FAZER LOGINGeorge arrimó una de las sillas altas que estaban alrededor de la encimera y se sentó, apoyando los codos encima de los azulejos de mármol. Jamás le contaría lo del beso.
—Se está bañando. Ha estado bastante afectada por lo que pasó.
—Se culpa. —No fue una pregunta.
—Así es —aceptó George—, pero es inteligente, lo superará.
Maximiliano lo miró. Conocía muy bien a George, habían sido varios los años de conocerle. Sabía que podía ser un hijo de p**a cuando se lo proponía, que era la mayoría de las veces de su día a día. De hecho, admitía agradarle esa parte de él, pero Max sentía que ahora las cosas debían ser distintas, estaba Lenis de por medio.
—Debes tener cuidado con tu forma de ser, tienes que cambiar eso, bájale dos, Miller. Trátala bien.
El abogado arrugó las cejas.
—¿Qué mier…?
—¿Señor Bastidas? —Lenis abrió mucho los ojos y se acercó a ellos, pero por un segundo no pudo evitar ver un poco todo lo que le rodeaba. Estaba impresionada con lo hermoso que era aquel apartamento, pero como siempre, decidió ser respetuosa—. ¿Cómo está, señor? Quería hablar con usted.
—No, no, ¿cómo estás tú? Me he enterado de todo, es bueno verte.
Maximiliano se acercó a ella, la tomó ligeramente de los hombros y empezó a detallar su rostro, cuello, parte del cuerpo —que en decencia— podía ver.
George se quedó muy quieto observando la escena, sobre todo las manos de Max.
Lenis estaba preciosa.
El abogado le había pedido a Peter que mandara a alguien a traer su ropa.
Había doblado algunas prendas sobre una silla, él las había elegido. El resto, las guardó en una maleta de cuero blanco que mandó a comprar para ella, como un regalo; ya le diría. Le agradó saber que Lenis había encontrado todo. Entre lo sucedido en el baño, se le había escapado comentarle lo de las prendas, pero ahora que Max la estaba “inspeccionando”, sintió arrepentimiento por su elección de ropa: ese vestido rojo de algodón por encima de las rodillas, las sandalias de corcho con tiras rojas, el escote, más el cabello mojado… Sí, estaba arrepentido por haber elegido eso.
Ella sonrió triste, sus ojos estaban acuosos. Sentía agradable que la gente se preocupara por ella. Sobre todo su jefe, ya que temía perder el trabajo.
—No voy a mentirle, señor Bastidas. Me siento apenada, no quiero causarle problemas a usted o a su empresa, por favor, discúlpeme…
—Tranquila. —Max la atrajo hacia su pecho y la abrazó—. ¿Qué problema vas a tráeme? Me alegra que estés sana y salva.
George se levantó del taburete.
—Max trajo comida, creo que hay café —interrumpió el abogado, quien revisó la caja y efectivamente vio café y unas tortas. Quiso echarse a reír, pero sin gracia. No pensó encontrar nada para él, pero ahí había cuatro porciones de cada cosa.
Max se separó de Lenis y lo miró.
—Traje para todos —informó, mirando al dueño del apartamento, sintiendo de alguna forma su desconfianza al verlo revisar el paquete.
Ella se acercó a lo que su jefe le había traído.
—Oh…, trajo mi postre favorito. —Ella sonrió por primera vez en muchas horas y sin querer, iluminó la sala.
—Sé que te gustan los postres de esa tienda —dijo Max—, y nada mejor que el chocolate, ¿no es lo que dices siempre?
—¿Sabías que Lenis puede adivinar la preferencia del café de la gente? —atacó el abogado.
Max lo miró con la vista entrecerrada.
Lenis agarró su porción de torta de chocolate y su café en su vaso desechable. Se acomodó luego en una de las butacas y sonrió con algo de pena.
—George ya me ha regalado un pan dulce y té, y lo agradezco, pero también me comeré este postre —le anunció primero a su jefe, luego le habló a los dos al mimo tiempo—. Y sí, es algo que hago a veces, no sé —pellizcó su torta con el tenedor de plástico que Max le acababa de entregar—, me dio ganas de adivinar qué café podía gustarle a George.
«Lo tutea…», pensó Maximiliano por la forma cómo ella le hablaba de su abogado. No dijo nada al respecto y se sentó en otra de las sillas altas.
El corto momento de silencio mientras comían, Lenis lo rompió:
—Señor Bastidas…
—Llámame Max. ¿Recuerdas cuántas veces te lo he pedido? —agrego jocoso.
Ella hizo una mueca de incomodidad, pero asintió.
—Maximilano. —El mencionado negó con la cabeza, mostrando una especie de sonrisa mientras George los observaba—. No me gusta mentir, no me gustan las mentiras —Max miró a George al escuchar aquello—, pero tenía mucho miedo de que se enterara de mi cambio de nombre. De verdad necesitaba el trabajo, necesito ese empleo, no quería arriesgarme a perderlo. Pido disculpa por mentir. Además —miró su postre y luego de vuelta a él—, de algún modo quería sentirme Lenis y no Lisa. Espero que pueda entenderme.
Max la miró directo a sus ojos. Tomó café, se tomó su tiempo y le habló:
—No opinaré sobre tu engaño, sino de la noche que te mandé a convocar al asesor del gobernador. Estuve como loco pensando en la razón de tu ataque de pánico, porque sabía que no pudo haber sido una simple alergia. Lo dejé pasar, porque sabía que debías tener una poderosa razón para no decirme, pero jamás me imaginé que ese hombre tenía la culpa. Si me lo hubieses contado, no te habría pedido hacer tal cosa. O si me lo hubieses contado luego de habértelo pedido, te habría ayudado a deshacerte de ese maldito problema —terminó diciendo con un tono de voz grueso, gruñido y decidido.
La respiración de Lenis se detuvo por un instante. George solo podía verlos a ambos en medio de aquella conversación con su eterna cara de póker. No intervendría. Sentía tanta prensión e incomodidad, que estaba seguro que lo estropearía todo.
—Lo siento, lo siento mucho —dijo ella—, pero no se trata de haber o no confiado en usted, se trataba de no ser despedida. O peor, detenida por haber mentido de esa forma a todo un departamento de recursos humanos. Entiéndame, por favor.
—¿Detenida? ¿Es en serio? Te entiendo, Lenis, por supuesto que lo hago, pero quiero que entiendas que estoy a la orden para todo lo que necesites. Soy tu jefe, no tu enemigo.
—Está bien, acepto que debí contárselo…
—Pero no me pidas más disculpas…
—Lo único que necesito es que Smith no me encuentre, eso es todo. —Miró a George y de vuelta a él—. He cometido un crimen…
—Pero por defensa propia —intervino el abogado, intentando amainar su obstinación.
—George… —advirtió Max.
El abogado lo miró con cara de pocos amigos.
—Por defensa propia o no, lo hice. Gracias por las palabras de apoyo, pero deben entenderme. Lo hice. Yo disparé. ¡A un ser humano! Y sé lo mucho que a mi esposo le importaba ese señor…
—¡Tu ex esposo! —saltó George y de inmediato se arrepintió de hablarle así.
—¡George! —volvió a advertir el recién llegado. Le empujó ligeramente el brazo y le preguntó, sin que ella viera, y solo con el movimientos de sus labios: «¿Qué rayos te pasa?»
El abogado suspiró y decidió cerrar su boca.
—No quiero que se molesten conmigo. Es cierto, ese hombre ya no es nada mío, pero solo en palabras, aún existen los documentos. Y sabemos bien que esos papeles tienen fuerza. Quiero divorciarme para que conste en acta…
—Dalo por hecho —dijo George, no pudo evitar interrumpirla.
Maximiliano suspiró.
—Y muchas gracias por eso —le dijo ella—, pero mientras eso ocurre, quiero que me entiendan también. Mi vida no ha sido… —Bufó—. Smith me está buscando, no se va a detener. Ahora menos. Pero no me quiero esconder, ya no. Necesito seguir con mi vida, trabajar…
—No dejarás de hacerlo —aseguró Max—. Pero si ya has hablado con George, te habrá aconsejado que no lo hagas de inmediato. Por tu seguridad. Smith podrá haber sido tu esposo, tú lo conocerás mejor, pero es un político corrupto y sé mucho sobre ese tipo de calañas. Si es inteligente, él sabrá que te apoyamos. No saldrá a matar gente a diestra y siniestra, Lenis. Además, no vive en la ciudad. Con seguridad, este problema lo habrá lanzando unos pasos en retroceso. Peter ya está averiguando su paradero.
George seguía en silencio, observando.
Lenis suspiró.
—Entonces, ¿qué sería lo mejor?
Max miró al abogado. Ambos se regalaron una mirada conocedora.
—Quédate unos días acá —aconsejó Maximiliano, aunque no le gustaba mucho esa decisión.
Las palabras rebotaron, hicieron eco contra el conocimiento, solamente, de los hombres presentes.
En cambio, para la mujer, dicho consejo solamente significó una demostración de amabilidad.
Ella sonrió, apenada.
—Gracias —se lo dijo a ambos. Miró a Max—. George ya me ofreció su habitación de invitados. —Miró al abogado con una sonrisa sincera al informar aquello—. ¿Mi casera se ha enterado de lo sucedido?
—Peter se encargó de todo lo concerniente a la escena en tu casa —informó el abogado—. ¿Por qué?
—Mi casera es una señora de avanzada edad y le cancelo en negro. Esperará que yo me manifieste.
—Hablaré con Peter, no te preocupes —respondió George—. ¿Tienes que cancelarle algo? Puedo ayudarte con eso…
—No, no aceptaré eso, disculpa. Solo quiero saber si ella supo lo que pasó, nada más.
El abogado se inclinó hacia adelante.
—No te ofendas, Lenis, pero no es buena idea ir hasta allá. Si tienes que pagarle algo, yo lo hago. O mando a enviar el dinero con uno de los hombres de Peter, pero tú no vas. De hecho, no deberías vivir más allí.
Max se puso serio, no solo al escuchar la demanda de Miller, sino el tono que usó y la forma en la que ella se le quedó mirando luego de escuchar.
«¿Qué está pasando aquí?», se preguntó el empresario.
Lenis había quedado atrapada de nuevo entre esa mirada de fuego del abogado. George y sus palabras, George y sus demandas. Ella podía desafiarlas, pero parecían hipnosis lanzadas al aire como si nada.
La mujer enderezó su cuerpo.
—Agradezco por eso, pero te pagaré cada centavo.
George suspiró y regresó a su postre.
—Como quieras —dijo el abogado, intentando no negar con la cabeza.
Max carraspeó su garganta y se levantó de la silla.
—Debo irme —anunció.
—¿Irá a la oficina? —preguntó Lenis, levantándose también, apenada por dejarle con tanto trabajo.
Él sonrió amable.
—No iré el día de hoy, quédate tranquila.
—Puedo trabajar a distancia si lo necesita. Por favor, llámeme. Me ayudará entretener mis pensamientos con el trabajo. Créame, no es la primera vez que me sumerjo en otra cosa para no pensar —y se echó a reír un poco al decirlo.
La inocencia, cubriendo una pesada realidad, hizo que ambos hombres no se rieran junto a ella.
—¿Mi teléfono está…?
—Sí, está en tu habitación —respondió George ante la interrogante de Lenis.
—¿Me llamará, señor Bastidas?
El empresario sonrió de lado.
—Si me llamas Max, sí. —Ambos sonrieron—. Si llego a necesitar hacerlo, sí, por supuesto, no te preocupes. Para que te quedes tranquila, hoy tienes libre, ¿está bien? Aprovéchalo y descansa. —George no mostró signos de lo que sentía, como siempre—. Bueno, ahora sí me retiro. —Max le hizo una ligera seña al abogado con la cabeza en dirección a la puerta.
—Lenis, acompañaré a Max a los ascensores. Puedes conocer el lugar si lo deseas. O espérame, no tardo.
—Está bien, espero. Que le vaya bien, señ… Maximiliano.
El empresario negó con la cabeza con una sonrisa de labios pegados y caminó hasta la puerta.
Afuera, mientras esperaban el ascensor, George habló:
—¿Cómo que le das el día libre? ¿Qué pasó con lo que habíamos planeado? Ella no puede ir a tu oficina ni mañana ni después.
—¿Y qué querías que le dijera? Si tiene que ir, que vaya. Hablaré con Peter para que arregle eso en caso de que insista, que es lo más probable. —Miró su reloj—. Se suponía que nos encontraríamos aquí con él.
—No me dijo nada —agregó George—. Hablo entonces con él, si llega a venir.
Max asintió. El ascensor llegó, pero el empresario sostuvo las puertas ya estando dentro.
—Por cierto, me parece «genial» esa camaradería que existe entre ustedes —opinó el CEO con ironía—, pero recuerda que, a pesar de ya saber de qué lado está Lenis en todo esto, se trata solo de un plan. No la vayas a cagar.
George sonrió sin gracia, aunque la mueca se bañaba ligeramente de una especie de triunfo.
—Soy su abogado, Max. Es normal que nos tuteemos, ¿o no? En cambio a ti, como que no le gusta llamarte por tu nombre. Algo de eso percibí.
El empresario rió un poco.
—Soy su jefe, eso se llama «respeto». —Y dejó que las puertas se cerraran.
George se puso serio y miró hacia su apartamento. Parecía seguro de todo lo que sucedía, incluso de tenerla a ella en sus aposentos, pero nunca había sentido tanto miedo en la vida.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







