FAZER LOGINLos tacones comenzaban a torturar los pies de Lenis, mientras la hacían caminar sobre un piso incierto.
Le dolía mucho la mejilla izquierda, sentía que su labio comenzaba a hincharse y parecía sangrar. Habían cubierto su cabeza con un saco oscuro y habían amarrado sus manos hacia atrás. Ella solo sabía dónde estaba cuando adivinaba los lugares que recorrían, como un asensor en ascendencia, unas escaleras hacia arriba, luego una puerta que sonaba como si golpearan metal, un viento arrazador y las escandalosas aspas de un helicóptero accionarse, la montada, el vuelo... Había sucedido desde que Donald, el hombre alto y musculoso con cara dura y pelo rapado (la mano derecha de Jefferson), la había arrastrado fuera de la casa de Seda, la había arrastrado por el cabello y un brazo y la había lanzado como trapo dentro de una camioneta negra preparada para escapar. Cuando llegaron al helipuerto, pensó que el lugar se encontraba en la cima de un edificio. Para ella fue difícil dar con la localización, sabía que esa ciudad tenía muchas edificaciones con helipuertos en sus cabezas, y solo contaba los bancarios e institucionales, no podía contar con los que eran privados y dado el cargo de su ex esposo, pudieron haber arrancado de cualquiera de ellos. Sintió de veras estar dentro de la máquina. Su estómago, estresado por todo lo que estaba pasando, más la subida brusca de aquel vuelo, le podía dar lectura de estar metida en un grave problema. Se alejaban de la metrópolis, la alejaban más y mas de George, de Max, de Seda, de Peter, de su trabajo, de su éxito en libertad, del amor de su vida, de su jefe, de todo lo que estaba empezando a amar. Pero Lenis sintió sorpresa tras terminarse el vuelo del helicóptero y aterrizar. Aquel había sido un viaje corto.«No hemos salido de la ciudad», pensó, queriendo sonreír, aunque sin cantar victoria.Al descender, la hicieron caminar otro tramo mucho más corto que los anteriores. Se escuchó el motor de un vehículo que imaginó también era una camioneta, ya que tuvo que subir un piso un poco alto para poder entrar en ella. Quien creía era Donald, la lanzó a uno de los asientos y cerró la puerta, camuflando el ruido exterior por un nuevo encierro, uno que olía a cuero nuevo, a plástico y a un perfume que ya conocía.En menos de un par de segundos, arrancaron, haciendo que el movimiento la impulsara hacia atrás, vapuleando un poco su adolorido cuerpo, quejándose con un pequeño jadeo por el susto. Lenis se enderezó en el asiento y más que nunca quiso quitarse la bolsa de tela que cubría su cabeza entera.El perfume conocido casi la hace vomitar. No se sorprendía, sabía de quién se trataba. Sus náuseas no eran transmitidas por ser aquel un mal olor, al contrario, olía muy bien, sabía que la fragancia era de marca. Lo que la puso tan mal llevaba malísimos recuerdos, trayendo nervios, pero al mismo tiempo, rabia, mucha rabia.Negó con la cabeza y mojó sus labios con la lengua como pudo, ya que la tela se le pegaba a los labios de vez dn cuando.—Debiste haberme sacado del país —se aventuró ella decir con la voz cansada y un tanto acelerada.Escuchó la risa sardónica de su ex esposo, quien se acercó a ella haciendo sonar el cuero bajo su pantalón. Tocó la pierna descubierta gracias al roto de la tela blanca de su hermoso vestido, ya arruinado por completo. Lenis movió su extremidad a un lado como si la mano le hubiese quemado.—Tranquila, preciosa, tómatelo con calma —le dijo él con una voz tétrica y directa—. Ya sabes cómo es esto. Ahórrate esas quejas corporales tuyas, te van a hacer falta después, créeme.—Me tienes que matar, primero, imbécil. —¿Ah sí? —Él siguió riendo y mucho—. ¿Eso fue lo que le dijiste a tu noviecito? "¿Me tienes que matar?" No lo creo. Me pregunto cuánto le costó a él abrirte las piernas. Parece que no tardó demasiado en lograrlo, ¿o me equivoco?Ella no dijo nada al respecto, jamás colocaría a George en una "conversación" con Jefferson.—Escribe tu testamento, Smith. Vas a morir pronto —aseguró ella, intentando hablarle en la dirección por donde había escuchado su voz—. No cometas este soberano error de mantenerme en el país. Cuídate de los errores, querido idiota. —Ahora era el turno de Lenis de reír. Sabía que tal vez éste era el comienzo de su final, pero estaba segura que los tres jefes, esos hombres que la habían engañado en un principio, la rescatarían tarde o temprano. O al menos, la encontrarían, darían con ella viva o muerta.—No sé qué te hace pensar que estamos en el territorio nacional, pero si eso es lo que quieres pensar con esa inutil esperanza de que serás rescatada como si fueses una princesa de cuento, piénsalo, para mí no es ningún problema que te regodees en una falsedad. Total, ya lo eres. —La miró de arriba a abajo. Ella no lo supo, pero pudo imaginarse que él ya se la había comido con la mirada. Jefferson se inclinó hacia ella y lentamente acercó una mano a sus esquivas piernas, posicionando sus dedos entre las rodillas y abriéndolas con fuerza, solo con la potencia de los dedos, hasta llegar a sus pantis, haciendola temblar y respirar acelerado por la terrible expectativa de que él diera inicio a sus planes con ella ahí mismo, en ese vehículo, a la deriva de un camino incierto, tal vez a los ojos de algún desconocido, antes de tiempo...«Tiempo, dame tiempo, Dios, dame tiempo» ella quería tiempo para aguantar las manos de su ex lo más lejos posible, dando chance de ver la llegada, vislumbrar alguna posibilidad de escape o para enviar un aviso como fe de vida o de su paradero, y así George y los demás pudiesen de alguna manera llegar hasta ella.—A mí lo único que me interesa —dijo él, rozando el centro prohibido sobre la tela del bikini, luchando con movimientos bruscos contra el instinto de Lenis de cerrar las piernas— es que lleguemos, que estés conmigo, a salvo de todo lo que pueda dañarnos o interrumpirnos...—¿Vas a tomarme aquí, Jefferson? ¿Aquí mismo? —Ella tragó grueso—. No puedo creer que el gran Jefferson Smith permita que lo vean teniendo sexo... —Shhhhh —la silenció, tomándola de la barbilla, haciéndola casi gritar por el dolor en los labios y la mejilla, tensa al completo por el arrebato de ese hombre. Lo estaba provocando, quería parar, pero no podía. Se sentía osada, molesta, cansada y temerosa, todo a la vez, no sabía bien cómo medir su comportamiento y sus palabras—. No seas tan altanera, Lisa. No te lo voy a volver a repetir. —Plantó un beso fuerte sobre sus labios, arrugados por el apretón de Smith y adoloridos por el golpe que Donald le propinó—. Me encanta que me conozcas bien, creo que en cierto modo, eso es lo que has estado utilizando en mi contra para joderme, ¿no es así? —Mostró los dientes por una sonrisa que borró de inmediato—. Quiero que te vuelvas a clavar algo en tu grosera cabecita, Lisa: si te quiero tocar, te toco. Si te quiero besar, lo haré. —Volvió a besarla y de vuelta, otra vez, fuerte, sonoro, asqueando más a Lenis, aumentando más su rabia—. ¿Entendido? ¿Ya lo grabaste en tu cerebrito? Así que no te pongas tonta ahorita, como te digo, llegaremos y luego tendrás que recurrir a esas quejas tuyas. Te lo dije, ya te lo dije. —La soltó con despecio y se devolvió a su asiento, mientras Lenis movía su quijada para intentar acomodar u ordenar lo que sentía que él había destrozado con su severo apretón. Le estaba empezando a doler la cabeza y los brazos. Quiso negociar con él que la soltara, pero sabía que sería inútil.Al cabo de media hora, o lo que a Lenis le pareció así, sintió que el vehículo se estacionaba. La bajaron y supo que, quien la llevaba, no era Jefferson, imaginando a Donald de nuevo.Había viento. El camino bajo sus pies era duro, pero agreste. Parecían piedras y asfalto. —Camina... ¡Vamos! —comandó uno de los hombres de Jefferson, ella no le reconoció la voz y tal parecía que Jefferson no le había escuchado; ella estaba segura que de ser así, el sujeto estuviera despedido por hablarle de esa forma. Mientras la obligaban a dar más pasos al frente, le dio tiempo a pensar por un breve instante, si Jefferson había visto el trato que Donald le profirió. Lo seguro era que él le vio el golpe en el labio, ella no sabía el estado de su mejilla, pero juraba que alguna marca debió haber quedado, aun así, Donald siguió en su puesto...Lenis no había preguntado en ningún momento para dónde la llevaban, pero al sentir arena bajo sus pies y cómo sus tacones se enterraban en la arena, y lo peor, empezaba a escuchar agua, mucha agua... «¡El Mar!», gritó dentro de su mente, sintió verdadero terror. —¡Los tacones, los tacones! Déjenme quitarme los tacones, así no seré tan lenta. ¡Jefferson!Escuchó su voz muy por delante de ella y algo lejana. —¡¿Qué rayos sucede?! ¡Apúrense!Lenis maldijo por lo bajo. Intentó que la desataran un momento para quitarse los zapatos, o al menos, que se los pusieran en la mano para que caminara mejor, sin éxito alguno. Los «¡Camina! ¡Vamos, no te detengas!» (y el agarrón en uno de sus brazos) no se detuvieron mientras ella seguía protestando. Entonces decidió quitarse los preciosos tacones y dejarlos a la deriva sobre esa tierra caliente, que eventualmente se puso fría por el agua empapándola, definiéndose en la orilla de la playa, ubicándose en algún lugar de la costa, con la piel de gallina y un fuerte nudo en la garganta por el miedo a que la sacaran del país en un yate, dn un barco más grande, no lo sabía, ¡quería saberlo y verlo todo! Quería gritar muy fuerte hasta que George y los demás lograran escucharla.—No me saques del país, por favor, Jefferson. Hago lo que quieras, pero por favor, no me lleves, ¡por favor! —Sus pies arrastraban la tierra. La obligaban ahora tomándola de ambos brazos, luego cargándola y ella pataleando, gritando y sintiendo que la montaban en una especie de balsa, de dónde intentó lanzarse sin éxito también, hasta que llegaron a una nave que parecía gigante, ayudarla y obligarla a subir a ella, dirigiéndola rápidamente hasta un pasillo, luego un camarote y... Un duro golpe en su cara, no supo ella de quién, la silenció, la hizo marearse y caer, incosciente.Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







