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Capítulo 3

Author: Hibari
last update publish date: 2026-07-28 03:55:16

Cuando desperté al día siguiente, me sentía como si me hubieran desarmado, me dolían todos los huesos. Tenía la garganta muy seca y la cabeza pesada. Una luz grisácea se filtraba por las viejas ventanas de cristal. Me quedé mirando la grieta en el techo durante un buen rato antes de recordar dónde estaba.

La vieja casa que me había dejado mi madre.

Me incorporé lentamente. La casa no era grande y cada rincón guardaba su recuerdo. El viejo sofá de la sala seguía ahí. Cuando era niña, le gustaba sentarse conmigo en él y contarme historias que ella misma inventaba. Me acerqué a la pequeña mesa de la esquina y saqué una caja de madera vieja. La pintura de la tapa se había desgastado a medias y dentro había fotos y cartas.

La de arriba era de cuando era muy pequeña. Mi madre me abrazaba contra ella y me miraba con una ternura que parecía capaz de derretir el hielo invernal. Sostuve la foto y pasé el pulgar por sus bordes amarillentos. Sentí la garganta apretada y dolorida. Todo lo que había buscado desesperadamente en Owen durante estos años no era más que esa simple mirada: la sensación de ser vista y tenida en cuenta.

Pero había entregado más de diez años de mi juventud y no había obtenido nada a cambio.

Me reí bajito. En el momento en que curvé la comisura de los labios, una lágrima cayó sobre la fotografía.

—No llores.

Una voz masculina sonó a mis espaldas, grave y profunda, como si ya supiera que estaba llorando.

Me di la vuelta bruscamente y casi dejo caer la foto.

Un hombre estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho. Llevaba una camisa oscura con las mangas remangadas hasta los antebrazos, dejando ver unos brazos definidos. No podía distinguir bien su rostro por el contraluz, pero reconocí su figura. Lo había visto pocas veces, pero cada una la recordaba.

—¿Tú… quién eres? —retrocedí instintivamente un paso y apreté la foto contra mi pecho—. ¿Cómo has entrado?

Se enderezó del marco y dio un paso hacia adelante. La luz cayó sobre su rostro. Tenía rasgos marcados, pómulos altos y una línea de mandíbula limpia y definida. Parecía tallado con precisión. Su edad era similar a la de Owen, pero su temperamento era completamente distinto: no hacía gestos innecesarios y su sola presencia imponía respeto.

—Me llamo Alaric Collins —dijo su nombre despacio, como si leyera una carta escrita hace mucho tiempo—. Tu madre me pidió que te buscara si algún día te encontrabas sin salida.

Me quedé helada. —¿Mi madre?

—Ella decía que terminarías volviendo aquí —bajó la mirada hacia la foto que sostenía y su voz se interrumpió por un instante—. Temía que cargaras con todo tu sola.

Mis dedos apretaron y soltaron la foto repetidamente. Sentí los ojos ardiendo. ¿Acaso mi madre ya había previsto este día cuando me dejó la casa?

—¿Conocías bien a mi madre? —resoplé por la nariz.

—Nos conocíamos desde hace muchos años —respondió de forma escueta, sin dar más explicaciones.

Lo miré y de repente me vinieron recuerdos vagos. Es cierto que lo había visto, junto a mi madre. Había venido unas pocas veces y siempre se marchaba pronto. Más tarde, cuando fui enviada a la casa de los Collins, nuestros encuentros fueron aún menos frecuentes. Pero recordé un verano, cuando unos niños mayores me acosaron en el jardín y me senté llorando junto a unas flores. Él pasó por allí, se agachó, me miró un rato y me dijo una frase.

—Si alguien te molesta, ven a buscarme.

En aquel momento era demasiado pequeña para darle importancia. Después sus visitas a la familia Collins disminuyeron y casi lo olvidé.

—¿Me has estado esperando? —pregunté con la voz algo ronca.

—He estado esperando a que tú misma lo comprendieras.

Metió la mano en el bolsillo y me entregó una llave de plata, nueva, que brilló bajo la luz tenue.

—Cambia la cerradura. Tu marido no te dejará estar aquí en paz.

Acepté la llave. El metal frío tocó mi palma y pesaba más de lo que esperaba. No le pregunté cómo sabía que Owen vendría. Si sabía que yo volvería a esta casa, también sabía cómo era Owen.

No habían pasado ni treinta minutos desde que cambié la cerradura cuando alguien golpeó fuertemente la puerta principal desde afuera.

—¡Selena!

Me quedé quieta en la sala, la llave me presionaba la piel de la palma.

—¡Selena, abre la puerta!

Me acerqué lentamente y pregunté a través de la madera: —¿Qué quieres?

—Vengo a llevarte a casa. ¿Por qué te has enfadado? No contestas las llamadas y has desaparecido. ¿Sabes lo preocupado que he estado?

Me reí bajito. —¿Preocupado? ¿Te preocupaste por mí cuando pasaste al lado de los deslaves de tierra con Ivy?

Se hizo silencio al otro lado durante dos segundos. —… Abre la puerta y hablemos cara a cara.

—No. Vuelve a tu casa.

La voz de Owen cambió de repente, se volvió baja y amenazante. —¿Hay alguien dentro de la casa?

No dije nada.

—¡Selena, te pregunto! ¿Quién está ahí dentro? ¡Abre la puerta!

—¿Y a ti qué te importa?

—¿A mí qué me importa? ¡Soy tu marido! —golpeó la puerta con más fuerza y la madera vibró—. He oído una voz de hombre. ¿Quién está adentro? ¡Dímelo!

Miré por encima del hombro hacia Alaric. Estaba en medio de la sala, con la expresión inalterada, simplemente observándome. Como si la decisión de qué decir y qué hacer dependiera totalmente de mí.

Volví hacia la puerta y dije: —¿Tengo que darte explicaciones sobre con quién estoy en mi propia casa? ¿Me preguntaste algo cuando trajiste a Ivy a mi habitación?

—Eso es distinto. Abre primero y hablemos bien…

—¿De qué? —lo interrumpí con voz fría—. ¿De cómo convertiste mi casa nupcial en su casa de vacaciones? ¿De cómo regalaste la casa que me dejó mi madre a Ivy sin pensarlo dos veces? ¿Por qué no quisiste hablar conmigo cuando estabas en su cama diciendo que no me querías?

La puerta tembló violentamente. Owen le dio una patada. —¡Ya basta, Selena! ¿No quieres abrir? Voy a llamar a un cerrajero ahora mismo.

No respondí. Me quedé detrás de la puerta escuchando cómo llamaba al cerrajero. Sus pasos se alejaron hacia el exterior del patio. Mis dedos, que sostenían la llave, se relajaron. Cuando me giré, vi que Alaric ya estaba junto a la ventana, marcando un número en su teléfono. Habló muy bajo y solo alcancé a oír las últimas palabras: —Sí, la vieja casa de la Villa Rose. Alguien intenta entrar ilegalmente.

Colgó y me miró. Sus ojos oscuros eran profundos como agua de invierno, tranquilos por fuera, pero con algo oculto en el fondo.

—¿Has llamado a la policía? —pregunté.

—Grabé cuando te gritaba —guardó el móvil en el bolsillo con su ritmo pausado habitual—. También grabé el ruido de las patadas a la puerta. Es suficiente.

Lo miré y mi corazón dio un vuelco. Estaba detrás de mí, hablaba poco, no llamaba la atención, pero cada uno de sus actos era preciso. No me había prometido nada bonito, pero desde que apareció se había encargado de cubrirme las espaldas.

Owen gritó durante más de diez minutos afuera. El cerrajero no llegó, pero sí la policía. Dos agentes uniformados bajaron del coche y se acercaron a él. El rostro de Owen cambió de la ira a la incredulidad. Intentó dar explicaciones, pero los policías no perdieron tiempo. Señalaron la marca de la patada en la puerta y le indicaron que subiera al vehículo.

Antes de subir, gritó algo hacia la casa. No lo escuché bien por el viento, pero recordé su expresión. Nunca imaginó que alguien estaría de mi lado.

La puerta del coche de policía se cerró y el patio volvió al silencio. Me di la vuelta. Alaric seguía en la sala, apoyado contra la ventana. La luz le iluminaba media cara y la otra quedaba en las sombras. No se apresuró a irse ni me preguntó cómo me sentía. Solo me miró un rato.

—Cierra bien la puerta esta noche —dijo—. No se quedará mucho tiempo detenido.

—¿Por qué me ayudas? —pregunté. Mi voz temblaba más de lo que esperaba.

Hizo una pausa. Su mirada bajó hasta la foto que aún sostenía en la mano. Después de unos segundos habló, con la voz más suave que antes.

—Nunca he tenido intención de romper la promesa que le hice a tu madre.

Bajé la cabeza y las lágrimas volvieron. Esta vez no intenté contenerlas.

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