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Capítulo 4

Author: Hibari
last update publish date: 2026-07-28 03:55:55

Pasó un buen rato hasta que los pasos finalmente se alejaron poco a poco.

—¿Se han ido? —pregunté.

Alaric guardó su teléfono y asintió con la cabeza. —Se han ido.

—¿Así de simple?

—No quiere testigos —dijo él.

Una extraña sensación de satisfacción me surgió de repente. Antes, si escuchaba a alguien decir algo malo de Owen, yo lo defendía, valoraba su reputación por encima de mi propia dignidad. Pero ahora, solo pensaba que se lo merecía.

Me di la vuelta para volver a la sala. En el momento en que moví el hombro, un dolor me hizo jadear.

—¿Te duele? —la voz de Alaric sonó detrás de mí.

Miré mi hombro. Casi lo había olvidado. En el accidente de coche, golpeé la cabeza contra el volante y el hombro contra la puerta. El médico me había vendado y dijo que no podría quitarlo hasta pasados unos días. Al moverme, sentí un calor sordo debajo de las vendas.

—Un poco.

A Alaric no pareció convencerle mi respuesta. Se acercó, desvió la mirada desde mi hombro hasta mi rostro y se detuvo dos segundos. —¿La fiebre? ¿Ha bajado?

—Ya ha bajado —dije.

Él no me creyó. Levantó la mano para tocar mi frente, pero la detuvo justo antes de contactar con mi piel. Me quedé mirando su mano suspendida en el aire, sin entender por qué la retiró de repente. Bajó la mano y su voz se volvió más neutra.

—Deberías volver al hospital.

—No quiero volver.

—Selena…

—Estoy bien ahora —lo interrumpí, con una firmeza mayor de la que esperaba.

Alaric me miró y guardó silencio unos instantes. —Todavía tienes heridas. Hay muchos daños que no puedes sentir por ti misma.

No respondí. Sus palabras me trajeron recuerdos del pasado.

Hace varios años, en invierno, volví de la escuela con fiebre alta. Owen estaba en la mansión, pero cuando le dije que me sentía mal, ni siquiera levantó la vista de los documentos que estaba leyendo.

—Toma medicina, eres adulta, puedes cuidarte sola.

En aquel momento sonreí y acepté, hasta que las comisuras de mis labios se pusieron rígidas. Más tarde le pedí que me acompañara al hospital. Entonces levantó la mirada por fin, con ojos llenos de irritación.

—Selena, no puedo estar pendiente de ti todo el tiempo.

Aquella frase se me quedó grabada durante años. Cada vez que la recordaba, sentía un golpe sordo en el pecho.

Ahora, Alaric estaba delante de mí, preguntándome si me dolía, si la fiebre había desaparecido. Sin que yo se lo dijera, había visto heridas que yo misma había olvidado.

Ese contraste me oprimía el pecho y me llenaba de amargura.

—Si necesitas algo —dijo él con voz suave—, dímelo.

Desvié la mirada y tuve la garganta ronca. —No estoy acostumbrada.

—¿Acostumbrada a qué?

—A que alguien se preocupe por mí.

Alaric no añadió nada más. No pronunció frases bonitas como «yo te cuidaré a partir de ahora», tal como harían otros. Simplemente tomó una manta del sofá, la desplegó y me la puso suavemente sobre los hombros.

Apreté el borde de la manta con los dedos.

Todas las promesas bonitas que Owen me hizo de niña no me habían dado tanta seguridad como este simple gesto.

Aquella tarde, Alaric atendió sus asuntos en la sala y yo volví a la habitación para sacar unos documentos de mi bolso. Eran los papeles del divorcio que había preparado antes de la boda. Los había traído a la vieja casa, pensando que tarde o temprano tendría que enfrentarme a Owen. Antes no me atrevía ni a imaginar el divorcio, creía que sin él no tendría nada. Pero aquella mañana, cuando me sacaron del auto, todo me quedó claro.

Extendí los papeles sobre la mesa y tomé el bolígrafo.

—¿Vas a divorciarte? —Alaric estaba detrás de mí, no sabía cuándo se había acercado.

—Sí —respondí sin dudar ni un segundo.

Guardó silencio unos segundos y luego sacó un documento del bolsillo interior de su traje y lo puso delante de mí. El papel era más nuevo que el mío, con pliegues ordenados, como si lo hubieran conservado durante mucho tiempo.

—Primero tienes que leer esto.

Bajé la mirada y me quedé helada.

Un certificado de matrimonio. Mi nombre, Selena Wilson. Al lado, un nombre que había visto durante más de diez años y que nunca confundiría:

No era Owen.

Era Alaric Collins.

Le di la vuelta al papel una y otra vez, comprobándolo varias veces. Mi respiración se volvía cada vez más agitada. —… ¿Qué es esto?

—El certificado de matrimonio que firmaste con Owen hace tres años fue destruido —la voz de Alaric era tranquila, como si relatara un hecho imparcial—. Este es el válido.

Lo miré, con la cabeza zumbando. —¿Cuándo firmé esto contigo?

—Tú no lo firmaste —dijo él—. Pero el que firmaste con Owen era inválido desde el principio. Él manipuló los trámites para cumplir con la supervisión familiar. Los documentos originales fueron sustituidos y en los registros figuraba mi nombre.

Me quedé mirando esas letras, con las yemas de los dedos heladas.

—¿Él… no lo sabe?

—Nunca se molestó en leer ese papel —dijo Alaric—. No solo él, nadie a su alrededor lo revisó detenidamente.

De repente recordé los preparativos de la boda. Owen me había pasado todos los documentos para que los gestionara, diciendo que no tenía tiempo. En aquel momento pensé que solo estaba ocupado y organicé todos los papeles con cuidado. Ni siquiera los había hojeado.

El hombre al que había amado durante más de diez años ni siquiera se había preocupado por saber quién figuraba en nuestro certificado de matrimonio.

Ese pensamiento fue como una aguja fina clavada en mi pecho, que me dificultaba respirar.

—¿Y tú… has guardado esto todo este tiempo? —pregunté con voz temblorosa.

Alaric desvió la mirada por un instante. —Cuando obtuve este documento hace tres años, pensé que si te iba bien con Owen, mantendría oculta la verdad y los dejaría seguir con su vida. No te molestaría.

—Pero no eras feliz —volvió a mirarme y pronunció cada palabra con claridad—. Te estabas engañando a ti misma.

No dije nada. Sentía la garganta obstruida y los ojos ardiendo.

La noche de nuestra boda, Owen se marchó sin siquiera mirarme. Llevó a Ivy a nuestra habitación nupcial. Cuando me hundía en el agua dentro del coche, él coqueteaba con otra mujer por teléfono. Cuando escuché sin querer que regalaba la casa que me había dejado mi madre a Ivy, mi corazón se rompió por última vez.

Durante todos esos años, me convencía de que vivía bien, que Owen solo estaba ocupado, que era frío pero que me quería en el fondo. Pero ahora tenía delante a un hombre que decía lo que yo nunca me atrevía a admitir:

No eras feliz.

Nunca lo fuiste.

Alaric deslizó el certificado de matrimonio un poco más hacia mí sobre la mesa. —Cuando estés lista, te ayudaré a disolver este vínculo.

Miré el papel. Su nombre y el mío estaban uno al lado del otro, escritos con tinta negra ordenada. Era como un hilo que me había encadenado durante tres años y ahora por fin asomaba su extremo.

No sentí miedo.

Solo sentí que esa pesada piedra que llevaba tanto tiempo sobre mi pecho, por fin alguien la había levantado un poco.

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