LOGINCreí que la muerte era inminente. Tres minutos después, una mano emergió de las turbias aguas de la inundación, me agarró con fuerza y me sacó del torrente.
Era él.
Sus anchos hombros se mantenían firmes contra la lluvia, su camisa negra estaba completamente empapada y se le pegaba al cuerpo, y las gotas de agua le resbalaban constantemente por la barbilla.
Me alzó en brazos y me subió al helicóptero. Al instante siguiente, todo se volvió oscuro y perdí el conocimiento por completo.
Tras un largo rato, el pitido de la máquina me devolvió a la realidad.
Quería moverme, pero me dolía todo el cuerpo y sentía como si me estuvieran martillando los huesos uno por uno. Al menos ya no sentía el agua helada, lo cual me alivió.
Tenía la garganta seca y me ardía. La enfermera que estaba a mi lado me dio un vaso de agua y me dijo que la persona que me había traído le había pedido que me dijera que se casaría conmigo en tres días y que no debía echarme atrás.
Asentí con la cabeza, con la garganta aún ronca, incapaz de hablar. No me arrepiento de nada.
La enfermera encendió la televisión y me dijo que me relajara y no me aburriera. En la pantalla se veía un reportaje sobre las inundaciones. El reportero estaba al pie de la Villa Rose, y la cámara recorrió un montón de lodo y rocas antes de detenerse en algo: el espejo retrovisor de mi coche, medio enterrado en lodo y escombros, casi irreconocible.
Sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo. Si no fuera por él, ahora mismo estaría muerta ahí abajo.
Un reportero detuvo a una pareja a un lado de la carretera. El hombre la sostenía entre sus brazos, mientras el abrigo de ella se había deslizado ligeramente, dejando al descubierto varias marcas rojizas en su cuello. Ella sonrió ante la cámara y contó que estaban a punto de casarse, pero una inundación los había dejado atrapados. Como ya no podía caminar, su esposo la había cargado hasta el final del camino. El hombre le acarició el cabello y le dijo: —Conmigo aquí, no te pasará nada.
Las enfermeras que se encontraban cerca observaban la escena con lágrimas en los ojos. Algunas aplaudían, mientras otras comentaban lo envidiable que era que siguieran tan unidos incluso en un momento tan difícil.
Me quedé mirando la pantalla, con lágrimas corriendo por mi rostro, pero sentía el corazón helado. Ese hombre era mi esposo y esa mujer, mi hermanastra. Se suponía que aquella debía ser mi boda; esas palabras estaban destinadas a mí. Cuando la cargó entre aquellas ruinas, podría haber vuelto la cabeza y haber visto mi coche atrapado en el barro.
No giró la cabeza. Se inclinó y la besó, luego siguió caminando.
El Owen Collins que yo conocía, el Owen que solo tenía ojos para mí, ya no existe. Me llevé la mano al pecho; la sentí terriblemente vacía, como si me hubieran arrancado el corazón y me lo hubieran rellenado con algodón.
Respiré hondo y, a pesar del dolor de cabeza, salí del hospital. Compré un billete para ir al campo, a la vieja casa que me dejó mi madre. Era lo único que me había dejado, y el único lugar donde podía esconderme.
Antes de que pudiera siquiera orientarme tras abrir la puerta, sonó mi teléfono. Era el mensaje de voz de mi hermanastra. Decía: —Selena, ¿dónde has estado? ¿Sabes lo preocupado que está Owen por ti? ¿Estás intentando arruinarlo todo?
Lo borré inmediatamente. No quiero oírlo, no quiero prestarle atención.
Mientras deslizaba el dedo por la pantalla, accidentalmente hice clic en la grabación de la cámara de seguridad de la casa, que era de hacía treinta minutos. En el video, Owen trajo a Ivy a la casa, y en cuanto entró, me llamó por mi nombre en la sala vacía, diciendo: —Selena, no viniste a la ceremonia, ¡me has avergonzado delante de todos! Baja ahora mismo y prepara el desayuno, o haz algo útil.
Me llamó varias veces, pero nadie respondió. Luego subió y abrió la puerta del dormitorio; estaba vacío.
Su expresión cambió. Recordó que yo había conducido hasta Villa Rose y que el coche accidentado era mío. Empezó a cambiarse de ropa y tomó las llaves del coche. Ivy lo abrazó por detrás y le dijo: —No te vayas, mi hermana sabe cuidarse sola, ella volverá.
Owen le apartó las manos, la hizo sentarse y dijo: —Debo ir, al fin y al cabo, es mi esposa, necesito saber qué le ha pasado.
Me reí entre dientes. ¿Ahora se acuerda de que soy su esposa? Si alguien no me hubiera salvado, estaría muerta ahora.
Justo cuando estaba a punto de apagar la pantalla, apareció una notificación de transmisión en vivo. Al pie de la Villa Rose, Owen se había unido al equipo de rescate. Excavaba entre las rocas y el barro con las manos desnudas, ya cubiertas de ampollas, mientras gritaba mi nombre a todo pulmón. Repetía una y otra vez que yo era su esposa, que estaba enterrada cerca y que necesitaba ayuda. Gritaba con todas sus fuerzas, desesperado, como si de verdad me amara.
Pero olvidó que apenas unas horas antes había cruzado esas mismas ruinas cargando a otra mujer. La transmisión en vivo se llenó de comentarios: algunos decían: —¿No era esa su esposa?
Otros comentaban: —Estabas cargando a otra persona cuando tu esposa estaba en peligro, ¿qué clase de buen esposo pretendes ser ahora?
Lo que más le importa a Owen Collins es su reputación, pero ahora ha quedado irremediablemente destrozada, y aun así sigue intentando desesperadamente encontrarme. Tiene las uñas rotas y las palmas de las manos cubiertas de cortes ensangrentados.
Solía sentir lástima por él cuando lo veía, y sentía que mi vida había valido la pena.
Ahora mismo, siento asco.
Apagué el teléfono y subí. Me tumbé en la cama mirando la foto de la mesita de noche. En ella, aparecíamos juntos, sonriendo como si estuviéramos destinados a envejecer el uno junto al otro. Una oleada de náuseas me invadió. Puse el marco boca abajo y continué ordenando la casa. Pero fue inútil; su imagen seguía presente en cada rincón, imposible de borrar.
La fiebre volvió a subir y seguía viendo todo borroso, así que me limité a ir a la habitación de invitados.
En mitad de la noche, unos susurros en el pasillo me despertaron.
Eran Owen e Ivy. Se habían instalado en mi dormitorio principal, e incluso había una foto de Owen y yo sobre la mesita de noche. Ivy le suplicaba, diciéndole lo considerado que había sido al llevarla al campo para que pudieran pasar un tiempo a solas mientras yo seguía en el hospital. También le decía lo desconsolada que estaría si llegaba a enterarme.
Owen rio entre dientes y dijo: —No le hagas caso. Cuando le mencione el divorcio, me rogará que no la deje.
Ivy volvió a preguntarle quién era mejor en la cama, si ella o yo. Owen respondió: —Por supuesto que tú. Si no, ¿por qué la habría dejado por ti en nuestra noche de bodas?
Agarré con fuerza la esquina de la manta, clavándome las uñas en las palmas de las manos.
Ivy hizo un puchero y dijo que le gustaba la casa, preguntando si podía quedársela. Owen ni siquiera se detuvo, respondiendo con indiferencia que solo era una vieja casa de campo y que, si la quería, era suya.
Lo único que me dejó mi madre.
Mi refugio seguro. Mi hogar. Lo regaló sin pensarlo dos veces.
El odio me quemó las entrañas como aceite hirviendo, escaldándome y haciéndome temblar. Arrastré mi cuerpo febril y flácido hasta incorporarme, apoyándome contra la pared mientras escuchaba su charla en la habitación de al lado, apretando lentamente los puños.
Tres días. En tres días más, todo habrá terminado.
—¡Maldita sea! ¡Ese viejo perdió la cabeza antes de morir!La voz de Vivian resonó por toda la sala de estar de la mansión Willson. Había arrojado una copia del testamento sobre la mesa y caminaba de un lado a otro, incapaz de contener la rabia que la consumía desde que había descubierto que Ernesto había entregado el control de Willson Group a su hija mayor.Selene, la mujer a la que había intentado apartar de la familia durante tantos años, ahora tenía en sus manos aquello que Vivian siempre había deseado controlar.Y lo peor era que no podía hacer nada para cambiarlo.—¿Cómo pudo hacernos esto? —se quejó Ivy, sentada en el sofá con los brazos cruzados—. ¡Soy su hija! ¿Por qué tengo que estar por debajo de Selene? ¿Qué tiene ella que yo no tenga?Vivian se detuvo frente a ella.—Deja de comportarte como una niña y piensa. Gritar no va a cambiar el testamento.—¡Entonces dime qué vamos a hacer! ¡No pienso pasar el resto de mi vida trabajando para esa mujer!La sola idea de tener que
La casa de Selene se encontraba en una calle tranquila, lejos del bullicio del centro de la ciudad.Aquella tarde, sin embargo, Selene apenas había tenido tiempo para disfrutar de la tranquilidad.Horas antes había visitado las oficinas de Willson Group para conocer las instalaciones, reunirse con algunos directivos y comprender de primera mano el alcance de las responsabilidades que acababa de heredar.La experiencia había sido mucho más abrumadora de lo que imaginaba.Cuando entró en el edificio, varios empleados la recibieron con sorpresa. Muchos de ellos conocían el nombre de Selene, pero nunca habían sabido que era la hija mayor de Ernesto Willson. Para la mayoría, había sido una figura distante, una mujer vinculada a la familia Collins y envuelta en rumores que nadie se había atrevido a cuestionar abiertamente.La noticia de su nombramiento había llegado antes que ella.Al principio, algunas miradas reflejaron curiosidad y desconfianza. No era extraño. De un día para otro, una m
En las oficinas de Collins Group, la noticia había caído como una bomba.Victor Collins permanecía detrás de su escritorio, con un informe abierto frente a él y el rostro enrojecido por la furia. A su lado, Owen mantenía las manos metidas en los bolsillos del pantalón, intentando conservar una apariencia tranquila que no correspondía con la tensión de su mandíbula.—¡Dime que esta noticia es falsa! —exigió Victor, golpeando el informe contra la mesa—. ¡Dime que alguien se ha equivocado y que Selene Willson no acaba de convertirse en la presidenta de esa empresa!Owen apretó los dientes.—La información está confirmada. Ernesto le dejó sus acciones y el cargo de presidenta.—¡Lo sé! ¡Acabo de leerlo! No necesito que repitas lo que ya aparece en el informe.Victor se levantó y comenzó a caminar de un extremo al otro del despacho.Durante años, había considerado a Selene una pieza útil para fortalecer la relación entre las familias Collins y Willson. Su matrimonio con Owen debía asegurar
La sala de reuniones de King Group se encontraba ocupada por algunos de los ejecutivos más importantes de la compañía. Alrededor de la larga mesa de cristal se habían distribuido carpetas, informes financieros y proyecciones que mostraban el avance de uno de los proyectos más ambiciosos en los que Alaric había decidido invertir.En la pantalla principal se proyectaba una imagen tridimensional de una extensa zona costera, donde se levantaría un complejo destinado a transformar la infraestructura comercial de la ciudad.—El proyecto Horizonte representa una inversión conjunta de varios miles de millones —explicó uno de los directores—. El objetivo es construir un puerto comercial inteligente, conectado con un centro logístico de última generación y una zona empresarial que permitirá agilizar el transporte de mercancías entre Norteamérica, Europa y Asia. Si cumplimos con los plazos establecidos, la primera fase podría comenzar a operar en menos de dos años.Alaric permanecía sentado en e
Durante unos segundos, nadie habló.Selene permaneció inmóvil, con la mirada fija en la mesa. Había imaginado muchas veces cómo sería escuchar a su padre reconocer sus errores, pero nunca creyó que aquellas palabras llegarían cuando ya no pudiera mirarlo a los ojos ni preguntarle por qué había tardado tanto.Sus labios temblaron.Siempre fuiste mi hija.Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos, y tuvo que apretar las manos para evitar que su cuerpo revelara cuánto la habían conmovido aquellas palabras.Había pasado tantos años creyendo que no era suficiente para él. Había intentado ganarse su cariño a través de sus logros, de su obediencia y de su silencio, sin comprender que el afecto de un padre nunca debió ser algo que tuviera que conquistar.Y ahora, cuando ya no podía abrazarlo, cuando ya no podía escuchar su voz ni preguntarle si alguna vez se había sentido orgulloso de ella, Ernesto finalmente le había dado la respuesta que tanto había necesitado.El dolor no desapareci
—Qué curioso, Vivian. Por la manera en que me recibes, cualquiera pensaría que estabas muy segura de que no volvería a salir de prisión.Vivian abrió la boca, pero durante un instante no encontró qué responder.Selene avanzó unos pasos, sin apartar los ojos de ella.—Dime, ¿por qué será? ¿Acaso esperabas que pasara tantos años encerrada que terminaras olvidándote de que existo?—No digas tonterías —replicó Vivian, recuperando a la fuerza su compostura—. Si te detuvieron, fue porque robaste. No tienes derecho a presentarte aquí y comportarte como si fueras una víctima.—¿Robar? —Selene inclinó ligeramente la cabeza—. Qué palabra tan conveniente para describir algo que nunca hice.—La pulsera apareció en tu bolso —intervino Ivy—. Y hubo personas que declararon en tu contra. ¿Todavía vas a fingir que eres inocente?Selene volvió el rostro hacia ella.—Sí. Porque lo soy.La respuesta fue tan firme que Ivy se quedó callada por un segundo.—Y no solo voy a demostrar mi inocencia —continuó S







