MasukIncluso en la tranquilidad de la noche, hombres armados vigilaban cada rincón de la propiedad.
Vanessa estaba sentada en una habitación en penumbra.
La luz de la luna se colaba por la ventana abierta. Sostenía un cigarrillo a medio fumar entre los dedos índice y corazón.
A su lado, sobre una mesa de cristal, descansaba un teléfono cuya pantalla estaba agrietada, con las fisuras extendiéndose como una telaraña. Vanessa contempló la propiedad a través de la ventana.
«Papá, ¿cómo estás?», pensó. «¿Crees que estoy tomando la decisión correcta?»
«¿Habrías tomado la misma decisión si estuvieras en mi lugar?»
Sonrió entre lágrimas.
«Solo llevo seis horas casada y ese imbécil ya me ha hecho dudar de mi decisión cinco veces».
Exhaló el humo y formó pequeños círculos en el aire.
—Serena Drakko... —susurró—. He oído ese nombre antes... ¿Dónde?
RING, RING.
El teléfono vibró sobre la mesa de cristal. Vanessa lo tomó. En la pantalla aparecía el nombre de la tía Zoey.
—Vanessa, ¿cómo estás? ¿Te encuentras bien? Acabo de enterarme del accidente —dijo su tía al otro lado de la línea.
—Ahora estoy bien. —Vanessa miró el vendaje que le cubría el abdomen—. Solo me duele la herida de bala.
—¿Está ahí contigo? ¿Está dormido?
—Estoy en una habitación. Sola. —Miró hacia la puerta—. ¿A quién le importa si está despierto o no?
—Está bien. Solo ten cuidado.
—Mmm.
—Acabo de recibir información. Parece que él sabe algo sobre la muerte de tu padre.
La voz al otro lado de la línea hizo una pausa.
—Todavía no está claro, pero vigílalo de cerca y ten mucho cuidado, ¿de acuerdo?
Vanessa guardó silencio.
—¿Sigues ahí? —preguntó su tía.
Vanessa apretó con fuerza la tela de su ropa. El cigarrillo se le cayó de los dedos. Su mirada se perdió en la distancia.
Respiró profundamente y cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, un destello afilado apareció en su mirada.
—Sí, lo entiendo.
—¿Quién es? —preguntó una voz más joven al otro lado del teléfono—. ¿Es Vanessa?
—Ya es muy tarde, Sophie. Deberías estar durmiendo —respondió la tía Zoey.
—¡Primero quiero hablar con ella! —protestó la niña.
—¿Hola, Cenicienta?
Vanessa se secó las lágrimas.
—Hola, Blancanieves.
—¿Ya te casaste? Quería ir a tu boda, pero la tía Zoey no me dejó.
—Awww, qué mala es la tía Zoey. ¡No puedo creer que haya hecho eso!
—¡Humph! Entonces, ¿es ese el hombre guapo que elegí? ¿El de pelo verde?
—Sí —respondió Vanessa.
La niña soltó una risita al otro lado del teléfono, tan melodiosa como el repique de unas campanillas.
—¿Espero que te esté tratando como a una princesa?
Vanessa rio, cubriéndose la boca con una mano mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas.
—Sí. —Se sorbió la nariz—. Sí, lo hace.
—¿Eh? ¿Estás llorando?
Vanessa se tomó un momento para recuperar la compostura.
—No, solo estoy un poco resfriada.
—Ah, bueno. Porque las princesas como nosotras no lloran —dijo la niña—. Eso es lo que siempre dices.
«Por supuesto».
Vanessa se secó los ojos, aunque las lágrimas seguían cayendo.
—Nosotras mandamos en todas partes...
—¡En todo momento! —completó la niña.
—Está bien, está bien. Ya basta. A la cama —dijo Zoey, recuperando el teléfono—. Sophie, vuelve aquí y cierra la puerta.
Un momento después, volvió a oírse su voz.
—¿Estás bien?
Vanessa asintió, aunque su tía no podía verla.
—Estoy bien. Diles a esos idiotas que habrá una breve reunión en el casino Brightburn dentro de cuatro días.
Colgó.
De sus labios escapó un suspiro.
—Afróntalo cuando llegue. Una cosa a la vez, ¿verdad, papá?
Volvió la mirada hacia la ventana.
—Te echo de menos.
•°•°•°•°•°•°°•°°•°•°•°•°•°•
La mañana llegó y Vanessa seguía mirando por la ventana.
Un suave golpe sonó al otro lado de la puerta.
Vanessa miró hacia ella.
Volvieron a llamar.
—Señorita, ¿está despierta? —preguntó una voz joven.
—Está abierto.
La puerta se deslizó y una criada vestida con un uniforme azul entró en la habitación.
Hizo una reverencia.
—Su baño está listo, señora.
Vanessa asintió levemente y volvió a mirar por la ventana.
—Señora...
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Vanessa sin volverse.
—Tengo que curarle la herida antes del desayuno. —La criada bajó la mirada hacia sus pies—. Tiene que bañarse antes de que pueda hacerlo.
—Puedo encargarme de todo yo misma.
—Por favor, señora. —La criada jugueteó nerviosamente con sus manos—. Es mi único trabajo.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
Vanessa reparó en sus manos temblorosas.
—¿Quién te ha pedido que lo hagas?
—La señora de la casa —respondió la criada.
La única persona que encajaba en esa descripción dentro de la mansión era la madre de Valerian.
—Está bien. —Vanessa se puso de pie—. Vamos.
Vanessa entró en la sala de estar con el cabello rojo aún húmedo, cayéndole sobre los hombros.
Al entrar, sus ojos se detuvieron en el rostro de Valerian. Él la miró una sola vez antes de volver a prestar atención a los dos hombres que estaban configurando su nuevo teléfono.
Junto a la mesa del comedor, la madre de Valerian hablaba por teléfono mientras una criada colocaba distintos platos sobre la mesa.
—Ven a sentarte conmigo, cariño. La comida de hoy es especial —dijo la mujer, haciéndole un gesto a Vanessa para que se acercara.
Vanessa pasó junto a Valerian y se sentó frente a su madre. La mesa estaba repleta de todo tipo de carnes y mariscos.
—¿Cómo está tu herida? —preguntó la mujer, observando el vendaje recién cambiado.
—Bien —respondió Vanessa.
—Ya está listo —anunció uno de los hombres que trabajaban en el teléfono, entregándoselo a Valerian.
Valerian asintió levemente y se acercó a la mesa del comedor.
Tomó un plato y se sirvió.
—Esa herida fue por el accidente, ¿verdad? —preguntó su madre, señalando con la mirada el teléfono agrietado que Vanessa sostenía.
—Sí.
—Ah... —Sonrió—. Vale.
Valerian miró el teléfono de Vanessa y después a su madre, que le dedicaba una sonrisa cómplice. Él arqueó una ceja.
—¿Qué?
—¿Dónde está tu teléfono?
Valerian levantó su nuevo dispositivo para mostrárselo.
—¿Y el que llevabas a la boda? —preguntó ella, rascándose la mejilla con un dedo.
Valerian tomó una cuchara y empezó a comer sin responder.
—Tu esposa es una joya. Quizá deberías dejar que se encargue de tu teléfono a partir de ahora.
Valerian dejó la cuchara, tomó un trozo de carne y se puso de pie.
—Esposo —lo llamó Vanessa.
Valerian la miró con expresión interrogante. La última vez que ella lo había llamado así, había terminado matando a uno de sus hombres.
—¿Debería preocuparme por Serena? —continuó Vanessa.
—No hay nada de qué preocuparse —respondió Valerian, dispuesto a marcharse.
—Esposo, ¿podrías traer a mi hermanita el viernes?
Vanessa sonrió.
—Si estalla una guerra, me gustaría tenerla cerca.
Valerian la miró una vez y luego comenzó a caminar hacia la puerta.
—Valerian, ¿adónde crees que vas?
Se detuvo al escuchar la voz de su madre.
—Tiene a un montón de gente trabajando para ella. Puede enviar a cualquiera —respondió sin volverse.
—No confío en ellos para una tarea tan importante, cariño —dijo Vanessa con una dulzura fingida—. Habría ido yo misma, pero estoy con la regla y la herida tampoco ayuda.
Valerian se volvió con expresión impasible.
—No engañarías ni a una niña con esa mentira.
—¡Vale! —Su madre se acercó a él y lo llevó a un rincón.
—¿Qué te pasa? Necesitamos esta unión.
Valerian la miró a los ojos.
—Ya tienes la unión.
—Sí, pero tú la estás poniendo en peligro. Haz lo que te pide.
Valerian miró a Vanessa desde el otro lado de la habitación.
Ella le dedicó una enorme sonrisa.
—Está tramando algo.
—¿Crees que no lo sé? —Su madre le agarró las manos—. Haz lo que te pide por esta vez. Deja que descubra qué se trae entre manos.
Valerian se acercó a Vanessa.
—¿Tienes una foto?
—¿De Sophie? —Vanessa aplaudió—. ¡Tengo un álbum entero!
Al cabo de un rato, terminó de enviarle una foto de una niña con un pijama azul.
—¿Dónde está? —preguntó él.
Vanessa probó un trozo de cangrejo.
—En la propiedad azul de mi padre, en la calle Tay.
Las cejas de Valerian se fueron frunciendo lentamente. Tomó su teléfono y comenzó a caminar hacia la salida.
—Manda a otra persona.
—¡Vale!
—No te metas en esto, mamá. Son cuatro horas de viaje.
—¡Detente ahora mismo, jovencito! —Su madre lo alcanzó—. ¿No ves que tu esposa está herida?
Señaló a Vanessa, que de pronto se sujetaba el abdomen y cerraba los ojos, como si intentara soportar el dolor.
—Ve a buscar a la niña el viernes.
Valerian miró los ojos enfurecidos de su madre y luego hizo una señal a uno de los hombres que estaban cerca.
—Tengo una reunión con un cliente.
Salió y subió a uno de los todoterrenos. Un guardia ocupó el asiento del conductor y el vehículo, acompañado por otros dos coches de escolta, abandonó la propiedad.
Llegó el viernes.Llevaban dos horas de viaje cuando Valerian extendió el teléfono frente a él. En la pantalla aparecía la fotografía de una niña con un pijama de cocodrilos, el cabello negro y corto, y unos ojos verdes.Inclinó la cabeza y amplió la imagen.BZZ, BZZ.Apareció una notificación de llamada entrante.Repartidora.Contestó.—Te escucho.—Ya estamos en la propiedad —dijo una voz femenina al otro lado de la línea—. ¿Deberíamos esperar? Tampoco es que vayas a pasarte ocho horas en la carretera.Valerian minimizó la llamada y volvió a la fotografía de la pantalla.—¿La has conocido?—¿A tu esposa? —respondió la voz—. Es preciosa.—¿Crees que lo sabe?—No te habría elegido como marido si lo supiera.La voz hizo una pausa.—Aunque la coincidencia es bastante curiosa.Valerian amplió la imagen de los zapatos de la niña.—¿Crees que él lo preparó todo? —preguntó la mujer.—No lo sé. Ni el padre ni la hija parecen estar muy bien de la cabeza.Valerian se aflojó la corbata y desabr
Incluso en la tranquilidad de la noche, hombres armados vigilaban cada rincón de la propiedad.Vanessa estaba sentada en una habitación en penumbra.La luz de la luna se colaba por la ventana abierta. Sostenía un cigarrillo a medio fumar entre los dedos índice y corazón.A su lado, sobre una mesa de cristal, descansaba un teléfono cuya pantalla estaba agrietada, con las fisuras extendiéndose como una telaraña. Vanessa contempló la propiedad a través de la ventana.«Papá, ¿cómo estás?», pensó. «¿Crees que estoy tomando la decisión correcta?»«¿Habrías tomado la misma decisión si estuvieras en mi lugar?»Sonrió entre lágrimas.«Solo llevo seis horas casada y ese imbécil ya me ha hecho dudar de mi decisión cinco veces».Exhaló el humo y formó pequeños círculos en el aire.—Serena Drakko... —susurró—. He oído ese nombre antes... ¿Dónde?RING, RING.El teléfono vibró sobre la mesa de cristal. Vanessa lo tomó. En la pantalla aparecía el nombre de la tía Zoey.—Vanessa, ¿cómo estás? ¿Te encu
Valerian abrió los ojos con un pitido agudo resonándole en los oídos. Su visión se oscureció antes de recuperar poco a poco la nitidez, mientras el zumbido iba desapareciendo.El sonido de una respiración agitada y unos golpes leves lo hizo girar la cabeza. Todo a su alrededor estaba al revés.Al otro lado, lejos de su asiento, Vanessa ya estaba golpeando la ventanilla agrietada de la puerta con la culata de su pistola.—Espera.Al oír su voz, Vanessa se detuvo. Luego, sin volverse, rompió los fragmentos de cristal que aún quedaban y salió a gatas por la ventana.Valerian deslizó la mano por la manga de su brazo izquierdo y sacó una navaja corta, delgada y de doble filo.Con un movimiento rápido, cortó el cinturón de seguridad y cayó violentamente sobre el techo del vehículo. Un sabor metálico le subió por la garganta, pero se obligó a tragárselo.Se oyó un disparo.Sus ojos se dirigieron de inmediato hacia Vanessa. Ella se llevó una mano al abdomen.Valerian frunció el ceño.—Idiota.
—Valerian DeVito Vantero, ¿acepta a Vanessa Bravehart como su legítima esposa?Un murmullo recorrió el salón y resonó contra el alto techo.En cada esquina había un candelabro con cuatro velas grandes. Las llamas apenas parpadeaban.Hombres y mujeres, todos vestidos de negro, permanecían en silencio. No había sillas, como si todos hubieran sido convocados con poca antelación.Junto al altar, un hombre de complexión esbelta y musculosa permanecía frente a una joven vestida con un traje color burdeos y un abrigo a juego. Una mano descansaba en su bolsillo, mientras que con la otra se hacía crujir suavemente los nudillos al flexionar los dedos. Sus ojos grises estaban fijos en los pequeños labios rojos de la mujer.El sacerdote, un hombre corpulento de unos sesenta años, tragó saliva. Sostenía una Biblia con las manos temblorosas.—Señor Valerian...El hombre apartó la mirada de los labios de la mujer y giró la cabeza hacia el sacerdote, arqueando ligeramente la ceja izquierda.—¿Quiere.







