FAZER LOGINEran las 13:00 horas cuando el servicio en la capilla San Pedro había terminado.
Carmen, una mujer de tercera edad, aunque demostrando menos edad de la que tenía, de cabellos negros y canosos, algo corto, con una cola que lo recogía, camisa holgada y manga larga combinado con jeans y zapatos deportivos, había permanecido arrodillada por varios minutos en lo que duraba su acostumbrado rezo posterior a la misa domenical.
Casi todas las personas se habían retirado, incluyendo el párroco, quedando algunos pocos, entre hombres y mujeres dispersos en las butacas de aquel gran espacio de techos abovedados.
Carmen escuchó unos pasos que hacían eco sobre el suelo sagrado. Alguien se acercaba a ella y eventualmente se sentó a su lado, no tan cerca, pero para nada lejano.
Ella dejó de rezar y se sentó para meter los lentes y su biblia en una cartera de tela que tenía al lado, cuando pudo darse cuenta que la persona que se encontraba a su lado, era un hombre joven de cabellos negros bien peinados y cortados, con un rastrojo de barba de veinticuatro horas, guapo, muy guapo, vestido con un abirgo negro de bolsillos lisos, pantalón de vestir zapatos de fiesta. El abrigo ocultaba la ropa que llevaba debajo, pero no la carpeta que aquel sostenía con su mano.
Carmen correspondió a esa mirada sencilla, inusual, de ojos ocuramente miel, penetrantes.
Ella le hizo una interrogación leve con sus cejas, a lo que él la saludó.
—Señora Díaz, soy George J. Miller, abogado de su sobrina, Lisa Díaz. —Carmen sintió una presión en su pecho. El hombre parecía haber ido hasta allí para darle malas noticias y presentía que ella tenía mucho que ver con ellas—. Debo disculparme por presentarme ante usted en este momento, pero no hay tiempo. —Carmen frunció más el ceño. Su cara estaba girada casi al completo hacia su izquierda. Ella ni siquiera había movido su cuerpo para enfrentarlo de mejor manera—. Su sobrina ha sido secuestrada —anunció el abogado—. El perpretador es su ex esposo, Jefferson Smith.
—¿Qué? —susurró, muy sorprendida por lo que acababa de escuchar.
George no se inmutó.
—Creemos que el padrastro de su sobrina, el señor Ferit Turgut, pueda estar involucrado en el sucedo y tenemos fuertes indicios de que usted sigue en contacto con la señora Francis, la madre de mi cliente.
Carmen había apretado sus párpados al escuchar el nombre del turco y al abrirlos, exhaló bastante aire.
—No puedo con esto —susurró y se levantó.
—Este documento es para usted —atajó George, enseñándole el folio que llevaba en sus manos, atrayendo su curiosidad de vuelta y así no tener que perseguirla por todo el templo y más allá. Él estaría dispuesto a conseguir lo que fue a buscar.
Carmen lo miró estando de pie, él no se había levantado, pero ya se sentía un poco victorioso por entrever las venas curiosas de la mujer.
Él le entregó la carpeta negra, la cual fue abierta por las envejecidad manos de la dama, quien miró el contenido sintiendo cómo sus poros se despertaban.
—Esa propiedad es una de las que Lisa ganó tras el divorcio. La misma se encuentra en Ankara, Turquía. —Hizo una pausa mientras Carmen lo detallaba todo, cada información expuesta allí, sobre todo los espacios sin firmar y la sección que explicaba que aquel dicumento se trataba de una suceción de bienes—. Imagino que ha visto el valor de la vivienda y la ubicación exacta. —La miró directamente—. Será suya en un dos por tres —alzó un bolígrafo—, solo tiene que firmar…
—¿Qué quiere? —interrumpió con aquella pregunta lanzada entre dientes.
George entonces se mostró interesado en responder.
—La ubicación exacta del paradero de Francis de Turgut —lanzó con su voz directa, extrañamente simple, casi amena. Él no podía permitirse los rodeos y tenía que ganar.
Carmen sonrió de lado y negó con la cabeza.
—No sé qué tipo de hombre es el asesor del gobernador, pero si de alguna forma enlazó negocios con ese hombre, no debe ser nada bueno. —Miró los documentos—. Primero firmo y después daré la información.
George alzó su cara levemente y miró hacia una esquina de la gran capilla. Carmen siguió su mirada y pudo ver cómo un hombre con chaleco antibalas y las siglas del departamento de inteligencia policial se asomaba con arma en mano.
El abogado entonces hizo lo mismo, girando su cabeza con la idea de mirar detrás de ellos, donde otro caballero vestido similar al anterior, dejaba ver —apenas— su gran anatomía y los observaba con intimidación.
Carmen sintió los vellos de punta.
—Señora Díaz, usted ha colaborado con exiliados y ha resguardado demasiada información por muchos años. Esto no se trata de provocación, sino más bien, de aconsejarla a tomar el mejor de los caminos. —Señaló el folio—. Si firma, le damos la portunidad de salir del territorio sin que ninguna investigación en curso la afecte, prometemos olvidar esta conversación y si mira bien, los documentos estipulan que la propiedad le pertenece por mucho más tiempo que la fecha actual de la firma. ¿Cuál es la condición? La información. Dela, y hacemos trato.
—No le creo un diablo —le susurró en su cara, bien por lo bajo, algo que lo hizo emitir una ligera sonrisa.
George miró a la estatua de Jesucristo crucificado y luego a ella.
—No se le ha olvidado que estamos en la casa de Dios; sino, no estuviese susurrando, ¿no es así? Y no queremos que nadie se entere de que usted aún tiene conecciones con los Turgut, quienes, a pesar de su exilio, siguen siendo solicitados por la justicia, ¿verdad que no? —Él se acercó más a ella y le habló mucho más despacio, aunque bastante endentible—: Denos la información, firme y váyase hoy mismo de la ciudad. No querrá también ser cómplice del secuestro de su propia sobrina.
Carmen miró a ambos hombres vestidos con chalecos antibalas. Ella sabía que todo se trataba de una trampa, que tal vez la propiedad no existiese siquiera y que estaba siendo grabada de alguna manera, que estaba metida en problemas.
—No firmaré nada, pero les daré la información bajo un trato.
George apretó la mandíbula.
—Hable.
Ella miró para todos lados, luego a él.
—Simplemente que me dejen en paz después de esta reunión. Esto no ha pasado. Luego que les de la información, se retiran de acá y me dejan salir de la iglesia como si fuese un domingo más. No nos vemos más las caras y cuando encuentren a Lisa, díganle que se olvide que tiene una tía.
George había visto cosas en su vida: la maldad, la corrupción, como muchos, pero en degradadas posiciones de la vida. El abogado de Lenis había visto la ambición y el desprecio, de hecho, había cometido el error de defender a una persona que lo tenía todo junto, sufriendo graves consecuencias, sumando terribles momentos a su currículum de vida…, pero en esta ocasión, había quedado verdaderamente sorprendido de lo que la tía de Lisa demostraba ante sus ojos. Él pensó que la carencia de amor era el mayor peso negativo de la humanidad.
—Usted se lo pierde. —Tomó la carpeta y la cerró tras decir eso—. Haremos el trato sin problemas. Ahora dígame, ¿en qué parte del planeta están los Turgut?
La mujer miró al abogado por un par de segundos hasta que buscó dentro de su bolso un bolígrafo y un papel, donde anotó una dirección, dándosela a Miller, quien la miró, quedando estático por un instante, pero sin demostrarlo en absoluto.
Dobló el papel y lo guardó en uno de los bolsillos de su abrigo negro.
Él asintió y se levantó, acomodando su ropa para emprender la huída, pero antes de retirarse, se giró de nuevo a ella.
—Con decirle que usted se lo pierde, no hablaba de la propiedad en Turquía. Hablaba sobre disfrutar del amor de la familia. No me hará falta darle su recado a su sobrina, señora Díaz. Ya ella dio por sentado todo el cariño que usted le tiene. Con permiso.
Carmen, completamente seria, retiró la mirada del abogado, mirando al frente, colocando su vista sobre ningún punto en específico, tragando un fuerte y destructor nudo en la garganta.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







