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Capítulo 10: Alfileres y seda arruinada

last update publish date: 2026-10-27 22:00:24

A las ocho en punto de la mañana, la puerta del estudio en el West Village se abrió.

Entró una ráfaga de viento helado seguida por una joven de unos veinte años. Llevaba unas botas de cuero militares, un abrigo de piel sintética negro y unas gafas de sol oscuras que le cubrían media cara. Detrás de ella, un chofer de traje impecable cerró la puerta y se quedó esperando en el pasillo.

Clara Valcárcel se quitó las gafas. Tenía los mismos ojos grises y afilados de su hermano, pero en ella brillaban con una rebeldía aburrida. Miró a su alrededor, arrugando la nariz ante las paredes desnudas y la falta de calefacción.

—Mateo me dijo que viniera abrigada —dijo Clara, cruzándose de brazos—, pero no me advirtió que cosías en una cámara frigorífica.

Ariadna, que llevaba una hora preparando la mesa y las herramientas, no se inmutó. —El frío ayuda a mantener la mente despierta. Buenos días, Clara. Soy Ariadna. —Se acercó con una almohadilla de alfileres en la muñeca—. Quítate el abrigo.

Clara alzó una ceja, sorprendida por el tono directo. Estaba acostumbrada a que los diseñadores de la Quinta Avenida le ofrecieran champán, le hicieran reverencias y la trataran como a una princesa de cristal por llevar el apellido Valcárcel.

—Odio las pruebas de vestuario —advirtió Clara, quitándose el abrigo y revelando una figura delgada, vestida con ropa oscura y asimétrica—. Siempre me ponen tules, brillitos y escotes románticos. Parezco un estúpido pastel de bodas. Si vas a hacerme algo así, me voy ahora mismo.

Ariadna la observó en silencio. Miró su postura rígida, sus hombros a la defensiva, su estilo urbano y la fuerza contenida en su mirada. Clara no era una princesa; era una guerrera atrapada en eventos de alta sociedad.

—No hago pasteles, Clara. Hago armaduras —respondió Ariadna.

Tomó un rollo de lino crudo oscuro, rígido y sin tratar, y se acercó a ella. No usó la cinta métrica ni sacó bocetos. En lugar de eso, envolvió la tela directamente sobre el cuerpo de la joven y sacó un puñado de alfileres.

Sus manos comenzaron a moverse a una velocidad vertiginosa. Hizo un pliegue geométrico en el hombro, marcó un corte asimétrico en la cintura y usó la rigidez de la tela para crear un cuello alto y dramático. No intentó suavizar la figura de Clara; al contrario, acentuó su presencia. En menos de quince minutos, Clara estaba envuelta en la maqueta de un vestido que no tenía ni un solo adorno, pero que irradiaba un poder letal.

Ariadna la giró hacia el espejo de cuerpo entero.

Clara se quedó sin palabras. El diseño respetaba su esencia. Era afilado, vanguardista, oscuro y elegante.

—Esto... —susurró Clara, tocando el pliegue estructurado del hombro—. Esto no se parece a nada de lo que me han puesto antes.

—Porque antes te vestían para que los demás te miraran y aprobaran —dijo Ariadna, ajustando el último alfiler—. Yo te estoy vistiendo para que tú los mires a ellos desde arriba. El vestido estará listo en tres días. Puedes irte.

Clara se giró para mirarla, y por primera vez, sonrió con sinceridad. Una sonrisa altiva que recordaba muchísimo a la de Mateo. —Me caes bien, Ariadna. Vas a llegar muy lejos.

A esa misma hora, en el exclusivo edificio de la calle 38, Regina caminaba por el taller de Maison Montalvo como si fuera la dueña del mundo.

Llevaba un traje sastre blanco impecable, tacones altísimos y un bolso de diseñador colgado del antebrazo. Al entrar, las diez costureras recién contratadas dejaron de hablar y la miraron con expectación.

Regina se detuvo frente a la mesa de corte principal, donde reposaban tres rollos de seda italiana pura que Lucas había encargado especialmente para el vestido estrella de la colección. La tela brillaba como agua líquida bajo las luces y costaba una pequeña fortuna por metro.

—Buenos días —dijo Regina, alzando la barbilla—. Soy Regina, la nueva directora del taller.

Sacó una revista de moda europea de su bolso, la abrió en una página y la lanzó sobre la mesa de corte. Mostraba un vestido de gasa vaporosa con una falda en capas que ondeaba al viento.

—Quiero este diseño. Háganlo con esta seda. Exactamente igual a la foto. Tienen hasta la tarde para mostrarme el prototipo.

La jefa de las nuevas costureras, una mujer llamada Carmen, acarició la seda italiana con evidente preocupación.

—Disculpe, señorita —dijo Carmen con respeto—, pero este diseño requiere una tela ligera. Esta seda es hermosa, pero tiene mucho peso. Si la cortamos para hacer capas, no tendrá esa caída. Además, arruinaríamos la tela...

—¿Te pedí tu opinión? —la interrumpió Regina, alzando la voz—. Lucas Montalvo confió plenamente en mi criterio. Les pago para que cosan, no para que piensen. Córtala.

Carmen asintió, pálida, y tomó las tijeras.

Dos horas más tarde, las puertas del taller se abrieron de par en par. Lucas entró con paso firme, seguido por Eugenia.

—Quería ver cómo iban las cosas en tu primer día, Regina —decía Lucas, manteniendo un tono estrictamente profesional ante las empleadas, hasta que su vista se clavó en el maniquí central.

El resultado era un desastre absoluto. Al forzar una tela pesada en un diseño pensado para gasa, el vestido se veía abultado, rígido y francamente barato. Los cortes al bies habían deformado el patrón y destrozado casi cinco metros de la seda más exclusiva de la casa.

—¡Dios mío! —exclamó Eugenia, llevándose una mano al pecho, perdiendo su habitual compostura—. ¡Esa es la seda de importación! ¡Cuesta miles de dólares el metro y tardará semanas en reponerse! ¿Qué han hecho?

Lucas se puso pálido. Miró el vestido destrozado y la furia le subió al rostro. —¡Regina! ¿Qué significa esto?

Regina sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Miró a Lucas, luego a Eugenia, y por último a la costurera. Su cerebro de manipuladora trabajó a la velocidad de la luz. En un segundo, sus ojos se llenaron de lágrimas.

Empezó a respirar con dificultad, encogiéndose ligeramente y llevándose una mano al estómago, ocultando el gesto entre los pliegues de su chaqueta blanca, pero asegurándose de que Lucas la viera. —Lucas... —gimió, cerrando los ojos con aparente agonía—. Me siento mal... me duele...

El rostro de Lucas cambió al instante. La furia por la seda arruinada desapareció por completo, devorada por el terror.Corrió hacia ella y la sostuvo por los codos. —¡Regina! ¿Estás bien? ¡Respira!

—El estrés... —sollozó Regina, bajando la voz para que solo él la oyera, pero dejando que las lágrimas corrieran libremente—. Traté de guiarlas. Les mostré el diseño y les pedí que tuvieran cuidado, pero no me hicieron caso. La jefa de costureras me gritó, me dijo que yo no sabía nada y cortó la tela con rabia... Me sentí tan atacada, tan humillada... ¡Me duele mucho!

Carmen, la costurera, abrió los ojos desmesuradamente al escuchar la mentira. —¡Señor Montalvo, eso es totalmente falso! —protestó, indignada, dando un paso adelante—. ¡Ella me obligó a cortarla contra mi consejo profesional!

—¡Cállese! —rugió Lucas. Su voz retumbó en las paredes del taller, haciendo temblar a todas las empleadas—. ¡No voy a permitir que la insubordinación arruine mi taller ni la salud de mi personal!

Eugenia apretó los labios. Miraba el vestido arruinado y luego a Regina. La matriarca no era estúpida; intuía perfectamente la verdad detrás del teatro. Pero la visión de Regina retorciéndose y la posibilidad de perder al futuro nieto la obligó a tragarse el orgullo y callar.

—¡Usted! —Lucas señaló a Carmen con un dedo acusador—. ¡Está despedida! ¡Recoja sus cosas y lárguese de mi empresa ahora mismo!

Carmen negó con la cabeza, asqueada, y se quitó el delantal de un tirón, tirándolo sobre la mesa. —Quédese con su taller y con su mentirosa, señor Montalvo. Con líderes así, esta casa no durará ni un año.

Lucas la ignoró y se volvió hacia el resto de las costureras, que miraban la escena aterrorizadas. —¡Y ustedes más vale que arreglen este desastre antes del viernes o correrán la misma suerte!

Sin decir más, Lucas pasó un brazo protector alrededor de los hombros de Regina. —Llévame a casa, por favor... necesito descansar —gimió ella.

—Tranquila, ya nos vamos —le susurró él, guiándola hacia la salida.

Mientras Lucas la sacaba del taller, ignorando por completo la colección que acababan de destrozar, Regina escondió el rostro en el hombro de él. Y allí, donde nadie más que ella misma podía verlo, sonrió. Había arruinado la seda más cara de la empresa, pero se había deshecho de la única persona que se atrevió a cuestionarla. Para Lucas Montalvo, ella seguía siendo la víctima intocable.

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