LOGIN...
La chica sabía lo que estaba haciendo. Su lengua giraba en la punta mientras la garganta se ajustaba a mi tamaño, creando una succión rítmica que comenzó a hacerme perder el control que presumía tener. —Puede ser que te ganes diez minutos extra por esto —bromeé, pero la voz salió más arrastrada de lo planeado. Mentí los dedos entre los hilos rubios de su cabello, sintiendo la textura suave mientras asumía el control del ritmo. Comencé a guiar su cabeza en un movimiento firme de vaivén, sin prisa al principio, solo disfrutando el sonido húmedo y caliente que llenaba la habitación silenciosa. Samira gimió contra mí, una vibración deliciosa que reverberó directo en mi pene, y alzó los ojos empañados de placer para mirarme. Ver su expresión —entregada, con las mejillas sonrojadas y la mirada fija en la mía— alimentaba mi ego tanto como la propia sensación física. Su mano izquierda bajó, envolviendo mis bolas con delicadeza, apretándolas levemente en un ritmo sincronizado con el trabajo de la boca. Mientras tanto, las uñas de la otra mano se clavaban en mi muslo, dejando marcas rojas en la piel. —Joder, Samira... —solté entre dientes, aumentando la velocidad de las embestidas de su cabeza. Subía y bajaba con más intensidad, marcando un ritmo frenético. Su boca acompañaba cada embestida sin retroceder un milímetro, chupando con más fuerza cada vez que iba a fondo en su garganta. La saliva escurría levemente por la comisura de sus labios, y la mezcla del sonido de su respiración pesada con mis propios gruñidos transformó la habitación en un horno. La ola de calor comenzó a acumularse en la base de mi espina dorsal, esa presión familiar e incontrolable anunciando que el límite estaba cerca. Mi respiración se volvió un jadeo descompasado. Tiré de su cabello con un poco más de fuerza, trabando la cadera por un segundo mientras la sentía presionar la lengua con fuerza contra la vena en la parte inferior del glande. —Así... no pares —ordené, la voz ronca, casi irreconocible. Ella intensificó la succión, trabajando con una prisa deliciosa, usando la mano en la base para acelerar el frote mientras la boca daba el golpe final. Todo mi cuerpo quedó rígido. Apoyé los codos en la cama, arqueando la espalda mientras me corría fuerte, soltando un gemido grave que quedó atrapado en el fondo de mi garganta. El calor se esparció en chorros continuos dentro de su boca. Cualquier otra mujer se habría apartado, pero Samira siguió ahí, tragando todo sin romper el contacto visual, chupando hasta el último espasmo de mi cuerpo pasar. Cuando finalmente se liberó, secó la comisura de sus labios con el pulgar en un gesto descarado, exhibiendo una sonrisa victoriosa y pícara. —¿Y qué? ¿Logré hacerte olvidar el nombre de tu abuela? —provocó ella, arrodillada en la cama con el cabello desordenado. Respiré hondo dos veces, intentando que mi corazón volviera al ritmo normal antes de sentarme en el borde del colchón. —Casi. Pero la imagen de ella despidiéndome sigue siendo bastante nítida —respondí, soltando una risa seca. Me puse de pie, tomando los jeans tirados en la alfombra y vistiéndolos con prisa—. Ahora puedes ir vistiéndote. El chofer te llevará a donde quieras. Ella se recostó en las sábanas, observándome abotonar los jeans con una mirada de expectativa que conocía muy bien. —¿Me llamarás más tarde? Para cenar, tal vez. Tomé mi camisa de la silla y solté una risa corta y sin humor mientras pasaba los brazos por las mangas. La miré por el espejo, dando esa sonrisa de medio lado que nunca fallaba en cerrar las cosas sin necesidad de un escándalo. —Fue genial, Samira. Cuidado con el escalón de salida. Claro que no iba a llamar. Después de todo, las reglas son las reglas. ..Solo que ahora, Dominic sintió la maldad de lejos. Podría tener todos los defectos, pero con sus hijos nadie se mete. Va a morir de la peor forma posible, va a sufrir tanto. Hoy no iba a salir vivo de aquí, Dominic no podía matarlo así como así. Pero lo atraparía.—Bueno, la charla estuvo buena, pero tengo que irme. Vámonos, hijo —dijo Olga.—Sí, mamá —dijo Ofel.—Los acompaño a la puerta —dijo Celina.—Vamos, podemos volver —dijo Ofel.—Sí —dijo Celina.Salieron y se fueron. Entonces Dominic tomó un jarrón y lo estrelló con toda su fuerza contra el suelo.—¿Qué es esto? ¿Estás loco? —preguntó Celina.—Loca estás tú, que trajiste a un pedófilo a mi casa junto con mis hijos —espetó Dominic.—Mi sobrino, ¿de dónde sacaste eso? Este muchacho tiene la mentalidad de un niño —se defendió Celina.—¿Mentalidad de un niño? ¡Por favor! Despierta a la realidad. Este es un pedófilo y deseó a mis hijos. Y eso no se lo voy a perdonar —dijo Dominic con furia.—¿Qué? ¿Vas a matar a un muchacho inocen
Una energía extraña recorrió el cuerpo de Dominic, unas ganas de golpearlo. Liz empezó a llorar. Dominic se levantó, tomó a Liz en brazos y la abrazó.—Chit, papá está aquí contigo, ¿sí? —dijo Dominic.Un sentimiento de protección surgió. Abrazó a su hija y se sentó en el sofá calmando a Liz.—Déjala en el cochecito —dijo Celina.—No, mi hija se queda conmigo —respondió Dominic.—Amor, déjame amamantarla. Creo que ya tiene hambre —dijo Stella.Dominic le entregó a Liz a Stella. Stella puso una telita sobre sus senos y le dio pecho a Liz. Ofel se quedó mirando a Liz mamando de forma extraña. Stella se sintió incómoda y se retiró de la sala.—Con permiso, tendré que subir —dijo Stella.—Adelante —dijo Celina.Se levantó y se fue. Entonces Ofel se levantó del sofá y se sentó en el suelo junto con Bruninho. Empezó a dibujar con Bruninho, pero comenzó a mirar a Bruninho de la misma manera que miraba a Liz: con una mirada de maldad y deseo. Rodrigo apareció en la sala.—¿Saliste antes que y
—Es en serio, mañana te la compro, lo prometo —insistió Dominic.—Está bien, si no la compras, la compro yo —dijo Stella.—¡Jaja! Está bien. Y bien, ¿te gustó? —preguntó Dominic.—Me gustó —respondió Stella con vergüenza.—Eres tan deliciosa —dijo él, y ella se puso roja.—Jaja, y te ves más rica cuando te da vergüenza —añadió.Se concentró en el tráfico. Después de un rato, llegaron a casa. Dominic metió el carro al garaje, bajaron y entraron. Fueron a la sala y allí encontraron a una señora y a un hombre que parecía más joven que la señora, junto con su tía Celina, Liz (que estaba acostada en su cochecito), Bruninho (que estaba sentado en el piso pintando) y Cometa.—¡Llegaron! Déjense las presento. Ella es Olga y su hijo Ofel. Y este es Dominic, mi sobrino, padre de los niños y esposo de Stella —presentó Celina.—Mucho gusto —dijo Dominic.—¿Liz dio lata? —preguntó Stella.—No, despertó hace poco, tomó su biberón —respondió Celina.—¿Y Bruninho? —preguntó Stella.—Mamá, me porté bi
Stella gemía tan rico. Luego dio una gran embestida y salió. Se acostó en la cama, y Stella se subió encima de él, encajó su miembro en su coñita y comenzó a sentarse rico, con un movimiento de caderas delirante de lo rico que se sentía. Luego comenzó un vaivén lento, subió y bajó, y al final dio una vuelta de cadera. Entonces aumentó el ritmo y comenzó a cabalgar más rápido.Él le dio una palmada en el trasero. Empezó a cabalgar frenéticamente. Cabalgaba sobre su miembro de una forma que solo ella sabía hacer. Él le puso la mano en la cintura, ella se detuvo, dio una vuelta de cadera y volvió a cabalgar. Y entre gemidos, él dijo:—Mier, Stella, estás bien buena. Sigue así, no pares, mi zorrita traviesa.Cabalgó más rápido. Él ya no aguantaba más. Cayó sobre su cuerpo con la respiración jadeante. Él le pasó las manos por la espalda y comenzó a embestir fuerte dentro de su chocho. Embistió frenéticamente, rápido, y Stella gimió alto. Sintió que ella se contorsionaba entera, su coñita se
La giró de frente y comenzó a besar su boca, dándole suaves mordiscos en los labios. Bajó por su cuello hasta llegar a sus senos perfectos. Bajó más, pasando la punta de la lengua por su vientre y mordisqueándola en algunos lugares. La levantó y la acostó en la orilla de la cama. Con la boca le quitó las bragas, le abrió las piernas y se arrodilló entre ellas. Pudo ver la coñita suave y rosadita. Comenzó a chupar esa maravilla con fuerza. Luego metió la lengua muy hondo en esa coñita, succionando ese delicioso juguito. Eso lo puso muy cachondo, pues sabía que estaba llegando al orgasmo. La folló con la lengua mientras una mano estimulaba su coñita. Gemía mientras la chupaba, ya que no controlaba la emoción y la excitación que sentía. Metió dos dedos en su coñita y ella se corrió en su boca, contorsionándose entera.Entonces se detuvo, se levantó, se quitó los bóxers y su miembro saltó, ya duro. Ella se acomodó en la cama. En posición de pollo asado, le dio un beso en su deliciosa boca
—¿Los biberones le bastarán a Liz? ¿No va a llorar de hambre? —preguntó Dominic.—No, no va a llorar. Antes de salir la amamanté y la dejé durmiendo con la barriga llena. Dejé 3 biberones llenos. Mara va a cuidarla bien —respondió Stella.—Hum, entonces podemos hacer algunas cositas, ¿no? —insinuó Dominic.—¿Qué cositas? —preguntó Stella fingiendo inocencia.—Ya verás —dijo Dominic.Arrancó el carro. Aceleró. No estaba lejos de casa, pero cambió de ruta. Tomó la avenida principal, siguió derecho. Condujo hasta que vio el primer motel y entró. Paró en la recepción, tomó las llaves y el número de la habitación, que era la 05. Fue hasta la habitación, estacionó el carro en el garaje privado y apagó el motor.Entonces atrajo a Stella por la cintura y la besó, pasándole la mano por su coñita. Cortaron el beso y bajaron del carro. Entraron a la habitación y él trancó la puerta. Stella se sentó en la cama mirándolo tímidamente.—Vaya, qué hermosa —dijo Dominic.Se quitó los zapatos, los calc







