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Capítulo 4

Author: KarenW
Punto de vista de Maeve

Empecé a empacar. No era mucho. Apenas lo suficiente para llenar una maleta pequeña.

Y aun con la maleta cerrada junto a la puerta, el armario parecía intacto. Los vestidos que Adrian me había comprado alguna vez seguían colgados en el mismo lugar de siempre. Las joyas descansaban en sus estuches de terciopelo, sin tocar.

Ya no iba a necesitar nada de eso.

Diez años en esta casa, y todo lo que quería llevarme cabía en una sola maleta.

Mi celular vibró.

—Dejé un sobre importante en mi estudio. Cámbiate y tráelo al Hotel Gran Aurora.

Enseguida llegó otro mensaje.

—Asegúrate de vestirte apropiadamente. No quiero que nadie piense que mi esposa es una simple ama de casa mal vestida que no sabe presentarse.

Suspiré.

Ignorar los mensajes de Adrian solo provocaría otra ronda de desprecios cuando él regresara. Y el sobre, fuera lo que fuera, debía ser importante. Adrian nunca pedía ayuda. Pero esa noche lo hizo.

Para evitar más problemas, decidí ir.

Me puse el vestido que Viola me había dado: la única prenda elegante de mi armario que todavía me quedaba bien.

Me senté frente al tocador del vestidor, dudando.

¿Necesitaba maquillarme? No iba como invitada. Solo entraría, le entregaría el sobre a Adrian y me iría.

Aun así, tomé la base. Una capa ligera y un toque suave de labial. Me recogí el cabello en un moño bajo.

No era una mujer distinta, pero al menos volvía a verme bonita.

Encontré un sobre sellado en el escritorio de Adrian, lo guardé sin abrir en mi bolso y me dirigí al Hotel Gran Aurora.

***

El hotel estaba más lleno de lo que esperaba.

Siempre había imaginado que la gala anual de la mafia sería un evento elegante y exclusivo. Tal vez cincuenta personas, cuando mucho.

Pero en cuanto entré, entendí lo equivocada que estaba.

Había quinientas personas, quizá más.

La gente iba con vestidos de seda y trajes impecables, con diamantes brillando como estrellas bajo candelabros del tamaño de un auto.

Intenté llamar a Adrian varias veces, pero no contestó.

Así que, al final, aproveché el flujo de gente en la entrada y me metí al salón de baile para buscarlo yo misma.

Justo entonces, una voz resonó por los altavoces.

—¡Démosle la bienvenida a Don Adrian Kane, uno de los líderes más jóvenes y exitosos de nuestra organización!

Al segundo siguiente, alguien me empujó con fuerza desde atrás.

Tropecé hacia adelante y caí de lleno sobre la pista de baile. Me raspé las rodillas contra el mármol pulido.

Las risas estallaron a mi alrededor.

—¿Quién demonios es esta?

—Por Dios, ese vestido…

Bajé la mirada.

La tela se había rasgado por completo. Los hilos se deshacían como si, en lugar de estar cosidos, los hubieran pegado con pegamento barato.

En cuestión de segundos, el vestido quedó hecho pedazos a mi alrededor. Lo único que me cubría era la combinación beige que llevaba debajo.

Las risas se hicieron más fuertes.

—¿Se le acaba de romper el vestido?

—Dios mío, ¿quién viene con una imitación barata a esta fiesta?

—¡Que alguien llame a seguridad!

Me obligué a levantar la barbilla.

Adrian estaba en el escenario, mirándome desde arriba.

Se veía furioso, pero no movió un dedo. Fingió no conocerme.

Alguien entre la multitud preguntó:

—¿Con quién vino?

Nadie respondió. El silencio que siguió fue peor que las risas.

Una mujer soltó con desprecio:

—¿Quién iba a admitir que trajo una imitación barata a la fiesta más importante del año?

Entonces…

—¿Maeve?

Viola se acercó de prisa, con una expresión preocupada. Pero cuando ladeó el rostro, lo vi: ese destello de sonrisa que intentaba ocultar.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, con la voz más aguda de lo normal.

Me puse de pie despacio, con las rodillas ardiendo de dolor, y levanté el sobre.

—Adrian me escribió. Dijo que había dejado algo importante en la casa.

Alguien susurró:

—¿Quién es ella?

Luego otra voz sonó más fuerte.

—¿La esposa de Don Adrian Kane?

Y llegaron más risas.

—¿Nuestro encantador Don Kane tiene una Donna secreta?

—No.

Adrian bajó del escenario.

—No —repitió, esta vez con más firmeza—. Es la empleada de la casa. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Yo…

—Creyó que Adrian había olvidado algo —interrumpió Viola con suavidad—. Así que vino a traerlo. Eso es todo.

Las palabras de Viola fueron lo bastante ambiguas como para que la gente las interpretara a su antojo.

Alguien se rio detrás de una copa de champaña.

—Casi pensamos que era tu Donna secreta, Adrian. Imagínate el escándalo.

Adrian dio un paso al frente. Su voz sonó firme y ensayada.

—¿Mi Donna secreta? ¿Ella?

Su mirada me recorrió despacio, lenta y deliberada.

—¿Por qué mi Donna sería alguien como ella?

—Entonces, ¿quién será?

—¡Viola!

—¿Este es el año en que por fin vas a presentar oficialmente a Viola como tu Donna, Adrian?

—¡La futura señora Kane!

Adrian me miró una sola vez, en silencio, con una expresión imposible de descifrar, antes de volver la vista hacia aquel mar de rostros.

—Esperaba mantener esto en privado —dijo con calma—, al menos hasta recibir una respuesta de Viola. Pero ya que todos insisten…

Se giró hacia Viola y se arrodilló ante ella, con una rodilla en el piso.

—¿Aceptas convertirte en mi Donna y quedarte a mi lado?

Los aplausos y gritos estallaron a su alrededor.

Me agaché, recogí los retazos de mi vestido y retrocedí hacia las sombras.

No supe por qué miré atrás, pero lo hice.

—Sí —dijo Viola, sin aliento y sonriendo—. Sí, acepto, Adrian.

Ella le rodeó el cuello con los brazos.

Adrian la estrechó contra su pecho y, por un brevísimo instante, sus ojos volvieron a encontrar los míos.

No había disculpa en ellos, solo indiferencia.

Y quizá, enterrado bajo ella, el rastro más tenue de lástima.

Pensé que mi corazón ya había quedado reducido a cenizas. Resultó que todavía podía doler.

Para Adrian, yo no era más que un hilo suelto. Algo feo que debía mantenerse oculto del mundo impecable al que tanto quería impresionar.

Y durante diez años, fui lo bastante tonta como para creer que algún día me llevaría a ese mundo, me presentaría como su Donna y se pondría a mi lado frente a todos ellos.

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