Mag-log inSelene Willson pasó veinte años convencida de que Owen Collins era su destino. Por él soportó desprecios, indiferencia y un matrimonio en el que siempre parecía ocupar el segundo lugar. Pero todo cambia el día en que descubre que su esposo la ha traicionado con Ivy, su propia hermanastra, justo cuando Selene más lo necesitaba. Aquella noche, algo dentro de ella muere. Cansada de mendigar el amor de un hombre que jamás temió perderla, Selene decide abandonar su matrimonio y recuperar la vida que sacrificó por él. Pero marcharse no será suficiente. Owen está demasiado acostumbrado a tenerla bajo su control y sigue convencido de que, tarde o temprano, ella regresará. Selene está dispuesta a demostrarle lo equivocado que está. Y para hacerlo termina acercándose al único hombre capaz de golpear el orgullo de Owen donde más le duele: su propio tío, un hombre poderoso, peligroso y con cuentas pendientes con su sobrino. Lo que comienza como una provocación pronto cruza límites que Selene jamás imaginó. Porque aquel hombre no pretende ser simplemente una pieza en su venganza. Y mientras Owen comienza a comprender que la esposa que siempre dio por sentada puede pertenecer a otro, Selene descubrirá que la mejor venganza quizá no sea destruir al hombre que la traicionó... sino enamorarse del hombre que él más detesta.
view moreEl agua empezó a empapar mi vestido de novia.
El nivel del agua dentro del coche seguía subiendo y yo temblaba de miedo. Me temblaban las manos mientras sacaba el teléfono y marcaba el número de mi marido, Owen Collins.
El teléfono sonó una vez, luego dos. Justo cuando estaba a punto de colgar, la llamada se conectó de repente.
Pero el sonido del otro extremo me heló la sangre, más que el agua que entraba a raudales. No era silencio, ni una desconexión; era el sonido pegajoso de la piel chocando, húmedo, rítmico y con respiración entrecortada. Contuve la respiración, mis nudillos se pusieron blancos de tanto apretar los puños.
—Selena, ¿dónde has estado? Ya casi termino...
La voz de Owen era baja, con ese tono lánguido que solo acompaña a la pasión; jamás lo había oído hablarme así. Inmediatamente después, un gemido femenino llegó a mis oídos, breve y seductor. Reconocí esa voz; la reconocería incluso si estuviera hecha pedazos y sepultada entre la multitud.
Ivy. Mi hermanastra.
—Owen… Selena sigue al otro lado del teléfono… y tu sigues haciéndomelo tan duro —se rio sin aliento, con una voz dulce y empalagosa, como si estuviera coqueteando.
—¿Y qué? —El tono de Owen estaba lleno de desprecio—. Ella insiste en casarse conmigo. Incluso si lo hiciéramos delante de ella, ¿se atrevería a decir una palabra?
Se rieron, sus respiraciones y susurros se mezclaron, como un cuchillo sin filo que me cortaba lentamente la garganta. Algo dentro de mí se quebró por completo, tan profundamente que hasta olvidé cómo llorar.
El agua seguía entrando a raudales, llegando primero a mi cintura y luego a mi pecho. Me quedé mirando el torrente turbio que corría por la ventana y, finalmente, las lágrimas me brotaron de los ojos.
Pero no me dieron oportunidad de hablar. Al otro lado había alguien ocupando la línea, y la llamada se cortó. Ni siquiera tuve oportunidad de gritar: "¡Ayúdenme!".
La pantalla del teléfono se apagó; la batería estaba agotada. Mi última esperanza se desvaneció, escapándose de mis manos junto con el teléfono y desapareciendo en el agua.
El agua inundó por completo la cabina del auto, dejando solo un pequeño espacio de aire sobre mí. La oscuridad me envolvió y el frío me calaba hasta los huesos. La falta de oxígeno me nublaba la conciencia y veía imágenes fugaces.
Tenía cinco años y vivía en casa de la familia Wilson. Mi madre falleció. Mi padre se volvió a casar rápidamente y, a partir de entonces, me sentí como un estorbo en mi propia casa. Mi madrastra me odiaba, mi hermanastra disfrutaba atormentándome y mi padre fingía no ver nada.
Me enviaron a la familia Collins para que me acogieran, como a un mueble viejo que se va desocupando. Me quedé en el jardín de la mansión, arrastrando mi pequeña maleta, temblando de frío, ignorada por todos. Solo Owen se acercó, me miró fijamente durante unos segundos y dijo: «Tu tarea en esta casa es crecer y luego convertirte en mi esposa».
Esas palabras deberían haber aterrorizado a una niña de cinco años, pero en aquel momento solo sentí que era una promesa, una promesa que alguien me había arrebatado.
Desde ese día, lo seguí como una sombra. Jugábamos juntos, comíamos juntos y yo iba a dondequiera que él fuera. Nunca me echó de casa. Hasta que cumplimos diez años, cuando nos secuestraron juntos.
Mientras huíamos, el secuestrador nos alcanzó. Blandió su cuchillo y, sin pensarlo, me interpuse entre él y el hombre. El cuchillo se clavó en mi estómago y la sangre brotó a borbotones. Caí al suelo, sin poder hablar por el dolor. Owen me abrazó, llorando, repitiendo una y otra vez: «Selena, tienes que vivir. Dijiste que serías mi esposa, solo tú».
Desde ese día, me protegió. Me resguardó de las burlas, los chismes y de todos aquellos que menospreciaban mi origen. Estudié con ahínco, aprendiendo etiqueta, modales y cómo ser la señora Collins perfecta.
Creo que algún día me amará de la misma manera que yo lo amo a él.
Así que lo soporté todo. Soporté su mirada cada vez más fría año tras año. Soporté que me llamara aburrida cuando me negué a acostarme con él antes de la boda. Soporté toda su indiferencia y desdén. Porque creía que debajo de ese hombre distante y reservado se escondía el Owen que había llorado en mis brazos hacía tantos años.
En nuestra noche de bodas, fui a verlo con la lencería que había elegido especialmente; había anhelado este día durante más de una década. Pero ni siquiera pestañeó. Contestó una llamada, tomó su abrigo y salió. Me dijo: «Selena, vete a dormir temprano, no me esperes». Luego la puerta se cerró. Me quedé sola en aquella habitación vacía, aferrada a aquel ridículo conjunto de lencería de encaje, con las uñas clavándose en las palmas de las manos.
Pero sigo creyendo. Creo que todo es temporal, y que un día se dará la vuelta y me mirará.
Incluso hoy. La boda se iba a celebrar en la Villa Rose. Él se fue primero esta mañana, llevándose a Ivy con él. Le pregunté cómo iba a llegar, y sin siquiera levantar la vista, me dijo: «Usa el GPS. ¿Acaso no sabes que los novios no deben llegar juntos? Además, Ivy no tiene a nadie que la lleve». Abrí la boca, con ganas de decir algo, pero las palabras se me quedaron atascadas en la garganta y me las tragué.
Me subí al coche y miré al cielo. Las nubes oscuras colgaban bajas y el viento empezó a aullar entre los árboles. Se avecinaba una tormenta. Lo llamé de nuevo y le dije: «Owen, tengo miedo de conducir sola. El viento es muy fuerte y no veo la carretera».
Suspiró, un suspiro de absoluta impaciencia. «Selena, ya no eres esa niña de cinco años. No me molestes con cosas que puedes hacer tú sola».
Tras unos segundos de silencio, preguntó en voz baja: «¿Ya... no quieres casarte conmigo?»
Colgó el teléfono. Ni siquiera se molestó en esperar mi respuesta.
Me quedé mirando fijamente la pantalla negra. Pero aun así arranqué el motor. Aun así, conduje bajo la lluvia. Aun así, apreté los dientes y caminé hacia la Villa Rose, porque me estaba engañando a mí misma, engañándome, haciéndome creer que alguien me esperaba al final del camino.
Entonces la montaña se derrumbó. Con un estruendo ensordecedor, rocas rodaron ladera abajo y no tuve tiempo de esquivarlas. El coche cayó al arroyo y, en cuestión de segundos, quedé inmóvil. El agua se filtró lentamente, hasta llegar a mis tobillos y luego a mis rodillas. Saqué mi teléfono y llamé a Owen.
Me dije a mí misma que mientras me salvara, lo perdonaría todo. Ya fuera infidelidad, indiferencia o los agravios que había sufrido a lo largo de los años, mientras contestara el teléfono y viniera a mi rescate, podía fingir que nunca había sucedido.
Pero ni siquiera me dio la oportunidad de hablar.
Ahora lo entiendo. Esas fotos suyas con otras mujeres que me envió antes de la boda no fueron un malentendido ni una broma. Fueron una advertencia. Me estaban diciendo que nunca me eligió desde el principio.
El dolor en mi pecho era peor que el agua fría, peor que la muerte misma.
Entonces me acordé de alguien.
Jamás me había atrevido a responder a ese chat. Tenía los dedos rígidos por el frío, la vista borrosa y tecleé cada palabra con cuidado.
“Sálvame. Soy Selena, estoy a pie de la montaña de la Villa Rose. Si salgo viva de aquí, me divorciaré de Owen Collins y me casaré contigo.”
En las oficinas de Collins Group, la noticia había caído como una bomba.Victor Collins permanecía detrás de su escritorio, con un informe abierto frente a él y el rostro enrojecido por la furia. A su lado, Owen mantenía las manos metidas en los bolsillos del pantalón, intentando conservar una apariencia tranquila que no correspondía con la tensión de su mandíbula.—¡Dime que esta noticia es falsa! —exigió Victor, golpeando el informe contra la mesa—. ¡Dime que alguien se ha equivocado y que Selene Willson no acaba de convertirse en la presidenta de esa empresa!Owen apretó los dientes.—La información está confirmada. Ernesto le dejó sus acciones y el cargo de presidenta.—¡Lo sé! ¡Acabo de leerlo! No necesito que repitas lo que ya aparece en el informe.Victor se levantó y comenzó a caminar de un extremo al otro del despacho.Durante años, había considerado a Selene una pieza útil para fortalecer la relación entre las familias Collins y Willson. Su matrimonio con Owen debía asegurar
La sala de reuniones de King Group se encontraba ocupada por algunos de los ejecutivos más importantes de la compañía. Alrededor de la larga mesa de cristal se habían distribuido carpetas, informes financieros y proyecciones que mostraban el avance de uno de los proyectos más ambiciosos en los que Alaric había decidido invertir.En la pantalla principal se proyectaba una imagen tridimensional de una extensa zona costera, donde se levantaría un complejo destinado a transformar la infraestructura comercial de la ciudad.—El proyecto Horizonte representa una inversión conjunta de varios miles de millones —explicó uno de los directores—. El objetivo es construir un puerto comercial inteligente, conectado con un centro logístico de última generación y una zona empresarial que permitirá agilizar el transporte de mercancías entre Norteamérica, Europa y Asia. Si cumplimos con los plazos establecidos, la primera fase podría comenzar a operar en menos de dos años.Alaric permanecía sentado en e
Durante unos segundos, nadie habló.Selene permaneció inmóvil, con la mirada fija en la mesa. Había imaginado muchas veces cómo sería escuchar a su padre reconocer sus errores, pero nunca creyó que aquellas palabras llegarían cuando ya no pudiera mirarlo a los ojos ni preguntarle por qué había tardado tanto.Sus labios temblaron.Siempre fuiste mi hija.Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos, y tuvo que apretar las manos para evitar que su cuerpo revelara cuánto la habían conmovido aquellas palabras.Había pasado tantos años creyendo que no era suficiente para él. Había intentado ganarse su cariño a través de sus logros, de su obediencia y de su silencio, sin comprender que el afecto de un padre nunca debió ser algo que tuviera que conquistar.Y ahora, cuando ya no podía abrazarlo, cuando ya no podía escuchar su voz ni preguntarle si alguna vez se había sentido orgulloso de ella, Ernesto finalmente le había dado la respuesta que tanto había necesitado.El dolor no desapareci
—Qué curioso, Vivian. Por la manera en que me recibes, cualquiera pensaría que estabas muy segura de que no volvería a salir de prisión.Vivian abrió la boca, pero durante un instante no encontró qué responder.Selene avanzó unos pasos, sin apartar los ojos de ella.—Dime, ¿por qué será? ¿Acaso esperabas que pasara tantos años encerrada que terminaras olvidándote de que existo?—No digas tonterías —replicó Vivian, recuperando a la fuerza su compostura—. Si te detuvieron, fue porque robaste. No tienes derecho a presentarte aquí y comportarte como si fueras una víctima.—¿Robar? —Selene inclinó ligeramente la cabeza—. Qué palabra tan conveniente para describir algo que nunca hice.—La pulsera apareció en tu bolso —intervino Ivy—. Y hubo personas que declararon en tu contra. ¿Todavía vas a fingir que eres inocente?Selene volvió el rostro hacia ella.—Sí. Porque lo soy.La respuesta fue tan firme que Ivy se quedó callada por un segundo.—Y no solo voy a demostrar mi inocencia —continuó S












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