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Capítulo 20

Autor: Ranacien
last update Fecha de publicación: 2022-01-28 11:58:58

Lenis miraba el horizonte desde la terraza del apartamento de George.

Hacía fresco, fresco frío. El suéter que cargaba puesto no le ayudaba a conseguir calentarse demasiado.

El abogado la vio desde la sala y notó que ella luchaba con sus brazos para obtener algo de calor. Quiso preguntarle por qué no entraba, pero sabía que tal vez ella necesitara respirar aire puro, además, conocía de sobra el efecto tranquilizador de aquel paisaje.

Lenis casi respinga por el ligero susto al sentir que la cubrían con algo.

—Ten. Era de mi madre, te servirá —explicó George, mientras colocaba sobre los hombros de ella una gran tela suave color turquesa.

Lenis miró la tela y se sorprendió.

—Oh, ¡qué belleza, George! —Acomodó la prenda de tal forma, que pudiese ver mejor el diseño y al mismo tiempo seguir estando cubierta contra la ventisca—. Es una pashmina turca —acertó ella—. Tu madre… —Detuvo sus palabras. Ella le diría que su madre tenía buen gusto, pero prefirió corroborar algo antes—: Dijiste «era». ¿A caso tu mamá…?

George tragó grueso y miró al horizonte. Suspiró profundo y respondió:

—Mi madre falleció hace algunos años —informó, pensando en otras cosas más dolorosas que no le diría en ese instante.

La secretaria siguió acariciando la tela y cubriéndose mejor con ella.

—Es hermosa. Imagino que tan hermosa como lo era ella.

George sonrió. Sacó su celular del bolsillo y divagó entre las fotografías.

Encontró una donde aparecían ambos. Se la mostró a ella.

—Oh… Te veías más joven acá. ¿Cuándo fue esto? —preguntó Lenis.

—En la inauguración de mi bufete… De mi primer bufete —explicó mejor.

Lenis siguió mirando la imagen. La hermosa mujer alta, blanca como la leche; estilizada, pero de amable sonrisa y cabellos negros, como los de su hijo, tenía su brazo izquierdo entrelazado con el del joven abogado, pero no se veía la persona con la cual ella llevaba entrelazado el brazo derecho, solo podía observarse apenas un traje blanco de etiqueta. Lenis podía preguntarle quién era la otra persona, pero George le informó que aquello se trataba de una inauguración, pensó que tal vez sería un socio y que de seguro no tendría mayor importancia. Prefirió entonces callar para no parecer entrometida.

—No sabía que habías fundado otro despacho de abogados, pero no me sorprende, eres muy exitoso.

Él sonrió mientras guardaba su celular.

—No tienes que elogiarme. Es trabajo, como cualquier otro.

Ella mantuvo la sonrisa.

—Sí, claro. Trabajo como cualquier otro el defender a tanta gente importante, ¿eh? Llegar a ese nivel en una profesión…, eso es tener éxito —siguió elogiando y él sonriendo—. Gracias por ayudarme, George. Por salvarme…, por permitirme estar acá. —Él suspiró sin decir nada ante aquellas palabras de agradecimiento. Parecía que ella no pararía de agradecerle y le incomodaba un poco cada vez que alguien lo hacía—. Y gracias por cubrirme de este fresco con esta hermosa pashmina, por cierto —dijo jocosa. Luego frunció el ceño y recordó algo—. ¿Has viajado a Turquía? ¿También tienes negocios allá?

George hizo una mueca de extrañeza.

—¿Por qué preguntas eso?

—Por la tela. Esta tela no es fácil conseguir aquí, eso lo sé muy bien. Ya sabes…, lo sé por Ferit. Y como mi jefe tiene negocios allá, según lo que él me contó, imaginé que siendo tú su abogado…

George activó el chip del “rostro póker”. No sabía mucho de lo que Max le había dicho a ella. Sí de lo que ella le había dicho a él, no al revés. George debía tener cuidado con la información que le suministraba a la asistente personal de Maximiliano Bastidas.

El abogado asintió y miró el frente, hacia el paisaje. Se había dado una ducha rápida, se colocó pantalones de algodón grueso color negro y un suéter blanco manga larga con capucha, el cual tenía unos grandes bolsillos a los lados y donde él había metido sus manos para protegerlas del casi frío que dejaba el viento. Iba descalzo, a diferencia de ella, que cargaba unas sandalias bajas. Estar descalzo le gustaba, no le daba frío así, por increíble que pudiese parecer. Él intentó convencerla de liberarse de zapatos, sin éxito alguno.

—Sí conozco Turquía, pero la verdad, muy poco. Max conoce más, por supuesto. —Ella asintió, conocedora de alguno de los negocios de su jefe en el país del Bósforo—. Viajé cuando muy joven. De lo que visité, no recuerdo casi. —Se giró hacia ella y decidió contarle un poco sobre la verdad de su vida—. Mi madre es de Estambul. —Lenis evidentemente se sorprendió. Él sonrió de lado y volvió a contemplar el paisaje—. Falleció por una extraña enfermedad, pero no… no quiero hablar de eso.

—Claro, entiendo. Yo… Disculpa mi atrevimiento, no quise importunar. A veces no tengo tacto para estas cosas.

Él frunció el ceño.

—No lo creo. Algo me dice que sabes muy bien cómo manejar muchas situaciones de la vida. —Ella no supo qué decir ante aquello—. Además, no importunas, Lenis. Créeme.

Se hizo un silencio entre ambos, dejándose cubrir por el sonido del viento chocando contra las plantas y los edificios, percibiendo también una lejana muestra de ciudad al detallar desde allí un par de luces movibles apuntando el cielo. Ambos sabían que se trataba de algún espectáculo, tal vez musical o de teatro, no importaba, igual les atraía el efecto que causaban las luces, sobre todo el dibujo que creaban sobre las oscuras nubes.

Ya percibiéndose ubicada mejor en qué parte de la metrópolis ella se encontraba, Lenis decidió disfrutar de las vistas desde aquel piso diez. Todo se veía precioso desde allí, gran parte del paisaje que aquel complejo de edificios tenía de frente, abarcaba un gran parque con grama impolutamente verde, flores hermosas y en gran cantidad, una pequeña laguna artificial que el ayuntamiento había dispuesto para recrear un hermoso jardín y más allá de todo eso, la ciudad, levantada y lista para seguir en su eterno apogeo; poderosa metrópolis que los acunaba.

—Siento mucho lo de tu madre, no tenía idea de que había fallecido. —Ella se atrevió a acariciarle un brazo a modo de consuelo y George sintió la piel erizarle.

Miró sus ojos grises, parecían haber absorbido el magnetismo de las luces que danzaban a lo lejos. Pensó en lo hermosa que era Lenis Evans, en lo mucho que le gustaba. Pensó en el beso...

Miró sus labios, pero cerró los ojos, dejándose tocar como casi nadie lo hacía desde hace mucho tiempo. No muchas personas estaban dedicadas a consolar a George J. Miller. Por lo menos, no de esa manera tan tierna y sincera.

Él hizo un gesto en negación.

—No importa. Mamá está descansando. —Pasó una mano por su cabello y ambos quedaron en silencio de nuevo.

Ella lo rompió luego de varios minutos.

—George, ¿por qué estoy aquí? —Él la miró extrañado. No le había entendido—. ¿Qué hacías en mi casa cuando sucedió lo de Carl? ¿Por qué estabas allí? Cuando llegué de tu bufete, encontré a Peter en la entrada de mi casa, pero le pedí que se fuera.

—No se fue —expuso rápidamente. Sabía que en cualquier momento ella pediría explicaciones—. Peter me llamó, me contó que tú no estuviste de acuerdo con la idea de vigilancia en tu casa…

—No es que no estuviese de acuerdo —interrumpió—. Le pedí que primero tú y yo debíamos conversarlo, porque acababa de llegar de tu despacho y no me lo habías consultado. Por un momento pensé que era idea suya. Sé que no le caigo bien, siempre desconfió de mí.

En eso ella tenía razón, Peter era muy desconfiado y de Lenis siempre sospechó, pero no podía decirle nada de eso a ella.

—Sé que debí consultártelo, lo siento. Estaba seguro que debías tener protección porque el caso es fuerte, manejado por gente pesada. No lo consulté porque se me ocurrió que debías estar vigilada luego de haberte ido de mi oficina. Solo llamé a mi agente de seguridad de confianza en cuanto lo pensé. Peter actúa rápido. Su agencia trabaja para mi bufete, así como para el consorcio de Max, por eso somos clientes importantes. Tú eres mi clienta, ya eres importante para él. De hecho, aunque no lo creas, lo seguirás siendo. En serio, lo eres. —Ella hizo una mueca de resignación—. A él no le costó nada armar vigilancia por sí mismo. —George esperaba que ella se creyera todo eso.

—Entiendo, pero aún no me respondes qué hacías en mi casa.

George no emitió ningún juicio con su rostro. Su respuesta salió ligera, como una mentira cuando, quien la inventa, ya la cree cierta.

—Peter me pidió encontrarnos en un restaurante cerca de tu casa, la cual estaba justo de camino. Pude divisar su camioneta estacionada muy cerca de allí. No me pareció raro, le había pedido vigilarte, así que me acerqué para que me viera y hacerle señas para que me siguiera. Él me pidió que bajara el vidrio, me diría algo, no sé, nunca lo supe, porque no había terminado de abrir las ventanas de mi carro cuando escuchamos un disparo. El otro disparo lo escuchamos ya llegando a tu vivienda. No lo pensamos dos veces, Lenis. Luego de lo ocurrido, le pedí que manejara él y que nos trajera para acá.

Ella lo miró fijo. Le creía, pero muy dentro de sí, existía una duda extraña, algún presentimiento de algo desconocido que gritaba “peligro”.

—¿Tú… fuiste quien me sacó de la casa? Solo lo recuerdo a él.

Él le respondió mirándola a los ojos:

—Peter te sacó, pero me pidió que yo te llevase al auto mientras él —carraspeó— se encargaba de los cuerpos —terminó de decir con mucho tacto.

Lenis sintió una presión en el pecho, la misma que no había podido quitarse de encima desde que abrió los ojos en la habitación de invitados; exceptuando en el glorioso momento en el que ese hombre la había besado.

Necesitaba despejar la mente. Lenis estaba convencida que en circunstancias normales, le costaría dejarse besar; así se tratase del increíblemente guapo y protector George J. Miller. ¿Dejar entrar a un hombre a su vida y a su intimidad? ¿Cómo hacerlo después de tanto? Sin embargo, aquellas no eran para nada circunstancias normales. Ella sabía —y temía— que ese abogado podía, con un chasquido de dedos, tumbar cualquier pared que ella hubiese construido a su alrededor, que podría ser capaz de dejar sus terribles vivencias en el pasado casi indoloras, mientras sus labios estuviesen sobre los suyos y sus brazos rodeándola. Todo lo vivido la había impulsado a estar en el apartamento de ese hombre, pero también a sus manos, a su boca, a su regazo, necesitada, urgida, y de ese modo se habían despertado en ella esos pensamientos lujuriosos que jamás pensó tener, así, tan liberados y aguerridos.

—Pero… ¿por qué aquí, George? ¿Por qué traerme a tu casa y no llevarme a otro lugar?

—Porque acá estás a salvo, créeme. Estás mejor aquí que en cualquier otro sitio. Conoces este complejo de edificios. Es seguro, Peter conoce a la agencia encargada de cuidarnos acá. Además, son los más alejados de la ciudad y son pocas las personas que saben que tengo este sitio aquí.

—¿Ah sí? —Ella estaba nuevamente sorprendida—. Entonces, ¿no vives acá?

—No durante todo el mes. Tengo un apartamento cerca de mi oficina. El resto del mundo piensa que es allí donde vivo. Que de hecho, es mío, sí, tengo cosas allá y paso tiempo allí, pero aquí es mi hogar. Y mi hogar lo cuido celosamente.

Las palabras de George entraron con intensidad en el sistema de la mujer, quien entendió perfecto lo que él estaba informándole: “cuido mi hogar, nadie viene, tú eres parte de ese secreto”.

«Y yo quiero ser parte de ti…», pensó ella de repente.

Lenis carraspeó la garganta como si él hubiese sido capaz de escuchar sus pensamientos.

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Último capítulo

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  • EL PLAN DE LOS JEFES   Capítulo 88

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