เข้าสู่ระบบDiana Mistral lo tiene todo: belleza, dinero y una vida marcada por las expectativas de una familia poderosa. Pero detrás de las apariencias se siente vacía y cansada de fingir. Una noche, buscando escapar de la presión y sentirse deseada, se deja llevar por la atracción de un misterioso desconocido en un exclusivo club nocturno. Lo que debía ser solo una noche de pasión sin consecuencias se convierte en un recuerdo imposible de borrar. Aquel hombre mayor, seguro de sí mismo, experimentado y con un encanto irresistible, deja una huella profunda en su cuerpo y en su corazón. Seis meses después, Diana está comprometida con Santiago Chaverri, heredero de una de las familias más influyentes de España, en un matrimonio construido sobre alianzas y conveniencias. Desde entonces, vive atrapada entre el deber, las apariencias y una relación que no logra hacerla feliz. Pero todo cambia cuando Ignacio Chaverri regresa al país. El hombre que una vez encendió su deseo vuelve a aparecer en su vida. Y esta vez, Diana descubre una verdad que lo cambia todo: es el padre de su prometido… y el antiguo amor de su tía Marcela Mistral. Diana queda atrapada entre lo correcto y lo que realmente siente, entre la lealtad y una pasión prohibida que amenaza con destruir los secretos de dos familias. 🔞🔥 ADVERTENCIA: Historia con contenido erotico explícito, se requiere discreción🌶️💋
ดูเพิ่มเติมEntraron a la habitación del hotel en silencio. No hacía falta hablar; las miradas entre los dos lo decían todo. Ese hombre tenía unos ojos azules intensos, profundos, de esos que te atrapan desde el primer momento.
A Diana le latía el corazón velozmente por los nervios, pero no iba a dar marcha atrás. Estaba decidida: esa noche se acostaría con él. Lo había conocido hacía apenas un par de horas en una discoteca con sus amigas. A sus veintiún años seguía siendo virgen, pero esa noche no estaba buscando un simple coqueteo. Esa misma tarde, su padre le había soltado la noticia: pensaba casarla por conveniencia con el heredero de los Chaverri —la familia más poderosa de España— para cerrar alianzas y multiplicar sus ganancias. Furiosa al darse cuenta de que para su padre ella no era más que un medio para ganar dinero, decidió rebelarse. Antes de que la entregaran a un matrimonio forzado, perdería la virginidad con el hombre que ella misma eligiera. Y el hombre que tenía enfrente no podía ser más sensual y atractivo. Tenía unos cuarenta y cinco años y estaba en su mejor momento. El cabello oscuro, con algunas canas a los lados, le daba un toque maduro y atrevido. Era alto, de espalda ancha, brazos fuertes marcados bajo la camisa y una mandíbula bien definida. De esos hombres que desbordan atractivo por doquier. Apenas cerró la puerta, no hubo más esperas. La sujetó de la cintura con firmeza y la besó con una pasión desenfrenada. Tenía unas manos rápidas y suaves; en segundos le quitó la blusa y le desabrochó el sostén. Diana se quedó de pie frente a él solo con su conjunto de lencería de encaje rojo, muy sexy. Él se detuvo un momento a mirarla. La recorrió de pies a cabeza con una mirada cargada de deseo que le puso la piel de gallina. Sin decir nada, la empujó despacio contra la pared y comenzó a bajar besos ardientes por su cuello, haciéndola temblar. El ambiente se volvió tan pasional que Diana sintió claramente lo duro que estaba él pegado a su vientre. Pero antes de que las cosas fueran más lejos, supo que tenía que frenarlo. —Espera un segundo —pidió con la respiración entrecortada, apoyando las manos en su pecho. Él se alejó un poco y la miró extrañado. —¿Qué ocurre? Diana tragó saliva. —Soy virgen. Nunca he estado con un hombre. Él se congeló. La sorpresa pareció apagar su ímpetu por un momento y dio un paso atrás. —¿Por qué no me lo dijiste antes? —preguntó, tensando la mandíbula. —No te vayas —dijo ella de inmediato, acercándose más—. Quiero que seas tú. De verdad quiero hacerlo contigo. Él negó con la cabeza, dudando. —No me parece buena idea. —A mí sí —repuso ella, mirándolo fijo, convencida. Para demostrárselo, Diana se arrodilló despacio frente a él. Le bajó el cierre del pantalón con cuidado; aunque le temblaban un poco las manos, no dudó. Su polla salió libre, firme y de gran tamaño. Ella levantó la vista, le regaló una sonrisa coqueta y lo recibió en su boca. Le dio senda mamada. Él cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás con un gemido apagado. Diana siguió despacio, saboreándolo y haciéndole sentir lo mucho que quería estar ahí. —Qué rico… —murmuró él, metiendo los dedos entre su cabello. De pronto, a él se le acabó la paciencia. La puso de pie de un tirón, le dio un beso voraz que la dejó sin aire y la tiró sobre la cama. Le quitó lo poco que le quedaba de ropa con una desesperación que a ella le encantó. Sin perder un segundo, le separó las piernas y enterró la cara entre sus muslos. Su lengua era divina. Le lamió el clítoris con ritmo mientras le metía dos dedos sin rodeos. El placer sacudió a Diana de golpe; se arqueó contra las sábanas sintiendo cómo el orgasmo la recorría de pies a cabeza. —No pares… —gemió, sin ocultar nada. Él alzó la vista con una sonrisa de complicidad. —Estás bien mojadita —dijo. Subió sobre ella, la besó haciéndola probar su propio sabor y rozó la punta de su polla en la entrada. A Diana le dio un temblor en todo el cuerpo. Lo miró a los ojos y le sonrió. —Eres demasiado atrevida para ser virgen. Voy a entrar despacio —le avisó. Diana estaba lista. Sintió la punta empujar adentro. Ardió bastante, dolió tanto que apretó los dientes y soltó un quejido, pero no quería que frenara por nada del mundo. Él avanzó muy despacio, aguantando las ganas, y cuando estuvo completamente dentro, se quedó inmóvil para darle tiempo de acostumbrarse. —Listo. Ya no eres virgen —le susurró casi en la oreja. A pesar del ardor, ella sonrió. Él empezó a embestir despacio, saliendo y entrando con cuidado. Con cada movimiento, el dolor fue cediendo hasta convertirse en un placer riquísimo. Él aceleró el paso, apretándola contra el colchón con fuerza, tomándola sin rodeos. Le decía cosas sucias y fogosas al oído mientras ella solo podía gemir fuera de sí. Cuando sintió que se venía, apretó el ritmo con ganas. Se vino dentro del condón soltando un gemido hondo sobre el cuello de ella. Después se salió con cuidado, se quitó el preservativo y lo tiró al piso. Se quedaron echados un rato, uno al lado del otro. Diana sentía la piel caliente y una vibración deliciosa por todo el cuerpo. Pensó en todo el tiempo que se había privado de esto. Qué sabroso era el sexo, y más con un hombre maduro que sabía exactamente lo que hacía. Al amanecer, en cuanto la claridad entró por la ventana, Diana se levantó en silencio y empezó a vestirse. Tenía una molestia incómoda entre las piernas y le dolían los músculos, pero la sensación de libertad valía cada segundo. El movimiento despertó a Ignacio. Se estiró en la cama, sin nada encima. Diana se le quedó mirando un instante, admirando lo bien que se veía. —¿Te vas tan pronto? Deberíamos desayunar juntos —dijo él, sobándose los ojos. —Tengo que irme —respondió ella, arreglándose el pelo. Él se apoyó en los codos para mirarla mejor. —¿No te voy a volver a ver? —Lo dudo —dijo ella, evitando enredarse. Él saltó de la cama, caminó hacia ella y la agarró suavemente por la cintura. —Yo creo que no me vas a olvidar fácilmente. Fui el primero. Diana le sostuvo la mirada con una sonrisa de lado. —El destino lo quiso así —dijo. Se empinó un poco, le plantó un beso rápido en la mejilla y caminó directo a la puerta. —Adiós. Salió de la habitación dejando atrás a ese hombre quien nada contento con su partida, se quedó viéndola irse de pie y completamente desnudo.La fiesta después del desfile empezaba a apagarse. Ya casi todos se veían cansados, y no quedaba mucho más por hacer en ese lugar que había estado tan vivo horas antes.Las copas vacías se acumulaban sobre las mesas, la música bajaba de volumen poco a poco, y la gente comenzaba a despedirse en pequeños grupos, con abrazos largos.Diana estaba agotada. Solo quería llegar a su casa y dormir, dejar atrás esa noche que había sido más pesada de lo que esperaba.Fue entonces cuando Santiago se acercó a ella con los ojos brillantes y un fuerte olor a alcohol impregnado en la ropa.Se había perdido de su lado durante buena parte de la fiesta, y ahora volvía insoportable. La tomó por sorpresa y la besó a la fuerza.—Cuando salgamos de aquí, nos vamos a mi apartamento —le susurró cerca del oído, con la voz pastosa—. Quiero hacerte el amor esta noche. Estás tan buena, joder.Diana se quedó en silencio, mirándolo fijamente.Odiaba que hiciera ese tipo de escenas en público, pero, más allá de eso,
Diana regresó a la mansión con la cabeza caliente.Aunque la presencia intempestiva de su padre había cortado la cercanía con Ignacio en aquella habitación, el recuerdo de sus manos y la brusquedad con la que él la había dicho que no iba a permitir esa boda continuaba zumbando en sus pensamientos.La culpa por su prometido y por la historia inconclusa de su tía la asfixiaba, pero Ignacio esquivaba el tema cada vez que ella intentaba averiguar de más.Al cruzar la puerta, encontró a Marcela en la sala. Su tía lucía hermosa, vestida con una elegancia que llamaba la atención de inmediato.Se había soltado el cabello —algo del todo inusual en ella, pues jamás abandonaba su moño— y en su postura había una soltura que Diana reconoció al instante.—Estás muy bonita, tía —comentó Diana, haciendo un esfuerzo por sostener la voz limpia de celos.Marcela se giró hacia ella con una leve sonrisa, dejando escapar un suspiro pausado.—Gracias, mi niña.—¿Y a qué se debe tanto cambio? —indagó, apreta
Diana ya no pudo contener la duda que la carcomía desde la noche anterior y fue directo al grano, mirando a su tía con fijeza.—Dime la verdad, tía... ¿te acostaste con Ignacio?Marcela la miró con una sonrisa dibujada en el rostro. Tenía una expresión de serenidad y ligereza que Diana raras veces le había visto; parecía renovada.—Hablamos, mi niña. Hablamos durante horas —respondió Marcela, ajustándose la bata—. Por ahora me basta con saber que no tiene planes de irse del país. No hemos vuelto, ni pasó nada más... todavía.Marcela le dio un beso cariñoso en la frente y dejó escapar una risita coqueta. Tarareando una melodía entre dientes, salió de la habitación con paso liviano.Diana se quedó recostada en la cama, mirando hacia el techo en absoluto silencio. La confusión le apretaba en el pecho.No entendía qué hacía todavía sosteniendo un compromiso con Santiago cuando la sombra de Ignacio lo llenaba todo. Y saber que entre él y su tía sobrevivía una historia inconclusa solo volví
Santiago regresó a la mesa tras saludar a su amigo justo cuando Marcela continuaba de pie frente a ellos. La miró con franca extrañeza, desconcertado por su presencia.—Marcela, ¿qué haces aquí? —preguntó él, mirando a ambos.—Vino a hablar con tu padre —se adelantó a responder Diana, haciendo un esfuerzo consciente por disimular que la interrupción le afectaba mucho más de lo que debería.Santiago giró la cabeza hacia Ignacio.—¿Qué pasa, papá?Ignacio fijó la vista en la mesa un segundo, tomó aire y se puso de pie recuperando la calma.—Nada, hijo. Marcela vino a verme y voy a conversar con ella a solas. Vamos, Marcela —dijo, indicándole el camino hacia la salida del salón.Los dos abandonaron el lugar sin añadir una palabra más.Diana se quedó inmóvil en su asiento, con el cuerpo tenso y la piel del muslo aún tibia por las caricias que él le había dedicado minutos atrás.Una molestia extraña le oprimía la cabeza; los celos la consumían por dentro ante la idea de verlos juntos.Aunq






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