INICIAR SESIÓNMax y George no se dejaron de mirar, retadores. El CEO pensó bien en la respuesta del litigante. La forma directa de emitirla y lo que dijo, había sido lo más obvio que le había escuchado antes decir a su abogado desde que el plan entró en ejecución, ya que el mismo, en definitiva, era sacarle toda la información a Lisa Díaz (o Lenis Evans) que tuviese sobre el paradero de su padrastro.
Al principio, la idea era descubrir de qué lado estaba Lenis en todo aquello, si ella era víctima o no. Luego, el fulano plan estipulaba endulzarla, atraerla, como polilla a la luz, hacia la plena confianza que pudiese brindarle un caballero atento en el que esta vez sí pudiese ella confiar.
Al parecer, George lo había logrado, un plan triunfante que a Max no le gustaba, no le gustaba nada.
—¿Cuándo comenzaste a tener… «éxito» en este plan? —preguntó el jefe de Lenis, con la voz apretada, hablando entre dientes y con el corazón un tanto acelerado.
George negó con la cabeza, indicándole que no obtendría esa respuesta por nada del mundo, así le pusiese una pistola en la cabeza.
Peter se regresó y le dio una botella de cerveza a cada uno, sentándose en el mismo asiento.
—Necesito estrategias. Cuadremos —pidió el abogado.
—Aclara —instó el agente—. ¿Qué es lo que quieres?
—Yo no. Lenis quiere. Ella quiere que le ayude a ubicar a su madre —explicó George.
—¿Qué?
—¿Perdón? —preguntaron Max y Peter al unísono.
—Como lo escucharon. Anoche me pidió que le ayudase a ubicarla y no haré algo que ya venimos haciendo desde que ese imbécil consiguió el exilio. No hemos tenido éxito y no voy a seguir fracasando —aclaró George—, pero tengo que agregar que Lenis me informó que la famosa “tía Carmen” podría saber el paradero de su madre. De hecho, según ella, eso es una realidad. Lenis está totalmente convencida de que eso es así. Y yo le creo.
—La casa de la tía de Lenis ya está ubicada y siendo vigilada —agregó Peter. Éste miró a George—. ¿Cómo quieres empezar a proceder? ¿Qué es lo que quieres hacer?
—Quiero convencer a Lenis de que es con esa mujer con quien se debe empezar la búsqueda. Quiero acercarla a esa tal Carmen para que aquella pueda brindarle información.
—Espérate un momento —intervino Max—. ¿Quieres lanzar a Lenis hacia una mujer que la repudia? ¿No crees que ya tenga suficiente de familiares que no la quieren?
George endureció el rostro. El color de sus ojos se oscureció al completo.
—No pongas palabras en mi boca, Bastidas. No pretendas insinuar que le estoy haciendo algún daño a Lenis y mucho menos que deseo obligarla a hacer algo que no quiere.
—Ah…, ¿ahora no? Entonces, ¿por qué no mejor le informas que vas a mandar a investigar a su tía, que tenga conocimiento de eso y así le intervenimos la vida a la mujer? —dijo Max—. Si esa tal Carmen tiene conexión con la madre de Lenis, tarde o temprano se comunicará con esa gente…
—Eso puede tardar meses —interrumpió George—. Si no aprovechamos ahora, si desperdiciamos esta jugosa información y la existencia de esta tía, junto a toda esa conexión que asegura Lenis que ella aún mantiene con su madre, nos convertiremos en idiotas. Si no aprovechamos esta oportunidad, seremos más tontos que antes, volveremos a ser los mayores imbéciles de la historia y así como ya está sucediendo, ¡el delincuente de Turgut seguirá libre haciendo fechorías quizás donde diablos! —casi gritó el abogado—. La intervención a los teléfonos de la tía de Lenis será un hecho, ¿no es así? —Miró a Peter, quien asintió con rostro de resignación e incomodidad—. Si Lenis se acerca más a esa mujer, y si esa mujer mantiene contacto con la madre de Lenis, ten por seguro que se removerá esa cañería y como por arte de magia las ratas saldrán a flote. Entonces, allí estaremos nosotros para atraparlas.
Max se recostó en el espaldar de su asiento y comenzó a sonarse los dedos, mientras los entrelazaba entre sí y los descansaba sobre su adómen.
Pensó mucho en lo que acaba de escuchar. Miró por largos minutos el rostro serio de George J. Miller, su abogado personal. También pensó en la verdad que aquel le había lanzado cuando le preguntó cómo obtuvo toda esa información de la tía de Lenis y lo que ésta última pretende hacer con la búsqueda de su madre.
Peter los miraba a ambos, pero al mismo tiempo bebía de su cerveza y se comunicaba con su equipo de trabajo por mensajería de texto.
Max suspiró y se enderezó, asintiendo con la cabeza.
—Ok —le dijo el CEO a los dos—, cuadremos entonces. Empecemos.
Los tres jefes comenzaron a accionar el seguimiento del plan, conversando sobre fechas, horas, movimientos a ejecutar. Peter aportaba todos los datos pertinentes y así de ese modo, pasaron un par de horas donde abandonaron la terraza para conversar adentro, engullendo alguna cosa, bebiendo otro par de cervezas, dándose cuenta que efectivamente necesitaban aquella reunión para de nuevo encausarse sobre las aguas de aquel río que casi dejaban de navegar.
Maximiliano no había podido sacarle información a George sobre Lenis y él. Aunque no hacía falta, el CEO sabía que estaban teniendo intimidad, el mismo abogado se lo confesó a su manera de hablar, tan suya, tan ingeniosa, informándole que “su plan estaba siendo ejecutado”. Tanto él como Peter sabían qué tipo de plan era ese. Además, vivían juntos, pero entendía (ahora con más claridad) que su abogado tomaba aquello como la perfecta excusa para mantenerla viviendo allí con él, diciendo que la protegía; y sí, la protegía, el edificio era seguro, lo sabía, pero Maximiliano sentía que aquella acción ya se estaba pasando de tragos. De todos modos, el empresario necesitaba saber las cosas con mayor detalle, asegurarse que su asistente personal estaba entregándose a los brazos de su abogado, un hombre que parecía utilizarla para un fin. En su interior intentaba convencerse de que, ese sentimiento molesto que llevaba dentro, nada tenía que ver con que a él pudiese gustarle o no la chica, nada tenía que ver con el hecho de poder sentir alguna cosa por ella. Al CEO le preocupaba muchísimo que el abogado se volviese loco y terminara por enamorarla y desecharla al obtener información. Sabía que George era un caballero y no era un mal sujeto, sin embargo, lo conocía como un mujeriego en toda regla, alguien sin estabilidad emocional, además de un estratega de profesión.
El teléfono de George sonó. El dueño del apartamento miró la pantalla y algo en su rostro cambió, Maximiliano lo notó y supo de inmediato quién podía estar llamándolo.
Además, el CEO se sorprendió por lo que vio en esa cara. Si Lenis era quien llamaba, el cambio que surgió en la expresión de George fue toda una sorpresa para el empresario.
—Disculpen, debo contestar. —George se dirigió hacia el pasillo de habitaciones y entró a su despacho.
Peter y Maximiliano se quedaron sentados en la sala.
El CEO traspasó con la mirada al agente.
—Dímelo tú —exigió el empresario.
Peter lo miró con una ceja arqueada.
—¿Qué cosa?
—¿Ellos están follando, sí o no?
Peter lo miró con absoluta seriedad.
—No me meteré en ese asunto, Max.
El mencionado miró hacia el pasillo por donde se había perdido George.
—Sabes que si están teniendo intimidad, todo se puede venir abajo. Conoces a George.
Peter puso cara de aburrimiento, despegó la mirada de la pantalla de su celular y lo miró de nuevo.
—¿Y ese no era el plan original? ¿No fuiste tú el que dijo que si Lenis descubría los gustos del abogado, sabría que una cama era perfecta para llegarle?
—Pero eso era antes de saber que ella era víctima de todo esto.
—Mira, si ellos tuvieron intimidad o no, si la tienen ahora o no, conozco perfectamente el nivel de interés que mueve los pasos de George para alcanzar todos sus objetivos.
—¿Qué rayos dices ahora? Estabas preocupado porque George no nos prestaba atención, que el plan se estaba desviando. Sabes que está enamorando, ¿acaso eso no te importa?
—¿Enamorado? No puedes asegurarlo.
—No me estoy equivocado, Peter.
—Relájate, Max. ¿En qué apartamento estamos ahora? ¿En el de quién? ¿Quién fue el que nos convocó? Tranquilo, todo va ir bien.
Maximiliano no le dijo nada más, se dio plena cuenta de que ya no valía la pena.
Miró de nuevo el pasillo de habitaciones. George tardaba en devolverse. Estaba seguro que la llamada la había hecho su asistente personal.
—¿Por qué rayos Lenis tiene que llamar a George en pleno horario laboral? —preguntó casi en un susurro, como si fuese un pensamiento lanzado en voz alta.
—Es su abogado —le recordó Peter con voz de cansancio, mientras seguía revisando algo en su celular.
Max lo miró con molestia.
—También es el mío —ladró, con la voz apretada.
Maximiliano miró los alrededores. Los muebles, la cocina abierta, los adornos de aquel apartamento… Tanta historia encerraba ese piso, siendo de la difunta madre de George.
El empresario negó con la cabeza y exhaló bastante aire, recostándose al espaldar del sillón monoplaza donde se encontraba sentado.
—Este plan se está saliendo de control —susurró.
Peter lo miró, le diría algo al respecto, pero en ese momento George regresó y siguió en la línea del plan que aquella llamada había interrumpido.
Al cabo de unos minutos, fue el turno de Maximiliano. Su celular sonó, era su madre.
—Oh, no… —susurró, con los ojos como platos y las cejas arrugadas. No contestó de inmediato para poder revisar cuántas llamadas perdidas tenía de su progenitora—. Rayos… Joder, ¡joder!
—¿Qué pasó? —preguntó Peter.
—¡Joder! Tenía un compromiso con mi madre y no fui. —Se pasó una mano por la cara—. La dejé embarcada.
George se echó a reír.
Maximiliano devolvió la llamada y mientras lo hacía, Peter recibió otra. Al parecer, el trío de hombres eran solicitados esa tarde.
El agente miró a sus aliados con el teléfono en la oreja. Maximiliano, luego de separarse de ellos un poco para poder hablar con Seda y regresar ya colgando la llamada, vio la agudeza en la mirada del agente, deteniéndose en seco.
Algo pasaba.
El abogado, sentado en el sillón de tres piezas, y el CEO, aún de pie, se mantuvieron alertas ante la información que Peter pudiese lanzar mientras conversaba con quien fuese, al teléfono.
El agente dijo «sí», «no», «está bien», «mantenme alerta» y colgó. Suspiró antes de hablar:
—Seda está con Lenis.
George arrugó las cejas y miró a Max, con la intención de que le corroborara esa información.
—Sí, así es —respondió ante la mirada interrogante de su abogado—. Mamá me lo acaba de informar. Me llamó precisamente para decírmelo. Ambas van camino a almorzar juntas —dijo el CEO, aún alerta a lo que pudiese agregar Peter, porque sabía que algo malo pasaba y no estaba captando qué.
George arrugó más su rostro.
—¿Te llamó T.C para avisarte? —el abogado le preguntó a Peter. No presentía nada bueno.
El rubio agente de seguridad exhaló de nuevo una buena ráfaga de aire.
—Seda le pidió a Lenis que la acompañara a almorzar, pero no pudo haberlo hecho a otro lugar, tuvo que llevarla al hotel donde se hospedan el gobernador y su asesor político.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







