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Capítulo 4: Sophie Bravehart

Penulis: PRIME-LIGHT
last update Tanggal publikasi: 2026-10-13 05:03:11

Llegó el viernes.

Llevaban dos horas de viaje cuando Valerian extendió el teléfono frente a él. En la pantalla aparecía la fotografía de una niña con un pijama de cocodrilos, el cabello negro y corto, y unos ojos verdes.

Inclinó la cabeza y amplió la imagen.

BZZ, BZZ.

Apareció una notificación de llamada entrante.

Repartidora.

Contestó.

—Te escucho.

—Ya estamos en la propiedad —dijo una voz femenina al otro lado de la línea—. ¿Deberíamos esperar? Tampoco es que vayas a pasarte ocho horas en la carretera.

Valerian minimizó la llamada y volvió a la fotografía de la pantalla.

—¿La has conocido?

—¿A tu esposa? —respondió la voz—. Es preciosa.

—¿Crees que lo sabe?

—No te habría elegido como marido si lo supiera.

La voz hizo una pausa.

—Aunque la coincidencia es bastante curiosa.

Valerian amplió la imagen de los zapatos de la niña.

—¿Crees que él lo preparó todo? —preguntó la mujer.

—No lo sé. Ni el padre ni la hija parecen estar muy bien de la cabeza.

Valerian se aflojó la corbata y desabrochó los tres primeros botones de la camisa.

—¿La tienes vigilada?

La voz guardó silencio durante unos instantes.

—Más bien, ella me tiene vigilada a mí.

—Parece Rapunzel. ¿Conoces ese dibujo animado? La princesa encerrada en una torre, mirando el mundo desde las alturas. La ventana le queda como un marco perfecto.

—Al trabajo, Rhea —le recordó Valerian.

—La banda Sturke está retirando su apoyo. Tu padre tiene razón —informó ella—. Las cosas no se habrían calmado fácilmente sin este matrimonio.

Valerian apoyó la cabeza contra el respaldo del asiento.

—Esto no va a ser tan sencillo como ellos se imaginan.

—Está saludando... Qué amable.

Rhea soltó una risita.

Valerian arqueó una ceja, pero sus pensamientos ya se habían desviado hacia otra cosa.

—¿Puedes verle la otra mano?

—No. ¿Por qué?

Valerian se quitó la corbata por completo.

—Procura que no te disparen.

—¿No estás siendo un poco paranoi...?

La línea quedó en silencio durante unos instantes.

Cuando Rhea volvió a hablar, su tono había cambiado.

—Ese hombre sí que conoce a su esposa.

Valerian se recostó en el asiento.

—Lo de anoche, con los francotiradores.

—Hicieron un gran trabajo eliminándolos antes de que pudieran atacar.

—De nada —respondió Rhea.

—Podéis sacar algo de dinero del almacén. Divertíos un poco. Quizá os venga bien un pequeño descanso.

—Y dejar que el enemigo nos elimine mientras tanto —replicó ella entre risas.

—No soy un niño, Rhea.

—Sí, y gracias por recordárnoslo. Pero sabemos divertirnos mientras hacemos nuestro trabajo —dijo Rhea—. Nos llevaremos el dinero. Gracias.

—¿Algo más?

—No puedo quedarme esperándote. El deber me llama.

Valerian colgó.

Dos horas y algunos minutos después, Valerian y su escolta llegaron a una enorme propiedad.

Todos los edificios tenían tejados azules, y entre ellos se extendían amplios jardines.

Aparcaron frente a un edificio de grandes dimensiones.

Valerian salió del vehículo. Su cabello verde oscuro estaba ligeramente despeinado por el largo viaje. Varios hombres vestidos con traje bajaron de los otros coches y caminaron detrás de él.

Junto a la entrada había una niña pequeña que abrazaba un oso de peluche azul casi tan grande como ella. Detrás aguardaban varios guardias y criadas.

Uno de los guardias se adelantó, miró a Valerian y luego echó un vistazo a su teléfono. Después asintió a los demás.

Valerian señaló el coche que iba detrás del todoterreno en el que había viajado.

—Ese es tu transporte.

La niña asintió y corrió hacia el vehículo. Abrió la puerta, dejó dentro su oso de peluche y regresó corriendo a la casa.

Valerian, que estaba a punto de subir a su coche, se detuvo y miró a los guardias, esperando una explicación.

Ellos sonrieron y asintieron.

Valerian dirigió la mirada hacia las criadas.

Todas hicieron una reverencia.

—No se irá sin llevárselos —explicó una de ellas.

En ese momento, la niña volvió a salir con dos figuras de tigres, una bajo cada brazo. Corrió hasta el coche, las dejó dentro y regresó a la casa.

—Entonces... —Valerian miró a las criadas—. ¿Ninguna de las seis podía ayudarla con eso?

Ellas inclinaron aún más la cabeza.

—No permite que nadie los toque, señor. Solo la señorita puede hacerlo.

Esta vez, la niña salió con dos osos de peluche marrones tan grandes que, mientras intentaba arrastrarlos, apenas se le veían los piececitos.

Uno cayó al suelo. Cuando intentó levantarlo, el otro también se desplomó.

Valerian se acercó, recogió ambos osos y comenzó a caminar hacia el coche.

—¡No, no los toques! —gritó la niña.

Valerian ni siquiera se molestó en mirarla. Abrió la puerta del vehículo y arrojó los peluches dentro.

—¡Ah, eso ha sido muy grosero!

La niña pisoteó el suelo, indignada.

Él no le dedicó ni una mirada y siguió caminando hacia su todoterreno.

La pequeña se plantó delante de él, bloqueándole el paso.

—Hola, soy Sophie. Encantada de conocerte. —Le tendió la mano—. ¿Cómo debería llamarte?

Valerian la apartó de la puerta para poder subir. Sophie volvió a interponerse delante de él.

—No me hagas perder el tiempo.

La apartó de nuevo y entró en el vehículo.

Sophie abrió la puerta tras él, trepó hasta su asiento y se acomodó en el lado opuesto.

Valerian se quedó mirándola en silencio.

Ella parpadeó con inocencia.

—Hola, papá. Me voy contigo.

—No soy tu padre —respondió Valerian mientras abría la puerta—. Ahora, sal.

—No me respondiste cuando te lo pregunté. —Cerró la puerta—. A partir de ahora, serás papá.

—Llámame Valerian.

—Demasiado tarde.

El conductor miró a Valerian por el retrovisor.

Valerian se volvió hacia Sophie.

—¿No tienes equipaje?

—Es demasiado complicado. —Se quitó las pantuflas azules y mullidas—. Tendrás que llevarme de compras de camino a casa.

Valerian la miró durante un largo instante.

—¿Con el dinero de quién?

Sophie lo señaló con un dedo.

—Mi hermana dice que tienes dinero.

Valerian miró al conductor.

—Conduce.

El hombre puso el coche en marcha de inmediato y salió de la propiedad.

Apenas habían transcurrido quince minutos de viaje cuando Valerian ya estaba luchando contra el impulso de arrojar a Sophie fuera del coche.

—¿Por qué no me contestas? —se quejó ella, haciendo un puchero—. Llevo intentando conversar contigo desde hace...

Contó con los dedos.

—No sé cuánto tiempo, ¡pero ni siquiera dices nada!

Valerian, que mantenía los ojos cerrados, fingió no oírla.

«¿En qué clase de locura me he metido?», pensó.

Abrió los ojos, miró al conductor y volvió a cerrarlos, todavía sumido en sus pensamientos.

«¿Y si la asusto con una pistola?».

Sophie suspiró, resignándose por fin.

—Mi hermana dice que te casaste con ella por dinero.

A Valerian le tembló una ceja.

Dos veces.

—Tengo dinero.

—¿Estás seguro? —Sophie se acercó un poco más a él—. Cuando dije que me llevarías de compras, parecías preocupado.

Valerian abrió los ojos.

—Es agotador. Como tu equipaje.

—Ah... Entonces, ¿te casaste con mi hermana porque querías todavía más dinero?

Valerian se volvió hacia el otro lado y miró por la ventanilla.

—No tienes por qué avergonzarte.

Valerian soltó un profundo suspiro.

—Aparte del dinero de tu padre, tengo más dinero que tu hermana.

—Vale, pero ¿el dinero de nuestro padre no es también nuestro?

Valerian miró a Sophie, que ya estaba agotando su paciencia.

—Cállate.

—Está bien, papá.

—No soy tu papá.

—Lo entiendo.

Valerian asintió.

Sophie descubrió un centro comercial al otro lado de la ventanilla.

—¡Papá, mira! ¡Un centro comercial!

Valerian se frotó la frente con una mano.

—Papá, por favor, por favor, por favor.

Su teléfono vibró al recibir una llamada.

En la pantalla apareció «Número tres».

Su pulgar quedó suspendido sobre el botón para contestar. Luego bajó la mano hasta el regazo, todavía sosteniendo el teléfono, y dejó la llamada sin responder.

—Llévanos de vuelta al centro comercial —ordenó.

—¡Siiii! —exclamó Sophie, radiante de felicidad.

……

Valerian esperaba fuera del centro comercial mientras ocho guardaespaldas escoltaban a Sophie hacia el interior.

La niña se volvió para mirarlo.

—¿No vienes?

—Enseguida —respondió Valerian, con la mirada fija en su teléfono, que seguía sonando.

Las puertas de cristal se los fueron tragando uno a uno, hasta que Sophie desapareció tras ellas.

En cuanto vio que todos habían entrado, contestó la llamada.

—Hola, cariño.

Una voz dulce como la miel resonó al otro lado de la línea.

—Serena.

—Je, je. Me he enterado de que te has casado.

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