INICIAR SESIÓNGeorge se enderezó y miró de nuevo a Lenis.
—Mamá se había casado con ese imbécil, esa era la noticia por la que Peter me llamó. Así que la cité para verme con ella y tuvimos una de las peores discusiones. No lo podía creer, ¡ella no daba su brazo a torcer! —gruñó las palabras—. Lo peor fue que, todo lo que le dije que le sucedería, ocurrió. Él vuelve a engañarla en tan solo unos meses y empezó a quitarle dinero, la dejó en bancarrota el muy maldito y hasta utilizó su nombre y apellido para sus estafas. Hizo lo mismo que con Peter, la metió en problemas serios. Y no solamente a ella, a mí también. Allí fue cuando Turgut escapa por primera vez yéndose a la capital. Y no se detuvo.
Lenis secó su cara y tragó de nuevo.
—Ahórrate todo lo demás —le dijo con la voz completamente quebrada. George respiraba acelerado desde hace rato y apenas se daba cuenta—. Toda esta historia, todo esto que me estás contando… no puedo creerlo, George.
—Lenis…
—Es imposible. —Él apretó la mandíbula al escucharla—. No puedo creer que siempre… que Peter y tú…
—Tienes que escucharme hasta el final, Lenis —le pidió, acercándose a ella.
—No me toques. —Ella alzó las manos, regalándole la primera mirada de odio de la noche.
George hizo una señal de disculpa con las palmas hacia el frente.
—Está bien, entiendo que no lo comprendas todavía, pero te pido que me escuches, tengo que contarte todo para que puedas entender…
—Es que todo tiene que ser mentira, no puede ser —siguió secándose la cara—. No entiendo por qué me cuentas algo así, yo…
Él sintió la piel de gallina al escucharle decir eso. Lenis prefería seguir en negación, que aceptar toda la verdad.
—Lenis, escúchame. Si no lo crees, si crees que todo esto es una mentira, está bien, entiendo, pero al menos deja que termine. Por favor, Lenis —rogó—. Te lo pido, por favor, déjame contarte todo.
—¿Pero qué más me vas a contar? ¿Qué más vas a contarme? ¿Vas a decirme cómo es que llegué aquí? ¿Cómo es que fui engañada por ustedes dos…? —Ella se detuvo en seco, sostuvo la respiración. Sus sospechas de algo nuevo llegando a su cerebro amenazaban con ahogarla—. No puede ser —susurró—. Maximiliano..., mi jefe… ¿Maximiliano también está involucrado en esto? —se interrogó, sorprendida y anonadada al ver los ojos de George anegados en unas lágrimas que luchaban por no derramarse.
Ella buscó en esos mismos ojos la mentira, la cámara escondida. Al darse cuenta que la respuesta era afirmativa, rompió en llanto.
—Lenis… —dijo la voz totalmente quebrada del abogado, se sentía como un imbécil.
La mujer no se calmaba, lloraba sin parar, empuñando sus manos sobre su rostro, sobre sus ojos bien apretados, sin poderse creer todo lo que estaba ocurriendo.
—Lenis, por favor, cálmate, por favor… —George no sabía qué hacer. Pasó una mano por su cara, sintiéndola mojada; una mano por su cabello, buscando qué decirle para calmarla, qué hacer, sin mucho éxito.
—No puedo creerlo —decía ella entre sollozos.
Intentó levantarse, pero lo único que consiguió fue volverse a sentar, fallando en el intentó y cayendo al suelo.
—¡Lenis! —George se aproximó a ella y sirvió de apoyo solamente para que no cayera de golpe.
La secretaria se sentó en el suelo, recostó su espalda a la cama y siguió liberando ese fuerte llanto, formándose una película en su cabeza de todo lo que sucedió con su padrastro al llegar a la capital, ciudad donde ella había nacido, donde su madre le había conocido y llevado a vivir junto a ellas junto a los negocios que él tenía. Pensó en el gran golpe de las estafas en público, en la vida de todos arruinadas, la llegada de Jefferson, los maltratos y las noches de terror, la gran decepción, los secretos, su tía repudiándola y su madre sin aparecer, abandonándola a su suerte… Su escape, el cambio de nombre, el nuevo color de pelo, el año sin empleo fijo, luchando por sobrevivir, su vecina, Sias nervioso todo el tiempo, su muerte, las muertes, el trabajo en el consorcio pensando que la vida se le había arreglado, que estaba protegida… Ahora, a esa lista infernal, se sumaba el amor, el desgraciado amor hecho añicos, ese poderoso amor que sentía por ese hombre que estaba resultando ser tan traicionero, el mismo que le rogaba seguir escuchando lo que bien podía ser su sentencia de muerte.
George se había sentado en el suelo también y de la misma forma, había dejado libre sus lágrimas, unas que Lenis no había notado hasta mirarle de nuevo la cara.
El llanto de la secretaria se detuvo.
Tal parecía que en esa habitación, los corazones ya habían dado sus respectivos estallidos. Solo quedaba que las piezas terminaran de caer alrededor de ellos, mientras se miraban en aquella guisa.
Lenis observaba a George llorar sin poderlo comprender, secándose la cara del resultado de un llanto paralizado.
Entonces, ella comprendió que debía seguir escuchando.
—Ferit nació en Turquía —dijo ella—, pero pensé que había llegado directo a la capital, no sabía que había vivido aquí —quiso ella completar la historia que se había interrumpido, con una voz ronca y pastosa por el llanto.
Aquello sorprendió mucho a George, quien detuvo su llanto también, viendo las palabras de Lenis como un aliciente a continuar. El querer seguir escuchándolo le regaló un buen sabor de boca, uno esperanzado.
—La verdad, no sé donde llegó primero Ferit, creo que Peter nunca pudo descubrir ese detalle —secó su cara con el dorso de sus manos y esnifó—, pero sé que vivió aquí por muchos años, desde joven.
Lenis inhaló y exhaló, tragó para aliviar el dolor en su garganta y recostó completamente su cuerpo a la cama, dejando caer la cabeza sobre el colchón, mirando el techo, dejando caer sus brazos lado a lado de sus piernas, casi inertes.
—Cuéntame el resto —pidió ella en un susurro.
George suspiró profundo, retomando unas fuerzas que había creído perdidas.
—En la capital, Ferit empieza a lavar todo el dinero que le quitó a mi madre con sus negocios turbios, invirtiendo en la contratista esa de porquería que tenía. —Lenis lo miró—. Dejó un desastre económico aquí que yo tuve que asumir, mientras él allá se enriquecía. Allí fue cuando mi primer bufete se va al garete y al mismo tiempo mamá se enferma. —La respiración de Lenis se sostuvo—. Le diagnosticaron cáncer de seno. Todo pasó en ese tiempo. Ferit dejó a mujer enferma emocionalmente, físicamente, sin dinero y sin seguro médico. Yo con las deudas de los mil demonios…, pensé que me volvería loco.
Lenis sentía de todo dentro de sí: rabia, decepción, dolor, sin embargo, se le arrugó el corazón al ver a George de esa forma, en el suelo, escuchando ese relato tan terrible, algo que jamás pensó que él había vivido. Lo había idealizado como alguien invencible. A pesar de lo doloroso que había sido (y que aún era) el impacto de saber que esos tres hombres en los cuales ella había confiado su propia vida, le habían mentido descaradamente, Lenis sintió pena por la realidad de la madre del abogado y la vida que le tocó enfrentar a él, al ser víctima de alguien como su padrastro.
—Recuerdo que la mamá de Peter fallece como para ese entonces —continuó George—. Fue de súbito, todos pensábamos que era la mujer más sana del planeta. Resultó ser adicta a los barbitúricos, los cuales le provocaron un accidente cerebro vascular, que… Fue terrible, Lenis, bastante triste, pero Peter logró salir adelante.
Lenis hubiese querido decir algo al respecto, pero prefirió no hacerlo.
—Peter me ayuda con un préstamo, monté otro bufete, no fue fácil… Son las oficinas que conoces. —George acomodó mejor su posición sobre el suelo para mirarla más directo—. Peter nunca dejó de investigar a Turgut, lo perseguía. Eventualmente se enteró que el turco estaba haciendo contactos con políticos. —Lenis se puso seria, un chip dentro de su cabeza se accionó. Ella sabía de cuáles políticos hablaba—. Allá en la capital se casa de nuevo con… —George se detuvo, tragó dolorosamente. Muy dentro de sí, rogaba porque sus palabras no la hiriesen.
—Joder… —lamentó él en un susurró y negó con la cabeza—. Lenis, te diré esto, pero… por favor, no olvides que… —Se le estaban enredando las palabras, ya podía sentirse como un tonto, tenía que recuperarse un poco, recobrar la compostura.
La miró directo a los ojos y habló con una voz categórica:
—Diga lo que diga a continuación, no te olvides de que estoy enamorado de ti. —Lenis no emitió palabra ni lectura alguna en sus facciones—. Te amo, Lenis. Profundamente —soltó, apremiante—. No quiero hacerte daño, quiero protegerte…
—Dilo.
George asintió luego de un par de segundos.
—Turgut estuvo casado con Seda, la madre de Maximiliano.
La boca de Lenis cayó abierta, sus ojos como platos.
—¿Qué? —preguntó, con un hilo de voz.
Su respiración se sostuvo. Cobró sentido la pregunta que la madre de su jefe le hizo en el restaurante, sobre si fue Turgut o Jefferson quien le había hecho daño.
«¿Cómo no pude notar todo esto antes, Dios mío?», se preguntó, con un dolor agudo en el pecho.
—Seda tiene dinero de cuna, un hijo empresario... —continuó George—. Era billete fácil para Ferit. Más prestigio, además. Y no solo se metió por los ojos de Seda, sino que también se ganó a Max, pero nosotros, Peter y yo, teníamos que impedir que volviera a dañar a otra persona. Contactamos a Maximiliano para advertirle, sin embargo, ya él había firmado un negocio con Turgut.
Lenis sintió de repente una presión en su pecho que hizo que colocara ambas manos allí.
—¿Lenis?
—No sigas hablando —exigió ella con la voz ahogada. La presión en el pecho se intensificó y se fue trasladando al estómago, haciendo que ella se levantara de inmediato.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







