MasukValerian abrió los ojos con un pitido agudo resonándole en los oídos. Su visión se oscureció antes de recuperar poco a poco la nitidez, mientras el zumbido iba desapareciendo.
El sonido de una respiración agitada y unos golpes leves lo hizo girar la cabeza. Todo a su alrededor estaba al revés.
Al otro lado, lejos de su asiento, Vanessa ya estaba golpeando la ventanilla agrietada de la puerta con la culata de su pistola.
—Espera.
Al oír su voz, Vanessa se detuvo. Luego, sin volverse, rompió los fragmentos de cristal que aún quedaban y salió a gatas por la ventana.
Valerian deslizó la mano por la manga de su brazo izquierdo y sacó una navaja corta, delgada y de doble filo.
Con un movimiento rápido, cortó el cinturón de seguridad y cayó violentamente sobre el techo del vehículo. Un sabor metálico le subió por la garganta, pero se obligó a tragárselo.
Se oyó un disparo.
Sus ojos se dirigieron de inmediato hacia Vanessa. Ella se llevó una mano al abdomen.
Valerian frunció el ceño.
—Idiota.
Salió a gatas por la ventanilla rota mientras los disparos se intensificaban.
El tiroteo cesó. Valerian se puso de pie. Dos cuerpos yacían delante de él, boca abajo e inmóviles, con sus armas a pocos centímetros.
Su mirada pasó de los cadáveres al rostro de Vanessa y, finalmente, a su abdomen. Ella se cubría la herida con una mano, mientras la sangre le resbalaba entre los dedos.
Su peso descansaba sobre una sola pierna, lo que la obligaba a mantenerse en una postura desequilibrada.
—Usa el coche como cobertura y mantente agachada.
Se dio la vuelta y caminó hacia los hombres muertos, apretando con más fuerza la navaja.
—No recibo órdenes tuyas —replicó Vanessa a sus espaldas.
Valerian la miró por encima del hombro.
—¿Qué?
Vanessa soltó una risa despectiva.
—¿Crees que puedes hacerte el caballero después de que yo me encargara de la situación?
Valerian se acercó hasta quedar a escasos treinta centímetros de ella.
—No estoy seguro de que tu cerebro haya terminado de desarrollarse, pero solo te diré una cosa...
No pudo terminar. Una bala le alcanzó la pierna derecha.
Uno de los hombres seguía tendido en el suelo, apenas capaz de sostener su arma.
Valerian lanzó la navaja.
La hoja alcanzó al hombre en el rostro y quedó clavada allí. Su cabeza cayó hacia un lado.
Valerian miró su muslo ensangrentado y después a Vanessa.
—Tu utilidad es la única razón por la que todavía no te he matado con mis propias manos.
Sonrió.
—Procura recordarlo.
—Ay, mi amor. El sentimiento es mutuo.
La mirada de Valerian se desplazó hacia un Toyota rojo aparcado a pocos metros. Las luces estaban encendidas, pero no había nadie dentro.
La gente ya había abandonado la zona después del accidente. Solo era cuestión de tiempo que llegara la policía.
De pronto, su mano izquierda se movió y golpeó la herida de Vanessa, mientras que con la otra le arrebató la pistola de un solo movimiento.
El ataque inesperado la hizo doblarse de dolor, dejando escapar un gemido.
Valerian caminó tranquilamente hacia el Toyota. Sin embargo, justo cuando estaba a punto de acercarse, un hombre salió de repente del vehículo, intentando tomarlo por sorpresa.
Dos balas le alcanzaron el cuello antes de que pudiera apuntar.
Varios coches llegaron y aparcaron alrededor de Valerian y Vanessa. Los guardias salieron apresuradamente.
Una mujer de mediana edad bajó de uno de los vehículos. Vestía de negro y llevaba un tatuaje de telaraña que le cubría todo el cuello, desde detrás de las orejas hasta la clavícula.
Sus ojos grises recorrieron la escena, reparando en los cuerpos, los coches destrozados y, finalmente, en Valerian y Vanessa.
A pesar del caos que la rodeaba, su expresión permaneció serena.
—¿Están bien? —preguntó—. ¿Los dos?
—Solo es un rasguño —respondió Valerian, que ya estaba acomodándose en el coche.
Vanessa subió inmediatamente después de él.
La mujer ocupó el asiento del conductor y puso el vehículo en marcha.
—Mi pistola.
Vanessa extendió el brazo hacia Valerian, sin dejar de presionar la herida con la otra mano.
Él miró su mano y después a la conductora. La mujer observaba el intercambio a través del retrovisor.
Valerian le entregó la pistola. Su mano izquierda se cerró en un puño.
En cuanto Vanessa tuvo el arma en la mano, la apoyó contra el regazo de Valerian.
¡CLIC! ¡CLIC!
Valerian bajó la mirada hacia su regazo. Luego, con una calma perezosa, extendió la mano izquierda por la ventanilla y dejó caer las balas.
—Mmm —Vanessa sonrió—. Qué considerado.
—¿Saben quién está detrás del ataque? —preguntó la mujer al volante.
Valerian volvió la mirada hacia la ventana, absorto en sus propios pensamientos.
RING, RING.
La conductora frunció el ceño al ver que en la pantalla de su teléfono aparecía «NÚMERO PRIVADO». Vaciló un instante antes de contestar.
—¿Quién habla?
—El repartidor —respondió una voz femenina al otro lado de la línea.
Valerian le quitó el teléfono con tranquilidad.
—Te escucho.
—Te han disparado —dijo la voz.
Valerian miró a Vanessa.
—Las ventajas de estar casado.
—Hemos eliminado a dos francotiradores a unas cuantas calles del lugar del ataque. Estos tipos son buenos. Actúan de forma coordinada.
—Cuéntame algo que no sepa.
—No son de esta ciudad —informó la voz—. Seguimos investigándolos.
—Reúnete con nosotros en la mansión.
Valerian terminó la llamada y le devolvió el teléfono a la mujer.
—¿Qué pasó con el conductor que te asigné? —preguntó, frunciendo el ceño.
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—No fue capaz de adelantar a un estúpido camionero. Lo despedí.
Valerian arqueó una ceja.
—¿Lo mandaste a dónde?
—A buscar el amor verdadero.
La mujer lo miró por el retrovisor.
—Mira, Vale, soy tu madre, no al revés. Sé lo que es mejor para mí.
Valerian cerró los ojos y apoyó la cabeza.
—Como quieras.
Unas horas después, los coches entraron en una extensa propiedad y avanzaron por un camino flanqueado a ambos lados por farolas. Más allá, los jardines se extendían hacia la oscuridad.
Hombres armados, vestidos con trajes negros, vigilaban cada rincón mientras la caravana pasaba.
Los vehículos se dirigieron directamente a la mansión principal.
EN EL INTERIOR DE LA MANSIÓN
Valerian y Vanessa estaban sentados uno frente al otro, separados por una mesa redonda de caoba. Una botella de whisky y otra de champán descansaban juntas en una cubitera de plata llena de hielo picado.
La madre de Valerian permanecía de pie junto a la mesa.
Una criada entró con un gran botiquín de primeros auxilios. Lo abrió y se arrodilló junto a Valerian, dispuesta a curarle la herida.
—¿No deberías revisar primero la herida de tu esposa? —preguntó Vanessa, señalándose a sí misma.
La criada miró a Valerian, que se limitó a poner los ojos en blanco. Entonces se levantó y fue a atender a Vanessa.
La gran puerta se abrió de golpe y entró un hombre corpulento. Llevaba el cabello, entre negro y gris, recogido en la nuca.
Se detuvo al ver a Vanessa y a la criada. Después dirigió la mirada hacia Valerian.
—Parece que tu matrimonio ha sido de todo menos tranquilo.
—Tenemos que hablar —dijo Valerian—. Se trata de Serena.
—¿Quién? —preguntó su madre.
Valerian suspiró.
—La hija menor de los Drakko.
Un fuerte gemido hizo que todos volvieran la mirada hacia Vanessa.
—Olvídate de ella, hijo —intervino el hombre, reclamando de nuevo su atención—. Ahora estás casado.
Hizo un gesto en dirección a Vanessa.
—Fuera —espetó ella.
Le arrebató las pinzas a la criada y se dispuso a tratarse la herida por su cuenta.
Observó la lesión durante unos segundos y respiró hondo antes de acercar lentamente las pinzas.
Apretando los dientes, las introdujo en la herida y extrajo la bala.
Jadeó mientras levantaba la cabeza y descubría que toda la familia la estaba mirando.
Agarró una botella de licor y se lo vertió directamente sobre la herida, lo que le arrancó otro gemido.
Valerian soltó una risita.
Los ojos de Vanessa se volvieron gélidos. Se puso de pie, caminó hasta él y derramó el resto del licor sobre su pierna herida.
Valerian gruñó de dolor.
—El amor juvenil —rio la madre de Valerian—. Ya están coqueteando.
—¿Coqueteando? —repitió Valerian.
—Las mujeres coquetean de muchas maneras —respondió su madre, encogiéndose de hombros.
Valerian le dedicó a Vanessa una mirada inexpresiva.
—Quiero coquetear contigo —dijo ella con una sonrisa—. Esta vez, con una pistola cargada.
Valerian miró a su padre.
—Antes de todo este drama, ya le había pedido la mano a Serena. Y a la banda Drakko no le gusta que la humillen.
Su padre le puso una mano en el hombro.
—Mira, nos disculparemos formalmente con unos cuantos regalos.
—Sí —añadió su madre—. Además, tampoco es que...
—Me haya acostado con ella —la interrumpió Valerian.
—¿Qué? Eso es imposible. Las hijas de los Drakko... —Su madre miró a su padre—. Ni siquiera sus maridos pueden verlas desnudas hasta que termina la boda.
—La semana pasada —aclaró Valerian.
Su madre parpadeó, incrédula.
—¿Has oído lo que acaba de decir tu hijo?
Su padre asintió.
—¿Sabes lo que significa esto?
Su padre sonrió.
—Que es mi hijo.
Su madre se volvió hacia él, incapaz de creer lo que acababa de escuchar.
—¡Esto va a provocar una guerra!
Su teléfono vibró dos veces. Miró el mensaje que acababa de recibir.
Suspiró.
—Supongo que esto es para ti.
Valerian tomó el teléfono.
En la pantalla se leía:
«Serena Drakko está en la ciudad».
Llegó el viernes.Llevaban dos horas de viaje cuando Valerian extendió el teléfono frente a él. En la pantalla aparecía la fotografía de una niña con un pijama de cocodrilos, el cabello negro y corto, y unos ojos verdes.Inclinó la cabeza y amplió la imagen.BZZ, BZZ.Apareció una notificación de llamada entrante.Repartidora.Contestó.—Te escucho.—Ya estamos en la propiedad —dijo una voz femenina al otro lado de la línea—. ¿Deberíamos esperar? Tampoco es que vayas a pasarte ocho horas en la carretera.Valerian minimizó la llamada y volvió a la fotografía de la pantalla.—¿La has conocido?—¿A tu esposa? —respondió la voz—. Es preciosa.—¿Crees que lo sabe?—No te habría elegido como marido si lo supiera.La voz hizo una pausa.—Aunque la coincidencia es bastante curiosa.Valerian amplió la imagen de los zapatos de la niña.—¿Crees que él lo preparó todo? —preguntó la mujer.—No lo sé. Ni el padre ni la hija parecen estar muy bien de la cabeza.Valerian se aflojó la corbata y desabr
Incluso en la tranquilidad de la noche, hombres armados vigilaban cada rincón de la propiedad.Vanessa estaba sentada en una habitación en penumbra.La luz de la luna se colaba por la ventana abierta. Sostenía un cigarrillo a medio fumar entre los dedos índice y corazón.A su lado, sobre una mesa de cristal, descansaba un teléfono cuya pantalla estaba agrietada, con las fisuras extendiéndose como una telaraña. Vanessa contempló la propiedad a través de la ventana.«Papá, ¿cómo estás?», pensó. «¿Crees que estoy tomando la decisión correcta?»«¿Habrías tomado la misma decisión si estuvieras en mi lugar?»Sonrió entre lágrimas.«Solo llevo seis horas casada y ese imbécil ya me ha hecho dudar de mi decisión cinco veces».Exhaló el humo y formó pequeños círculos en el aire.—Serena Drakko... —susurró—. He oído ese nombre antes... ¿Dónde?RING, RING.El teléfono vibró sobre la mesa de cristal. Vanessa lo tomó. En la pantalla aparecía el nombre de la tía Zoey.—Vanessa, ¿cómo estás? ¿Te encu
Valerian abrió los ojos con un pitido agudo resonándole en los oídos. Su visión se oscureció antes de recuperar poco a poco la nitidez, mientras el zumbido iba desapareciendo.El sonido de una respiración agitada y unos golpes leves lo hizo girar la cabeza. Todo a su alrededor estaba al revés.Al otro lado, lejos de su asiento, Vanessa ya estaba golpeando la ventanilla agrietada de la puerta con la culata de su pistola.—Espera.Al oír su voz, Vanessa se detuvo. Luego, sin volverse, rompió los fragmentos de cristal que aún quedaban y salió a gatas por la ventana.Valerian deslizó la mano por la manga de su brazo izquierdo y sacó una navaja corta, delgada y de doble filo.Con un movimiento rápido, cortó el cinturón de seguridad y cayó violentamente sobre el techo del vehículo. Un sabor metálico le subió por la garganta, pero se obligó a tragárselo.Se oyó un disparo.Sus ojos se dirigieron de inmediato hacia Vanessa. Ella se llevó una mano al abdomen.Valerian frunció el ceño.—Idiota.
—Valerian DeVito Vantero, ¿acepta a Vanessa Bravehart como su legítima esposa?Un murmullo recorrió el salón y resonó contra el alto techo.En cada esquina había un candelabro con cuatro velas grandes. Las llamas apenas parpadeaban.Hombres y mujeres, todos vestidos de negro, permanecían en silencio. No había sillas, como si todos hubieran sido convocados con poca antelación.Junto al altar, un hombre de complexión esbelta y musculosa permanecía frente a una joven vestida con un traje color burdeos y un abrigo a juego. Una mano descansaba en su bolsillo, mientras que con la otra se hacía crujir suavemente los nudillos al flexionar los dedos. Sus ojos grises estaban fijos en los pequeños labios rojos de la mujer.El sacerdote, un hombre corpulento de unos sesenta años, tragó saliva. Sostenía una Biblia con las manos temblorosas.—Señor Valerian...El hombre apartó la mirada de los labios de la mujer y giró la cabeza hacia el sacerdote, arqueando ligeramente la ceja izquierda.—¿Quiere.







