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Capítulo 11: Firma y cenizas

last update Petsa ng paglalathala: 2026-10-28 22:00:02

El ambiente en el despacho de Mateo Valcárcel era tan sobrio como imponente. Situado en el piso cuarenta y cinco de la torre corporativa de Valcárcel Group, los ventanales de suelo a techo ofrecían una vista panorámica de todo Manhattan,donde los rascacielos de la Quinta Avenida parecía pequeñas maquetas de juguete bajo un cielo gris de otoño.

Ariadna Sandoval entró con paso firme, sosteniendo un elegante maletín de cuero donde llevaba una copia del contrato revisada por el señor Cole. Llevaba un traje sastre de corte impecable, pantalón de pinzas y una blusa de seda cruda; ya no vestía como la esposa sumisa que se escondía en los rincones de una mansión, sino como la fundadora y directora creativa de Sandoval Atelier.

Mateo la recibió de pie, con las manos ligeramente metidas en los bolsillos de su traje gris plomo. No hubo apretones de manos forzados ni saludos exagerados; entre ellos, el respeto profesional se comunicaba con la mirada.

—Veo que la puntualidad sigue siendo una de sus virtudes, Ariadna —dijo Mateo, indicándole con un gesto la silla frente a su escritorio de caoba.

—El tiempo es el único recurso que no se puede recuperar, señor Valcárcel —respondió ella con una sonrisa sutil,tomando asiento y colocando el contrato sobre la superficie de madera—. Mi abogado ha revisado cada cláusula. Todo está en orden. El treinta por ciento para Valcárcel Group a cambio de la financiación total y la infraestructura logística, y el control creativo cien por ciento bajo mi firma.

Mateo se sentó frente a ella, hojeando brevemente las páginas firmadas con tinta negra antes de estampar su propia firma con un movimiento fluido y seguro.

—Nunca dudé de que lo estaría —comentó Mateo sin apartar los ojos de los suyos—. A partir de este momento, Sandoval Atelier cuenta con el respaldo financiero y legal de mi corporación. Nadie en la industria se atreverá a ponerle una zancadilla sin enfrentarse a mis abogados.

—No necesito que peleen mis batallas, Mateo, pero agradezco el escudo contra los monopolios —respondió ella,guardando su copia del documento en el maletín.

—No es caridad, es un excelente negocio —replicó él con una media sonrisa—. Por cierto, Clara está insoportable. Desde que se probó el vestido de lino, se la pasa diciendo que ya no puede usar ninguna otra marca. Quiere llevarlo a cada evento benéfico de la temporada.

Ariadna soltó una risa genuina, un sonido fresco que iluminó por un instante la severidad de la oficina. —Dígale que los diseños exclusivos se respetan. No repetiremos el vestido, pero podemos crearle una colección entera bajo la misma línea.

Mientras tanto, a pocos kilómetros de allí, la situación en la mansión de los Montalvo y en el taller de la calle 38 era un completo polvorín a punto de estallar.

Lucas Montalvo caminaba de un lado a otro de su despacho privado, con la corbata desatada y el teléfono pegado a la oreja. La fecha límite de la auditoría de Valcárcel estaba a solo dos semanas de distancia, y el caos reinaba en el edificio corporativo.

—¿Cómo que el segundo lote de telas importadas se retrasó en la aduana? —gimió Lucas al teléfono, con la voz al borde de la histeria—. ¡Pagamos el envío exprés! ¡Necesito ese material hoy mismo!

Al otro lado de la línea, el proveedor solo supo disculparse y colgar.

Lucas arrojó el teléfono sobre el escritorio. La presión lo estaba devorando vivo. Decidió bajar al taller para supervisar el avance de las costureras y asegurarse de que Regina estuviera manteniendo el control. Sin embargo, al abrir las puertas dobles del taller, se encontró con una escena que le heló la sangre.

Las costureras corrían de un lado a otro con rostros de pánico. Sobre la mesa principal había tres vestidos a medio hacer,completamente deformados. Las costuras estaban torcidas, los hilos se desprendían y el patronaje era un insulto al buen gusto de la casa Maison Montalvo.

Regina estaba sentada en la silla principal, abanicándose con una revista y con los ojos acuosos.

—¿Qué demonios pasa aquí? —rugió Lucas, haciendo que todas las empleadas se detuvieran de golpe.

Una de las costureras más antiguas, con gesto de fastidio, se atrevió a hablar: —Señor Montalvo... la señora Regina insistió en modificar los patrones originales que dejamos a medias. Quiso cortar las piezas sin medidas y usar un hilo inadecuado. Todo lo que tocamos se está arruinando, y ya no hay material de repuesto.

Lucas miró a Regina con los ojos abiertos de par en par. La furia y el miedo chocaron en su pecho. —Regina... ¿qué has hecho?

Al verse descubierta y arrinconada frente a las empleadas, Regina no soportó la presión. Su cerebro de manipuladora calculó el siguiente movimiento al instante. Se llevó una mano a la frente, cerró los ojos con debilidad y dejó escapar un suspiro tembloroso.

—Ay, Lucas... me siento mareada —se quejó con voz pausada, dejándose caer ligeramente sobre el respaldo de la silla—.Es este ambiente... el olor de las telas me revuelve el estómago. Te dije que el estrés del taller en mi condición no es buena idea, pero tú insistes...

Las costureras intercambiaron miradas de incredulidad ante el cambio tan repentino de actitud.

Lucas, cuyo pánico por el bienestar de su futuro heredero superaba cualquier desastre financiero, olvidó los vestidos arruinados al instante. Corrió hacia ella, se arrodilló a su lado y la tomó de las manos con extrema suavidad. —Perdóname, mi amor. Tienes razón, no debí dejar que vinieras hoy. Vámonos a casa a descansar.

—Sí, por favor... llévame lejos de aquí, me duele la cabeza horriblemente —murmuró Regina, apoyándose en su hombro con una vulnerabilidad fingida a la perfección.

Mientras Lucas la ayudaba a levantarse y la guiaba fuera del taller con paso cuidadoso, ignorando por completo el desastre textil sobre las mesas, Regina dejó escapar una mirada de reojo hacia las empleadas. Había evitado asumir la culpa del error, había conseguido huir del trabajo pesado y, una vez más, había hecho que Lucas cargara con todo el peso mientras ella salía ilesa.

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