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Capítulo 40

Autor: Ranacien
last update Data de publicação: 2022-03-23 11:28:45

Para George, el mundo no tenía sentido.

Se levantó, lento, como si tuviese una de las peores resacas encima, o tal vez, una herida sangrando, molestando y debilitándolo con cada paso.

Aunque, si él se sinceraba consigo mismo, así se sentía, sangrante y provocador de heridas, asesino de almas. Se sentía como una persona deplorable.

Sin embargo, su cabeza no estaba del todo nublada. A pesar de sentirse patético, era plenamente consciente de la situación, sobre todo, de que Lenis había salido corriendo sin maleta, sin dinero, solo con una bata puesta y unas zapatillas, estaba casi seguro que no llegaría demasiado lejos, sin contar la barrera de seguridad con la que se toparía.

De todas formas, conociéndola un poco y recordando —con una punzada de dolor— lo que ella misma le había contado, sobre las varias escapadas mientras vivía con Jefferson, podía sentirse inseguro, podía perderle la pista de un momento a otro. No colocaría a Lenis en una situación de peligro, no arriesgaría, más de lo que ya estaba, la vida de la secretaria.

Caminó hasta su habitación buscando su teléfono móvil. No lo encontró allí, pero se quedó mirando la cama deshecha, evidenciando lo que allí se acababa de vivir.

Apretó la mandíbula, no podía perder el tiempo dándose en la llaga.

Encontró el móvil en su despacho, pero no llamó a nadie de inmediato. Le dio la vuelta a su escritorio y se sentó en la silla principal. Alzó la bocina de tu teléfono fijo y presionó un botón.

Desde el otro lado de la línea, contestó uno de los guardias de seguridad del edificio.

—Señor Miller…

—¿Lenis pudo salir? —Él, por supuesto, no explicaría absolutamente nada de lo ocurrido.

El guardia tardó un par de segundos en responder.

—No, señor, pero creo que es lo que desea hacer. Ella se encuentra dentro del ascensor. Lleva un rato allí.

George se quedó sin palabra alguna por un par de segundos.

—No dejes que salga del edificio. T.C estará llegando en breve, deja que él maneje la situación.

—Entendido.

George colgó esa llamada y en su celular, marcó el número del guardaespaldas que se le había asignado a Lenis.

Justo después de escuchar el tono de llamada, el abogado habló sin dejar que tan siquiera aquel saludara.

—Lenis está en el Lobby del edificio. Llévatela. Asegúrate de que esté bien. Luego Peter, o yo mismo, te contactaremos para otra orden. Coordina con la seguridad del edificio la salida.

—Entendido.

El abogado presionó el botón rojo y dejó su celular sobre la madera de su escritorio. Recostó su cuerpo al espaldar de la silla, dejando caer sus brazos sobre los reposabrazos.

Fue entonces donde se permitió perderse en los recuerdos de todo lo que había ocurrido, navegando entre esas turbias aguas, las cuales bañaban los restos de aquella discusión de pura pérdida y desespero.

George sabía que debía mantener su dureza a flote, escudándolo; entender que, decirle todo a Lenis, tarde o temprano tenía que suceder. Y que, por más que ella quisiera correr, esta vez no lo haría, él haría lo posible por no perderle la pista, por convencerla de seguir adelante con todas sus denuncias, sobre todo sabiendo que la audiencia sería a principios de la semana siguiente. De igual manera, no dejaba de sentirse terrible, no paraba de culparse por ser el creador de sus lágrimas. El rostro destrozado de Lenis sería algo difícil de superar.

Restregó sus párpados con la yema de sus dedos y suspiró profundo. Miró a la nada, removiendo su cabeza para espantar las miradas, los gritos, el llanto y la ida de casa.

Su teléfono celular sonó con la vibración de un mensaje. Se trataba de T.C.

Leyó lo que decía:

“Ya se encuentra conmigo. Activo ubicación al momento, debemos movernos. Lo haré en otro vehículo”.

George frunció el ceño.

“¿Qué está pasando?” preguntó él, igual, por mensajería de texto.

“Vehículo sospechoso. Maserati. Color negro. Placa A-567i4. Ubicación: exterior del complejo A. Pronto registro de cámara. Espero órdenes de ruta.”

George apretó la mandíbula. Sintió una presión en su pecho… Las cosas estaban difíciles. Que Lenis se fuera en esos momentos era lo menos idóneo, pero sabía que tenía que dejarla ir.

“Avisa a Peter. Pídele a seguridad que me envíe la imagen de cámara externa”.

“Hecho. El jefe ya está enterado”, respondió T.C.

El abogado se introdujo en el chat del agente y recibió la ubicación en tiempo real. Ellos ya se habían adentrado a la autopista principal de la ciudad, rumbo al casco central.

“Llévala al hotel. Que todo lo que necesite lo carguen a mi cuenta. Nos mantenemos en contacto”.

“Entendido.”

Justo en ese instante, el abogado recibió un email. La seguridad le enviaba un enlace que permitía redirigir a la imagen de seguridad.

Como siempre podía esperarse de la calidad del equipo que trabajaba con Peter Embert, la foto no se trataba de una simple infografía de un carro estacionado afuera. La misma venía con desglose de reconocimiento de rostro, el cual se vislumbraba dificultoso de descifrar con solo una agudeza de mirada. Gracias a la tecnología, lograron ver cuál era la cara del chofer del vehículo.

George nunca pararía de impresionarse con tanta eficiencia y rapidez. Pudo entonces ver que, quien manejaba, se trataba de Donald, la nueva mano derecha de Smith, confirmando lo que se temían los tres jefes: que el esposo de Lenis seguiría intimidando, dándole a entender a todo el que pudiese, que estaba presente y que no tenía miedo a nada ni a nadie.

George se sonó los dedos para intentar calmarse. Al dolor que sentía por soberana discusión con la mujer que amaba, se le sumó la rabia por asecho.

Cerró los ojos y se recostó de nuevo en el espaldar de la silla, sintiéndose aliviado de que, al menos, había logrado proteger a Lenis en su complejo de apartamentos durante todo ese tiempo. En aquella gran edificación no entraban vehículos sin autorización de los propietarios, además, sus seriales y placas pertenecían a una data de inscripción, al estilo principado, donde cada habitante tenía hasta un propio código numeral parecido a los DNI que exige la ciudadanía. El abogado pensó como buena la idea de pasar los días allí luego del atentado en la casa de Lenis, pero al mismo tiempo, resultó ser la peor de las ideas también, ya que de esa forma, ambos lograron compenetrarse para luego… George no quería seguir pensando en nada más. Se quedó un buen rato en su despacho sin hacer nada. Ni siquiera se levantó para dirigirse al pequeño bar, o a comer, o nada por el estilo. Simplemente se quedó allí, sentado tras su escritorio con Lenis entre ceja y ceja.

***

Lenis salió del apartamento de George con el estómago apretado, la respiración contenida y con un extremo cansancio; aquello no era más que las enormes ganas de llorar, que luego de sucumbir a ellas hace segundos, y de haberlas secado también, aún seguían vivas, ahogándola, por dentro.

Pero no aguantó por mucho tiempo. Fue en el pasillo frontal del apartamento de George donde se dejó caer al suelo, pegada a una pared, para llorar con fuerza todo lo que pensó ya había llorado.

En bata de tela ligera, unas zapatillas bajitas, el cabello algo desordenado, sin nada de ropa interior debajo, sabiendo que su aspecto era deplorable, se dijo a sí misma que jamás regresaría a ese piso, no volvería a entrar. A pesar de haber sido el cielo en la tierra, la salvación…, para ella, la historia volvía a repetirse. La diferencia radicaba en la carencia de abusos físicos, siendo estos reemplazados por una moral vapuleada. Ella sentía que «ellos» le habían faltado el respeto como nunca antes en su vida.

Con las rodillas flexionadas frente a su pecho y rodeándolas con sus brazos, intentaba calmarse y respirar, secando su rostro una y otra vez.

Necesitaba poder entender mejor las cosas, comprender que todo lo ocurrido no era parte de un castigo por mentir. Había llegado a esa ciudad con falsedades, pero las había protegido con sus poderosas razones.

Agarrándose de esas fuerzas que pensaba no tenía, se levantó y llamó al ascensor.

Al cerrar las puertas, recostó su cuerpo a la pared del fondo, recordando, eventualmente, que se trataba de un espejo de piso a techo.

Entonces, se giró para mirarse en él. Su reflejo de cuerpo entero demacrado, rojo, eran las marcas de la tristeza. No podía creer que «ellos» le habían hecho semejante barbaridad.

El ascensor llegó a planta baja y abrió sus puertas. Ya era tarde, suponía ella. Ni siquiera sabía exactamente la hora, pero se imaginaba que sería tal vez una hora tardía.

No quiso salir de aparato.

«¿Qué voy a hacer ahora? ¿Para dónde voy a ir?», se preguntó, pasándose las manos por su cara.

Desde el ascensor, ella podía ver la puerta principal del bloque, al igual que gran parte del lobby. También era posible vislumbrar las puertas traseras, las mismas que conducían al estacionamiento.

Uno de los agentes de seguridad del edificio la miraba con el teléfono de recepción en la mano, hablando con alguien, sin quitarle ojos de encima. El agente parecía ser un chico joven, llevaba uniforme marrón oscuro con una gorra con el emblema del complejo.

—¿Señorita, se encuentra bien?

Ella no respondió, solo lo observaba pensando que él (y tal vez todas las personas que la rodeaban) trabajaba para Peter, por lo que también servía a George J. Miller, dándose cuenta que hasta su propio jefe, Maximiliano Bastidas, quizás sería la cabeza de todas aquellas personas que alguna vez se le acercaron, bien sea para asistirla en alguna tarea, o simplemente para saludarla.

Lenis se sintió encajonada, así, guardada en una gaveta de madera vieja, como muñeca de porcelana insípida, con el valor de un coleccionista con psicopatía, utilizada.

De pronto, todo se nubló. Y simplemente no pudo darse cuenta cómo ni cuándo T.C llegó hasta ella. Mucho menos, pudo percatarse del momento en el que, con delicadeza, él la fue ayudando a salir del elevador. Y de la misma manera, no percibió siquiera cuando la llevó hasta uno de los vehículos de la empresa de seguridad, sacándola de ese lugar, llevándosela lejos de allí. Lenis Evans no pudo darse cuenta meramente de todo ello gracias al llanto y su estupor. Y, además de las lágrimas, una nueva explosión emocional y terrorífica había estallado dentro de sí, haciendo que todos los sentimientos, al unísono, saturaran su alma.

La secretaria no vio cómo la miraba T.C, quien también la escuchaba emitir todas sus quejas, desgarradoras descripciones de cómo se sentía.

El agente se aseguró de que otro sujeto parte del equipo le acompañase en el camino, ya que se había percatado que Donald, la mano derecha de Smith, se encontraba estacionado afuera.

Rumbo a su destino, T.C no quiso arriesgarse a que Donald los siguiera. Desconocía el tiempo que pasarían allá, no sabía si, errantes, debían esperar así todas las órdenes.

Una de esas órdenes era llevarla a un hotel donde los tres jefes tenían inversión.

Cuando cumplió con el pedido, el guardaespaldas ayudó a Lenis a dirigirse a una de las habitaciones reservadas. Él dormiría en la de al lado.

T.C pidió ropa para ella, al igual que otros enceres, los cuales fueron llevados hasta allí creando mayor comodidad. Luego, se aseguró que la secretaria se quedara dormida, proporcionándole una pastilla para agilizar la tarea. Después de eso, corrió a ponerse de nuevo en contacto con sus superiores, tratando de evitar llenarse de propios argumentos y juicios con respecto al estado en el que encontró a la señorita Evans y sus suposiciones de lo que podría haber ocurrido.

—¿Cómo está ella? —le preguntó George desde el otro lado de la línea.

—Dormida —respondió, escuetamente, porque así lo prefería.

Se hizo un silencio en la línea. T.C frunció el ceño.

—Cuando despierte… —George exhaló bastante aire y lo pensó mejor—. Nada, solo me mantienes informado. Luego te llamo —dijo, sin completar la frase que diría al principio.

—Entendido.

La llamada se cortó.

Siendo ya de madrugada, Lenis logró dormir hasta el día siguiente, abriendo los ojos a una hora incierta para ella, logrando ver una ventana siendo iluminada por los rayos del sol desde el exterior, percibiendo apenas un edredón blanco mullido y cómodo sobre su cuerpo, sintiéndose pesada, atontada, pero sobre todo, herida.

Cerró los ojos, pero los volvió a abrir y T.C personalmente se encargó de ayudarla a levantarse para que se aseara un poco, tardando considerablemente ella en hacer todo, preocupándolo, pero alivianando un poco su angustia al verla bañada y con un edredón puesto encima, ya que se había vuelto a acostar.

Sin embargo, antes la ayudó a comer. Tal parecía que ella no podía hacerlo por sí misma. Y al medio día, casi llegando la tarde, se quedó de nuevo dormida.

Ya era jueves y todo se había terminado. Lenis no hizo otra cosa más allá de dormir, apagarse, abrir los ojos, dar vueltas en la cama y volver a clausurar su vida por un instante, encerrándose en ese mundo empequeñecido, disfrutando morbosamente su desgracia.

La noche de ese jueves (un día de junta a la cual no asistiría) para Lenis no resultó ser fácil. Debajo de esa cobija nada estaba quieto. Dentro de esa cabeza suya, todo marchaba a una velocidad de miedo. Sus recuerdos, vivencias, deseos y dolores, se atropellaban entre sí creando un caos que, con el pasar de las horas, sumergiéndose en los sueños y pesadillas, iba tomando una forma monstruosa.

A la mañana del viernes, T.C se acercó a la habitación de la secretaria tocando dos o tres veces antes de atreverse a entrar, ya que ella no había respondido.

Al ver la cama vacía y arreglada, se dirigió al baño. Tocó varias veces sin obtener respuesta.

Abrió… Ella no estaba.

Inmediatamente, se puso a buscarla en todas partes… Nada. Lenis Evans se había ido y T.C lo pudo corroborar al ver las grabaciones de las cámaras, donde mostraba a una mujer simplemente saliendo del hotel como si nada, sabiendo él que ella llevaba prisa.

Cuando T.C entendió que debía dar parte de la escapada a sus superiores, que le había perdido el rastro, como inexperto, a su objetivo, que su «objetivo» se encontraba en peligro, se esperó lo peor.

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