses debilitándose. La enfermedad de las sombras nos había estado consumiendo a las dos. Pero aquella noche sentí cómo dejaba de resistirse. Escuché un gemido apenas audible y, después, solo quedó un silencio profundo. El lugar donde siempre había sentido su presencia se volvió frío y desolado. Mi loba se había ido. Por primera vez en dieciocho años, estaba completamente sola dentro de mi propio cuerpo.

Dejé de parpadear. Dejé de respirar hondo. Solo permanecí allí, sentada, completamente vacía.

Finalmente, Marcus notó que algo no estaba bien. Cruzó la habitación y me tomó de la mano. Sus dedos estaban cálidos; los míos, fríos como la muerte. Me obligó a alzar el rostro y me miró a los ojos. De verdad me miró, por primera vez en meses.

—Freya —dijo en voz baja—. ¿Sabes quién soy?

Silencio.

Pasó una mano frente a mi rostro. No reaccioné. Ni siquiera parpadeé.

La voz de Kael tembló.

—¿Qué le pasa?

Marcus frunció el ceño. Presionó dos dedos contra mi sien y recurrió a su don de sanador. Sentí cómo su energía espiritual chocaba contra un vacío helado en mi interior. Retiró la mano lentamente, con el rostro desencajado.

—Aún no lo sé —murmuró—. Pero algo anda muy mal. Esto no es una actuación. No está fingiendo. —Miró a Kael y, por primera vez, vi en sus ojos algo parecido a una preocupación genuina—. Creo que de verdad padece la enfermedad de las sombras...

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