FAZER LOGINLenis suspiró. Estaba cansada de sentirse mal, de tener miedo, del fresco frío de la terraza también y hasta del enorme gusto por ese hombre, lo que sentía presionarse contra su cuerpo en todo momento, como una almohada pesada y cruel, cada vez que la miraba, cada vez que le hablaba, recordándole repetidas veces que hace unas horas había estado en sus brazos, la había deseado y tocado como ningún otro hombre antes. Su esposo nunca la había tocado así, ni siquiera en ese corto lapso de tiempo en el que ella no se percataba de lo que él tenía guardado, de su realidad, de su verdadero yo, de lo que venía a continuación con un matrimonio arreglado por su madre y su padrastro, en ese tiempo donde él fingía ser una pareja hermosa, acertada y hasta fiel.
Sin embargo, debía batallar contra esos sentimientos. Además, no podía seguir queriéndose esconder siempre en una madriguera, como un animal asustado por el mundo exterior.
Se volteó de nuevo hacia él y habló con firmeza.
—George, mañana debo ir a trabajar.
Él la observó unos segundos.
—Negativo.
—¿Qué…? Ok, mira, George…
—No, no irás. No me malinterpretes, pero es muy reciente lo que sucedió, es peligroso.
—Sí, entiendo, pero según Maximiliano, quien es mi jefe, ustedes están convencidos que Smith retrocedió por lo que le sucedió a Carl. —Sintió un peso caerle sobre los hombros y un nudo en la garganta al decir aquello, algo que casi no la deja seguir hablando. George lo notó, pero no movió un solo músculo, se limitó a escucharla atentamente—. No me siento bien con todo esto, es cierto, pero no puedo detenerme como una miedosa, ya no. Tengo que seguir, tengo que luchar. El trabajo me ayuda no solo a pagar las cuentas, sino a sentirme útil...
—Nadie te está prohibiendo que trabajes, solo te aconsejo que no vayas todavía.
Ella lo miró incrédula y escucharle decir eso le hizo reír carente de gracia. Se enderezó, se acomodó la pashmina y caminó hacia las puertas de la sala.
—No has dado ningún consejo aquí, George, lo has decidido. Ya estoy viendo cómo eres, te gusta ordenar. Al fin y al cabo, no solo eres el jefe de tu propio negocio, ¿no? Sino que además, eres el jefe de este lugar, el dueño de tu vida, ¿no es así?
—¿Me estás regañando, o…? ¿Me culpas de algo?
—Has impuesto tu palabra, como ya veo que te gusta hacer —dijo sin responderle lo anterior, y luego cruzó las puertas de vidrio que separaban el interior del apartamento con aquel espacio abierto.
George la siguió de inmediato, no se quedaría así.
Entró y cerró bien las puertas para no dejar entrar el fresco que ya se tornaba frío.
—No entiendo qué sucede, Lenis. ¿A caso dije algo indebido o incorrecto? ¿Te ofendí de alguna forma? Ahora resulta que te estoy obligando a algo que no quieres.
Ella se sentaría en uno de los muebles, pero no terminó de hacerlo cuando escuchó lo que él dijo.
—¿Obligarme? No sabes lo que es obligar, J. Miller. Por muy dominante que seas, no tienes idea de lo que es eso.
—No te hagas la mártir, Lenis, por favor.
Ella abrió la boca de par en par.
—¿Qué me acabas de decir?
—No me malinterpretes —reiteró. También alzó las palmas en defensa—. Sé que has pasado por mucho y que todo lo que has vivido ha sido una gran porquería, pero no por eso te vas a lanzar al suicidio. ¡No irás a trabajar mañana! Peter vendrá, armará una línea de seguridad y cuando veamos que tu vida ya no está en peligro, podrás ir a donde quieras.
—¡¿Pero quién eres tú para exigirme algo?! No lo puedo creer. Agradezco la ayuda, de vedad, y no veo la hora de encontrarme con Peter para agradecerle en persona, pero no puedes exigirme nada. Esto no es una decisión tuya, debiste consultarme antes…
—¿Consultarte qué? —George no daba crédito. Pensaba que lo sucedido la había vuelto un poco loca. Se acercó a ella en dos zancadas—. ¿Qué querías que te consultara? ¿Querías que te preguntara en medio del ataque, “desea la princesa ser rescatada o no”? No puedo creer que estemos discutiendo esto. ¡No puedo creer que estemos discutiendo de lo que sea! En el caso hipotético de tener el tiempo suficiente para hacerte una “consulta” sobre si alejarte del peligro o no, no estarías aquí peleándome por nada. ¡Lo sabes! Tú ni siquiera tienes idea dónde coño estarías de no haberte ayudado. ¡Deberías agradecer que no haya consultado nada contigo!
—No estoy hablando de eso, no te vayas por otro lado. Estoy hablando sobre esa forma que tienes de ordenar, de decidir las cosas…
—¿Cuántas tipos de “toma de decisiones” existen, Lenis? No seas incoherente. —Se dirigía a la cocina, pero se regresó para zanjar—: No irás a trabajar mañana. Punto. Y por esta absurda pelea, ¡no irás esta semana!
—¡No puedes hacer eso!
—Mañana preparo los documentos para la denuncia en contra de Jefferson Smith. Terminemos con esto, encerremos a ese tipo de una buena vez. Peter viene mañana también a armar la línea de seguridad. Cuando veamos que estás a salvo, irás al consorcio. De resto, no.
George se dio media vuelta directo a su habitación, pero se detuvo cuando escuchó:
—A Maximiliano no le gustará esa decisión. ¿Qué vas a hacer al respecto? ¿Pelearás con él? Soy su asistente personal. No trabajaré a distancia toda la vida. Él me necesitará en su oficina en cualquier momento.
—¡No me importa lo que piense Max! —Terminó de darse media vuelta y desaparecer por el pasillo de habitaciones.
Ella estaba anonadada por lo dominante que él era. No sabía lo imponente que él podía ser con sus decisiones. Su asombro fue más allá de sus pensamientos, convirtiéndose en palabras.
—¡Eres demasiado dominante, J. Miller! ¡Y piensas que soy débil, pero te equivocas!
—¡Ay, por favor! —escuchó ella que él había gritado.
Entonces, decidió perseguirlo hasta su habitación, un terreno no pisado; intimidante, si se detenía a pensar en ello. Pero no se atrevió a entrar, solo se limitó a no dejar que cerrara la puerta.
—¿Qué haces? —preguntó él.
—Está bien, ¡está bien! —detuvo ella, enseñando las palmas, cerrando y abriendo los ojos al ritmo de una larga exhalación—. Negociemos, J. Miller.
—Tú dirás. —Él se cruzó de brazos y esperó a ver qué se le ocurría ahora a la enojada Lenis Evans.
—Vamos a dejar esto así: como veo que te gusta exigir, yo también haré mis peticiones. Llamarás a Peter. Hoy mismo, mañana, cuando tú quieras. Le pedirás que venga…
—Ya eso está cuadrado, Lenis —interrumpió—. Pídeme algo nuevo, no me hagas perder el tiempo.
Ella apretó los dientes con fuerza, solo le faltó gruñir.
—Le pedirás que venga —sacó las palabras a través de su boca apretada por la rabia— y yo misma armaré una línea de seguridad con él. Veré qué propone y decido qué me gusta o no. Luego, hablaremos tú y yo sobre la denuncia. ¿Le gustan así las cosas a mi abogado estrella?
Él no le respondió nada en palabras. Con una mueca rara —un poco de obstinación también—, le indicó que por ahora, aceptaba esa idea.
Y así, ceñudo como casi siempre se mostraba ante el mundo y como ahora quería mostrarse ante ella, la vio seguir de largo por el pasillo y desaparecer tras la puerta de la habitación de invitados.
Lenis no cerró con fuerza la madera, lanzó un portazo contundente que hizo de algún modo que él —y hasta ella misma— se encogiese por el ruido que aquello generó. Después, él terminó de encerrarse en su habitación, caminó hasta su cama y se dejó caer sentado sobre el colchón con un bufido de cansancio.
Luego sonrió.
«Qué mujer…», pensó.
Sabía que ella no era malagradecida, por supuesto que no. También sabía que no estaba loca. Lenis era una mujer de carácter, George la entendía. Era evidente que a ella no le agradaba particularmente que le impusieran cosas y eso a él le gustaba. Muchísimo. ¡Le excitaba! La secretaria de Max era una mujer a quien ya la habían pisoteado en muchas ocasiones de su vida. Sin embargo, en su fuero dominante, en su manera de ver la vida (así como ella lo había diagnosticado), él no podía evitar imponerse sobre la gente y más tratándose de ella, de Lenis Evans, de la hermosa Lenis Evans… No podía dejar de querer dominar a la dulce y sexi Lenis, a la nueva versión de una Lisa Diaz que ni ella misma podía ver. Le encantaba, le fascinaba esa mujer, una luchadora, aguerrida, sin miedos, esa mujer que se dejó de tonterías y había jalado el gatillo de aquel imberbe. Una dama que simplemente deseaba día tras día seguir adelante.
George J. Miller se prometió a sí mismo cuidarla, protegerla, ayudarla; así como no había podido lograrlo, con más ímpetu, a su propia madre, quien había sido víctima de la burla más pura y la maldad más perversa.
Lenis sería su reivindicación, su expiación de las culpas que sentía. Y si el profeta, en quien su madre creía, se lo permitía en esta vida, la bella Lenis Evans también sería suya.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







