INICIAR SESIÓNElla tuvo que mirar para abajo. Fingió que se quitaba una pelusa de su pantalón.
—¿Lenis? ¿Te encuentras bien? —preguntó George con un tono un tanto burlón.
«Idiota», pensó ella con una sonrisa. Sabía que él, en estos temas, siempre ganaría. Ella estaba consciente que todo lo que él le dijo, las imágenes que le ayudó a proyectar, fueron lanzadas con premeditación para provocarle una alta excitación. Se estaba dando cuenta que su propio juego de ser sincera y abierta se estaba volteando en contra suya…, o a su favor, dependiendo de por dónde lo miraba.
Y también comprendía que George era un sujeto altamente sexual, algo que le empezaba a gustar.
—Sí, me encuentro bien, pero estaré mejor cuando llegue a casa —respondió ella y colgó la llamada.
Lenis, luego de tragar para aliviar la sequedad en su garganta y escondiendo el rostro detrás de la pantalla de la computadora que tenía sobre el escritorio, intentó calmarse y volver al ruedo, debía darle un recado a la señora Seda, quien todavía esperaba en el despacho de su hijo.
George se quedó por un momento mirando la pantalla de su celular luego de colgar. La seriedad había regresado a su rostro.
Mientras se recuperaba de la excitación en la que había caído, no pudo dejar de pensar en lo que Lenis le había dicho (sabiendo él) casi sin darse cuenta, una frase que parecía no ser impactante: “cuando llegue a casa”.
A él le gustó tanto escucharle decir aquello, “su casa, la casa de ambos, el espacio que compartían”, que no supo bien qué hacer con lo que estaba sintiendo.
***
—Señora Seda, disculpe. El señor Bastidas no vendrá por los momentos, actualmente se encuentra en una reunión, no puedo asegurarle una hora exacta de llegada…
—Sí, sí, sí, ya sé, entiendo perfectamente. —La madre de Maximiliano se levantó de su asiento, agarrando los lentes de sol del escritorio y su bolso, el cual había colocado en la silla de al lado.
—Siento que se haya molestado en venir. Por favor, considere comunicarse conmigo directamente si surge un percance parecido…
—¿Ya almorzaste? —La mujer miró a Lenis con los ojos entrecerrados luego de cortar su discurso con aquella pregunta. Miró su delicado y femenino reloj de muñeca—. Aunque dentro de poco ya sería una merienda. —Pudo ver que ya eran las 14:00 horas.
—Comí algo ligero hace un rato…
—No has comido —resolvió, interrumpiéndola de nuevo y asegurando ese hecho—. Maximiliano suele matar de trabajo a sus asistentes y algo me dice que no es la primera vez que te sucede. —Lenis sintió pena porque la señora Seda estaba en lo cierto: Lenis había tenido mucho trabajo ese día, y mucho más, gracias a la ausencia del CEO. Cuando esto sucedía, el trabajo se acumulaba gracias a la delegación de tareas—. Se me ocurre que podemos compartir un almuerzo, así aprovechamos para conocernos mejor. Claro, si no supone una molestia para ti.
—Eh…, ¿me está convidando a almorzar?
—Así es. ¿Te parece raro? —Lenis no respondió—. Vamos.
—¿Hoy?
—Por supuesto que hoy. Hoy no, ¡ya! Vamos. —La señora Seda no esperó a que Lenis respondiera. Abrió la puerta, encontrándose afuera con T.C—. Hey, tú… Sí, tú.
El agente quedó extrañado, pero de inmediato se levantó.
—Dígame.
—Prepárate, ponte a hacer… lo que tengas que hacer. Lenis y yo saldremos a almorzar.
T.C miró a la mencionada, preguntándole con la mirada si lo que decía la señora Seda era cierto.
—Señora Seda, disculpe, de verdad. Me encantaría acompañarla el día de hoy, pero tengo mucho trabajo pendiente. Mañana habrá junta y…
—No te preocupes por mi hijo, podemos llamarlo en el camino. Además, me dejó embarcada, debe aguantarse que me robe a su asistente por un momento. De hecho, seamos sinceras, ya Peter debe saber que saldremos a almorzar y ni siquiera le hemos dado chance a este chico de decirle. —Seda se rió. Lenis apretó los labios, evitando que su risa aflorara. La pelirroja se acercó un poco a T.C. Arrugó los labios y lo analizó un poco, haciéndole sentir un tanto incómodo. Luego, miró a Lenis—. Si Peter sabe, se entera George. Y si George se entera, Max también. Así se mueve esto, ¿no es así, muchacho? —terminó preguntando, mirando al guardaespaldas.
Aquel no respondió en absoluto, no emitió tan siquiera una mueca.
Seda puso los ojos en blanco y suspiró.
Lenis miró a T.C con una urgencia en su rostro que intentaba camuflar. El agente, de nuevo, no emitió ninguna expresión, indicándole que solo esperaba órdenes.
—Está bien —aceptó la secretaria, junto a una gran exhalación—. Con permiso, buscaré mis cosas.
***
Lenis estaba sorprendida, no solo por la repentina invitación a almorzar proveniente de la madre de su jefe, sino por ver que la señora Seda se veía muy bien adaptada a que una asistente personal llevara guardaespaldas.
La dama de cabellos rojos fue directa con T.C al proporcionarle la dirección del restaurante. Hizo el comentario de no querer regresar al anterior, ya que sería el hazmerreír de los comensales y empleados del lugar al ver que la dama que estuvo sentada sola en una de las mesas por más de una hora, regresaba con otra acompañante. «Patético», pensaba ella. Aquello sería risorio, no le daría la oportunidad a nadie para que se burlase. Ya hablaría con su hijo y le daría su respectivo jalón de orejas.
Lenis no podía opinar nada al respecto. Lo cierto es que era muy extraño que su jefe no hubiese suspendido, lo que sea que estuviese haciendo con George, para ir a almorzar con su progenitora. No tenía mucho sentido para ella, pero tampoco había pasado años en ese trabajo ni conocía demasiado a Maximiliano como para estar segura de alguna cosa en particular, sobre todo, al ocurrir cualquier cambio en su rutina.
Llegaron al restaurante, un sitio gigante, repleto de mesas y con áreas distintas, base de un gran hotel cinco estrellas.
Manteles blancos, servilletas de tela, cristalería fina, música de piano al fondo y mesoneros con pajarita, eran algunos de los detalles de aquel sitio.
Lenis había sido entrenada para aquel ambiente. Trabajar como asistente de personas con mucho dinero también le daba una experiencia dentro de aquel ostentoso mundo, sin embargo, no dejó de intimidarse. Sabiendo que su vestimenta era adecuada, con su cabello recogido con mechones sueltos delicadamente armados y suaves alrededor de su rostro, excelente y a la vez sencillo maquillaje, no descuadraba con el sitio.
El guardaespaldas desentonaba mucho menos. No era el único en la sala, ella pudo ver cómo T.C escaneaba el lugar y siguiendo un poco su mirada, vio cómo él había pillado una de las salas de estar cercanas al área de mesas, donde se encontraban sentados dos hombres con trajes como el suyo y pinganillos en los oídos.
Cuando ambas mujeres se sentaron y luego de que Lenis se asegurara que su chofer también lo hiciera, la secretaria podía sentir la tensión de T.C, como si no le gustase el lugar, pero decidió no prestarle demasiada atención e intentar pasar aquel momento con educación y disfrute, no le quedaba de otra.
***
Tres horas antes…
—¿Cuánto va a tardar Peter? —preguntó Maximiliano, mirando su reloj de muñeca—. Es raro que no haya llegado.
—Eventualmente —respondió George, mientras colocaba un par de latas de refresco sobre la mesa y, traídos desde la cocina también, dos vasos, los cuales llenaba, en ese momento, con el líquido negro.
Ambos hombres se encontraban en el apartamento del abogado, quien se había despertado tarde con la urgencia de ver a sus dos aliados; dicho encuentro debía darse lo más pronto posible.
El CEO fue el primero en llegar. Peter había avisado que llegaría pronto y que no comenzaran la reunión sin él.
George no miraba a Bastidas, absorto en sus pensamientos, mientras se dejaba acariciar por la brisa típica del comienzo del cuarto trimestre del año y del milagro de que el sol no fuese demasiado fuerte a esas horas de la mañana.
Sentados en la sala exterior, en los muebles de madera de la gran terraza, el mismo lugar donde había encontrado a Lenis dormida la noche anterior, se mantenían en silencio, dejándose abrazar por la serenidad del lugar.
—¿Me vas a decir cuál es el tema central de esta reunión? —preguntó Bastidas.
—Cuando llegue Peter —respondió George sin mirarlo, dando sorbos a su gaseosa.
—¿Qué fue lo que pasó ayer frente a mi consorcio? ¿Para saber eso también debo esperar a Peter?
George suspiró y lo miró.
—Lenis enfrentó a Smith.
—Ok, eso lo sé, eso mismo me contó Peter, pero no me dio detalles. Quiero los detalles. ¿Qué hacía ese hombre estacionado frente a la sede principal de mi empresa?
—No te puedo responder eso, porque sería solo una suposición mía. Lo único que puedo relatar son los hechos tal cuales…
—Deja de hablar como el abogado y habla como George.
El mencionado suspiró de nuevo y colocó el vaso sobre la mesa baja.
Pasó las manos por su boca, como si pretendiera secarla. Rascó su barba, metió la lengua entre los dientes y miró por un segundo hacia un lado para luego, como resignado, con los codos sobre sus muslos y las piernas abiertas, se concentró en mirar a Maximiliano.
—A Lenis se le informó que Smith estaba abajo. Sí, frente a las oficinas de tu empresa. Suponemos que esperándola. Sería lógico pensar que la ubicaba con la idea de convencerla, tal vez, de retirar la demanda —Maximiliano apenas asintió—, pero podrás imaginar que, luego del historial junto a ella, la existencia de esa demanda y el hecho de haber enviado a un hombre a su casa para hacerle daño, la razón de esperarla afuera no vendría con las mejores intenciones. Además, me llamó a mi teléfono personal para informármelo. —Max se puso serio—. Entonces, viene Lenis y se vuelve loca —Max arrugó las cejas—: en vez de obedecer la orden de esperar que el idiota de Jefferson se largara, bajó y le tocó el vidrio del carro para, según ella, enfrentarlo.
Maximiliano alzó las cejas y bufó.
—¿Y T.C?
—Estuvo con ella en todo momento.
—¿Por qué no impidió que ella hiciera eso?
—Porque tiene prohibido tocarla, a menos que la circunstancia lo amerite. —Hizo una pausa—. Él confió en ella y decidió darle cancha, pero vigilándola de cerca. —Miró por otro instante hacia la nada—. Hizo bien su trabajo, no se lo critico.
Maximiliano se quedó mirando a su abogado durante un número considerable de minutos.
—Tiene prohibido tocarla… —repitió casi en un susurro. Luego, se inclinó hacia delante para entrar en confidencia—. Parece que disfrutaste decir eso.
George lo miró con expresión de aburrimiento, sin acotar nada al respecto.
—Dime una cosa, George, ¿tú y Lenis están teniendo sexo?
En ese momento sonó el timbre del apartamento. El abogado se levantó y se dirigió a la puerta.
Peter entró y con la confianza que no muchas personas tienen dentro de aquel departamento, se dirigió de inmediato a la cocina y se sirvió un vaso con agua.
—Hay soda —informó George—. Te esperamos en la terraza.
Cuando los tres jefes se encontraron ya sentados, el abogado comenzó a hablar:
—Los he reunido acá porque primero, estás a punto de provocarme un aneurisma con la insistencia de que hablásemos. —Señaló a Peter y éste se encogió de hombros, bebiéndose su refresco—. Segundo, les he pedido que vengan porque deseo emitir un estatus del plan.
Maximiliano arrugó el entrecejo.
Entonces, George miró a Peter para indicarle que hablara su parte y así lo hizo:
—He pedido que te pasen por la aplicación, una conversación por llamada telefónica que tuvo Lenis anoche —intervino Peter, obedeciendo la orden silenciosa del abogado—. Ya la debes tener en tu bandeja de entrada. Revísala.
George se sacó del bolsillo de su pantalón de vestir, un rollo de audífonos de cable color negro, y se lo entregó a Max.
Éste último sacó su dispositivo móvil y escuchó, luego de abrir con su contraseña la bandeja de recibidos de aquel email especial.
—Lenis tiene otro familiar… —dijo el CEO como para sí mismo—. ¿Pero por qué…?
—¿Por qué no acudió a esa persona desde un principio? —dijo el abogado—. Porque, como pudiste haber escuchado, querido Max, ellas dos no son cercanas, y mucho menos luego de que la noticia de Turgut llegara a los medios de comunicación —siguió explicando George—. La señora no quería que la involucrasen en nada turbio, por lo que no permitió que Lenis le llamara o la buscara en estos dos años.
—¿Y por qué Lenis desea buscar a su madre ahora? ¿Por qué contacta a una tía que tanto la odia?
George asintió, adivinando que esas serían las siguientes preguntas de Maximiliano. Peter también escuchaba atentamente, ya que las respuestas también le interesaban.
—Lenis quiere venganza —explicó George a su manera, como adelanto o resumen de lo que detallaría a continuación—, quiere asegurarse que su madre sepa con qué tipo de hombre la dejó abandonada, así como también, hacerle entender que logró salir de eso, que logró divorciarse, sola, sin su ayuda.
Los tres hicieron silencio.
—Quiere hacerle ver que nunca le hizo falta —susurró Max.
Peter movió sus cejas y miró para cualquier parte de aquel paisaje.
Se hizo un nuevo silencio. George quería que todo lo que acababa de decir entrara bien al sistema cerebral de ambos hombres.
—¿Cómo obtuviste toda esa información? ¿Cómo sabes todo lo que Lenis quiere hacer? —preguntó Max. No creía posible que George se pusiera a preguntarle a Lenis directamente sobre la llamada, puesto que ella descubriría que se la estaban rastreando.
El abogado lo miró fijo.
—Sé todo eso, porque estoy siguiendo nuestro plan —respondió.
Peter apretó los labios y arqueó de nuevo las cejas.
—Traeré cerveza —anunció el agente, carraspeando con la garganta y levantándose para acudir a la cocina.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







