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Capítulo 35 primera parte

Autor: Ranacien
last update Fecha de publicación: 2022-03-17 12:00:00

—Pediré ensalada con berenjenas y un té helado, gracias —dijo la señora Seda, entregándole la carta al mesonero—. Me encanta el té helado —agregó, mirando a Lenis con una sonrisa.

La secretaria le sonrió de vuelta.

—Para mí lo mismo, gracias. —Entregó la carta—. Me comí un sándwich hace rato, prefiero algo ligero.

—Muy bien —dijo el mesonero, retirándose luego.

Seda miró el lugar mientras le daba un sorbo a su agua, cayendo su vista sobre el guardaespaldas de la asistente de su hijo.

Lenis obvió esa mirada, intentando también no hacer contacto visual con la madre de su jefe.

—Quiero agradecerte por haber aceptado almorzar conmigo. Pensé que en verdad te negarías en redondo.

Lenis volvió a sonreír.

—No me agradezca, señora Seda, al contrario. Gracias por la invitación, es un placer.

A la secretaria le parecía un poco extraña la excelente actitud de la madre de Maximiliano para con ella. La última vez que se encontraron en persona, fue la misma vez que se conocieron. La señora Seda no pareció sentir mucho agrado por Lenis. O eso fue lo que percibió la asistente.

Pero las apariencias guardan miles de cosas tras de sí, pensaba de vez en cuando Lenis; la vida le había enseñado eso. Por lo tanto, lo mejor era no juzgarla con un primer vistazo. 

—Imagino que no debes tener posibilidad de salir muy a menudo —dijo Seda.

Lenis arrugó un poco las cejas.

—¿Por qué lo dice?

La pelirroja sonrió. Sus lentes de sol estaban colocados sobre el lujoso mantel, por lo que mostraba completas sus expresiones. La de ese momento llevaba encima una extraña sabiduría.

—Sé que te llamas Lisa —lanzó sobre la mesa como el rebotar de un trampolín.

Lenis se quedó sin habla por un instante. Su rostro serio, la respiración acelerada...

—Hace dos años coincidí contigo y con tu esposo en un evento social en la otra ciudad —dijo Seda—. No hablamos, solo nos vimos. De seguro no me recuerdas. —Lenis intentó trasladarse a esas memorias mientras escuchaba—. Tu marido te presumía, acababa de suceder lo de Turgut… Sé que Ferit Turgut es tu padrastro. —Lenis miró a la nada, no podía creer que la señora Seda ya sabía de su identidad desde un principio.

—Señora Seda, yo…

—Tranquila —interrumpió, mirándola fijamente. Parecía que hasta el tono de voz había cambiado, existía confidencia en la forma como emitió ese «tranquila». Y hubo más—. Debo ser sincera contigo, me preocupaba que fueses a hacerle un daño a mi hijo y a su empresa, pero ya sé que no será así. —Lenis no movió un solo músculo—. También sé que has pedido ayuda, aunque no sé exactamente por qué el cambio de nombre. Entiendo que tu divorcio es complicado, pero tengo una duda.

En ese momento llegó el mesonero, dejó las ensaladas y se retiró.

Ninguna de ellas comenzó a comer de inmediato, tal parecía que habían visto la presencia de ese mesonero como el zumbido de un mosquito.

Ambas mujeres se miraron por unos segundos. La respiración de Lenis se tornó pesada.

—¿Cuál es su duda, señora Seda? —presionó, en un hilo de voz.

—¿Por quién escapaste exactamente? ¿Por Ferit o por tu esposo? ¿A caso Ferit te maltrató?

Lenis pareció haber despertado de un trance. Estaba bien segura que Seda le preguntaría algo diferente. O al menos, no esperó esas interrogantes.

A lo lejos (parecía venir de algún lugar lejano, pero no podía serlo), se escuchaba el zumbar de un repique, una vibración proveniente de algún espacio del área de comedor.

Seda miró su bolso, colocado sobre el asiento de una de las sillas vacías y suspiró.

Sin decir nada, abrió su cartera, sacó su celular, bufó una buena ráfaga de aire y apagó el aparato.

—Mi hijo. De seguro se quiere disculpar por embarcarme, ¡ja! No lo hizo cuando hablé con él al venir acá, ahora sí quiere hacerlo… Pues, tarde.

La llamada, el tiempo para ella, también el comentario de Seda, relajaron evidentemente aquel encuentro.

Sin embargo, la pregunta quedaba en el aire y Lenis sabía que tarde o temprano tenía que responder.

Calibró mentalmente si ser sincera o no, si ser directa o no… «Siempre lo mejor es elegir la verdad», pensó.

—El esposo de mi madre no me causó ningún daño físico —Lenis se perdió en los recuerdos—, pero creo que su participación en mi vida dolió más que cualquier golpe que haya recibido.

El cuerpo de Seda quedó congelado por un momento. Odiaba la palabra «golpe», pero así como la odiaba y la repudiaba, la comprendía.

—¿Te han agredido físicamente?

Lenis elevó las cejas dándole una ligera lectura de obviedad a esa pregunta.

Seda quedó pensativa, penetrándola con la mirada.

—Si no fue tu padrastro, entonces… —«Ah, ya sé quién fue». Seda asintió, dando con la respuesta en su cabeza. Ambas quedaron en silencio. Lenis comenzó a toquetear su comida con el tenedor y de vez en cuando bebía de su té frío—. ¿Cuánto tiempo duró esa situación?

Lenis no respondió. Al parecer, estaba luchando para no ser arrastrada por una fuerte marea interna.

—Lenis, mírame. —La asistente obedeció—. He estado en el mismo lugar donde tú estás. He estado sentada en esa silla antes, fue hace mucho tiempo. Sé lo que sientes, sé por lo que pasas, sé lo que alivia escapar, pero he aprendido que huir toda la vida no es manera de acabar con el enemigo. Y no hablo del enemigo físico, o alguien terrenal, hablo del enemigo emocional, uno que se viste con muchas prendas, prendas caras, aunque fáciles de encontrar. El miedo, el desvalor, la baja autoestima, la depresión..., son algunas de las prendas más costosas que un ser humano puede encontrarse en su camino por la vida. No sé por qué, pero tal parece que hay personas que esas telas del demonio les sientan bien. A veces las muestran y hasta alardean de que las tienen puestas, en otras ocasiones, peligrosas ocasiones, no las revelan, las esconden, dejando que cada vez más les apriete el alma. —Lenis no paraba de mirarla. Sus lágrimas estaban a punto de caer, el nudo en la garganta era descomunal—. Lo peor es que queremos al menos culparnos, decirnos: “qué estúpidas fuimos”. Ni siquiera podemos hacer eso, porque al final, nunca es nuestra culpa —agregó aquel sarcasmo con humor y haciendo con sus dedos las señales de comillas, riendo un poco, intentando hacer sonreír a la secretaria.

Funcionó, sonrieron, la presión liberó amarras y por fin comenzaron a comer.

Lenis, en ocasiones, miraba en dirección a T.C. Aquel se había movido. Lo hacía varias veces, pareciendo un guarda-sala en vez de su seguridad personal.

El agente caminaba, miraba hacia la entrada, el área de ascensores o la escalera, luego a ella y contestaba llamadas frecuentemente. A Lenis le pareció un poco exagerada aquella forma de vigilar. No pasaba nada malo, no estaba sola, no parecía haber peligro, el restaurante estaba concurrido, no entendía por qué el nerviosismo que aquel mostraba.

Sonó su celular y sintió un poco de pena por no haberlo dejado en modo vibración.

—Disculpe, lo apagaré.

Seda hizo una mueca para disminuir aquella preocupación, engullendo de su ensalada.

Lenis vio en la pantalla de su móvil que se trataba de George y automáticamente sus mejillas se sonrojaron.

Miró de reojo a la madre de su jefe y le dio al botón rojo de llamada, pero luego rápidamente, escribió un mensaje:

“Luego te llamo”, y le dio a enviar.

—¿Todo bien? —Lenis asintió. Se hizo de nuevo el silencio, pero no duró mucho—. Si es mi hijo quien te llama, puedo entenderlo. Le pediré a mi chofer que me busque él acá, así ustedes no tengan que desviarse en el camino solo para dejarme en casa.

—No se preocupe. —No le diría quién era y tampoco le mentiría.

Terminaron su comida luego de una corta tertulia de temas al azar. Básicamente, Seda quiso contarle algunas cosas de Maximiliano, como su manera de ser, lo exitoso que era y lo orgullosa que se sentía de él, entonces, pidió dos cafés y fijó su mirada en la chica.

No dijo nada por casi un minuto. Lenis arrugó las cejas y a punto de preguntarle si algo sucedía, Seda habló:

—Esperé terminar el almuerzo para hacerte una propuesta y una invitación. Te lo diría en el despacho, pero se me ocurrió que compartir una comida sería buena idea. —Lenis prestó atención—. Dentro de nueve días será mi cumpleaños. Y como todos los años, mi personal organiza una celebración por todo lo alto, a celebrarse en un área externa de mi casa. Este año, aprovecharé la ocasión para dar apertura a un evento de caridad donde se logren recaudar fondos para una causa especial. Quizás no de inmediato y lo entiendo, pero de seguro, y eventualmente, el tema te interesará… En fin… Ya que manejas la agenda de mi hijo, me gustaría que pudieses ayudarme a enviar las invitaciones a todas las personas que tú creas puedan estar interesadas en asistir. —Lenis estuvo a punto de hablar, pero Seda no la dejó—. No deseo ocuparte con asuntos fuera del consorcio, entiendo que esa sea tu preocupación. Maximiliano me contó algo sobre una reunión extraordinaria de proyecto, tal vez no querrás comprometerte a nada más, pero es sencillo lo que te pido. Son solo dos cosas que sé que las cumplirás estupendamente. Uno, buscar los contactos en la agenda y pasarnos los nombres para nosotros hacer el filtro y enviar las invitaciones. Dos…, ir.

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