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Capítulo 39

Auteur: Ranacien
last update Date de publication: 2022-03-21 12:00:19

George se alarmó, Lenis se veía muy mal. Así que se acercó a ella para auxiliarla en lo que pudiese, pero Lenis no dejó que la tocase.

Las manos del abogado quedaron en vilo. La secretaria se recuperó un poco del dolor en el estómago estando ya de pie, al igual que él. Luego, alzó la cabeza y lo miró.

George tragó grueso. El gris de los ojos de Lenis se había transformado en acero.

—Adelanta esa historia, J. Miller —dijo, con la voz cambiada—. ¿En qué momento fue que comenzaron a engañarme?

Él no reaccionó de inmediato.

—Lenis…

—O a utilizarme. —George arrugó el rostro y ella recordó algo de súbito, abriendo los suyos, llorosos, de par en par—. Porque no has dejado de utilizarme… —resolvió ella.

—¿Qué estás diciendo?

—No has dejado de utilizarme —repitió—. Quieres… Ustedes quieren… —Ella miraba para todos lados, como perdida, intentando atar cabos.

—Lenis, escucha todo, por favor.

—¿Qué más vas a decirme? —Gesticuló con las manos, indicándole con ellas que no se acercara—. ¡¿Qué más vas a decirme?! —gritó y fue sintiendo de nuevo ese dolor en el estómago que la había hecho ponerse de pie.

—¿Lenis?

Ella corrió al baño y cerró la puerta tras de sí con un estruendo.

Miró todo lo que le rodeaba. Las manos le temblaban, las náuseas y el dolor en su pecho persistían.

—Tengo que salir de aquí… —susurró—. Tengo que salir de aquí.

—Lenis, abre la puerta, por favor.

La secretaria sentía su sangre correr frenética, manos sobre sus adoloridos estómago y pecho, intentando no explotar, intentando no explotar en un fuerte llanto de nuevo, ¡intentando no explotar!

—Tienes que escuchar el resto de la historia, Lenis, por favor —suplicaba George a través de la puerta—. Nos dimos cuenta que Max estaba metido en tremendo problema —dijo rápidamente, pensando que si no lo hacía, perdería la oportunidad.

—Cállate —exigió ella, pero en una voz tan baja, que George no escuchó.

—Decidí presentarme ante él, tenía que ser su abogado. —Lenis se colocó las manos en los oídos, desesperada, sabiendo que aquello no calmaría nada—. El imbécil de Ferit golpeaba a Seda, Lenis. Es un jodido demonio. Peter y yo teníamos que ayudar a Maximiliano y a su madre, por eso tomamos la decisión de contactar a la prensa, pero… Lenis, ¿me escuchas? Déjame pasar, ¡déjame entrar, por favor! —George tocaba la puerta, se restregaba la cara, desesperado—. Si no quieres abrirme, ok, está bien, pero seguiré hablando a través de la puerta, porque tienes que escucharme. —Lenis se sostuvo contra la madera blanca, pegando su espalda a ella y dejándose caer al suelo—. Nos enteramos que ese desgraciado volvió a contraer matrimonio. —Ella cerró los ojos, sabía lo que él le diría. No podía creer que ellos sabían todo sobre su vida desde un principio—. Se había casado en secreto con la hija de un empresario, una mujer a la que él conocía desde hace muchos años y quien tenía una hija llamada Lisa Díaz, pero todo esto lo supimos cuando tú apareciste, no antes. Él supo escondernos eso. Ferit supo esconder el matrimonio con tu madre.

Lenis comenzó a llorar de nuevo. George podía escucharla desde el otro lado de la puerta y supo que se había sentado.

El abogado se restregó de nuevo la cara, totalmente arrepentido por todo lo que estaba pasando, sintiéndose como un idiota, ruin. Entonces, se sentó en el piso al igual que ella y recostó su cabeza en la madera.

—Turgut tenía fuerza en la política y es cuando explota la bomba en los medios de comunicación. Nosotros hicimos eso. Estábamos felices de que por fin lo atraparíamos, Lenis, de que de ésta no se libraría, pero él actuó rápido, hizo un trato con Smith. Pensamos que tenía un informante en la prensa, algún periodista sobornado, eso no lo sabemos. De nuevo, ese sujeto estaba a un paso por delante de nosotros.

Lenis no podía creer lo mucho que aquello dolía. Sentía que su corazón se desgranaba. Siguió llorando con una postura derrotada, como si hubiese logrado caer de cabeza desde aquella lejanísima altura de la que sintió resbalarse cuando George, de repente, decidió sincerarse.

—No puedo creer que me hayan utilizado así.

—Lenis, por favor…

—Tú, Maximiliano, Peter, Seda…, todos me engañaron. Cuando por fin creí que no estaba sola…

—No estás sola —cortó. La voz de George se ahogaba en unas lágrimas que de nuevo, no quería admitir que rodaban por su cara—. Lo averiguamos de una vez. Supimos que eras víctima y no al revés, lo supimos de inmediato, Lenis. Te pusimos vigilancia, te protegimos…

—Querían fregarme desde un principio…

—Eso no es así, Lenis.

—Ya no hables, por favor.

—Lenis, es que tienes que escucharme. Te empezamos a proteger de inmediato, pero sentíamos que contigo las cosas debían hacerse con cuidado…

Aquello fue la gota derramada para ella.

Se levantó de súbito y abrió la puerta, asustando a George, casi haciéndolo caer de espalda.

Él se levantó y la miró, alarmado.

—¿Por qué con cuidado y no con la verdad? —le preguntó ella con la voz desgarrada—. ¿A caso se olvidaron de que yo, luego de haberme hasta cambiado el bendito color de cabello, le dije a Maximiliano quién era? ¡¿Ah?! —George apretó mucho los dientes—. Esa pregunta tiene una respuesta simple, J. Miller: ¡porque no me gusta mentir! —gruñó las palabras—. No me gustan las mentiras. Odié tener que esconderme, fingir ser otra persona, odié que la vida me obligara a cambiarme hasta el nombre. Y te conté todo lo que me había pasado, porque estaba asqueada de seguir mintiendo y quería que Jefferson pagara alguna condena, algo que me costó hacer más de un año. Me arriesgué a ser repudiada de nuevo al decir la verdad a un hombre que acababa de conocer, pero lo hice porque no… me gusta… mentir —ladró, atravesándolo con la mirada.

George tragó grueso antes de hablar, su voz parecía rabiosa.

—De habernos enterado del matrimonio de tu madre con ese hombre antes, de tu existencia, te juro, te lo juro, Lenis, que hubiésemos intervenido. Ese imbécil de Jefferson no habría puesto ni tan siquiera un ojo encima de ti…

Un zarpazo cruzó la cara del abogado, sorprendiéndolo por completo. La mano de Lenis quedó adolorida, pero no podía ni tan siquiera notarlo.

—No te atrevas a mencionar de nuevo mis desgracias y mucho menos después de lo que me has hecho. Conocías a mi madre, sabías de Jefferson y me viste todo el tiempo la cara de estúpida. —Sus manos parecían gesticular con fuego, mientras él la miraba, enfurecido, dejándose atacar, porque sabía que ella debía desahogarlo todo—. ¿Cuándo lo decidieron? ¿Después de que yo, de tonta, le conté casi todo a mi jefe? ¿Fue desde ese día o fue antes? ¿Cuándo decidieron empezar a utilizarme? ¡Responde! ¿La… La oferta de trabajo en el consorcio fue un señuelo?

—¿Señuelo de qué? No, Lenis, eso fue mera casualidad.

—¡Mentira! —Ella se alejó de él con las manos empuñadas, saliendo en definitiva del baño—. Me has mentido todo el tiempo, me mintieron todo el tiempo. —Miró para todos lados, enloquecida—. ¡Escapé para salvar mi vida! ¡Pensé que ese hombre iba a matarme! Mi padrastro me vende, mi madre me abandona yéndose con él y ustedes me engañan. ¿Por qué? ¡¿Por qué me han hecho algo así?! ¿Qué les hice? —Se acercó a él y lanzó un golpe a su pecho—. ¿Qué les hice a ustedes? —Otro golpe que George se dejó propinar—. ¿Qué pretendían con todo esto? ¡¿Qué?!

—¡Encontrar a Turgut! —le gritó, perdiendo la paciencia—. ¡Encontrar a Turgut! —repitió, desencadenando de nuevo el llanto en ella—. ¡Traerlo de vuelta y que pague por todo lo que hizo!

—¿Y pensaban lograrlo engañándome? —Ella se limpió la cara con el dorso de sus manos—. Son tan malvados como él, tan corruptos. No había necesidad de mentirme. Tenían que haberme dicho la verdad desde un principio…

—¡No lo hicimos! Sí, está bien, la hemos cagado desde siempre, no lo hicimos bien, pero te estoy contando todo, te lo estoy contando, porque mereces saber la verdad, porque soy tu abogado, porque soy tu…

—¡No eres nada! —le cortó—. No te atrevas a decir que eres algo mío. Nunca lo has sido, eres una total mentira. No te atrevas a insinuar que somos algo.

George no podía hablar, ahora era él el congelado.

Ella se giró y abrió el armario. Se calzó unas bailarinas, buscó una pequeña maleta y la fue llenando con lo primero que encontraba.

—¿Lenis? ¡Lenis!

—¡Déjame!

—No te vas a ir —quiso él sentenciar, quitándole la maleta de las manos.

—Dame eso, Miler. ¡Dámelo!

George lanzó la maleta dentro del armario y lo cerró, posicionándose frente a él.

—Tienes que entender por qué lo hicimos. Nos cuesta confiar en la gente, teníamos que saber si todo lo que le contaste a Max era verdad…

—¿Me investigaron? —preguntó, anonadada—. ¿Desde cuándo me están investigan…? ¿Me… Me vigilan? —ladró la pregunta—. Yo… Yo por qué estoy preguntándolo, Peter haría eso y más. —Dio un giro y salió de la habitación.

George fue detrás de ella.

—¡Lenis!

Ella se giró de súbito en el pasillo de habitaciones y señaló su rostro, disparando las palabras:

—No he conocido en la vida a un ser tan repugnante. Y no hablo ni de mi esposo, ni de mi padrastro, hablo de ti. —George sintió el golpe de sus insultos como una patada al estómago—. Sabías de dónde venía, ¡has visto mi cicatriz! Y aun así, no fuiste capaz de sincerarte desde un puto principio, contarme todo… ¿Quién hace algo así? —chilló la pregunta—. ¿Quién? Solo decidiste seducirme, meterte entre mis piernas, enamorarme, ¿y todo en nombre de la justicia? ¿Solo por encontrar a una persona? ¿Qué culpa tenía yo de todo esto? Ustedes fueron víctimas y lo siento, pero a mí me han asesinado en vida. —Se le quebró la voz—. Qué imbécil eres, George. Eres igual o peor que todos ellos, que Turgut, que Jefferson, eres uno más. —Él intentó tocarla, acercarse—. ¡No me toques! —George se detuvo en seco—. Jamás lo volverás a hacer en tu vida, jamás me volverás a tocar —le dijo muy seria, con el gris brillando por el fuego que los ahumaba.  

George no se movió. Se quedó ahí, estático mientras Lenis se daba la vuelta y desaparecía de su vista.

El dueño del apartamento miró el suelo, pero no lo divisaba. El dolor, la rabia y la caída estrepitosa a la que se había lanzado, eran lo único que su sistema procesaba.

Escuchó la cerradura de la puerta principal de su hogar. Luego, el golpe de la madera al cerrarse. Y así, de golpe, se dejó caer en el suelo, derrotado.

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